¿Luís Buñuel cineasta anarquista?

Se ha hablado mucho sobre el anarquismo de Luís Buñuel, lo cual resulta bastante pertinente cuando se citan algunas de sus películas más audaces –Los olvidados, El ángel exterminador, Viridiana, El dulce encanto de la burguesía, etc- que coinciden y en no poca medida con este pensamiento, pero no en concreto, o sea en cuanto a sus posiciones políticas personales, más bien situada en la línea republicano-negrinista.

Ora cosa es que sus obras, sobre todo Las Hurdes, pero también El perro andaluz o La edad de oro, ambas realizada al alimón con el Dalí más genuino, fueron consideradas por la derecha como totalmente inaceptables y “anarquistas”, y no faltaron voces que las compararon con las bombas de Ravachol, pero esta realidad, sobre la que un autor como Richard Porton abunda en su libro sobre cine y anarquismo, no tiene apenas que ver con su ideario personal, a veces más bien conservador, como parece obvio en el caso de la mujer o del matrimonio..

Tal como cuenta en El último suspiro,&nbsp a sus simpatías políticas, de ir hacia algún lado, se orientan más hacia el PCE y el comunismo, situándose como surrealista más en el terreno de Louis Aragón y Paul Eluard que en el de André Breton o Benjamin Peret, aunque&nbsp aquí cabría matizar que Don Luis nunca se implicó tanto como los primeros ni dejó de ser amigo de los segundos. En Mi último suspiro cuenta que Breton le llamó para interesarse por la suerte de Benjamín&nbsp Peret al principio de la guerra, y dice: “Supe que había ido al frente de Aragón, a Huesca, y también que criticaba tan áspera y abiertamente el comportamiento de los miembros del POUM que algunos de ellos habían manifestado su intención de fusilarle” (Mi último suspiro, Ed. Plaza&Janés, Barcelona, 1982; 161, obra escrita por su guionista Jean-Claude Carriére),&nbsp una verdadera “trola”, ya que Peret se mostró mucho más conciliador con el POUM que los trotskistas que seguían al pie de la letra las críticas de Trotsky a éste partido.

Cito este detalle porque me parece bastante representativo del tono empleado por el autor de Él (un retrato soberbio de la “personalidad autoritaria” a través del personaje encarnado por Arturo de Cordova en su mejor interpretación) en relación a las tensiones internas del campo republicano, dentro del cual optó por antes la guerra, y desconfiaba de los anarquistas, que consideraban que estaban “organizaban ya su sociedad ideal”. Cuenta también que Gil Bel, director del diario El Sindicalista, le invitó a formar parte de “una colonia anarquista en Torrelodones”, pero Buñuel consideró, en “primer lugar, aquellas casas pertenecían a personas expulsadas, a veces fusiladas o huidas. En segundo, Torrelodones se halla situado al pie de la sierra del Guadarrama, apenas a unos kilómetros de las líneas fascistas, ¡y allí, a tiro de cañón, los anarquistas organizaban tranquilamente su utopía!” (1982;152).

A continuación, Buñuel cuenta algunas anécdotas en la misma línea, como la que atribuye a “Rarnón Acín, que había financiado Las Hurdes”, y según la cual unos faistas proclamaron que preferían a los confidentes&nbsp de la policía antes que a los comunistas. Por todo lo cual, Buñuel llega a declarar: “Pese a mis simpatías teóricas por la anarquía, yo no podía soportar su comportamiento arbitrario, imprevisible, y su fanatismo. En algunos casos, bastaba casi con tener el título de ingeniero o un diploma universitario para que le llevasen a uno a la Casa de Campo. Cuando, ante la proximidad de los fascistas, el Gobierno republicano decidió salir de Madrid para instalarse en Valencia, los anarquistas montaron una barrera en la única carretera que quedaba libre, cerca de Cuenca. En Barcelona mismo -un ejemplo entre otros-, liquidaron al director y a los ingenieros de una fábrica metalúrgica, para demos­trar que la fábrica podía funcionar perfectamente en manos sólo de los obreros”…

En un momento Buñuel incluso apunta que pudieron ser los propios anarquistas los que mataron a Durruti, y&nbsp lleva su “impresión personal, una entre millones”, a dar por buena una versión según la cual en “el mes de mayo de 1937, se vio incluso miembros de este movimiento (POUM), a los que se habían unido anarquistas de la FAI levantar barricadas en las calles de Barcelona contra los ejércitos republicanos, que tuvieron que combatirlos y reducirlos (1982; 153). Su imagen del anarquismo durante la guerra podía ser la pesadilla de los dos peregrinos de La vía láctea (1968), en concreto aquella en la que un obispo es fusilado por una patrulla de la CNT que incluye una mujer al frente para mayor “escarnio” de los beatos.

Otra curiosidad: en el nº 1 de la revista El Viejo Topo, Carlos Saura se define a sí mismo como “anarquista”, pero semejante declaración no encuentra mayor ilustración en su obra que la que pudiera desprenderse más o menos vagamente de algunos de sus títulos, como Deprisa, deprisa (1980), que suscitó en su momento un cierto interés en los medios afines. También se ha hablado de “anarquismo” en casos como Tener Herzog, Pasolini, Godard, y naturalmente Loach. Pero, al igual que ocurre con Buñuel, una cosa son sus películas, y otra sus opciones políticas.

Postdata. Dos palabras sobre Ramón Acín Aquilué, inolvidable artista plástico y profesor de dibujo, muy relacionado con el movimiento libertario. (Osca, 1888-1936), Buñuel lo presenta como un «anarquista convencido, daba clases nocturnas de dibujo a los obreros». En 1913, junto con Angel Samblancat y Federico Urales, fue uno de los iniciadores de la publicación del efímero semanario barcelonés La Ira. También colaboró con la Solidaridad Obrera, y contribuyó a su conversión en diario. También estuvo muy vinculado a Joaquín Maurín. Esto le llevaría, hacia 1919, a ayudarlo en sus actividades políticas, ya de filiación comunista, por tierras de Lleida. Aunque su actividad política y profesional las desarrolló básicamente en su localidad, estuvo muy vinculado en algunos momentos con Cataluña. Cuentan que un día, mientras que Buñuel le contaba su idea de hacer un documental sobre Las Hurdes, Acín se brindó a pagársela sí le tocaba el gordo. A los dos meses le tocó cuanto menos una cantidad considerable, que sirvió para que el cineasta realizara Las Hurdes, tierra sin pan, que causó una verdadera conmoción entre las clases pudientes, y sería luego un símbolo del cine surrealista y de la cultura republicana. Cuando estalló el Alzamiento, los falangistas fueron a buscarlo a su casa, y como había huido, dijeron que sí no volvía matarían a su mujer. Él volvió al día siguiente, y entonces fusilaron a los dos. En los últimos años se han realizado diversas exposiciones entorno a su obra como artista,&nbsp y Sonya Torres Planelis lo ha estudiado en Ramón Acín. Una estética anarquista y de vanguardia (Virus, BCN)

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