Los Peligros del Oportunismo y la Arrogancia

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Por Jorge Sancho

No obstante, la izquierda tiene muy poco de lo que alegrarse ante la prolongación de este impasse para el régimen del 78 habida cuenta que la principal consecuencia del mismo es la desmovilización continuada de la clase obrera y los movimientos sociales. Mientras las calles siguen vacías, la agenda de recortes neoliberales sigue aplicándose discretamente por parte del gobierno en funciones de Mariano Rajoy.

Si levantamos un poco la vista del resultado de las últimas elecciones generales y analizamos las cosas con un poco más de perspectiva hemos de preguntarnos: ¿Cómo es posible que después del que probablemente haya sido el ciclo de movilizaciones sociales más potente de las últimas tres décadas el resultado neto haya sido que el único partido que tiene opciones reales de gobernar a día de hoy sea el PP mientras la protesta social se encuentra desactivada desde hace ya muchos meses?, ¿Es posible que Rajoy pueda salir más o menos airoso de su gestión austericida y trufada de escándalos de corrupción cuando Aznar tuvo finalmente que dar cuenta ante las urnas de sus desmanes?

Ciertamente Rajoy es un experto en la gestión conservadora de los tiempos, un hombre curtido por la derrota, que detrás de su fachada de hombre gris oculta una gran astucia política y la voluntad de sostenerse en el poder a cualquier precio. Es un error mayúsculo menospreciar las capacidades del enemigo, pero también lo es atribuir a las fuerzas de la reacción capacidades ilimitadas… como si la fantasmagórica “campaña del miedo” de los medios de desinformación pudiese explicar por si misma el calamitoso estado en el que nos encontramos actualmente.

La causa última del fracaso de la izquierda en el Estado español hemos de buscarla en el interior de nuestro propio campo, en las limitaciones de la movilización y las debilidades de nuestras organizaciones, también en las estrategias de los lideres (sean estos queridos, tolerados o impuestos). No hay enemigo imbatible, ni correlación de fuerzas que no se pueda revertir; no existen situaciones objetivas en las que no se pueda avanzar o al menos prepararse para el siguiente embate. No se trata de voluntarismo, es simplemente la constatación de que en la lucha de clases no existen treguas y de que los derechos que no se defienden se pierden inexorablemente.

Al fin y al cabo la clase trabajadora es una clase social progresiva precisamente porque no tiene que pedirle permiso a nadie para transformar la sociedad, porque tiene el potencial para auto-emanciparse  y  de organizar en torno a sí misma a todos los oprimidos en un proyecto de sociedad alternativo al capitalismo. La tarea de los revolucionarios es sencillamente estar a la altura de ese potencial; de ayudar a desarrollar no lo que la clase obrera es bajo el dominio del capital, sino lo que puede llegar a ser libre de sus ataduras.

La tragedia del 15-M fue su adanismo: al impugnar todo el andamiaje del régimen del 78 formuló una nueva forma de expresión política y social en el que la izquierda (ya fuera esta institucional o alternativa) no tenía cabida y de este modo abrió el espacio simbólico de la indignación a un ciudadanismo de nuevo cuño. Obviamente los pecados de la izquierda organizada (en algunos casos su acomodación desvergonzada al régimen del 78, en otros su debilidad ideológica previa, pero también su adaptación a las ideas de clase media que se expresaban en el seno del movimiento) explican en gran medida porque el 15-M se constituyo en un movimiento que a la vez que reactivaba la protesta del “pueblo de izquierdas” lo desvinculaba de las tradiciones de izquierda.

El movimiento tuvo un carácter explosivo pero desconectado de unos centros de trabajo donde las burocracias sindicales imponían la paz social; reduciéndolo así a una masiva performance social llena de una gran carga simbólica y mediática pero en última instancia inofensiva para los intereses estratégicos de la clase dominante. Una parte considerable de la energía activista desatada por el 15-M termino fluyendo a las mareas o la PAH, y este es sin duda su legado más fértil; por otro lado sus asambleas se extendieron por el territorio, enraizando en el tejido social de los distintos barrios y encapsulándose. Al final, el movimiento que no quería ser representado por nadie fue expropiado (en su lenguaje, en sus símbolos, en sus aspiraciones) por un grupo de demagogos dispuestos a elevarse sobre el mar de fondo de la indignación.

Hablo por supuesto de la cúpula de PODEMOS (originalmente una camarilla de profesores de la UCM a la que se han ido uniendo grupos e individuos de la más variada procedencia y condición). Este grupo de individuos ha sabido usar sus habilidades para la manipulación mediática (con el permiso de Atresmedia y Mediaset) para posicionarse en poco tiempo como los dirigentes oficiales de la “izquierda a la izquierda del PSOE” en el Estado español. Veamos cual ha sido su desempeño tras elevarse a tan destacada posición.

Mucho se ha hablado de las sucesivas rebajas en el programa del PODEMOS desde su fundación hasta el 26-J, sin duda ha sido una vertiginosa carrera desde el anticapitalismo hasta la socialdemocracia (sin que ello haya generado demasiadas contradicciones a ciertos Anticapitalistas que hacen vida cómodamente en PODEMOS). Pero la cuestión es que para la cúpula de PODEMOS el programa (qué van a hacer con el poder institucional una vez conquistado) es irrelevante; en la medida en que hablamos de un aparato político que ni tiene vínculos orgánicos con los movimientos sociales, ni pretende representar un interés social especifico (sino que expropia el “sentido común” y las aspiraciones “de cambio” de una masa amorfa de votantes) PODEMOS no necesita de un programa político perse. Esto les confiere la ventaja (respecto al reformismo clásico) de poder actuar de un modo absolutamente oportunista en pos del prestigio personal de sus dirigentes.

Un repaso a la hemeroteca atestiguara sobradamente que el oportunismo es la brújula que guía a la cúpula de PODEMOS en todas las cuestiones políticas fundamentales (desde Venezuela, a la Unión Europea, pasando por la relación con Izquierda Unida). Siempre la primacía de los intereses más inmediatos y espurios. Jamás la defensa de una posición de principio. Esta ausencia de “mochila ideológica” no protege en absoluto a PODEMOS de las presiones ideológicas externas, sino que lo deja inerme ante las mismas. No olvidemos que el Neoliberalismo irradiado permanente desde los medios de desinformación, la patronal y las instituciones de gobernanza españolas, europeas y mundiales no es sino sino la ideología del fundamentalismo de mercado disfrazada de “sentido común” de la felicidad y el bienestar mercantilizado.

El complemento de este oportunismo destilado es el ejercicio de un liderazgo carismático profundamente arrogante (“estilo ganador” lo llaman ellos); donde la razón es substituida por la emoción, los debates por plebiscitos y donde no existen espacios genuinos para la disensión o la auto-crítica. Los propios dirigentes de PODEMOS afirman que ellos se han visto obligados a asumir este cesarismo y a substituir las plazas por las televisiones ante el reflujo del movimiento; al hacerlo actúan de un modo irresponsable. Olvidan que en política ninguna actuación es inevitable (solo hace política quien decide, quien ejerce el poder individual y colectivamente) y que, en la medida que el ser social determina la consciencia, la elección de un determinado estilo de liderazgo genera una determinadas relaciones sociales que se retro-alimentan y se reproducen con graves consecuencias.

Por todo ello, una formación política como PODEMOS tiene que mantener necesariamente una relación parasitaria con la izquierda, los movimientos sociales y las clases populares. Su propia  existencia es nociva para la causa de los oprimidos: extraen activistas de la lucha -para que degeneren o queden neutralizados en un trabajo institucional estéril- e inoculan oportunismo y arrogancia en el cuerpo social. En esencia actúan como expropiadores de la movilización social: no solo han jugado un papel destacado en desactivar el ciclo de movilizaciones abierto por el 15-M, sino que su propia proyección mediática y su éxito electoral son un obstaculo considerable para la reactivación de las luchas. En este aspecto, el neo-reformismo en torno a PODEMOS es incluso más metódico que el viejo reformismo de la izquierda española.

Por ello, y aunque sin duda existen activistas honestos y valiosos participando dentro y en el entorno de PODEMOS, es preciso combatir políticamente sin cuartel la orientación fundamental de dicha agrupación. Seria criminal dejar por más tiempo que el grueso de la crítica a PODEMOS provengan de la derecha; la izquierda combativa debe alzar su voz y gritar: ¡No en nuestro nombre!

Mención aparte merecen las actuaciones de la cúpula de PODEMOS durante la legislatura fallida y la última campaña electoral. Es un periodo interesante, porque por primera vez han tenido que pasar del plató al parlamento y demostrar de lo que eran capaces al confrontar con sus rivales políticos en el mismo plano. El espectáculo ha sido verdaderamente bochornoso (aunque ciertamente, el comportamiento del conjunto de los principales grupos parlamentarios ha sido de lo más pueril) y ha puesto en evidencia lo peligroso que es dejar la representación política de “los de abajo” en manos de una camarilla de oportunistas y arrogantes.

La aritmética parlamentaria ponía a PODEMOS en una situación complicada; tras el 20-D la ilusoria aspiración de “asaltar los cielos” (léase ganar las elecciones) quedaba descartada y a los campeones “del cambio” no les quedaba sino entrar en negociaciones con los representantes de “la casta” desde una posición subalterna. Una vez se desbrozó un poco el camino, había básicamente dos opciones entre las que elegir: o facilitar la investidura de un gobierno inspirado por el pacto PSOE / Ciudadanos o hacerle el juego al Partido Popular y propiciar unas segundas elecciones. O apoyar un “cambio posible” pero claramente insuficiente o volver a jugársela en el terreno electoral. Como buenos jugadores, doblaron sus apuestas (usando el crédito prestado por una IU acosada por las deudas y la ley electoral) y olvidaron que la banca siempre gana.

Se podría argumentar que existía una tercera opción para la cúpula de PODEMOS; la de conformar un “gobierno del cambio” junto al PSOE y con el apoyo externo de los partidos que gobiernan actualmente en la Generalitat de Catalunya. Dejando a un lado la viabilidad de semejante gobierno, lo cierto es que la cúpula de PODEMOS hizo todo lo que pudo por impedir que su propia propuesta se materializará. Toda la actividad parlamentaria de PODEMOS durante estos últimos meses  ha estado encaminada a desacreditar y a romper puentes con un PSOE con el que estaba condenado a entenderse: desde la grosera propuesta de reparto de ministerios planteada por Pablo Iglesias antes incluso de que se abriesen las negociaciones, hasta los desplantes cada vez que se sentaron a negociar, pasando por la chusca referencia a la “cal viva” durante la fallida investidura de Pedro Sánchez. Esa no es la manera de construir confianza con un futuro socio de gobierno.

Es verdad que a lo largo del supuesto proceso de “negociación” con el PSOE, los dirigentes de PODEMOS realizaron toda una serie de concesiones y renuncias bastante vergonzantes de su programa electoral… pero ello sólo demuestra que estos sujetos son capaces de mentir y traicionar simultáneamente, que su oportunismo no conoce limites.

Realmente, hubiese sido muy difícil para cualquier fuerza política de izquierdas gestionar satisfactoriamente los resultados electorales del 20-D; pero la dirección de PODEMOS, siempre habida de ocupar los titulares cuando quizás hubiese sido más prudente asumir un perfil más bajo, logró retratarse a la vez como gente ambiciosa, hosca, sectaria y sin principios causando rechazo entre los más diversos sectores de la población. No hay duda que su pésima gestión de la legislatura fallida explica gran parte de su perdida de votos durante el 26-J.

No obstante, la cúpula de PODEMOS se encamino alegremente a las segundas elecciones, agarrados a la pata de conejo de las encuestas (que si algo han demostrado en los últimos años es que lejos de ser un instrumento objetivo para medir las preferencias de la población funcionan más bien como un instrumento subjetivo para orientar dicha opinión). Ante la perspectiva del sorpasso al PSOE, importaba muy poco la evidencia de que las segundas elecciones iban a beneficiar ante todo al PP.

Mariano Rajoy no tenía dudas al respecto, habiendo aprobado preventivamente los presupuestos de 2016 no tuvo problemas en retirarse a un discreto segundo plano, mientras los aspirantes al palacio de la Moncloa atraían sobre sí mismos toda la atención de los focos y se desgastaban en negociaciones tan prolongadas como inútiles. Un PODEMOS hinchado por la absorción de IU y amenazante debido a las buenas perspectivas electorales era el adversario ideal para el Partido Popular. De manera natural el votante conservador gravito de vuelta hacia el partido que aparecía como el baluarte más solido del orden tradicional, mientras que el votante progresista se hastió de ver como dos fuerzas con programas y objetivos políticos aparentemente similares eran incapaces de entenderse.

Desde luego no ayudo a la causa “del cambio” la desenfocada y esquizofrénica campaña de Unidos Podemos: completamente incapaz de definir un espacio político propio pretendió usurpar el de la socialdemocracia, quiso rendir pleitesía al 15-M y a Zapatero a un tiempo, uso el tótem de Anguita e hizo algunos guiños izquierdistas sin dejar de definirse como “transversal y patriota”. Con estos mimbres no es de extrañar que la desmovilización social llegase finalmente al terreno electoral.

La perdida de más de un millón de votos en el espacio de seis meses debería haber llevado a cualquier fuerza política responsable a un proceso de reflexión profundo; pero en lugar de eso lo que ha hecho la cúpula de PODEMOS ha sido escudarse en una retórica autojustificativa y en fraseología cientificista para evitar la critica (un buen ejemplo de ello lo podemos ver en la intervención de su secretario general ante el CC del 9 de julio)[1].

Aparentemente el único consuelo para la debacle del 26-J es que Unidos Podemos ha mantenido sus 71 diputados y este seria un resultado histórico para las fuerzas de la izquierda alternativa en el Estado español. Triste consuelo cuando esta supuesta izquierda alternativa compite activamente con el PSOE por el mismo espacio político (el del reformismo con sentido de estado) y además es complicado que dicho grupo parlamentario pueda llevar a buen puerto ninguna de sus iniciativas legislativas.

En cualquier caso ya se ha visto lo que pueden dar de sí las fuerzas neo-reformistas una vez llegan al poder institucional: si por algo se han distinguido los llamados ayuntamientos “del cambio” es por prodigarse en gestos más o menos populares, más o menos progresistas mientras cumplían escrupulosamente con la legalidad neoliberal. Un poco más lejos, la vergonzosa claudicación del gobierno de Syriza (reconvertido en lacayo de la Troika y en azote del pueblo griego) pone de manifiesto las trágicas limitaciones del neo-reformismo que ha surgido al calor de la última gran crisis capitalista en Europa. No obstante, lo más probable es que, pese a las luchas faccionales, durante los próximos meses y años veamos la consolidación del entramado político nucleado en torno a PODEMOS; su capacidad para mediatizar y distorsionar el clima social sigue siendo elevada.

Para este articulo he elegido deliberadamente un tono polémico, pero la hipótesis que planteo es legitima, necesaria incluso en un contexto en que demasiadas voces de la izquierda han sido condescendientes con el fenómeno PODEMOS o a lo sumo lo han analizado como un producto  más o menos inevitable de la perdida de tradiciones en la izquierda y de una época de reflujo, como el resultado automático de una correlación de fuerzas adversas y como un agente pasivo de la desmovilización. Pero PODEMOS no es ni una bendición ni una fatalidad, representa ni más ni menos que una determinada orientación política, una variante especialmente dañina de reformismo[2] que puede y debe ser combatida en un combate ideológico franco y abierto.

Esperamos que el 26-J haya puesto fin a un ciclo de falsas esperanzas que ya ha durado demasiado. La ilusión por un remedio fácil a los problemas de los oprimidos debe de dar paso a un sentimiento más maduro; el de la determinación para luchar y sacrificarse por lo que es necesario. Por encima del ilusionismo y del cinismo es necesario encontrar el camino del realismo critico, que tal vez sea el más empinado pero es también el que promete mayores recompensas.

Jorge Sancho.

Madrid. Julio 2016.

[1]           Puede verse integramente en: https://www.youtube.com/watch?v=Xeszk8t8pjM&index=4&list=WL

[2]           No porque los dirigentes podemitas sean más perversos o derechistas que los dirigentes social liberales del PSOE sino porque su prestigio entre el activismo social es mayor y es por tanto superior su capacidad de expropiación.

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