Publicado en: 4 febrero, 2019

Los Visitadores

Por Jose Luis Merino

Un relato en el umbral de la Edad Media.

¡Mañana será la Edad Media!

¡Mañana será la Edad Media!

¡Mañana será la Edad Media!

Los Visitadores llegarían al anochecer. Xahur se levantó con las primeras luces del día. Atareó el tiempo en ocultar los rasgos de hombre alguno que pudieran encontrar en la casa los Visitadores. Una y otra vez volvió a revisarlo todo. Ningún asomo de hombre que lo delatara debía quedar a la vista. Sólo encontrarían la presencia y el trajín de tres mujeres indefensas.

A la hora en que el sol iniciaba la baja hilacha del crepúsculo, Xahur salía del cobertizo montado en su caballo del color del viento. Su mujer y sus dos crecidas hijas se abrazaron a sus rudas piernas. Las abultadas miradas dijeron el resto. Él las alentó recordándoles que volvería cuando los Visitadores estuvieran seguros de no hallar al hombre que buscaban. Aflojó las riendas del caballo, apartándose suave de las mujeres, y cabalgó despacio para que no pensaran que huía. Tomó la dirección del bosque protector, tres leguas arriba. Las mujeres lo vieron perderse por la crecida de la tarde. Al entrar en el bosque dejó que el caballo hundiera su boca en el pasto oscuro, y esperó, atisbando desde la segunda fila de árboles, a que los Visitadores entraran en el cerco de la historia.

Con la mirada puesta en el llano, escuchó el inconsolable sufrir de las aves nocturnas y el temblor de cristal de las ramas de los árboles. En el horizonte, un trazo de tormenta punteaba sobre el lumine del cielo. En ese momento sintió frío y miedo al mismo tiempo. Se acercó al caballo, apretándose contra la curva poderosa de su cuello. El hervoroso fluir de la sangre del animal consiguió aliviar el frío y sus ánimos. Dejó que el caballo pastara libre otra vez y volvió a prestar nueva atención hacia el llano. Mientras la noche envejecía, las tinieblas de espera latían en la venas de Xahur.

Fue como un leve chispazo surgido del silencio. Creciendo desde la levedad, un sonido hizo aparición en la noche. El sonido trepó potente hasta donde Xahur espiaba. Al rato, un tropel de Visitadores cruzaba en tromba por la llanura. A su paso, las tinieblas parecieron extenderse. Heladas gotas de sudor negro corrieron por las sienes del hombre. Temió que pudieran oír los Visitadores los latidos de su corazón, a punto de saltar, descubriéndole. Cerró los ojos para quitarse miedo…

Poco a poco, el galopar de los Visitadores se fue alejando, hasta no ser nada dentro de la noche. Xahur respiró pausado. Su respiración se fundió en íntimo acuerdo con el húmedo follaje del bosque. Seguido, trató de adivinar cuanto harían los Visitadores al llegar a su casa: los vio rebullendo por los cobertizos, hociqueando por cada rincón; después llegaría la retahíla de preguntas a las mujeres; la comprobación de saberlas solas y la vuelta por donde habían ido. En su imaginación postrera sintió la suma alegría de poder verse retornar, libre, junto a su mujer y sus hijas.

Pasaron las horas, amontonándose sobre los pensamientos de Xahur. El tiempo de espera le concedía un impalpable tiempo sin respuesta alguna. Las horas comenzaron a excederse sobre sus cansados párpados.

El amanecer, hijo proscrito de la noche, acrecía y remontaba por entre la oscuridad del bosque. A lo lejos se oyó un tenue aguijón de galopes. Xahur se enderezó para escucharlo. Sus párpados dejaron de estar cansados. Se agazapó. Los Visitadores pasaban de vuelta con el mismo estrépito que en el camino de ida…

Se alejaron. Desde ese momento Xahur dejó de tener miedo. Aguardó un rato largo. Luego, picó espuelas hacia la casa, como si un renovado hombre volviera a una libertad inmensa, de tan nueva y favorable.

Al llegar al cobertizo, quitó los apeos al caballo, lo palmeó con agradecimiento, sacó el agua del pozo y dejó que el animal se embebiera en la sed del agua. Llamó a las mujeres. Su voz vibraba de gozo. Llamó más fuerte. Se adentró en la casa voceando los tres nombres, uno a uno seguidos, una y más veces. El silencio le respondía. Al entrar en una de las alcobas quedó espeluznado: las tres mujeres yacían en la cama desgarrados los vientres, por donde salían borbotones de sangre y unos hilillos de líquido blancuzco. Les habían tajado los pechos con dientes de voraz salvaje. El hecho irremediable de aquellos cuerpos, como varias veces matados, dejó en Xahur una falta de existencia. Gritó palabras inconexas, desconocidas. Se abrazó a los cuerpos y lloró lágrimas de animal herido. Su cabeza se pobló de hombres horribles, encimados sobre inocentes mujeres. Vio en sus pensamientos los turnos imparables de aquellas malditas bestias. Perdió el sentido.

Recobró el conocimiento cuando la noche volvió a llenarse de negrura. Se levantó con gran esfuerzo y salió de la alcoba. Andaba a los tumbos. Miró a lo alto. Sus ojos parecían salírsele de las órbitas. Por uno de los lados de la luna creyó ver terribles animales escondidos. Lanzó contra ellos aullidos rabiosos.

Pasaron los años, ascendiendo unos sobre otros. Xahur repitió en todo ese tiempo un abrazo diario a sus cuerpos queridos. Después, a la hora en que la noche convoca a lo oscuro, todos los días de todos esos años, Xahur salía de la estancia y lanzaba enconados aullidos dirigidos a la vasta bóveda negra del cielo.

El tiempo dejó de ser tiempo para él. La oscuridad total llegó a penetrar por entero en sus venas, demasiado gastadas para ser cuerpo.

Un día, cuando ya los cuerpos de las mujeres no fueron más que miseria calcinada, se alejó de la casa, tapado por una barba de selva, crecida al paso de los años. Solo quedaban de él los despojos de un desconocido cubierto por harapos.

Tras su marcha, un número imprevisto de aves, retorcidas y sucias, penetró en la casa para cumplir el rito de acabar con la última partícula de resto humano y dejarlo más tarde como claridad helada de vidas que nunca existieron.

Xahur recorrió años y leguas, sintiendo que volvía a ver en su imaginación a su mujer y sus hijas envueltas en aquel terrorífico charco de sangre.

Sin él saberlo, deambuló por poblados pequeños y grandes. Las gentes se apartaban cuando le oían mascullar una sentencia que entrañaba un futuro ominoso, y después se persignaban. La sentencia corrió entre generaciones. Con el transcurso de los años, esa sentencia se tornó leyenda.

COLABORA CON KAOS