Los Toros, los taurinos y la tauromaquia

  Siempre él tan sensi­tivo… No tengo ni idea de cómo son sus obras que le han dado tanto galardón, pero tam­poco quiero saber nada de ser tan necio y desalmado. Por esto y por su inde­cente pen­samiento sociopolítico.

 

  Ahora, con motivo de este tímido proyecto de la ministra española sobre el asunto que consiste, al parecer, en que una vez martirizado el toro en la arena sea muerto fuera de la plaza, -como mandan los cánones, no de la tauromaquia sino de la eutanasia humana aunque todavía no se aplique aquí como Dios manda-, vuelvo a unas reflexio­nes sobre fiesta tan in­humana como inexplicable en un país que se postula en tan­tas cosas campeón de la inteligencia.

 

  Como ya hay tantos que, afortunadamente, viendo el asunto desde la óptica del toro y su inhumano trato se en­cargan sobradamente de analizarlo como la aberración so­cial que es, yo doy a esto siempre otro sesgo que me pa­rece incontestable. Pues si dejamos a un lado la primera premisa, la de que el toro ha de morir de todos modos, la segunda premisa echa por tie­rra cualquier conclusión que pretenda pasar por digna y ra­cional. Pues en el “qué más da que muera a la vista de to­dos y en tales condiciones”, es­triba la ignominia de los de­fensores de esta puerca delecta­ción.

 

  El centro de gravedad de esta inmundicia moral no está tanto en las torturas a que se le somete al animal y en la estocada final –que ya de por sí son terribles trances-, como en la mi­serable y primitiva manera de divertirse una plaza llena o semillena de seres humanos fijándose en lo que hace el matarife y no en el ser que sufre el martirio. Aquí, en ese hacer espectáculo y jolgorio del sufrimiento y de la muerte, estriba el horror y la repugnancia de la “Fiesta”.

 

  Hacer espectáculo de la muerte de lo que sea: de un hombre retorciéndose en la silla eléctrica o de un perro cor­tado en trozos a la vista de todos, tirando de bota de vino, engalana­dos, sacando pañuelos, con fanfarrias incluidas… está el centro nervioso de una in­famia que a sí misma se hace esa parte de la población emparentada con los “acos­tumbrados” durante siglos a co­cer a un ser humano para comérselo después a tout y plein. Pues la antropofagia fes­tejada es también una costumbre, y, por simple coherencia de que es “una costumbre”, debería­mos respetarla por las mis­mas razones que esgrimen quienes nos dicen que res­petemos la de ensa­ñarse, acribillar y matar al toro en pre­sencia de miles de personas que van a disfrutar del espec­táculo. Espectáculo y pretendido “arte” que tampoco se dis­tingue gran cosa de ese otro de estrellar a una cabra desde el campanario consis­tiendo el “arte” en que sea la cabeza la primera parte del cuerpo que impacte con el suelo… Estos desalmados, seguro que también sabrán defender su fiesta.

 

  En esto consiste el oprobio. Lo mismo que no es el des­nudo lo obsceno sino quien lo mira con concupiscencia y al mismo tiempo no se arriesga a ser rechazado como cóm­plice de ese cuerpo que le excita pero ni sabe, o no puede, saber que está siendo observado, podríamos decir que la muerte y el martirio del toro no es lo peor, sino el voyeu­rismo al que van inseparablemente unidos.

 

  No hay ética que no esté levantada sobre un andamiaje que se justifica por, o muy transparentes o por misteriosas, leyes universales. La monogamia, la poligamia y la polian­dria, extendidas por el globo al fin y al cabo pese a que va­yan éstas dos últimas a más y aquélla a menos, se combi­nan con otras curiosas uniones, como la familia sindiásmica en la que el padre -tutor y edu­cador- después de por vida, es el hermano del padre bioló­gico. ¿Qué ética aplicaríamos a esta costumbre? ¿La costumbre no está sujeta a ética aunque pasen los siglos y los siglos?

 

  Numerosas costum­bres son o deben sernos indife­rentes si no nos erigimos en censores de la humanidad y aplicamos una óptica antropológica. Pero en el deleitarse con la muerte de un ser vivo, aunque sea un reptil, reside la más arcaica, salvaje, primitiva y ya, en el siglo en que vivimos, depravada condición de quienes defienden con uñas y dientes la “Fiesta”.

 

  Cuando se abolió la esclavitud, también se cancelaron los contratos, perdieron muchos su trabajo y otros muchos se arruina­ron. Para que eso no sucediera ¿tendría la humani­dad que seguir sopor­tándola y vacilar sobre si es o no civili­zada? Digo esto, porque ésta es la cuarta pata de la silla en que descansa la retórica taurómaca: ¡cuánta gente vive de los Toros!

 

  Quizá lo peor, lo más desalentador de la falta de sensibili­dad está en que el “salvaje” encorbatado «no se da cuenta», no siente ni padece; sólo atiende al «arte» de torturar y de matar. Para nosotros, pobres racio­nales, el centro de grave­dad no está, pues, tanto en la tra­gedia del animal sufriente, como en el hecho de presenciar y festejar su sufrimiento. A ver si se enteran de una vez los taurófilos y simpatizantes. Y a ver si se introduce esta filosofía tan sencilla, en la refuta­ción del ya tan inmoral festejo.

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