Los Revisionistas Modernos del Socialismo

(Fragmento tomado de : Contribución al balance de la experiencia de los países socialistas, Revista : Rapporte Sociali)

Los revisionistas modernos conquistaron el poder en la URSS como portavoces de la burguesía en el marco del socialismo y permitieron el reforzamiento, aunque fuera tímido, de una nueva burguesía que surgía desde dentro de la nueva sociedad y revestía sus acciones con una ideología mistificadora extraída de los “lugares comunes” de la nueva sociedad. Contrariamente a todo lo que afirman afanosamente aún hoy los Deng Shiao-ping y compañía, la burguesía que se impone en estas circunstancias no está compuesta generalmente por ex-capitalistas, ex-propietarios terratenientes, ni por elementos marginales de la sociedad socialista (explotadores, saboteadores, criminales, etc.). Como decía Mao, la nueva burguesía está « dentro del partido comunista» , surge del corazón de la nueva sociedad.

Desde que los revisionistas modernos tomaron el timón en la dirección de la URSS, todo proyecto de reforma económica propuesto o realizado estaba dirigido a restablecer y reforzar las relaciones mercantiles y capitalistas entre las unidades productivas, entre éstas y los trabajadores y entre el conjunto de las unidades productivas y el resto de la población. El objetivo ha sido que cada unidad productiva se bastase a sí misma, midiendo sus resultados en el mercado, que cada empresa pudiese asumir y despedir trabajadores y emplearlos según las necesidades dictadas por el objetivo de imponerse en el mercado y ampliarse; que cada unidad productiva vendiese y comprase a precios que garantizaran su éxito en el mercado; que cada trabajador se vendiese al mejor postor para poder vivir y que su nivel de vida y el de su familia estuviesen determinados por el contrato de venta con el que se ligaba. No por casualidad los EEUU se convirtieron en constante punto de referencia y en ideal de la nueva burguesía soviética. Ciertamente, sólo sacaban a la luz los éxitos productivos y tecnológicos de la burguesía norteamericana. Silenciaban la explotación interna e internacional en la que estos éxitos estaban inseparablemente basados y no se referían para nada al carácter temporal de los mismos (el gigante tenía los pies de barro), al hecho de que la capacidad de desarrollo económico (y también tecnológico) de la sociedad socialista se había ya demostrado, en la práctica, muy superior a la de la sociedad capitalista de EEUU. En consecuencia, la Unión Soviética, bajo la dirección de los revisionistas modernos, dejó de ser poco a poco un ejemplo y un punto de apoyo para el movimiento obrero y los movimientos antiimperialistas de liberación nacional.

En vez de preocuparse por resolver los problemas y contradicciones que precisamente el éxito del período anterior había hecho patentes o creado y que ese mismo éxito hacía posible resolver a partir de ese momento, los revisionistas modernos se dedicaron a restaurar las relaciones mercantiles y capitalistas.

Pero la nueva burguesía nunca llegó a tener totalmente las manos libres.

En la Unión Soviética, como en los países del Este de Europa, los comunistas habían creado distintas y múltiples organizaciones de masas que implicaban de algún modo y en alguna medida a millones de trabajadores. Tales organizaciones eran un instrumento de la revolución y de la lucha por la construcción del comunismo. En el contexto en que estas organizaciones habían sido creadas, cumplían la tarea de:

– forjar progresivamente la unidad de los trabajadores;

– dar una forma concreta de existencia a los trabajadores como colectivo y como unidad consciente y capaz de actuar;

– permitir el paso gradual del Estado a las masas de las funciones políticas, de dirección y de organización.

– contribuir a la extinción de la política en tanto que función exclusiva y profesional reservada a los políticos.

Los revisionistas modernos heredaron estas organizaciones de masas y, tras controlarlas y depurarlas, las utilizaron como formidables instrumentos de control, consenso y selección de sus nuevos miembros. Pero el carácter antagónico de las relaciones sociales generales impedía que los trabajadores afrontaran, mediante estas organizaciones, los problemas de la producción como problema del poder de los trabajadores unidos para dirigir la producción, los planes de producción, los planes de distribución y, por tanto, toda la vida de la sociedad soviética. Los revisionistas modernos transformaron estas organizaciones, destinadas a la extinción gradual del Estado, en organismos de control, orientación o dirección capilar (9) del Estado sobre los trabajadores. Pero estas organizaciones eran de alguna manera armas de doble filo, cuyo reverso salía y sale de improviso a la luz en los momentos de agitación social.

El poder de la nueva burguesía era tan poco absoluto y tan poco ilimitado, sus prohibiciones aseguraban tan poco la paz social total y era tan poco eficaz la supresión por decreto de la lucha de clases que, por ejemplo, no se atrevió a llevar sus alternativas hasta sus últimas consecuencias a pesar de que figuraban como objetivos en su programa.

La nueva burguesía no se atrevió a establecer la plena libertad de comercio para cada empresa o unidad productiva, ni a dejar que los precios los dictasen las leyes del mercado, ni tampoco a arrogarse la libertad de despedir a los trabajadores y contratar mano de obra según las exigencias de valorización del capital en cada empresa. En efecto, el nuevo rumbo hizo que cada vez fueran más antagónicas las relaciones inmediatas entre trabajadores y dirigentes de las unidades productivas. Cumplir hasta el final o no los planes de producción, hacer “rentables” las unidades productivas, emplear mejor la maquinaria y el resto del equipamiento, aumentar la productividad del trabajo, todas estos objetivos se convirtieron en preocupaciones cada vez más exclusivas de los dirigentes. Y a ello tendían a medida que las relaciones sociales en las que las unidades productivas estaban insertas planteaban cada vez más en estos términos las tareas a realizar y también a medida que el objetivo de las unidades productivas dejaba de tener como único fin satisfacer las necesidades inmediatas o indirectas de la población (10) . El antagonismo se manifestaba en la baja productividad del trabajo (cantidad de producto realizada por cada trabajador), tan lamentada por los dirigentes soviéticos y de los países del Este de Europa y, en particular, en la baja intensidad del trabajo.

La nueva burguesía soviética no llegó a dotarse de esa formidable arma de presión, chantaje y disciplina contra los obreros que constituye la masa de parados que se arremolinan, dándose empellones, a las puertas de las fabricas, dispuestos a ocupar el puesto del obrero despedido. La nueva burguesía desarrolló la búsqueda de otros medios para obligar a trabajar y conseguir un mayor dominio sobre los trabajadores. Entre ellos, la creación de las condiciones para una diferenciación real entre los trabajadores mismos en la distribución y el consumo como instrumento de presión sobre los trabajadores. No obstante, la diferenciación en cuanto al consumo y el nivel de vida entre los dirigentes, por una parte, y la masa de trabajadores, por otra, heredada del período anterior (11) , no era ni de lejos comparable como instrumento de disciplina y estímulo, donde, por lo demás:

1. los privilegios de que gozaban los miembros de la clase dominante seguían ligados a su función (el ejemplo del director de una unidad productiva que tiene un automóvil con chófer no sirve de estímulo al trabajo para el conjunto de los obreros: pues éstos no pueden aspirar a ser todos directores);

2. los miembros de la clase dominante disfrutaban de alguna manera muchos de sus privilegios a escondidas, sin publicidad (los comercios de mercancías preciosas y de lujo, donde sólo pueden comprar los miembros de la clase dominante, no son un instrumento eficaz para impulsar a los trabajadores a querer ganar más para poder comprar);

3. la cultura difundida por la burguesía entre las masas exaltaba (hipócritamente) el consumo moderado, la sencillez en el vestido y la igualdad, de manera que se reprobaba generalmente a quien vivía por encima del nivel medio y hacía ostentación de lujo, etc.

La nueva burguesía introdujo diferentes tipos de incentivos colectivos e individuales encaminados a obligar a los trabajadores a la autodisciplina y a adaptarse mejor a las máquinas; a movilizar a los trabajadores atraídos por el aumento del salario contra los compañeros de trabajo recalcitrantes. Los jefes recurrieron a distintas formas de negociación con las organizaciones informales de los trabajadores para alcanzar la cantidad de producción deseada.

La burguesía soviética y de los países del Este de Europa comenzó ya desde entonces a apropiarse de estos instrumentos de dominio sobre los trabajadores y a utilizarlos. Esto conllevaba cambios en la producción: necesitaba que las tiendas de todo el país se llenaran de mercancías nuevas y que éstas cambiasen rápidamente para cumplir, diaria y profusamente (capilarmente), su función de estímulo para el trabajo y el beneficio en general.

La burguesía necesitaba que las condiciones de vida universalmente aseguradas a toda la población, llegasen a ser menos buenas: en absoluto o al menos en relación a las consideradas óptimas y que algunos trabajadores, incluso manteniéndose como tales, gozaran de esas condiciones óptimas. La tendencia a la abolición de los “precios políticos” de algunos productos y servicios básicos o, lo que es lo mismo, el empeoramiento de su calidad y el crecimiento de un mercado paralelo de productos y servicios mejores a “precios libres”, llevaba precisamente a ese objetivo.

Las reformas de la época de Kruschev tienen globalmente esta dirección bien definida.

En el período de la “dirección administrativa”, la dirección de los hombres por parte de los hombres, que es la esencia de toda relación social, se manifiesta en toda su desnudez, clara y limpia, sin velos y de forma inmediata. Esta dirección, a medida que las relaciones entre los hombres eran todavía relaciones entre clases antagónicas o llegaban a serlo, revestía necesariamente los rasgos característicos de la opresión, de la arbitrariedad, de la corrupción, de la imposición y de la violencia. Dentro de los límites en los que las relaciones entre los hombres eran relaciones de unidad o de alianza, la dirección de los hombres, tendía a convertirse gradualmente en dirección de los hombres sobre sí mismos, sobre sus actividades y, generalmente, sobre su vida.

Las reformas de la época de Kruschev tendían globalmente a sustituir la “dirección administrativa” por un sistema de “dirección económica”. Las relaciones sociales permanecían como relaciones entre clases antagónicas, pero el dominio de algunos hombres sobre la mayoría de la población se ocultaba tras el velo mistificador del igual y libre sometimiento de todo el mundo a las mercancías, al aparato productivo, al dinero, al mercado, a las leyes objetivas y naturales de la economía.

Las relaciones sociales eran consificadas de nuevo y se presentaban como exigencia de la situación. El elemento que conecta directamente a millones de trabajadores en un único sistema de producción social ya no era la libre y consciente decisión de los trabajadores unidos en torno a la forma de hacer frente a sus necesidades, ni las normas impuestas por la violencia de la autoridad del Estado y de sus funcionarios en los organismos de planificación y en las unidades productivas. A partir de ese momento ese elemento es el dinero que, interponiéndose entre los hombres y los objetos que necesitan, obliga de forma impersonal, imparcial y capilar, sin intervención de policías y “tribunales populares”, a millones de trabajadores a apresurarse a ocupar todos los puestos disponibles de un mecanismo productivo; y esto sin ninguna conciencia previa, acuerdo o relación entre ellos, moviéndose cada uno por una “libre decisión” individual. Fuera del lugar de trabajo, en la sociedad, las órdenes de la burguesía a los trabajadores y a los mismos miembros de la burguesía no se presentan ya como órdenes de unos hombres a otros hombres, sino como intervenciones imparciales y científicas sobre las cosas (la cantidad de moneda puesta en circulación, la tasa de descuento, la tasa de interés sobre el dinero tomado a préstamo, la tasa de amortización, el gasto público, el control de los precios, la emisión de préstamos, la legislación fiscal, la legislación bancaria, crediticia, de valores, social, aduanera, etc.).

Este era el programa de la nueva burguesía como resulta evidente si se consideran las reformas de Kruschev de 1957; las reformas mantenidas por Liberman y Trapeznikov, aplicadas de manera experimental en las empresas Bolschevicka de Moscú y Maiak de Gorki, en 1963; la reforma general de 1965; las reformas iniciadas en 1967 a partir del complejo químico de Schekino. A las mismas conclusiones se llega si se considera la historia de los regímenes de precios, de las autonomías financieras y de gestión de las empresas y uniones de empresas, la oscilación entre centralización y subdivisión del capital, las alternativas productivas relativas a los bienes de lujo, el desarrollo tecnológico de la Unión Soviética y de otros países del Este de Europa.

Pero, como dijeron posteriormente los burgueses, Kruschev se precipitaba y creía poder restaurar el capitalismo con la misma velocidad con la que los comunistas habían construido antes el socialismo. Dio un ritmo tan rápido a la restauración que coaligó contra su programa a demasiados grupos y clases. Por esta razón fue reemplazado (1964).

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Bajo la dirección de Breznev el programa siguió siendo el mismo. La “revolución científico-técnica” de Breznev-Kosiguin fue en la misma dirección. Pero todo asumió un ritmo más lento, más prudente. En poco tiempo se produjo una situación de estancamiento. Ninguna de las dos clases antagónicas era lo bastante fuerte para cambiar decisivamente la situación a su favor.

El proletariado se encontraba sin partido, podía oponer una resistencia pasiva aprovechando las instituciones residuales del pasado y apoyar a los grupos disidentes que poco a poco se creaban entre la clase dirigente y agudizaba así sus contradicciones; sin embargo, no podía tomar la iniciativa.

La burguesía dirigía el Estado, la economía y la cultura, pero no podía enfrentarse con el proletariado imponiendo para ello las medidas necesarias para una valorización máxima del capital. El cuidado que ponía para impedir y sofocar todo movimiento de masas en el campo económico, político y cultural, era la prueba de su debilidad, además de su carácter antipopular.

En consecuencia, florecieron la pequeña economía comercial ( “sumergida ”: en realidad tolerada, mantenida y defendida por el Estado, pero no legalizada formalmente), con el consiguiente enorme derroche de recursos materiales y energías y la consiguiente corrupción. El enriquecimiento, bajo la forma de atesoramiento, opulencia y lujo, ocupó el puesto que las leyes prohibían ocupar a la propiedad individual de las fuerzas productivas.

El equilibrio que se derivaba de ello produjo una amplia parálisis, se ralentizó el ritmo de desarrollo económico, se redujo la renovación tecnológica, siguieron vigentes las formas obsoletas de vida social y de gestión económica, aumentaron las importaciones de bienes de equipos y de consumo del mercado capitalista y abrieron camino a la deuda externa y a la integración en el mercado capitalista mundial. El estancamiento económico fue la manifestación de la parálisis política: ninguna de las dos clases antagónicas tenía la fuerza suficiente para imponer a la otra su voluntad. La nueva burguesía asumió el carácter de “burguesía compradora” en las relaciones con la burguesía imperialista (comercio y préstamos internacionales) y se dio al enriquecimiento individual, acumulando poder adquisitivo y bienes de uso en el extranjero y dentro del país, quedándole cerrado el acceso al capital productivo (el que desarrolla el proceso D – M – T – M’ – D’ * ).

Entre la población, se acentuó la división de clases y empeoraron las condiciones de vida de sectores enteros de la población

Los acontecimientos de estos últimos meses son el resultado de la explosión de las contradicciones provocadas durante el prolongado período de estancamiento. La situación ha llegado a un punto en que ninguna de las dos clases antagónicas puede continuar viviendo como antes.

La situación debe cambiar. Se ha creado una situación revolucionaria.

(*) (Dinero-Mercancías – Trabajo – nuevas Mercancías – más Dinero).

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