Los vendedores de juguetes.

Los chinos hacen móviles, pero para poder venderlos tienen que poder hacer muchos cobrando poco. Cada vez ganan un poco más. Ahora resulta que los de Apple se descuelgan  diciendo en el TIME que para poder seguir vendiendo sus aparatitos tienen que comprarlos los mismos chinos. ¿Quién vigilará a los vigilantes?, los vigilantes mismos. ¿Quién se enemistará con los enemigos?, los enemigos mismos.

  En el proceso involutivo en que nos encontramos va a ser verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor. El 80 por ciento de esos juguetes proviene de China, donde, para fabricarlos, trabajan, entre otras lindezas, doce horas al día niños de entre 12 y 14 años y por menos de un dólar diario. Las pantallas nos muestran imágenes de esas enormes naves con largas filas de pupitres en los que se sientan cientos de pequeños orientales que no van a poder pasar de curso así como así. 

  Parece un cuento de terror para preuniversitarios condenados a volver a la escuela, no para estudiar algo e ir a lucirse en la Uni el otoño que viene, sino para trabajar en jornadas agotadoras y no pasar nunca de curso. Los talleres serán visitados, dirá un Gran Hermano por los altavoces, por los ejecutivos de las grandes empresas de juguetes que ya han reservado con enorme satisfacción y deleite para su cuenta de resultados toda la producción del próximo año. 

   La globalización se ha aliado con la crisis no para prometer a los niños chinos que un día podrán gozar de los juguetes que disfrutan ahora los de la Sociedad del Bienestar. Pronostica más bien que, si nada cambia y se mantiene la actual política, serán los europeos los que terminen como los chinos, sin juguetes y además sin Estado de Bienestar, porque no habrá con qué comprar los juguetes, a quién comprar los juguetes, quién quiera hacer juguetes… junto con las ganas de hacerse con ellos aunque sea al precio del Estado del Bienestar, incluso del Estado de la Simulación del Bienestar.

  Para defender nuestro modo de vida debemos dejarnos de juguetes del mismo modo que los que no quieren maltrato animal se hacen vegetarianos. ¿Cómo le decía Thoreau?: “Lo que tengo que comprobar, en todo caso, es que no me presto al mal que condeno”. No digáis, hermanos quienes sois, escribid lo que es más vuestro con textos ajenos, sin poner vuestro nombre, sin dejar pistas que les lleven hasta vuestras organizaciones. Las redes sociales constituyen la quinta columna de los vendedores de juguetes entre nosotros.

  Nuestras direcciones deben desaparecer de su alcance. No escribamos sobre lo que devuelve a la teoría los problemas prácticos. Escribamos, por el contrario, sobre lo que sabemos que no podemos escribir, porque está prohibido. Escribamos sobre cómo combatir la propiedad privada de los medios de producción y comunicación. 

   Escribamos sin dar pistas, sin puedan alcanzarnos sus verdades ni sus vendedores, ni sus soplones que siguen siendo como en la época de Quevedo más rápidos que el viento, para que no puedan organizarse contra nosotros. Escribamos textos que no estén separados de la vida, que no vayan a parar a las pantallas de los impotentes sino a las mesas de trabajo en donde se organiza la próxima acción. Si conseguimos escribir así empezará acaso a ponerse en duda entre nosotros la necesidad real de juguetes… para leer y escribir.

   No manifestemos nunca la indignación con palabras, sino con actos; lo segundo será tanto más eficaz en la medida en que evitemos lo primero. Ni en sitios “autorizados”, sino  lugares donde no puedan pillarnos. Hay que llevar como pedía Gracián: «… ojos en la espalda, en los codos, en la propia lengua para mirar lo que se dice; ojos en los mismos ojos para mirar cómo miran».

   Porque, por hablar como el furriel de mi compañía, que justo cuando había empezado a dormirla llamaban a Generala, transformando una plácida noche de paz y reparación después de beber y hablar demasiado, en una pesadilla de las de fuera de la cama: “¡El enemigo no es tonto!”. Nosotros pensamos que puede que sí, porque al enemigo a veces le da por decir que nosotros somos el enemigo, cuando el enemigo es él. En todo caso siempre podemos pensar que son los chinos: La clase obrera del capitalismo internacional.

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