Luna de miel en Mallorca

Por Miquel Amorós

El turismo como monocultivo capitalista y su impacto en el territorio y las personas

Por Miquel AmorósLa destrucción sostenida e implacable del litoral, y partiendo de ella, del interior más o menos cercano, no es un fenómeno exclusivo de Mallorca, sino de todo el Mediterráneo, por lo que sus efectos son visibles por todas partes en mayor o menor cuantía, de acuerdo con el nivel de avance de la especulación inmobiliaria y la construcción de cinturones viarios o variantes. Lo que tienen de especial las Baleares, es que dicho fenómeno puede observarse en estado puro y a escala reducida, cosa que las convierte en un laboratorio donde es posible estudiar la involución de una pequeña porción de sociedad, rodeada de agua, en función de la adaptación de sus recursos territoriales y bienes culturales, que son comunes, a una sola actividad económica, que es privada y persigue únicamente el enriquecimiento particular.

Definitivamente, todos los males de los mallorquines derivan del turismo. El turismo es la causa principal de la destrucción del territorio y del condicionamiento extremo de la vida de sus moradores. En tan sólo cincuenta años, ha transformado la isla mucho más profundamente que todo lo sucedido en los dos milenios precedentes, sin embargo, no exentos de cambios. Habría que remontarse a la conquista cristiana del siglo XIII para volver a ver Mallorca convertida en un inmenso botín. El turismo ha devorado el stock de suelo e inundado de asfalto, cemento y residuos contaminantes la isla. De continuar, incluso sin crecimiento, no habrá rincón que se salve de la degradación más abyecta. Entiendo por turismo no el afán viajero del individuo que se aventura en busca de lugares pintorescos movido por la curiosidad hacia otros escenarios y otras gentes. El turista de hoy no visita Mallorca para observar las costumbres del pueblo mallorquín, minoritario y extraño en su tierra, para contemplar sus edificios históricos o para descubrir su paisaje, incapaz de apreciarlo. Es vomitado a carretadas para cortas estancias en el aeropuerto de Son Sant Joan y dirigido hacia la costa, donde encontrará un espacio a medida, desolado y completamente mercantilizado, pensado únicamente para el esparcimiento y la satisfacción de sus necesidades primarias de sol y playa tal como las conforma el negocio turístico. Todo lo demás, desde la comida a la diversión, ha de parecerse cuanto más mejor a lo que caracteriza la vida alienada que lleva en su país de origen, bien impresa en su imaginario perturbado. El turista no desea contemplar otra cosa que a sí mismo, por eso lleva con él su propio entorno. El turista de hoy no tiene nada que ver con el viajero romántico del siglo XIX o con el intelectual hastiado de metrópolis del siglo XX. Es un producto de la sociedad de consumo, asalariado, estudiante o pensionista, cuyo ocio gregario es objeto de lucro económico.

Al menos, desde los años cincuenta del siglo pasado, el turismo mallorquín es una actividad industrial en expansión que explota una numerosa mano de obra y que reporta cuantiosos beneficios a los explotadores. Dicha industria es la responsable de la conversión de la antigua sociedad agraria mallorquina, casi feudal, jerarquizada y clerical, en una moderna sociedad de masas todavía más estratificada, regida por una cúpula inmoral de políticos, empresarios y financieros. Y responsable del cambio acelerado de una moralidad católica estricta a una mentalidad permisiva, sobre todo en cuanto a los negocios se refiere. Así pues, el culto a la Mare de Déu de Lluc fue sustituido por el del Becerro de Oro. Una sociedad de curas y caciques, nacida de la victoria del bando fascista en la pasada guerra civil, halló la manera de prolongarse, económica y políticamente, transformando todo su territorio en un suburbio vacacional de las clases asalariadas que habitan en las tristes conurbaciones europeas. En efecto, el turismo es una actividad capitalista, prácticamente la única en la isla; todas las demás dependen de ella y en gran medida toda su población es cautiva suya, sufriendo, consciente o inconscientemente, sus consecuencias. Todo es economía equivale aquí a todo se ha convertido en mercancía turística: geografía, vegetación, agua, clima, idiosincrasia, historia, gente. Desgraciadamente, “el turismo, somos todos y es tarea de todos”, tal como reza uno de los eslóganes de la clase dirigente local, es decir, que todos los mallorquines se han de mojar en lo que en otras partes se denomina “balearización”, unos sacando provecho personal, y otros, los más, padeciéndola en tanto que víctimas. Unos arrinconando el catalán y otros aprendiendo inglés.

Aunque el turismo creó una nueva sociedad de clases de las ruinas de la anterior, la conflictividad laboral nunca fue remarcable; las luchas obreras no acompañaron significativamente el desarrollo urbano de Palma y la costa. La primera huelga fue la del Hotel Bellver en 1973. En 1977, con el calor de las luchas que se producían en todo el Estado, hubo huelgas en la construcción y en las gasolineras que emplearon métodos asamblearios. La huelga del personal del Hotel Lotus Playa en 1979, la última en merecer ese nombre, ya ocurrió en plena institucionalización de los sindicatos, hecho que ocasionó la rápida desaparición del movimiento obrero mallorquín. La debilidad del proletariado insular podría explicarse teniendo en cuenta que en Mallorca la transición de la sociedad agrícola tradicional al capitalismo moderno no se hizo a través de la fábrica, sino a través del hotel. La economía pasó bruscamente de apoyarse en la producción agraria a sustentarse en actividades como la hostelería, la logística y la construcción. Pero aunque la agricultura fuera prácticamente eliminada, el campo no se despobló, sino que se recicló en el sector de servicios, terminando por crecer en población. El proletariado necesario para la expansión de la nueva economía vino de la Península, no de los pueblos mallorquines. Los sucesivos “booms” turísticos reportaron trabajo en abundancia que, aunque fuera de la peor calidad, permitió una supervivencia lo bastante soportable como para no plantear más problemas que los referidos a los convenios. Es más, visto desde el punto de vista estrictamente laboral, sindicalista, había una similitud de intereses entre el crecimiento del turismo y los trabajadores, empleados mayoritariamente en tan perniciosa actividad, indiferentes a sus efectos nocivos, parasitados además por una burocracia experta en desmovilizaciones. A pesar de los esfuerzos del movimiento libertario, la crítica social de la depredación del territorio no nacería en el medio obrero, por lo que adolecería durante mucho tiempo de un enfoque de clase, anticapitalista. Por consiguiente, la crítica del turismo quedaría separada de la crítica de al economía.

El desarrollo del monocultivo turístico tenía que trascender los espacios del sur de la isla en torno a Palma y Calvià, donde se hallaba momentáneamente confinado, para entrar a saco en cualquier terreno accesible, por lo que la construcción de carreteras y autopistas se convirtió en la máxima prioridad. Dada la insularidad de Mallorca, o mejor dicho, dada la disponibilidad muy limitada de suelo urbanizable, el conflicto territorial estaba servido. El choque de intereses opuestos, urbanizadores por un lado y conservacionistas por el otro, no tardó mucho en producirse. El carácter descontrolado y destructivo de una industria extractivista como es el turismo hizo que el impacto sobre el territorio fuera salvaje, creando de rebote en una parte del vecindario una conciencia territorial que pronto se materializaría en formas de protesta organizada. La ocupación de Sa Dragonera, la lucha contra la autopista Palma-Inca y la movilización por la conservación de la playa de Es Trenc, entre 1977 y 1983, marcarán un hito inaugural en la defensa del territorio. La terciarización de la economía, al promover la apropiación privada de las cuantiosas rentas del turismo a costa de la degradación de toda la isla, provocaba un enfrentamiento entre la elite extractiva y los habitantes, que sin comerlo ni beberlo se veían abocados a ella. La tensión aumentó con el paso de la ocupación intensiva del territorio, típica de la industria turística inicial, a la ocupación extensiva más propia de las segundas residencias, signo de la urbanización de la Part Forana. Con el desarrollo de la nueva clase media y consecuentemente, de su estilo consumista, la especulación se democratizaba, es decir, que la demanda interior se hacía presente. El aterrizaje del capital internacional acabó de agudizar el enfrentamiento. “Mallorca será la segunda residencia de Europa”, dijo el cacique Gabriel Cañellas mientras unos barcos-cisterna llevaban agua del Ebro para los turistas de la Bahía de Palma. Por entonces los ingresos por turismo cubrían el déficit español de la balanza de pagos, por lo que tal tipo de declaraciones eran muy bien vistas en Madrid. La manifestación de noviembre de 1998 contra la construcción de urbanizaciones residenciales mostró una capacidad de movilización de la sociedad civil digna de tener en cuenta, superada todavía por la de febrero de 2004, punto álgido de la defensa del territorio. Tal defensa fue fruto de un antagonismo que cada vez adoptaba tintes más radicales, puesto que el turismo colonizaba enteramente la vida cotidiana de todos los mallorquines y los desarraigaba en su propia tierra, aunque sin acabar de producir un sujeto autónomo. Nótese que el periodo transcurrido entre los años citados, que correspondía al gobierno del “Pacte de Progrès”, la paz territorial reinó aunque el territorio no dejara de esquilmarse. Precisamente, la ausencia de un colectivo de lucha consciente de su oposición total al turismo de masas, a las urbanizaciones y a todo lo ello que comportaba, desde las centrales térmicas a las grandes superficies, pasando por las incineradoras, las autopistas y los puertos deportivos, es decir, consciente de su anticapitalismo, fue la causa de que la defensa del territorio fuese de la clase del “no por el patio de mi casa” y no superara la fase del recurso jurídico, el sentimentalismo identitario y la supeditación a la política típica de las plataformas ciudadanistas. Las luchas meramente defensivas dentro de una economía no criticada se anulan ellas mismas en sus limitaciones. La resolución definitiva del conflicto territorial no podría consistir en una legislación protectora que liberara al turismo de la corrupción y lo orientase hacia formas menos agresivas de explotación, dejando a salvo una porción más o menos grande de territorio, sino en el desmantelamiento de la mismísima actividad turística. Acabar con el turismo industrial implica una lucha prologada contra la clase dominante que dicha actividad ha engendrado, la clase más depredadora de la historia de las Baleares, muy avanzada en cuanto a corruptelas y muy tradicional en cuanto a piratería.

La gravedad de las agresiones que acompañan a la proletarización del territorio mallorquín, superpoblado, soportando altos niveles de masificación, con todos los indicadores de estrés turístico disparados, ha llevado a una parte de la clase dominante insular, hasta hace poco minoritaria, a la convicción de tomar medidas ecologistas sin las cuales el desastre resulta imposible de administrar. Hasta los dirigentes más obtusos saben lo que significa la pérdida de calidad de una vida prisionera del turismo. La preservación del interés privado ya no puede prescindir de la formulación de un interés general, es decir, de un verdadero interés de clase, hoy por hoy ecológico. Paradójicamente, la ecología surge ahora como solución de las contradicciones del turismo industrial, mediando por un desarrollo “sostenible” basado en la integración del coste ambiental a la factura del negocio turístico. Las tasas serían un tímido ejemplo de ello. El capital acoge en su seno al medio ambiente, lo que en sí es un hecho importante, una inflexión ecodesarrollista. El escándalo de la corrupción facilitará el recambio del equipo enfangado de la derecha, y las instituciones, en poder de “la izquierda”, se encargarán de propiciar un gran pacto entre las firmas internacionales, los empresarios locales, los sindicatos y los “movimientos sociales”, en pro de un turismo más desestacionalizado, más diversificado y más “verde”. La naturaleza también puede ser negocio con tal de que el automóvil llegue hasta ella. La sobresaturación de bañistas en la cala Mondragon es un ejemplo palpable. La política balear, siempre dócil a la dictadura del mercado turístico, se vuelve ecologista y los ecologistas figuran en las candidaturas electorales, reflejando una conciliación entre intereses dispares, los de la explotación de los recursos isleños y los de la población, a través de leyes, ecotasas, actuaciones ambientalistas y moratorias urbanísticas. En ningún momento se cuestiona el modelo turístico en sí, ni tampoco el crecimiento de la actividad, sino que ambos se someten a una regulación restrictiva destinada a paliar los excesos anteriores. La nueva política va de común acuerdo con la nueva fase del capitalismo balear, la que corresponde al compromiso entre el turismo de masas, la institucionalización de la lengua catalana y la protección del entorno. En realidad no es más que la administración neutral de los recursos en pos de una “marca” rehabilitada, o dicho con más disimulo, en un “nuevo modelo turístico”, también desarrollista pero controlado, todavía por ver.

La defensa del territorio y de la cultura, en la medida en que busca formar parte de la política institucional y es acogida por ésta, pierde su condición de lucha social y deja de expresar el combate entre opresores y oprimidos que la había caracterizado en la etapa de la corrupción. La lucha contra la clase dominante no ha de conformarse con el simple relevo de sus jefes, unos procesados por delitos y otros quemados por las responsabilidades políticas, ni tampoco con la reordenación del territorio según nuevas leyes pactadas. La huella ecológica de las Baleares equivale a la de una extensión seis veces superior. El grado de descomposición social debido al modelo turístico que, recordemos, no es más que una pieza del entramado económico globalizado, ha llegado a tal punto que incluso el problema más trivial –que el agua del grifo sepa a agua- exige soluciones que lo cuestionan en su conjunto (el turismo es la forma específica que reviste en las Baleares el capitalismo global), puesto que las susodichas soluciones implican una transformación íntegra de las relaciones sociales y del espacio que las alberga. Así pues, una cuestión seria como por ejemplo la energética nunca podrá resolverse sin sustituir la economía de mercado y el estado por otra forma de convivencia social más justa, equilibrada e igualitaria, ajena a mediaciones mercantiles y partidistas. Ninguna energía descentralizada podría implantarse socialmente sin desarticular las estructuras dominantes, aboliendo el beneficio privado y con él, la explotación del territorio y de sus habitantes.

La industria turística depende absolutamente del agua y de la energía. No hubiera podido superar el primer “boom” sin los embalses de Gorg Blau y Cúber, y sin la central térmica de Es Murterar, así como tampoco hubiera podido superar el segundo, el de la “democracia”, sin la desaladora de Son Togores y la incineradora de Son Reus, asimismo productora de energía. La conexión con la red eléctrica peninsular garantiza el suministro que necesitará una expansión posterior, por más que haga Mallorca aún más dependiente del exterior. Queda aún por resolver el problema del agua, con unos acuíferos sobreexplotados. Considerada como mercancía, la energía es un poderoso factor de concentración de poder; los cables, el oleoducto y el gasoducto submarinos son las cadenas con que el poder de las multinacionales energéticas aprisiona la sociedad mallorquina. Sin embargo, la producción autóctona sigue siendo necesaria para evitar los desastres de una dependencia absoluta en caso de avería o sabotaje. La llegada del gas a espuertas ha impulsado la construcción de centrales térmicas de ciclo combinado, la verdadera apuesta energética, junto con la incineración, del Govern balear, que a pesar de todo aún no ha desbancado al carbón, todavía la fuente mayoritaria. Las líneas de alta tensión son los tentáculos de la urbanización, que evidentemente sigue impulsándose, no encontrando una oposición que vaya más allá de reivindicar un trazado distinto. Las plantas de producción de energía renovable existen solamente como refugio del capital inmobiliario, ya que los precios de la luz y del gas siguen subiendo y la inversión parece recuperable en cinco o seis años. Realmente, los proyectos de producción energética de fuentes renovables, principalmente solares, no significan una transformación del capitalismo en Mallorca, al fin preocupado con la diversidad y la integración de la vida con la naturaleza, ni mucho menos el inicio de una “transición energética”; se trata sólo un tanteo del negocio, hecho por grupos empresariales de ocasión apoyados por la banca. No cuestionan en lo más mínimo el turismo de masas, ya que obedecen a interese privados, no sociales, y siguen los parámetros centralizadores típicos de las térmicas y nucleares: fuerte inversión, gran tamaño, un mayor consumo de suelo y conexión con la red convencional que permite llevar la energía a lugares alejados. Por otra parte, la electricidad no es la forma de energía hegemónica en una isla que cuenta con un millón de vehículos a motor. Actualmente, la dependencia del combustible fósil es total y el modelo energético es el de siempre, puesto que va ligado estrechamente al modelo turístico de masas, pero las disposiciones mundiales contra el cambio climático aseguran a los inversores que se aventuren en las renovables industriales un pedazo apreciable de la tarta energética.

La peculiaridad industrial de las centrales solares fotovoltaicas hace que el carácter renovable de la energía producida sea cuestionable. Se necesitan grandes extensiones de terreno (casi siempre agrícola), material de construcción, carreteras de acceso, transformadores, estructuras de soporte, cables y acumuladores, todo ello con un coste energético determinado. El impacto visual sigue siendo negativo. La construcción de paneles solares implica consumo de aluminio, acero y vidrio, pero es la fabricación de obleas de silicio cristalino o amorfo la que presenta la factura energética más alta y la que genera residuos más contaminantes (gases, polvo, restos de obleas). El silicio, a pesar de ser muy abundante en el globo, es bastante caro en la forma requerida, y además, su producción está concentrada en cuatro Estados que monopolizan el mercado. Son más eficaces o más baratos el arseniuro de galio, el teluro de cadmio o los sulfuros y seleniuros de indio y germanio, pero todos estos elementos son escasísimos y por consiguiente nada renovables. Su obtención requiere procesamientos muy violentos con el territorio y altamente consumidores de energía. Por otro lado, la eficiencia de los paneles no es total; depende de la insolación, la inclinación y la orientación. Finalmente, el parque ha de ir asociado a con una fuente de energía fósil, puesto que no funciona cuando no hace sol. Los expertos minimizan interesadamente la tasa de retorno energético del panel en cuatro años, mientras que su vida útil es de 20 a 30, pero con toda probabilidad los paneles habrán de trabajar muchísimo más tiempo para compensar la energía no renovable empleada en la construcción de toda la central. La producción industrial de electricidad a partir de la luz solar es dudosamente limpia, pero tiene la ventaja de estar en sintonía con el giro verde de la economía capitalista, y por lo tanto, de ser perfectamente compatible con el turismo industrial.

En conclusión: no se puede plantear rigurosamente un modelo energético renovable desconectado de un modelo social no desarrollista, y, lo que es peor, alejado de una lucha coherente contra el capitalismo, que en la isla es una lucha contra toda forma de turismo industrial y toda infraestructura, especialmente el aeropuerto. Es el eslabón débil de la cadena turística: sin aeropuerto no habría turismo. El combate por una sociedad estable, descentralizada, cooperativa y ecológica, es fundamentalmente un combate contra los intereses creados en la explotación del territorio, y por consiguiente, una confrontación con la oligarquía política, empresarial y financiera que dirige los destinos del archipiélago. Es ecológico, cultural, social y antiparlamentario, en oposición radical con el crecimiento de la economía. El más elemental de los realismos nos dice que no hay que confiar en propuestas que prometan un capitalismo menos dañino, una motorización más eléctrica, un retorno a la tierra subvencionado, o incluso un turismo sustentable, controlado todo desde las instituciones autonómicas, donde se supone que reside el poder de la “ciudadanía”. Éste parece ser el caso de partidos que prestan apoyo a la actual coalición gobernante, pero tampoco son de fiar las alternativas semejantes desde la sociedad civil tal como está, desmovilizada y consumista, en las que creen ciertos autodenominados movimientos “sociales”. El régimen económico y social que domina Mallorca es irreformable, no hay más remedio que desmantelarlo. Es tanta la destrucción que el menor cambio real exigirá medidas drásticas, imposibles de adoptar en el marco de un régimen económico, social y político como el presente. La crítica social ha de atacar la raíz de todos los problemas. Las contrainstituciones que surjan de las movilizaciones y los debates asamblearios han de ser su instrumento.

Charla del 27 de octubre de 2016 en el Ateneu Lo Tort, Manacor (Mallorca).

 

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