Los principios de la paz

&nbsp Todo empieza por el man­damiento uniersal dictado por la naturaleza de las cosas: «no&nbsp te entrometerás». No trates de globalizar, y menos de imponer mediante amenaza o por la fuerza, tus ideas. Es lo que han hecho a lo largo de la Historia todos los sátra­pas, absolutistas, emperadores, tiranos, inquisidores, dogmáticos, necios y canallas… No te preocupes, si tus ideas y tu con­ducta son excelsas y benefacto­ras para la humanidad, ya se difundi­rán, ya germinarán como la semilla de la vida brota allá donde las condi­ciones biológi­cas se dan.

&nbsp Todas las disensiones internacionales entre los países occidenta­les de la Europa vieja y Estados Unidos, y los países de cultura orien­tal y especialmente islámica, todas las invasiones y todas las ocu­paciones llevadas a cabo por España, Estados Unidos e Inglate­rra, todos los desencuentros y arremetidas contra esos mismos territo­rios desgraciados viene de lo mismo: de la injerencia, de la prepo­tencia, del espíritu dominador, de la soberbia y de la ambición del oro del momento y de la ambición de poder de los occidentales a cuyo frente estuvieron y están los que sabemos de memoria.

&nbsp Véase principalmente entre nosotros «hispanos» y anglosajones histó­rica y supuestamente más preocupados y mejor intencionados de la cristiandad dual de protestantes y católicos: caridades a la fuerza, organizaciones no gubernamentales que acuden prestos a resta­ñar carencias, misiones humanitarias, militares y civiles, y un sin fin de desvelos presididos por la filosofía de «los ayudadores» a los que nadie pidió ayuda… Todo un sistema de «valores» prefabrica­dos por el pensamiento cristianizador, por el altruismo y por la filantro­pía humanista que forman parte de una idea nuclear común: tratándose de cristianos, la idea de que es «necesario» que haya po­bres que salven sus almas por la resignación y ricos que las salven por la caridad; y tratándose de laicistas, la idea a menudo incons­ciente de que se alcanza la catarsis por la gran aventura de la ten­sión y pulsión de ayuda, no solicitada, socorriendo a los «necesita­dos» de su atención. Y ambas clases de ayudadores bajo la severa sospecha de que siempre al final hay un beneficio que no es necesaria­mente la salvación del alma, sino mucho antes el logro de un modo de vida excitante y aventurero como otros consumen su vida retando a un cinco mil…

&nbsp Lo cierto es que si los cristianos se atuvieran al segundo y fundamen­talista mandamiento del «amarás a tu prójimo», lo primero que harían es interpretarlo en las claves de «déjale en paz», sean cua­les sean las costumbres de tu prójimo. Sin embargo, consignas que han calado desde los teólogos y milicianos de la cristiandad que las formularon, la acción del cristiano y la política cristiana de Eu­ropa y sus descendientes estadounidenses son todo lo contrario: hosti­gamiento, injerencia, conquista, desprecio de las culturas aje­nas, evangelizaciones genocidas, invasiones y ocupaciones milita­res horrendas que llegan hasta el mismísimo siglo XXI. Y en cuanto a los filántropos sin sentimiento religioso propiamente oficial, pues más de lo mismo pero sin Evangelio. Son al fin y al cabo productos o subproductos del mismo tronco y con la misma filosofía de la injeren­cia cuya destilación a menudo consiste en preparativos para la penetración mercantil, para la complacencia de intereses multinacio­nales.

&nbsp Antes de llevar a países africanos en el siglo XIX los paños de Man­chester, los misioneros anglicanos imbuían de pudor y recato de la­boratorio a los habitantes autóctonos del continente. Antes de domi­nar la ruta de las especies en el siglo XIV, los portugueses se intro­ducían con zalemas, adulaciones y regalos en las Molucas y las Célebes. Hoy, o­nce millones de votos separan al candidato ganador en Irán de su oponente. Europa, los Estados Unidos, los medios y los voceras desestabilizan la zona más de lo que está, asegurando sin pruebas que hubo trampa… Este último es un botón de muestra sobre­saliente de la actualidad. Los dos anteriores dos muestras irrele­vantes y menos co­nocidos que la inmensa cantidad de ejem­plos en la historia de la infamia y de la abominación a cuenta de la colo­nización, de la con­quista y de la ramera libertad.&nbsp

&nbsp Aquí, en España, lo tenemos bien cerca. Cuánta preocupación por oponerse a decisiones y políticas respetuosas de la autonomía de la voluntad cuyo espíritu impregna los códigos napoleónicos europeos. Cuánta algarabía a cuenta de ello por parte de los cristianos principal­mente en absoluto no practican­tes, de los clérigos que debi­eran ceñirse a pastorear exclusiva­mente sus rebaños, y cuánta sinra­zón de los políticos falsa­mente conservadores que sólo lo son de su riqueza pues mien­tras braman contra la aprobación de «malas costumbres» en los parla­mentos -y sólo por eso se jactan de conserva­dores- se aprove­chan para sí de los avances institucionales en esas costumbres introducidos por sus enemigos políticos.

&nbsp La no injerencia y el respeto por otros pueblos, aunque guerreen entre ellos -ellos al final se arreglarán- son el principio de la libertad colectiva, el principio de la vida en paz y el principio de la verdadera civilización. Y sin embargo son los occidentales los primeros en no cumplirlos, los primeros en despreciarlos, los primeros en sodomi­zarlos. ¿Dices que amas a tu prójimo, a tus congéneres, al mundo? Déjales en paz.

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