Los olvidados


   (APE).- El espanto nuestro de cada día suele aparecer en las crónicas, como la que desde un diario de Entre Ríos advierte, que “en un operativo sanitario realizado en el barrio Los Palos -de Concepción del Uruguay- un grupo de profesionales determinó que el 40% de los niños evaluados presenta diferentes grados de desnutrición, en tanto que el 80% de la población asistida está en riesgo de caer en la patología”. Los niños de este barrio, ubicado en la zona de Colonia Perfección Norte, cerca de la Ruta Nacional 14 tienen -según la misma crónica- un comedor que no funciona y que se llama como ellos: “Los Olvidados”.

Mientras tanto, la enfermedad se agazapa y en su corta espera, decide en cuál de esos cuerpitos -esculturas del hambre- que no engordan, que no crecen, clavará su puñal. Es imposible dejar de pensar que quizá, sea el alma de uno de esos niños entrerrianos la que se apague hoy, en sangrientas puestas de sol, entre las restantes noventa y nueve que se nos pierden cada día, junto a las primeras estrellas de la noche.

Esos niños alineados en los barrios o en las calles descalzas con la imagen del paraíso congelado en sus ojos de escarcha no los quiere el cielo todavía y son los condenados de la tierra. Cada día asistimos con horror a la visión de los cuerpos de los niños desnutridos que llegan flotando a nuestras miradas y que el oleaje arroja contra nuestra conciencia.

Los más pequeños, ni siquiera saben deletrear palabras, ni las mejores, ni las peores que ha pergeñado la cultura del hombre. Se mueren sin saber por qué y aún cuando lo preguntaran, no alcanzarían a entender la respuesta: Nadie muere de hambre por desgracia: los matan de hambre.

Radiografía cierta y desgarradora la que trazaba Eduardo Galeano en ese manifiesto del despojo que fue y sigue siendo Las venas abiertas de América Latina. Nunca más cierta y desgarradora hoy, que ha pasado de presagio a sentencia cotidiana.

Sin embargo esta tierra nuestra que insiste y resiste sigue asumiendo el desafío de nombrarse. De construir identidad para sembrar futuro, pensarse desde lo que compartimos, heredamos, padecimos y tenemos en común: el peligroso privilegio de vivir.

Por mi parte, al final de tantos sueños perdidos, todavía me refugio en aquella sensación utópica de mis años mozos para imaginar que es posible otra humanidad. Todo el mundo encontrará momentos de oro si los busca en su pasado.

Fuente de datos: El Diario de Paraná 19-06-04

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