Más allá del oasis está el desierto

Contaba Orson Welles de las conversiones del Hollywood de la guerra fría, que traicionaban su pasado por defender sus piscinas

No es verdad que no haya palabras capaces de describir la sensación que deben de tener todos los habitantes del Carmelo, digo todos a conciencia. Claro que hay palabras, sólo que no se pueden escribir. ¿Volvemos a redactar panfletos y nos hacemos con una multicopista? Imaginan a un ciudadano redactando panfletos «hasta el alba» y luego de amanecida ir a tirarlos a la puerta de las fábricas, como hacía la consejera Tura cuando estaba en la Organización de Izquierda Comunista. ¿Qué fábricas? ¿Qué obreros? O dejarlos caer de noche por las calles antes de que venga la Guardia Urbana, que por algo está para cosas más serias que las emergencias de los trasplantes, y buzonear los portales del Ensanche como hacíamos tantos, entre ellos mi amigo Josep Ramoneda, que ahora nos permitirá colarnos en la Casa de la Caridad para dar un mitin-relámpago sobre el asunto. Podríamos también interferir una emisora y avisar a alguna persona experta en el medio, mi querida Montse Minobis por ejemplo, que sería capaz de comprometerse asumiendo su profesionalidad y echar luz en directo sobre la oscuridad del pozo.

¿Y un vídeo? ¿Un auténtico vídeo de denuncia? Estoy seguro de que nos lo prepararía Jaime Robles-Jaume Roura, con medios renovados desde Mediapro, como en los viejos tiempos del Partido Comunista Internacional. Porque se trataría sobre todo de implicar a la gente en general, no sólo a ciudadanos-ciudadanas, y seguro que contaríamos con el concurso de excelentes profesionales. Conozco a reputados ingenierosingenieras que nos ayudarían a desvelar lo que ha ocurrido y que por su tradición de comprometidos con todos los condenados de la tierra, de Franz Fanon hasta acá, ahora se saltarían las convenciones que los atan a las Administraciones -meros contratos de servicios- y nos filtrarían la verdad, la verdad verdadera. Seguro que el colegio de Aparejadores se volcará como antaño, bastará buscar a José Miguel Abad -¿dónde estará ahora?- y nos abrirá todas las puertas, como entonces. ¿Y el de arquitectos? Había tantos dispuestos a comprometerse que citar a uno, por emblemático que sea, sería limitar el aluvión de eventuales colaboradores.

Mi idea es muy sencilla: regar de panfletos la ciudad explicando lo que realmente ha ocurrido y quiénes son los responsables, y para eso no se puede contar con los aparatos de los partidos, ni con los medios de comunicación tradicionales. Hemos de hacerlo como antes, convocando a los veteranos defensores de la verdad; activistas en los años duros y hoy sentidos demócratas, estoy seguro, por encima de cualquier hipoteca inmobiliaria. Incluso convocar, si llega el caso, una manifestación en paseo de Gracia. ¿O sería demasiado para los habitantes del desierto? La única duda que me paraliza es la de que me detengan y me lleven no a la cárcel sino al psiquiátrico. O lo que es peor, y me horroriza, hacer el ridículo. Hacer el ridículo a mi edad es un delito que se paga con el suicidio. Y me faltaría valor para afrontarlo.

Por primera vez me avergüenzo de ser ciudadano de Cataluña. Llegué a Barcelona en 1968, y desde entonces he vuelto tanto y me he acostumbrado a ella de tal modo que hasta decidí aventurar la convivencia, que es lo que se hace con las ciudades: formalizar una pareja de hecho. Pues bien, por primera vez me avergüenzo de vivir en Barcelona. (Ya estoy oyendo la vieja voz de la raza, esa intemperancia que nos metieron en la sangre con la primera dosis de calcio para crecer, «Si no le gusta, que se vaya. Nadie le obliga a estar aquí». La primera vez que oí esta frase también debió de ser hacia el 68. «Si no os gusta esta España, idos, nadie os obliga a vivir en ella». Desanímense, no se lo voy a poner fácil.) Centenares de familias han visto interrumpidas sus vidas para siempre porque habitan donde mora el olvido, allá donde la ciudad pierde su nombre. La táctica del poder, sea tripartito como hoy o bipartito como ayer, es muy sencilla: ganar tiempo. Esta sociedad lo engulle todo y olvida con una facilidad pasmosa. No existe más memoria que la manipulada. ¡Qué comicidad la de Guillot y el tendal ese de Iniciativa, irritados porque el president Maragall mentó la bicha y habló de chapapote! Por supuesto, estáis de chapapote hasta el morro.

Se caen las casas del Carmelo. (Perdonen que se lo recuerde: el Carmelo pasó a ser «el Carmel» cuando buena parte de los admirados lectores del «Pijoaparte» de Marsé consiguieron instalarse en el Ensanche. Por eso citan tanto al personaje y tan poco al autor: «En vez de perder el tiempo y el dinero de los contribuyentes buscando las esencias de la patria, la lengua o la identidad ¿por qué no se afanan en resolver los auténticos poblemas de los ciudadanos?»). Se caen las casas del Carmelo, pero los edificios no se derrumban sin causa justificada. Acabamos de descubrir que los edificios que se desmoronan por la incompetencia y la corrupción de nuestros amigos no son como los del Partido Popular. Los nuestros son «imprevistos e imprevisibles» porque nuestros amigos tampoco son como Aznar, ni Rajoy, ni Acebes-Aveces, nuestros amigos, además de entrañables y excelentes conversadores, son fieles a la verdad, antiglobalizadores y gente honrada, que están en la política por amor a la gente. Es verdad que han de pagar la mordida, pero lo hacen por obligación hacia nosotros, por facilitarnos la vida y el trabajo y por alimentar nuestra sensibilidad cultural. No como el Partido Popular que lo hace todo por ambición y son unos golfos históricos. El oasis catalán, disculpen, es una sentina, donde si algo huele a podrido le advierten que son aromas de Montserrat, si sabe a podrido, que son platos deconstruidos a la manera de Ferran Adrià, y si lo podrido sale por todas las costuras estamos ante formas artísticas que imitan la mejor época de Jaume Plensa.

Se han desplomado varios bloques del Carmelo y todos saben que seguirán cayendo, o que tendrán que tirarlos, y oiremos la voz de los técnicos, que las casas se caen, pero nunca se caen las suyas sino las de aquellos que están más allá del oasis. ¿Nadie se acuerda de Porcioles, aquel ideólogo urbano tan elogiado, sobre cuyos polvos surgieron estos lodos? Si hasta Maruja Torres ha devenido la Marujita Díaz de la pluma y pide comprensión y buen rollo y mucho sentimiento, mucho sentimiento, para esas pobres gentes de más allá de la loma. El Ensanche barcelonés es como un Bloomsbury de la inteligencia del diseño y el pan con tomate. Contaba Orson Welles que lo más miserable de las conversiones del Hollywood de la guerra fría es que traicionaban todo su pasado por defender sus piscinas. En nuestro caso, son las hipotecas. Hay que ver, ¡qué modestia de ambiciones! Metidos en un berenjenal de mierda, deconstruida por supuesto, de la que no huele. No hay oposición -cómo iba a haberla si el jefe de los jabalíes oposicionistas, el tribuno convergente Felip Puig, está metido en el asunto hasta el corvejón-. A mí la reunión de Nadal y Puig antes de la comparecencia me recuerda el manido chiste del dentista al que su cliente agarra de sus partes y advierte: «¿Verdad que no nos vamos a hacer daño?».

Ya es grave que no exista oposición en Cataluña, pero es que además se disolvió la izquierda. Contemplar a la pareja Saura-Mayol emulando el estilo Pujol-Ferrusola me deja de un pasmo, pero lo del chico ese alto y sin afeitar que va de ecosocialista me parece patético; lo más radical que ha hecho en su vida es montar en bicicleta. Perdónenme, esos no son restos del naufragio, esos son figuritas de ñiguiñogui para el Museo de Cera de las Ramblas. Y lo de Esquerra Republicana aparece como una ofensa a la inteligencia; cómo es posible que alguien, que no cobre la soldada, pueda seguir a un partido de desvergonzados que cada vez son más herederos de los modos de Lerroux que de los de Companys. No es que la izquierda esté en el poder, es que dejó de existir en un momento dado de la transición y el Carmelo -los Carmelos de Cataluña- está fuera de los circuitos de la política catalana desde hace décadas y por eso hay que sumar los vacíos; el de la oposición y el del poder. Una extensa pomada lo recubre todo y el mismo panal sirve para unos y otros, pactando sobre nuestras cabezas como si se tratara de mediterráneos -¿sicilianos?- comprometidos en una peculiar, genuina, inveterada, identitaria «cosa nostra».

Los mandarines locales que manejan la prensa, la cultura, los media, señores como Ferran Mascarell, presunto historiador y eficaz corruptor cultural de mayores, y Enric Marín, infumable periodista en cualquiera de los dos idiomas, han tenido la insania de organizar hasta la filtración de la información y hay incluso profesionales felices, que lo han avalado con sus firmas y que dormirán tranquilos. Han regulado las fotos y los cinco minutos que se pueden sacar imágenes, y los vecinos que se pueden ver y cuándo. Y con un protocolo que dice, según el Consejo Audiovisual de Cataluña, esa sinecura para especialistas del pluriempleo, que se trata por encima de todo «del respeto hacia las víctimas». Es humillante como ciudadano, no ya como profesional.

Marx ha muerto, Lenin ha muerto, Togliatti ha muerto, Comorera ha muerto, y debería sentirme bien, pero estoy fatal. Si hemos dicho lo que hemos dicho de Álvarez-Cascos cuando le caían los terraplenes en Aragón al paso del AVE, cómo podemos silenciar ahora que nuestra incuria, la corrupción y la incompetencia de nuestros amigos han dejado a centenares de familias fuera del oasis, a merced del desierto. Si los ganapanes del tripartito llamaron a firmar cartas contra Bush porque limitaba la libertad de la prensa en la guerra de Iraq, cómo podemos ahora aceptar sin el vómito y la vergüenza que unos tipejos salidos de las alcantarillas de la cultura nos impongan las condiciones para informar a los lectores. Me avergüenzo de vivir en este país, porque no es verdad esa frase popular y detestable de que cada pueblo tiene lo que se merece. Tendrán ustedes lo que se merecen. La gente del Carmelo no. Sin ninguna duda.»

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