Los rasgos esenciales del Estado

Por Jacobo Silva

Estudio acerca del Estado, con el propósito de determinar cuáles son los rasgos esenciales que se encuentran presentes siempre que hay un Estado, independientemente de las condiciones de tamaño, tiempo y lugar. Son rasgos que se encuentran a veces muy embrionarios pero nunca ausentes en cualquier Estado y que le otorgan su carácter de institución parasitaria con la que unos cuantos dominan a toda la sociedad. El autor ha escrito también el libro “Lucio Cabañas y la Guerra de los Pobres”.

Por Jacobo Silva

INTRODUCCIÓN

Nunca demasiado grande para el dominador, jamás suficientemente pequeño para el libertario, el Estado es omnipresente y omnímodo desde el momento mismo en que surgió hasta nuestros días.

Todo el que sale a la calle se topa con él dondequiera, haga lo que haga y aunque apenas se mueva y se limite a mirar o a escuchar. Al andar lo hace sobre una banqueta, una calle o un camino que el Estado pavimentó o construyó; si es de noche puede ver gracias al alumbrado público que él instaló; de día o de noche, en su camino encuentra vehículos como autos, bicicletas, motocicletas que requieren de permiso estatal para circular y que deben hacerlo de la manera en que él estableció como adecuada, a una cierta velocidad y en determinado sentido; si requiere transportarse tiene que hacerlo en un vehículo que si no es público requiere de permiso estatal para prestar el servicio y debe circular solamente por las rutas que él le ha asignado. Si es estudiante puede dirigirse a una escuela que es pública o contará con permiso estatal; si es trabajador va a la empresa que también cuenta con registro y permiso suyo para poder funcionar. Vaya a donde vaya, en su camino ve multitud de anuncios publicitarios, que debieron contar con la autorización estatal para ser colocados donde se encuentran. Si cierra los ojos escucha sonidos regulados por él porque hay algunos que no se pueden emitir en público o más allá de cierto volumen.

Entre los anuncios que puede mirar se encuentran algunos que llaman a votar por alguien o que hacen referencia a lo realizado por algún miembro del gobierno o alguien a quien se considera representante popular, peculiares porque son pagados con recursos estatales.

Si asiste a la escuela le enseñan lo que él considera necesario que aprenda: modales, habilidades, hábitos, destrezas, conocimientos, valores, juicios y prejuicios. Si no asistió a ninguna le negarán el acceso a determinados empleos y hasta al derecho de ganarse la vida si carece de algún grado de escolaridad o de alguna de las destrezas aprendidas en las escuelas, por lo menos saber leer y escribir.

Aunque no saliera de su casa, si ve la televisión o escucha la radio, éstas cuentan con permiso estatal y en ellas oye o mira anuncios comerciales del Estado o particulares pero autorizados por él. Aunque no hiciera nada en absoluto, su estancia en esa casa es posible por el impuesto predial que alguien paga al Estado por ella; y hasta dormido está bajo su mirada por medio de sus policías que, se supone, vigilan para que pueda estar seguro en ella.

Si se limitara a no hacer más que existir se encontraría bajo la mirada de su ojo vigilante, que le observaría para que no cometa ningún |delito y en el momento en que dejara la inactividad, la menor acción suya, fuera la que fuera, se encuentra calificada por las normas estatales como legal o ilegal; eso significa que él tiene derecho a permitirle hacer algunas acciones y a prohibirle y reprimirle otras, tan aparentemente sencillas como caminar desnudo por la calle.

No importa que se trate de acciones que no involucren a otras personas; hasta en las que tienen que ver con su propio cuerpo, el que es suyo y de nadie más, tiene injerencia: si intenta quitarse la vida tratará de evitarlo; si consume alguna sustancia prohibida por él podrá ser sujeto de alguna sanción; si se mutila aparecerá un agente suyo para impedirlo o cuando menos para aislarlo en un hospital psiquiátrico.

Es más, precisamente hasta por no hacer nada tendría motivo para inmiscuirse en sus asuntos: si está en un parque público o en una calle y permanece algún tiempo en esa actitud se le interrogará acerca de la causa por la que está así y se le conminará a retirarse bajo el argumento de ser sospechoso de algo que pudiera perjudicar al Estado o a alguien protegido por él; y si se encuentra en su casa los vecinos podrán reportar a alguna institución estatal esa anómala situación y sus empleados irán a corroborar si está vivo o ha muerto.

Incluso, ni muerto se libera de la presencia estatal: se admite que está sin vida y se da por cierto que falleció en ciertas circunstancias solamente cuando lo hace constar un médico con certificación estatal; además, se necesita de un permiso para sepultarle y éste tiene vigencia un cierto tiempo solamente, pasado el cual sus restos podrían ser destruidos por él, que así eliminaría su último rastro físico.

Hasta la memoria que de él quede se relaciona con él. Si resulta muy edificante, de acuerdo con sus parámetros, le construirá estatuas, pondrá su nombre a alguna calle o colonia o pueblo o ciudad o provincia, dependiendo de la importancia que para él haya tenido. Si fue enemigo suyo, se preocupará de borrar hasta el menor rastro de su existencia o, cuando menos, de denigrar su recuerdo inventando historias que lo hagan parecer un personaje maléfico, perjudicial para la sociedad. Si resulta que no es perjudicial podrán los familiares recordarlo como fue, pero su memoria desaparecerá finalmente, sepultada bajo el peso de las otras memorias que el Estado sí considera dignas de recuerdo.

¿Cuándo puede una persona liberarse de la presencia estatal? Nunca mientras exista porque limita las acciones de los demás como lo hace con las suyas.

No solamente debe someterse a su control; hace falta que le sostenga: costearlo es obligación de la población que se le somete. Es el minotauro al que hay que alimentar en su laberinto del que nadie puede salir.

Además, y por si fuera poco, es necesario rendirle pleitesía; los contemporáneos de Guillermo Tell debían inclinarse ante el sombrero del gobernador que lo representaba; ahora, quien escriba de él debe hacerlo con mayúscula, al menos en español.

Virulento, siempre puede abarcar otro poco y donde quiera que surja, por más pequeño que sea al principio, tenderá a crecer y a contaminar su entorno con su tendencia a regularlo todo, a someterlo a su control, propensión inevitable, intrínseca a su ser.

Genocida, es el mayor asesino de la historia. Quitó la vida a decenas de miles de personas durante el exterminio de makhnovistas en Ucrania entre 1919 y 1921; mató entre 3.5 y 10 millones en Ucrania, durante la hambruna u Holodomor en 1932 y 1933;1 asesinó a 66 millones en la Segunda Guerra Mundial, entre ellos a 6 millones de judíos en el Holocausto; eliminó un millón de personas en un mes con el golpe de Suharto en Indonesia en 1965;2 asesinó a miles durante los golpes de Estado de Pinochet en 1973 en Chile o de Videla en 1976 en Argentina.

Proteico, adopta cualquier forma y cualquier política: se puede agrandarlo para dominar mejor a la población, pero se puede achicarlo con el mismo objetivo; puede buscarse su destrucción para lograr la emancipación, pero también puede desearse su fortalecimiento con el mismo propósito; es posible acrecentarlo argumentando que se le empequeñece. Es un híbrido del dinosaurio de Monterroso y de una ameba: en cada despertar está ahí, aunque siempre bajo una forma distinta, adaptada a las nuevas condiciones.

Pleno de atavismos, sus cualidades se manifiestan invariablemente, tarde o temprano, independientemente de quienes lo encabezan: acorde con la personalidad de quien le encabece, cada uno de sus rasgos puede adoptar ciertos matices, pero jamás dejarán de desplegarse.

Elusivo, se le puede fortalecer al intentar destruirlo, porque, como en el castigo que Dante imagina en el canto XXV de La Divina Comedia, quienes persiguen al monstruo para destruirlo, al alcanzarlo e infligirle algún daño se convierten en él, en tanto el monstruo se transforma en humano para iniciar una nueva persecución en sentido contrario. Eso dificulta pensar en que pueda ser destruido, aunque no lo descarta por completo, habida cuenta de que en algunas experiencias, como en la chiapaneca de los zapatistas, la makhnovista de Ucrania y la parisiense de la Comuna, se vislumbra la posibilidad de prescindir de él.

Dinámico, muchos le han estudiado en otros tiempos, pero siempre tiene aspectos nuevos que es posible abordar y facetas que no habían resaltado; eso dificulta enormemente la tarea de quienes pretendemos entenderle con el objetivo de combatirlo.

Entre las obras más conocidas dedicadas específicamente a la cuestión destacan Dios y el Estado, de Bakunin,3 Crítica del programa de Gotha, de Marx,4 El Estado y la revolución, de Lenin,5 El político y el científico, de Max Weber,6 los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci,7 Marxismo y socialismo libertario, de Daniel Guérin,8 Estado, poder y socialismo, de Nicos Poulantzas9 y Globalización, capital y Estado, de Joachim Hirsch.10 Esto sin contar a los clásicos griegos que, como Platón o Aristóteles, ofrecían una forma particular de Estado que consideraban la deseable y la más racional.

Sin ser exhaustiva, esta lista muestra, por un lado, la amplitud de la gama de estudiosos del tema y, por otro, la pertinencia de la cuestión a través de los siglos.

Después de que autores tan importantes han dedicado libros completos al asunto cabe preguntarse: ¿hace falta abordarlo todavía? ¿Es que no se ha dicho todo acerca de la cuestión?

En las ciencias sociales se vuelve una y otra vez sobre algunos tópicos aunque hayan sido abordados exhaustivamente en otros tiempos. Siempre hay cosas nuevas que decir. Diversas razones abonan en ese sentido.

En primer lugar, tratándose de estructuras o de relaciones sociales, las nuevas circunstancias que siempre se ofrecen en la vida social hacen surgir modalidades nuevas del fenómeno bajo estudio, variedades motivadas por la adaptación de éste a circunstancias novedosas. De esta manera, rasgos nuevos, inexistentes pocos años antes, aparecen en el fenómeno, haciendo parecer inútiles los conocimientos que se tenían hasta ese momento.

En segundo lugar, nuevos avances en las ciencias sociales, posibles por un mejor conocimiento de la experiencia histórica o por la elaboración de nuevas herramientas teóricas, permiten reparar en aspectos del fenómeno a estudiar que antes no se encontraban a la vista de los estudiosos, aunque existieran en él.

En tercer lugar, en la práctica concreta de la vida social ocurren nuevas experiencias que hacen pasar a un primer plano aspectos de los fenómenos que antes no eran foco de atención y pasaban desapercibidos.

En cuarto lugar, un área del conocimiento puede abordarse de una manera no convencional para esclarecer los conceptos debido a la confusión reinante por la utilización de un mismo término para designar fenómenos distintos y de diferentes términos para denominar el mismo fenómeno, como bien lo señala Amedeo Bertolo respecto del poder, el dominio y la autoridad.11

Respecto de las nuevas modalidades del objeto de estudio, vale la pena considerar que así como ni Weber ni Lenin pudieron ver el Estado de bienestar12 estudiado y bautizado por Joachim Hirsch como Estado de seguridad.13 Tampoco conocieron al Estado fascista que Poulantzas denominó Estado de excepción,14 y que otros nombraron Estado de poder.15 Pese a su acucioso estudio acerca del Estado de la posguerra, este último autor no pudo ver en todo su esplendor al Estado hueco16 del neoliberalismo ni mucho menos a lo se ha dado en llamar paraestado17 o el necroestado,18 o el Estado criminal,19 o el Estado nacional de competencia,20 que sí podemos distinguir quienes vivimos en la segunda década del siglo XXI; tampoco pudo ver a los gobernantes norteamericanos usar el término de Estado fallido, para referirse a las “problemáticas, deficiencias e imposibilidad de ciertos Estados para responder a las diversas demandas que hacen sus ciudadanos”.21 Ante estas modalidades de su existencia, un análisis del Estado que no las tome en cuenta sería muy atrasado, incompleto e inútil para estudiar la realidad actual.

En torno al mejor conocimiento de la experiencia histórica y al surgimiento de nuevas herramientas, sin la experiencia del socialismo burocrático seguiría predominando la idea de que es posible construir una sociedad sin Estado por medio del fortalecimiento del Estado luego de la toma del poder; la dictadura del proletariado seguiría pareciendo un Estado en vías de desaparición, cuando la realidad ha evidenciado que no es sino uno fortalecido al extremo y que en vez de hacer posible la emancipación de los trabajadores lleva algunas formas de alienación a niveles todavía mayores.

Aclaro que utilizo aquí el término alienación en sentido amplio, como desapropiación, que puede darse en ámbitos y aspectos muy diversos que incluyen el económico, el político y el cultural, entre otros, y que implica tanto fenómenos objetivos, observables en las personas, como subjetivos, vivenciados y percibidos solamente por el individuo. Este abordaje del tema permite incluir las cuatro formas que Marx analiza de la alienación (del trabajo, del producto del trabajo, de la esencia humana y del hombre respecto del hombre)22 así como los fenómenos que algunos autores denominan autoextrañamiento, reificación o cosificación y otros que apenas han comenzado a ser estudiados.23 Ahora, después de la experiencia soviética y del Estado contemporáneo pueden verse con mayor amplitud y profundidad las distintas formas de la alienación y su relación con el Estado.

Si en su momento podía haber dudas en torno a la naturaleza del soviético y algunos le consideraban un Estado obrero burocráticamente degenerado como lo aseguraban los seguidores de Trotsky,24 un Estado burocrático en un régimen capitalista burocrático, como lo calificaba Cornelius Castoriadis25 o un Estado de capitalismo tardío como lo planteaba Mandel26 o un Estado de despotismo industrial, a la manera de Rudolf Bahro,27 ahora, con Wallerstein, ha quedado claro que en sentido estricto se trataba de un Estado liberal,28 Además, si no se tomara en cuenta la concepción de sistema-mundo, no se comprendería las grandes diferencias entre un Estado central y un Estado periférico.29 Si se deja de lado los estudios sobre la colonialidad, no se puede comprender la vinculación del sistema interestatal global con las distintas jerarquías propias de la relación colonial y de la situación heredada de ella. Si no se toma en cuenta el papel que tiene como productor y manipulador de los afectos no se puede comprender la importancia que éstos tienen en la lucha por un cambio de cualquier tipo. Si no se incorpora el conocimiento actual respecto de los sistemas complejos se renuncia a comprender adecuadamente las interacciones entre sus componentes y entre estos y el entorno, que dan lugar a la adaptabilidad que le ha garantizado la subsistencia hasta la fecha, a pesar de los múltiples y variados intentos por destruirlo.

Acerca de las nuevas experiencias, el zapatismo muestra que es posible construir instituciones de gobierno con características completamente diferentes a las estatales, y eso permite advertir con meridiana claridad los defectos e inconveniencias de éstas respecto de los afanes de emancipación. La del zapatismo y otras experiencias organizativas como las de la Policía Comunitaria de Guerrero permiten hablar de Formas estatales de organización y de Formas no estatales de organización30, caracterizadas las primeras porque se plasman en organizaciones que sin ser un Estado reproducen sus cualidades y actúan como si lo fueran. Si no se considera estos conceptos podría creerse que cualquier forma de organización puede servir para lograr su extinción o, por el contrario, que todas las experiencias organizativas terminarán fatalmente por reproducir la dominación por el inevitable surgimiento del Estado de ellas mismas.

Antes de la década de los 70 del siglo XX podía creerse que un Estado neoliberal tendía a achicarse al máximo, pero después de conocer las experiencias neoliberales debe modificarse esta percepción puesto que si bien disminuye la intervención estatal en la economía, aumenta enormemente su injerencia en otros ámbitos, especialmente en las áreas relacionadas con la seguridad. Y si atendiendo solamente a los países del centro del sistema-mundo pudiera creerse que el neoliberalismo ha conseguido un gran consenso social que permite una menor recurrencia al uso de la fuerza, el análisis de todo el sistema muestra que la violencia estatal abierta se concentra principalmente en la otra parte del sistema, en la periferia, en tanto que en el centro es más discreta o más selectiva, pero nunca inexistente.31 El neoliberalismo es enemigo del consenso y por eso en vez de él, cuando mucho, deja lugar a la corrupción y el fraude, los otros elementos considerados por Gramsci como parte del uso “normal” de la hegemonía en el régimen parlamentario, además de la fuerza y el consenso.32

En cuanto a un abordaje esclarecedor de viejos conceptos, al considerar Althusser en 1969 que había Aparatos Ideológicos de Estado, hizo crecer el concepto de Estado para incluir a organismos e instituciones que en otros momentos se consideraron ajenos por completo a él, como las organizaciones y partidos políticos, las iglesias e incluso hasta la familia, un verdadero escándalo en su tiempo ya que parecía que todo formaba parte del Estado y prácticamente nada quedaba fuera de él.33 Esto hace necesaria la discusión acerca de cuáles son sus límites, hasta dónde abarca, para determinar, más allá de las distintas modalidades que puede llegar a tener, qué instituciones y fenómenos se pueden considerar como parte suya y en qué lugar se pueden ubicar las instituciones que él consideraba bajo la denominación que creó.

1 Heorhiy Kasianov, “Holodomor and the politics of memory in Ukraine after independence”, en Christian Noack, Lindsay Janssen y Vincent Comerford (comps.), Holodomor and Gorta Mór: Histories, Memories and Representations of Famine in Ukraine e Ireland, (Nueva York: Anthem Press, 2014), 167-188.

2 El acto de matar, Dir. Joshua Oppenheimer, Dinamarca, Reino Unido, Noruega, 2012, película.

3 Bakunin, Dios y el Estado, <http://metalmadrid.cnt.es/cultura/libros/mijail-bakunin-dios-y-el-estado.pdf>, (Fecha de la consulta: 3 de junio de 2016).

4 Carlos Marx, Crítica del programa de Gotha, (Moscú: Editorial Progreso, 1980).

5 Lenin, El Estado y la revolución, (Pekín: Ediciones en Lenguas extranjeras, 1975).

6 Max Weber, El Político y el científico, (Madrid: Alianza Editorial, 1975).

7 Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, (México: Ediciones Era, 2000).

8 Daniel Guérin, Marxismo y socialismo libertario, (Buenos Aires: Editorial Proyección, 1964).

9 Nicos Poulantzas, Estado, poder y socialismo, (México: Siglo XXI Editores, 2005).

10 Joachim Hirsch, Globalización, capital y Estado, (México: UAM, 1996).

11 Amedeo Bertolo, “Poder, autoridad, dominio: una propuesta de definición”, en Christian Ferrer, comp., El lenguaje libertario, (Buenos Aires: Terramar Ediciones, 2005), 81-106.

12 Jesús Camarero Santamaría, El déficit social neoliberal. Del Estado de bienestar a la sociedad de la exclusión, (Cantabria: Sal Terrae, 1998).

13 Joachim Hirsch, Globalización, capital y Estado.

14 Nicos Poulantzas, Fascismo y dictadura. La tercera internacional frente al fascismo, (México: Siglo XXI, 2005), 59.

15 Jesús Camarero Santamaría, El déficit social neoliberal, 55.

16 Naomi Klein, La Jornada, 1º de diciembre de 2007.

17 Germán Palacio, La irrupción del paraestado. Ensayos sobre la crisis colombiana, citado por Jairo Estrada Álvarez, Capitalismo criminal, tendencias de acumulación y estructuración del régimen político, Jairo Estrada Álvarez, (coordinador), Capitalismo Criminal. Ensayos críticos, (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2008), 75.

18 Rocío del Pilar Moreno Badajoz, Ponencia al II Congreso de Estudios Poscoloniales, <http://www.idaes.edu.ar/pdf_papeles/4-22%20Moreno%20Badajoz.pdf>, (Fecha de la consulta: 23 de junio de 2015).

19 Gilberto López y Rivas, La Jornada, 30 de enero de 2015.

20 Joachim Hirsch, Globalización, capital y Estado.

21 John Sebastián Zapata Callejas, “La teoría del Estado fallido: entre aproximaciones y disensos”, Revista de Relaciones Internacionales, Estrategia y Seguridad, Vol. 9, núm. 1, (Enero-junio), 89.

22 Carlos Marx, Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, <https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/manuscritos/man1.htm>, (Fecha de la consulta: 5 de septiembre de 2015).

23 Ver el punto 8.14, “El Estado, comando supremo de todas las alienaciones”.

24 Ernest Mandel, Introducción al marxismo, (Madrid: Akal, 1977).

25 Cornelius Castoriadis, “El régimen social de Rusia”, en Los dominios del hombre. La encrucijada del laberinto, (Barcelona: Editorial Gedisa, 1998), 37-38.

26 Ernest Mandel, El capitalismo tardío, (México: Ediciones Era, 1972).

27 Rudolf Bahro, “El sentido de la crítica de ‘La alternativa’ (Una entrevista de ‘Rinascita’)”, en Por un comunismo democrático (Barcelona: Fontamara, 1981), 106.

28 Immanuel Wallerstein, “El derrumbe del liberalismo”, en Secuencia: revista de historia y ciencias sociales, nueva época, núm. 28 (enero-abril, 1994), 144.

29 En la teoría del sistema-mundo de Wallerstein el mundo se divide en países del centro, de la periferia y de la semiperiferia. Los del centro se caracterizan por extraer recursos y plusvalor de los de la periferia, a los que mantienen en el atraso y la dependencia; los de la semiperiferia extraen recursos y plusvalor de los de la periferia pero a su vez dependen de los del centro.

30 En un estudio próximo se estudian estos temas.

31 Ver el punto 8.18, “El Estado, complejo de instituciones legales e ilegales”.

32 Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, tomo 1, 124.

33 Louis Allthusser, Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado, (México: Quinto Sol, 1985).

 

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LOS RASGOS ESENCIALES DEL ESTADO-Para Kaos en la Red

La ilustración de portada es un grabado de Gustavo Doré representado a Minos, juez de los condenados, obra ejecutada en 1890

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