Publicado en: 16 diciembre, 2018

Los precursores de los “diezmos” en la historia política ecuatoriana

Por César Albornoz

Caamaño especuló en todo, hasta con la Bandera de la Patria…

 

La antigua tradición de la Iglesia cristiana de extorsionar con tributos relacionados con los ingresos de la gente, oficializada por la corona española para los servidores públicos mediante Real cédula en 1631, fue revivida en beneficio propio por dos presidentes ecuatorianos. En sus escritos refiere José Peralta sobre esa especie de annatas y medias annatas, o delito de concusión según nuestras leyes vigentes,  que cobraban a sus subalternos José María Plácido Caamaño y Gonzalo Córdova. El resto de políticos ecuatorianos posteriores que han incurrido en similares prácticas, no son más que sus discípulos.

I

En uno de sus artículos publicado en el periódico El Tiempo en 1905[1] José Peralta dice esto respecto al gobierno y actuación posterior de JOSÉ MARÍA PLÁCIDO CAAMAÑO, presidente (1884–1888) y gobernador del Guayas (1894-1895):

“¡Esa fue la época de las finanzas, el reinado absoluto de la argolla, el imperio del agio y del peculado! Caamaño especuló en todo, hasta con la Bandera de la Patria… La compra y compostura diaria de buques, verdaderas joyas arqueológicas; la adquisición de armas, municiones, monturas, & que se pagaba caro, carísimo, y no llegaban a los parques nacionales; los frecuentes pedidos de uniformes, muebles, material de telégrafo, & que nadie llegó a recibir; los contratos ruinosos, celebrados con los de la trinca; los empréstitos escandalosos, dentro y fuera de la República; la colecta de fondos sagrados para la defensa nacional; los contrabandos descarados, como los de ahora;  los empleos sujetos a las annatas y medias annatas, sin exceptuar ni el miserable sueldo de los celadores de policía; los bienes de los montoneros, & fueron mina inagotable para el progresismo católico”.

 En sus Memorias políticas[2] José Peralta reitera lo dicho sobre el jefe de la tristemente célebre Argolla:

“La codicia era el vicio capital de Caamaño; y, mientras Cordero gastaba su propia fortuna en sostener el rango presidencial, en una época en la que la crisis del fisco era alarmante, el gobernador del Guayas aumentaba de todos modos su caudal, sin desperdiciar para ello ni fracciones de sucre, ni retroceder ante vergonzosas raterías. Estableció el pago de una especie de annatas y medias annatas, al que estaban obligados todos los empleados del Guayas, hasta el humilde agente de policía que había de partir su exigua soldada con el jefe del progresismo, si no quería ser despedido por la tangente y por cualquier pretexto. El contrabando había dado un maravilloso remedio para cegar al Argos que lo perseguía: no tenía sino que ir a la parte con Caamaño, y los cien ojos quedaban de hecho sumidos en oscura y eterna noche, por más que brillara el sol en el zenit… Los contratos con el fisco, la adquisición de elementos bélicos, las obras públicas, etc., eran tesoros escondidos para la generalidad; pero el zahorí de Tenguel descubría hasta la menor partícula de oro que la tierra en su opaco manto escondía.”

II

GÓNZALO CÓRDOVA ‒elegido presidente en 1924 y depuesto por el movimiento popular del 9 de julio de 1925 en rechazo a todo lo que significó la represión y la corrupción plutocrática‒, es el otro extorsionador de los funcionarios públicos en varias provincias durante su tiempo como ministro de Gobierno y de Obras Públicas en la primera administración de Leonidas Plaza (1901–1904). Les obligaba a tribu­tarle mensualmente para mantenerse en su cargo, Peralta[3] lo narra así:

“Harman nos refería después que jamás obtuvo una orden favorable a la Compañía del Ferrocarril, sin pagar una prima considerable al ministro de Obras Públicas, Dr. Gonzalo Córdova; y que, con el fin de tener propicio al general Plaza, se había visto algunas veces en dura necesidad de concurrir a las sesiones de juego del presidente y dejarse ganar crecidas sumas, es­tudiadamente y para complacer al director de aquel garito. ¿Exageraba acaso Archer Harman? No es verosímil, porque un hombre de su posición no podía convertirse en calumniador de personas que habían desempeñado tan altos puestos en la república.

 Y tratándose de Córdova, desaparece toda inverosimilitud; pues llegó aun a establecer ─sin recatarse y como legítima negociación─  el pago de annatas y medias annatas en determinadas provincias, lo que nadie hasta entonces había hecho, ni aun en los tiempos de mayor pillaje oficial. En Cañar, por ejemplo, no había empleado que no le pagase a Córdova una buena cuota de su sueldo: de gobernador abajo, mensualmente y por propia mano, entregaban la suma pactada, al ministro que los mantenía en el destino. Fatio ut des: Córdova no extendía nombramiento, sin el consabido “por cuanto vos daréis…” Y digo que no hacía misterio de estas ruindades, porque cada contribución estaba pública­mente destinada a llenar uno de los domésticos egresos del ministro; y el mismo contribuyente era el encargado de la inversión, sin tapujos ni disimula­ciones que salvaran el decoro de su codicioso superior. Así, el gobernador invertía el tributo que se le había impuesto, en costear la educación de la hija del Dr. Córdova, alumna interna en el colegio de la Providencia, de Azogues…”

[1] Suetonio [seudónimo de J. Peralta], “Natural y figura…”, El Tiempo, Quito, 31 de agosto de 1905.

[2] Peralta, José Mis memorias políticas, 4ta. ed., Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 2012, p. 89-90.

[3] Peralta, José Mis memorias políticas, op. cit., p. 335.

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