México, 1925: Herencia sangrienta del clero romano

México, 1925:

Herencia sangrienta del clero romano

Edgar González Ruiz

El año de 1925 antecedió al inicio de la llamada guerra cristera con la que el clero ensangrentaría el territorio nacional con tal de exigir privilegios contrarios al estado laico, como la educación católica en las escuelas y la injerencia del clero en el gobierno y en la política.

En ese año, ocurrieron varios conflictos donde la jerarquía católica puso de manifiesto su actitud autoritaria y violenta, episodios que vale la pena recordar hoy en día, cuando el clero está exigiendo de nuevo reformas constitucionales precisamente para imponer la educación católica y para acceder a cargos de elección popular.

Hoy como ayer, los jerarcasy sus aliados políticos quieren enriquecerse y ejercer un poder despótico sobre el resto de la sociedad, y reprimir a quienes disienten de las doctrinas católicas.

El 18 de febrero de 1925, un grupo de sacerdotes encabezados por el patriarca J. Joaquín Pérez, Angel Jiménez y Manuel L. Monje, lanzaron un manifiesto desconociendo la autoridad del Vaticano y fundando la Iglesia Católica Apostólica Mexicana.

Dos días después, como evoca Alfonso Taracena en su Verdadera Historia de la Revolución Mexicana (1925 1 27( (Porrúa, México, 1992; p. 7 ss), se suscitaron enfrentamientos por el control del templo de la Soledad, en la ciudad de México.

El clero romano reaccionó azuzando a sus fieles para linchar a los cismáticos, que pretendían oficiar en ese templo, emancipándolo del poder vaticano.

Cuando Monje quiso bendecir a la gente, una mujer del pueblo “debidamente aleccionada, brinca y cruza el rostro del sacerdote cismático con una bofetada. Monje le detie las manos pero no logra librarse de los mordiscos. Es la señal: los católicos le rompen en la cabeza un largo velón de cera, le desgarran las vestiduras y lo acogotan”.

Finalmente, Monje se salva de ser linchado gracias a la intervención de la fuerza pública. Sin embargo, el clero había enardecido a sus seguidores, sobre todo señoras beatas, que como endemoniadas protagonizaron episodios de histeria salvaje, que se repetirían al año siguiente, cuando el clero llamara al pueblo a la guerra para defender los bienes y privilegios de la jerarquía católica.

“Dentro del templo se dan casos de histeria entre los fieles, que se arrastran en las baldosas con imploraciones y gritos”, al vez que lanzan a los cismáticos ceras encendidas. “Unas exaltadas se desgarran las ropas y otra hace jirones su chal a dentelladas”.

Los fanáticos hacen frente a la fuerza pública y a los disidentes con saldo de varios lesionados. Por su parte, el arzobispo los fulmina declarando que “han incurrido en excomunión, por haberse declarado separados de la potestad del Soberano Pontífice Romano”, y que los fieles incurrirán “n graves penas canónicas si secundan la acción” de ellos.

Por su parte, el obispo Leopoldo Ruiz y Flores, quien por cierto fue simpatizante de Mussolini, declaró que “el hecho de fundar una Iglesia Mexicana es en sí mismo absurdo, ya que no puede haber más que una Religión verdadera, y de hecho no existe más que una, la fundada por Jesucristo”.

Asimismo, el arzobispo José Mora y del Río dijo que “Sólo la Iglesia Católica Romana” es “depositaria y maestra infalible de la verdad y tiene autoridad para interpretar auténticamente los libros sagrados”, y que “Quien quiera que admita el principio de la libre interpretación de las Sagradas Escrituras, profesa el error fundamental del protestantismo y por lo tanto es hereje y con toda razón puede contarse entre los protestantes, quedando por lo mismo excomulgado”.

Mora y del Río negó todo valor a los sacramentos administrados por los protestantes y justificó la exacción de recursos del pueblo mexicano para el Vaticano, alegando que los millones de pesos que reúne el clero cada año son apenas “cortas limosnas” que no alcanzan para cubrir las necesidades del Papa“que son numerosísimas”.

Pero el clero romano no se quedó en condenas verbales, sino que alentó disturbios en ciudades como Guadalajara, Puebla, y San Luis Potosí, donde el obispo Miguel de la Mora excitaba al pueblo de actuar contra los protestantes.

El 24 de febrero, Día de la Bandera, en las afueras de la Soledad, os curas italianos azuzaban al pueblo contra los cismáticos.

A fines de marzo, en Querétaro, los católicos romanos agredieron a obreros que regresaban de su trabajo, porque los identificaron como partidarios del cisma. Armados de puñales, garrotes y piedras, los católicos apostólicos romanos se apostaron frente a la Iglesia de la Cruz y atacaron al grito de “Viva Cristo Rey” y “Viva el Papa” y “mueran los cismáticos”.

A uno de los empleados de la fábrica lo apedrearon y lo balacearon desde la Iglesia y pretendieron lincharlo, pero la policía logró salvarlo.

“El comisario de la Segunda Demarcación, que hacía ímprobos esfuerzos para calmar los ánimos, fue apedreado entre gritos de que era cismático. Se abatieron cobre él varios bastones y una mujer del pueblo se abalanzó con una botella. Paró él el golpe y fue herido en una mano mientras los gritos continuaban llamándole un cismático al que había que linchar cristianamente. <Los ambulantes de la Cruz Blanca formaron una valla en torno de él y así pudo salvarse de un peligro grave. Llegaron los bomberosy se oyeron cinco disparos sobre la bomba, mientras de las azoteas de las casas llovían toneladas de piedras. Pero entraron en función las mangueras y los fieros agresores se retiraron…”.

En ese clima de fanatismo y de manipulación por parte del clero apostólico romano, el presidente Plutarco Elías Calles asumió la decisión de defender el estado laico, garantizando la pluralidad religiosa, por lo que aseguró que “el Gobierno no reconoce ninguna religión, pues para él todas son iguales y todas respetables”.

Por ser defensor de la igualdad de las iglesias ante la ley, el clero católico odió a Plutarco Elías calles, al grado de organizar una guerra contra su gobierno, donde se agudizó la violencia fanática de que dan testimonio los pasajes arriba citados.

A lo largo de la historia podemos constatar que la jerarquía católica usa su poder contra el pueblo, sea para perseguir a los protestantes, para encarcelar a las mujeres que abortan , o para imponer sus intereses controlando la educación y la política.

Aunque en todo tiempo ha existido quien se enfrente con valor a la jerarquía, a la larga el mejor antídoto contra ella es la libertad de conciencia, y el sentido cívico. Hoy en día, quien muestra sumisión ante el clero conservador está propiciando que el PAN siga en el poder, y está contribuyendo a minar las libertades de que todos debemos gozar. &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS