Los tres puntos de una reforma inaplazable

&nbsp España es el país que más legisla no ya de Europa sino también del mundo. No sé si será por los mismos motivos que sólo en la ca­pital hay más abogados que en los países que forman el núcleo de la Eu­ropa Vieja. No extraña que ni los jueces se aclaren en medio del ma­rasmo de tanta norma y tantas contradictorias. La misma Constitución es papel mojado cuando sus advocaciones son lleva­das a la práctica, y los gobiernos que deben desarrollar sus facilo­nes pronunciamientos han de responder por ella…

&nbsp Todo esto viene a cuento de dos cuestiones. Una es que al fin se discute la posibilidad de la reforma de la Constitución. (Me da aler­gia esa manía de llamarla Carta Magna que será muy sonoro pero tam­bién un apelativo de imitación). Y otra, que no negando la nece­sidad de un texto de referencia para la convivencia del país, lo prin­cipal en toda Constitución, todo pacto y todo contrato es la voluntad de cum­plimiento de parte de quienes tienen el deber de cumplirlos.

&nbsp Quiero decir que de poco sirve un contrato redactado de modo im­pecable que mencione los preceptos que protegen jurídica o políti­ca­mente a una y otra parte, si una de las dos, o las dos, no tienen vo­luntad de cumplir el contrato bien en el momento de suscribirlo, bien llegado el de cumplirlo, bien si, por lo que sea, no pueden o no quie­ren cumplirlo.

&nbsp Por ejemplo, los nacionalistas vascos no estuvieron presentes en la redacción de la Constitución en 1978. Es decir, el pueblo vasco no estuvo representado en el pacto constitucional. Luego, aunque sí es­tuvo representado -faltaría más- en el pacto autonómico, el del Esta­tuto de Guernica con el Estado, de poco ha servido cuando, 30 años después, 32 transferencias que el Estado debe hacer al go­bierno au­tonómico sigue sin practicarlas. La aconfesionalidad del Es­tado es otra pamema. La jerarquía católica sigue erigiéndose en dueña y se­ñora de los espíritus, y presiona sobre el votante lo sufi­ciente como para que el gobierno se humille ante ella pagándola como otro de sus frentes hostiles institucionales. Aznar despreció la Constitución con la argucia de que las tropas enviadas a Irak no iban a la guerra sino a limpiar letrinas, como si limpiar letrinas, prestar ayuda humanitaria o hacer zapa o fontanería en una guerra no fuese enmierdarse hasta el cuello en esa guerra. Con esa burda triqui­ñuela burló bellacamente a la ciudadanía… ¿He de seguir con más ejemplos de inadecuación en­tre Constitución y praxis de la vida ciudadana?

&nbsp Este país precisa de una reforma a fondo de la Constitución. Natu­ralmente. Pero menos alharacas y menos remilgos. Bastaría, de mo­mento, un solo punto: el referendum por antonomasia: ¿monar­quía o república? Luego, una vez resuelto de la manera que aplas­tante­mente se resolverá algún día a favor de la República, llega el mo­mento de instituir el sistema electoral proporcional. Y, por último, una vez cumplidos los dos anteriores, el de implantar el Estado fede­ral. Considero estos dos últimos de una prioridad intercambia­ble. Con ello se resolvería de un plumazo la incompatibilidad de idiosin­crasias entre los habitantes de la España que se apiña, por un lado, y la España de los Estados sin nación que son los territorios periféri­cos llamados his­tóricos, por otro.

&nbsp Con estas tres acometidas podría darse perfectamente por re­suelto el asunto de la reforma y vendría por sí solo todo lo demás. Pero si se abordan en la pretendida reforma otras cuestiones, será otra argucia más de los cancerberos del sis­tema para dejar intacto el núcleo ma­noseando lo superfluo. Es decir, otra manera de cebarse políticos ul­traconservadores (PP), conservadores (PSOE) y medios en una estú­pida, aturullante y retrógrada labor de despejar cuál sea el sexo de los ángeles.

&nbsp Déjense de pamplinas tanto los negacionistas como los justos alborotadores para la inaplazable reforma constitucional. Sólo con el referéndum monarquía-república, con la ins­tau­ración del sis­tema proporcional y con la configuración del Estado en confederación quedarían -entonces sí- liquidados 40 años de fran­quismo y 30 de residuos nacionalcatolicistas. Todo lo demás sobra. A partir de ahí, a sacar pe­cho por un país avanzado. Y luego, a ver­las venir…

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