México: A propósito de Sandino Bucio y la violencia

 

El viernes 28 de noviembre, alrededor de las 3 pm, el estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, miembro de Acampada Revolución, activista y poeta Sandino Bucio Dovalí, fue secuestrado por elementos de la Secretaría de Gobernación (que luego se acreditaron como parte de la Policía Federal), en un automóvil sin logotipos y con los elementos vestidos de civil, en una calle aledaña a Ciudad Universitaria. Afortunadamente dicho secuestro fue grabado por diversas personas que se encontraban transitando y que ante las amenazas de los policías de no intervenir, pues éstos portaban armamento, no tuvieron otra alternativa que grabar el suceso y difundirlo a través de las redes sociales.

En pocas horas, a través de las redes sociales y luego en las calles (tanto con un bloqueo sobre avenida Insurgentes, como las afueras de la SEIDO, donde los elementos finalmente llevaron a Bucio después de trasladarlo y golpearlo por varias horas en calles del centro del Distrito Federal) se generó un movimiento para lograr la liberación de Sandino, que finalmente tuvo lugar en la madrugada del sábado 29 de noviembre.

Como se ha planteado en diferentes espacios, el modus operandi de los agentes del Estado corresponde al de las desapariciones forzadas que han acontecido en el país, con especial énfasis en el periodo denominado como “La Guerra Sucia”, desatado contra estudiantes y activistas de izquierda por el PRI durante la década de los 70’s. Es una agresión del Estado contra el movimiento social y no corresponde a un hecho aislado, sino que es parte de las tácticas de ataque y amedrentamiento del actual régimen.

La ofensiva mediática contra Sandino

Posterior a su liberación, diversos medios de comunicación comenzaron a circular una serie de fotos donde se observaba la presunta participación del estudiante de la FFyL en los hechos ocurridos durante el 20 de noviembre, tanto  en el intento de toma del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, como en la quema de la puerta de Palacio Nacional, de donde se desprendieron una serie de enfrentamientos con elementos del cuerpo de granaderos del D.F., como de Policías Federales.

Estas “pruebas” fueron utilizadas por los medios de comunicación para diseminar un mensaje: “A pesar de que los métodos no fueron los correctos, la detención de Sandino Bucio es procedente”, con lo que terminaron por cerrar el círculo de criminalización no sólo de Sandino, sino de una serie de jóvenes que ante las condiciones actuales muestran signos de hartazgo y legítimamente creen que el enfrentamiento con los elementos del cuerpo del Estado es una forma de protesta.

La escalada contra Sandino se incrementó durante la entrevista que Carmen Aristegui le realizó en su programa de radio. En dicha entrevista, a pesar de que se le dio un espacio a Bucio para explicar la manera en que fue detenido y que pasó posteriormente a su detención, Aristegui comenzó de forma incisiva a cuestionar a Sandino sobre su participación en hechos “violentos”, afirmando que una mayoría “pacífica” rechaza los métodos de lucha de encapuchados, a los cuáles se les tilda de “infiltrados” en su totalidad, sin pruebas fehacientes de que todos en realidad lo sean.

La respuesta de Bucio, reivindicando el uso de la violencia como legítima arma de defensa fue el pretexto idóneo para que su linchamiento en redes sociales y en medios de comunicación quedara completado. A pesar de que el estudiante de la FFyL argumentó que existe violencia desde el Estado (como el caso de su detención, de los 43 normalistas desaparecidos, de la pobreza y la miseria extendida), su reivindicación a la violencia fue utilizada para exaltarlo como una especie de esquizofrénico, que a la par puede redactar poesía, pero que al mismo tiempo agrede a elementos del Estado.

Es necesario enfatizar que, a pesar del carácter “independiente” y “objetivo” que se le atribuye a Carmen Aristegui, en realidad ésta no escapa de la dinámica de los medios masivos de comunicación, cuya gran mayoría son propiedad de la burguesía. Particularmente su emisión se inscribe dentro de los medios con una tendencia “progresista de izquierda”, que forman parte del bloque de la izquierda reformista nacional. Dicho bloque, al momento hegemónico en términos ideológicos, busca reforzar su propuesta de “resistencia pacífica”, que deriva tanto en lo electoral (AMLO), como en la dinámica de las continuas movilizaciones sin un plan de acción más allá (Denisse Dresser).

Dentro de esa perspectiva, el linchamiento mediático hacia Sandino Bucio no es más que la oportunidad que encontraron tanto los medios masivos de derecha, como los de la izquierda progresista, para atacar a una postura radical, que no pretende quedarse en los confines de lo “aceptado” dentro de los márgenes del Estado. Si se compara, por ejemplo, la entrevista de Aristegui a Peña Nieto durante el periodo de campaña presidencial, a pesar de contar con muchos más elementos para hacer preguntas igual de incisivas que las realizadas a Bucio, la dinámica del encuentro fue tersa.

Adicionalmente, una serie de posicionamientos y artículos contra la postura de Sandino fueron publicados y compartido a través de las redes, reforzando más el rechazo hacia las formas de “violencia” representadas por el estudiante de la FFyL.

El discurso reformista en una época de turbulencia generalizada

Sin embargo, la ofensiva contra Sandino Bucio no tuvo la efectividad esperada, de hecho una buena parte de respuestas contra los ataques a Sandino se generaron a partir de jóvenes radicalizados que no compraron el mensaje del pacifismo pequeñoburgués, por el contrario, exaltaron la legitimidad de la posición de Sandino y la tibieza de las posturas reformistas ante la actual crisis nacional.

No resulta extraña esta reacción, ante la actual crisis los discursos que buscan atemperar o “encausar” la rabia por vías institucionales tienen un alcance limitado. Incluso el propio López Obrador, que “no desea criticar al actual Jefe (Regente) de Gobierno de la Ciudad de México”, ha recibido fuertes críticas por la postura electorera y timorata ante el régimen.

Un elemento a destacar sobre la defensa en torno a las posturas del anarquismo, el autonomismo y demás tendencias que ven en el enfrentamiento aislado con elementos de Estado, una forma de lucha válida, es que se exalta que quienes participan en dichos enfrentamientos no son infiltrados del Estado, aunque recientemente se han obtenido pruebas de que el Estado está implementando la estrategia de infiltración de las movilizaciones para justificar la represión abierta, además de que, al igual que Bucio, se reivindica el uso de la violencia como herramienta de lucha, incluso afirmando que los pacifistas “se preocupan más por un cajero automático que por quienes son las víctimas del Estado”, lo cual no carece de cierto grado de validez.

Dos estrategias, un mismo final

Lo característico de las posturas reformistas y anarquistas en torno al uso de la violencia y la estrategia a seguir contra el régimen es que ambas han terminado en un mismo callejón sin salida, episodios amplios de manifestaciones o bien enfrentamientos con elementos policíacos que hasta ahora sólo han derivado en el encarcelamiento de un buen número de compañeros a manos del Estado.

Dicha dinámica se ha sostenido de forma permanente, pero con mucho mayor énfasis, desde la llega de Peña Nieto al poder. Recordando el 1º.  de diciembre de 2012, fecha en que Peña asumió el cargo de la Presidencia, ocurrió tanto una concentración en el Ángel de la Independencia por parte de AMLO, como los enfrentamientos entre elementos del Estado y jóvenes desde San Lázaro y que culminaron en el centro del D.F.

Los resultados de ambas posturas son palpables, no se pudo detener la imposición de Peña Nieto, sus contrareformas tampoco pudieron ser echadas atrás, desde las manifestaciones de los Sindicatos contra la reforma laboral, el cerco simbólico de Morena al Senado y la Cámara de Diputados contra la Reforma Educativa, la valiente resistencia de los profesores de la CNTE contra la Reforma Educativa, los enfrentamientos contra los elementos del Estado en buena parte de estos eventos y hasta los últimos sucedidos el 1º. de diciembre de 2014, lo cierto es que el régimen aún sigue de pie.

No es momento de autismo político

En el caso de la postura reformista, tanto en su tendencia electorera, como de “resistencia pacífica”, ésta se encuentra cerrada a un plan de ganar elecciones o marchar de forma constante, sin que se proponga un plan de lucha para lograr la dimisión de Peña Nieto. Los llamados en redes sociales, mítines o demandas “simbólicas” tienen un efecto nulo sobre la postura del Estado.

Por otra parte, la postura anarquista está imbuida en una especie de auto contemplación y de cerrazón al debate sobre los métodos de lucha. Bajo la postura de “respetar” su forma de lucha se pretende cerrar todo intercambio de ideas en torno a la táctica y estrategia para derribar al régimen. La crítica no se cimienta en una visión “moral” sobre el uso de la violencia, sino en que, el enfrentamiento con las fuerzas del Estado al margen del movimiento social, hace imposible que en términos militares se le pueda derrotar. Sería muy bueno que cuando se citan los ejemplos de lucha en Guerrero y Michoacán también los anarquistas hicieran referencia a que son movimientos con una amplia participación y no con cincuenta activistas que actúan al margen de la colectividad.

Desde una perspectiva marxista, tanto la táctica pacifista-electorera, como el enfrentamiento aislado contra elementos del Estado no llevarán al movimiento social más allá de los límites antes vistos. Dentro de esa misma postura, la necesidad de la unidad en la acción se hace evidente, pero también desde una perspectiva de clase es necesaria la actuación organizada de la clase trabajadora aliada con el campesinado, los desempleados y los estudiantes. La propuesta de la Huelga General (o Paro Nacional como se le ha denominado en México), tiene como objetivo unificar a la mayoría social que quiere acabar con el régimen en acciones unificadas que paralicen al Estado y a la vez muestren la gran fortaleza de los de abajo, que sin su permiso prácticamente no funciona nada en esta sociedad.

Lo anterior requiere un debate fraterno pero franco en torno a los métodos para echar a andar dicho Paro, pero dicho debate debe darse en un marco de madurez política, anteponiendo la necesidad imperiosa de primero luchar contra el régimen, antes de pensar en el prestigio de organizaciones (políticas, sindicales, sociales), o liderazgos. Hasta el cansancio se ha enfatizado la necesidad de un frente único contra la burguesía y es ahora precisamente el momento en que tiene que materializarse antes de la respuesta virulenta del Estado.

Hoy queda claro que ni el reformismo, pero tampoco la acción aislada nos permitirá avanzar más allá de lo que anteriormente se ha intentado para resistir a los embates de la burguesía. Hoy son las bases de organizaciones políticas, sindicales y sociales, las que deben de cuestionar la legitimidad de sus respectivos liderazgos y la validez de los métodos que se pretenden imponer en la lucha, también la juventud radicalizada está llamada a entrar al debate sobre los métodos de lucha, que no son ajenos a su postura política, por ejemplo, la Huelga General como un instrumento altamente enfatizado por diferentes teóricos del anarquismo.

¡No hay tiempo que perder, si no actuamos juntos nos ahorcarán por separado!

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