Más allá de las urnas del votar y consumir

&nbsp Roma locuta, causa finita. Lo dice el ganador, pues a callar. O bien a jugar a otro juego. Lo dicen las urnas, lo dicen los grandes números de los consumidores, lo dicen los que tienen el dinero. Qué podemos decir nosotros más que como los romanos: que cien indicios no hacen una prueba, que cien conejos no hacen un caballo.&nbsp

&nbsp El más allá del capitalismo es el más allá de la democracia. Así que si ésta se dirige al albañal, al menos entendida como un sistema de ocultar a los que mandan, tranquilos el&nbsp capitalismo mostrará más claramente su aire autoritario. Los dos modos autoritarios más manifiestos de la democracia son la excepción (el Estado cambia sus leyes, leyes de excepción, para evitar problemas espinosos) y el&nbsp secreto (para mandar sin réplica es preciso conocer a fondo y evitar ser conocido). Del primero tenemos hoy una prueba en la reunión de pastores de hoy en Bruselas y del segundo en las palabras de Assange: “si tienes un móvil inteligente, estás jodido”.

&nbsp El debilitamiento capitalista no puede venir del Estado Democrático porque porque ese Estado alienta la clandestinidad fatua y se levanta sobre la excepción masificante. La entrada al cine donde pasan la película de los héroes siendo libre y gratuita, dentro de poco será recomendable para poder moverse dentro de los parámetros de salud deseables para todos.

&nbsp Decían que la gramática era el último refugio de Dios. Es posible, para ocultar al que manda sirven incluso los lenguajes que no la tienen, en la medida en que no la tienen. Un cadáver de un negro musulmán gordo puede ser definido como una persona no viva de diferente tamaño, intensamente pigmentado y perteneciente a una minoría étnica y religiosa. La cuestión no es lo que dicen las palabras, sino cómo sirven para ocultar al que manda. Y en qué medida éso contribuye a hacer que mande más o más tiempo.&nbsp

&nbsp El fanatismo democrático es la única fuerza de voluntad que puede infundirse a los débiles y a los vacilantes, cual si mediante él se hipnotizase todo el sistema sensitivo y toda actividad intelectual en beneficio de una nutrición superabundante (hipertrofia) de un solo sentimiento, de un punto de vista único que llega a dominar en cuanto se instaura, sentimiento que para los demócratas es la voluntad de las mayorías expresada en las urnas.

&nbsp &nbsp Cuando un hombre llega a adquirir la convicción profunda de que es menester que sea mandado, se vuelve creyente. Pero podemos imaginarnos también lo contrario, el de la alegría y la fuerza de la soberanía de los individuos, el de una libertad en el querer surgida del saber agruparse, por la cual el espíritu abandone toda fe en el capitalismo, toda ansia de certeza democrática, volviéndose diestro en llegar hasta el campamento base del bien común y preparar desde allí el ascenso al Monte Improbable de una sociedad mejor.

&nbsp &nbsp Para ello es necesario el no acudir a la clase de la información ni a la del consumo, y si para aprender no hay más remedio que obedecer y atender, obedecerse a uno mismo, atender en libertad a su propio destino, "ponerse a tono" con él. Todo lo contrario de lo que acontece en la democracia liberal donde cada voto, cada compra, es una unidad cuyo conjunto arrojará al final una "suma total" a la que habrá que obedecer.

&nbsp &nbsp Para disculparme por no acudir una vez más a la maldita reunión de vecinos me cuento el cuento de la metapreferencia, y a veces llego a creérmelo tanto que ni siquiera delego el voto en una persona de mi confianza. El cuento de la metapreferencia es suponer que los que acaben yendo a la reunión decidirán lo mismo que decidiría yo. O el cuento de la impotencia: bien vaya yo o no vaya, eso no cambiará gran cosa. O el de la indiferencia: me importa un huevo lo que decidan.&nbsp

&nbsp Pues bien, para ir más allá de la democracia capitalista eso no vale, hay que hacer política más allá de las urnas del votar y consumir. Adoptando con el activismo político, la misma actitud que Crates que al ser preguntado por hasta cuando iba a filosofar repuso. “Hasta que los ejércitos dejen de estar mandados por acemileros”.

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