Los presos políticos; de Arenas a Negri

Cuando falleció Marcelino Camacho y Kaosenlared se hizo eco de la noticia, un torrente de comentarios negativos (algunos de ellos ciertamente miserables) inundaron el citado portal. Algunos y como es comprensible se inscribieron en la connivencia del citado sindicalista en los Pactos de Moncloa, su abrazo del reformismo y su renuncia abierta a la revolución. Elementos fáciles de vislumbrar ahora con cierta perspectiva histórica y teniendo en cuenta sus consecuencias directas: el evidente retroceso de la clase trabajadora en nuestro país y el desapego de las clases populares del sindicalismo tradicional. Otros comentarios, más prosaicos y paletos, se alegraban de la muerte del líder obrero en base a su condición de «español», por lo visto todavía hay quién opina que la ubicación geográfica del lugar de nacimiento de una persona dada, es un dato suficiente para desearle la muerte, trastorno psicopático adquirido que normalmente se cura viajando y conociendo lugares, gentes y culturas.

Catorce años de cárcel se leen y se dicen muy pronto y sólamente por ello Camacho merece nuestro más profundo de los respetos y sí, pese a sus errores políticos y de cálculo. La privación de libertad es (junto a la tortura) la mayor de las bajezas a la que se puede someter a un ser humano, cuando esa privación se hace por motivos políticos, adquiere un cariz indescriptible y merece nuestra más intensa repulsa y reprobación, y en nuestra medida de lo posible, como agentes políticos que somos, debemos denunciar siempre que podamos o tengamos oportunidad. Que Camacho cometiera graves errores políticos no justifica ese desprecio y esa falta de respeto hacia sus familiares y allegados, la discrepancia política no nos puede convertir en alimañas carentes de empatía y raciocinio, los únicos que no saben perdonar son los animales salvajes, los domésticos junto a las personas, están facultados para ello.

Antonio Negri pasó cerca de diez años en la cárcel (que también se leen muy pronto) y más de veinte en el exilio, víctima de uno de los montajes policiales más rocambolescos que se recuerdan en la Europa moderna, sólo superado por los casos del Camarada Arenas y el del anarquista catalán Amadeu Casellas en el estado Español. Que yo opine que Negri perdió la chaveta cuando publicó Imperio, no impide que guarde un profundo respeto hacia su persona debido en gran medida a esos diez años en las cárceles italianas.

La dialéctica hegeliana nos dice que la política se construye y se fundamenta en base a los enemigos y amigos que cada actor político (sea una nación, un partido o una persona) genera o le generan cuando hace política, y de la misma forma que es incomprensible concebir Cuba sin Estados Unidos, es inconcebible valorar las figuras de Camacho o Negri sin su paso por prisión, sin su relación con sus enemigos, por mucho que podamos discrepar de sus tesis o postulados. Por eso mismo guardaré respeto cuando fallezca Negri (y no diré que se joda por postmoderno) o por eso mismo denuncio la situación del camarada Arenas aunque yo crea que sus tesis son&nbsp demasiado industrialistas y opine que no tienen en cuenta las profundas transformaciones que la clase obrera viene sufriendo en las últimas décadas. Mi obligación como comunista es denunciar su caso, las divergencias políticas son otro debate y se ubican en otro plano, el meramente teórico. Vamos todos en el mismo barco y éste dispone de muchos y variados camarotes y en mi opinión existen ciertos factores como son el paso por prisión que merecen la solidaridad y la denuncia más allá de las divergencias políticas, los enemigos de mi enemigo también son mis amigos (como dirían las chicas de Objetivo Birmania).

Por ello que el camarada Arenas lleve cerca de 15 años en las cárceles españolas sin un solo delito de sangre probado es una canallada que debemos denunciar, sus posiciones políticas o el grado de repercusión que alcancen las mismas sobre amplias capas poblacionales y obreras, son otro debate, el debate de siempre: cómo hacer o llevar a cabo la ansiada transformación social y sobre eso hay mucho escrito. Lamentablemente sobre la situación jurídica del Camarada Arenas o Amadeu Casellas (recientemente puesto en libertad) hay mucho menos escrito y urge que la solidaridad, vocablo tan violado y ninguneado en estos tiempos de amnesia colectiva, se vuelque sobre este tipo de casos y procesos judiciales. A veces es el miedo a la represión, muchos saben que la solidaridad en este país se paga a un precio muy alto, otras veces (y esto es lo reprobable) la discrepancia política es la que se encarga de cubrir con un manto de silencio, injusticias de este calibre. Guardar silencio sería tan estúpido como el argumento que mantiene en la cárcel a un interlocutor político como Arnaldo Otegi, y es un argumento estúpido porque si se trataba de un acto ilegal, es incomprensible que el estado no identifique y detenga a las 15.000 personas presentes en dicho acto, pero es mejor y más saludable para el establisment establecido (valga la rebuznancia) reprimir a unos pocos que sirvan de ejemplo como método disuasorio, el disparate jurídico se anuncia colosal.

La cárcel y el paso por prisión no conceden la verdad de los hechos ni la razón absoluta en el debate político y teórico al que la sufre, los años de presidio de Camacho, Negri, Manuel Pinteño, Arenas, Casellas, Otegi y tantos otros que pasaron parte de sus vidas (y huelga recordar que sólo tenemos una) entre los muros grises y los barrotes, no convierten sus posiciones políticas en irrefutables, no hacen de sus ideas y postulados verdades universales, que deben ser debatidos, cuestionados o compartidos con total normalidad en el debate político y teórico como cualquier otra posición. Pero en cambio esos años de cárcel sí otorgan un bien de lo más preciado y por lo visto poco cotizado en estos tiempos líquidos y espectaculares: el respeto, un respeto incuestionable y fuera de toda duda ya que el castigo es infringido por el mayor de nuestros enemigos, el estado capitalista. Un respeto que se debe traducir en denuncia pública y solidaridad para los que aún hoy continúan &nbsp presos.&nbsp

Las cárceles, cementerios de hombres vivos y prueba inequívoca de las profundas contradicciones e injusticias que genera el sistema capitalista, son las cloacas del estado, las letrinas del sistema, los renglones torcidos del Dios mercado que se despoja de sus sobrantes humanos. La desgracia de Otegi es la de no ser cubano y gastar una prominente barriga cervecera, la desdicha de Arenas es no estar al servicio de una potencia extranjera que oprime a su pueblo durante cincuenta años mediante un embargo criminal, si así fuera ya estarían recibiendo premios millonarios mientras los flashes y focos de medio mundo hervían a ritmo frenético bajo sus pies. La diferencia entre los disidentes cubanos o chinos y los presos políticos del Estado Español es tan enorme que duele. Algunos por miedo, otros por discrepancias políticas y otros sencillamente por un puñado de votos, prefieren mirar para otra parte, hacer como si nada ocurre, negar la evidencia en el carnaval de las contradicciones, los abusos y la democracia de cartón piedra. Es preferible (y sobre todo más cómodo y más seguro) colocar la lupa en Colombia, en Marruecos, quizás en Arabia Saudí o Irán, pero ha llegado el momento de reconocer y denunciar abiertamente que en este país, miembro ilustre de la avanzada y democrática Unión Europea (y por ello más grave todavía) se encarcela a las personas por sus postulados netamente políticos, en otras pero incómodas palabras, en este país existen presos de conciencia. No se trata de colocar conflictos o situaciones unas por encima de otras ni de sacar el termómetro de la injusticia para posteriormente volcarnos en una u otra campaña de denuncia, sólo es un poco de equidad y el no dejar de lado injusticias que se están cometiendo aquí y ahora, a la vuelta de la esquina. Pero alguien hizo saber que en política, como en la vida, tendemos más a barrer la casa del vecino que la propia.

Y aunque discrepe de las posiciones políticas de Otegi o Arenas (o Negri en su momento) el deber de toda persona decente y meridianamente progresista es denunciar sus casos y no dejarse vencer por la cotidianeidad de unos hechos gravísimos o por la comodidad cómplice de una esfera pública secuestrada (bien nos lo expuso J.Habermas) por la clase dominante. Posteriormente será la historia con su veredicto cuestionable y sus recovecos tramposos, la que juzgará el valor de las teorías y postulados de cada cual. El tiempo, ese verdugo miserable, será el que nos diga quién estaba en posesión de la verdad o quién fue más util para la transformación o cuestionamiento de un sistema que consideramos injusto.

Libertad presos políticos.

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