Los mineros en la pantalla

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Existe una filmografía sobre las minas y los mineros, sobre sus luchas,  mucho más amplia y diversificada de lo que se suele creer. Aparte de los títulos del cine clásico más conocido como puede ser el caso de Qué verde era mi valle (How Green Was My Valley, USA, 1941), título ecológico donde los haya amén de los más representativos (y polémico) de John Ford, hay otros que merecen serlo y no lo son, como Carbón. La tragedia de la mina de G. W. Pabst (Alemania, 1931), e igualmente hay otros que por más deleznables que sean, son susceptibles de un análisis de lo que esconden en relación a sus creadores, pero sobre todo al contexto de su realización. El cine-forum es un medio privilegiado para reforzar el espectador activo, y crear situaciones en las que, con la ayuda de una buena documentación (y de un monitor), se puede hacer “encajes de bolillos”, sobre todo si existe una participación.

El cine-fórum fue simepre un medio con un alto potencial educativo que jugó una función muy significada en otros tiempos, y que actualmente resulta francamente asequible. Buena parte de la historia del cine se encuentra ya editada en DVD, y únicamente se requiere una entidad con voluntad, un local social, un proyector y un pequeño trabajo de documentación…En el caso del cine y la minería, se trataría por lo demás de una apuesta por recuperar una memoria colectiva que de otra manera, sí se deja a la buena de Dios, se acabará diluyendo, con todo lo que esto significa de flagrante injusticia con el pasado, con el conocimiento y con la necesaria autoestima social. No hay que decir que dicha historia tiene una especial significación en lugares de la geografía hispana como Asturias, león y Río Tinto, lugares en los que se ha vivido una drama social, silencioso la mayor parte de veces, y de una época proletaria determinante otros que, como en 1934 y en 1962, adquirieron una trascendencia social e histórica del mayor nivel. Un buen cine-forum pues, debería de contar con sus conexiones con estos capítulos de la historia social sobre los que existen una enorme bibliografía. Una documentación que actualmente resulta asequible por Internet a través de la Web de fundaciones y entidades de carácter obrerista.

Durante un siglo largo de historia, el cine se ha aproximado a la temática minera de muchas maneras, la mayor parte de las veces de una manera tangencial, o sea secundaria. Una de estas maneras ha sido la historia, y existen películas que ofrecen algunos apuntes desde la época romana. Sin duda la más conocida y destacada la encontramos en los inicios de Espartaco (Stanley Kubrick, USA, 1960). Unos apuntes lo suficientemente intensos como ofrecernos una cierta idea de lo que significaba para los esclavos trabajar en unas minas, como las de azufre; también se ofrecen otros apuntes en Barrabas (Richard Fleischer, Italia-USA, USA,), en una parte del film que puede interpretarse literalmente como un descenso a los infierno. No es por casualidad que ciertas descripciones del averno recuerden bastante lo que podía ser trabajar en las minas durante la mayor parte del día, y en condiciones de alimentación e higienes espantosas; tampoco lo es que ese aspecto, raramente tratado, tengan su lugar en dos de los films más avanzados del género.

En un género como el “western” se puede hablar de una importante veta de referencias a la minería, abundan los buscadores de oro o cualquier otro metal precioso en historias situadas por lo general en Alaska o California. Sobre esta base se han producido una amplia lista de títulos en el que se describe la lucha entre los buscadores que tratan de proteger sus concesiones, y los oportunistas que, con la ayuda de pistoleros y en ocasiones de autoridades corruptos, tratan de apoderarse de los logros y el esfuerzo ajeno. La lista es muy extensa, y valgan como ejemplo Los usurpadores (The Spoilers, Ray Enrigth, USA, 1942), un producto muy típico de Hollywood  que transcurre en Alaska, durante la “fiebre del oro”, y en la que un buscador es asediado por un empresario que tiene la ley de su lado. Pronto hace su aparición una cantante de cabaret que se convierte en objetivo amoroso de ambos, un tema nada original que sin embargo dio lugar a una pequeño clásico en el que destaca la ambientación y el juego de un trío formado por Marlene dietrich en pleno esplendor, flanqueada por John Wayne y Randolph Scott. Su éxito dio lugar a un “remake” en technicolor,  titulada aquí Los corruptores de Alaska (Jebs Hibbs, USA, 1955), que resulta no menos vistosa y entretenida. , Por lo demás, todos recordaremos La leyenda de la ciudad sin nombre…

Pero salvo este conflicto entre pequeños propietarios honrados y de capitalistas sin escrúpulos, no hay en este cine ningún vestigio de la lucha social, en parte porque Hollywood no apreciaba tales conflictos, y en parte también porque la colonización de los Estados Unidos, permitió unas posibilidades de promoción individualistas muy fuertes. Se podría hablar también de otros “western” en las que aparece un grupo de trabajadores mineros, pero por lo general se le otorga un papel secundario en el argumento, y  aquí cabría citar al menos dos bastante notables: Tierras lejanas (The Far Country, USA, 1954), en la que unos mineros disputan sobre un fondo de alimentos con unos pioneros, y Duelo en la alta sierra (Ride the High Country, 1962), y en la que unos mineros quieren apoderarse de la chica…Tanto en el “western” como en el cine de aventuras se suele emplear el escenario de unas minas abandonadas  como sinónimo de alto riesgo, recurso que conecta con el cine de terror. Recordemos en este sentido Duelo en las profundidades

La presencia de las minas y  de los mineros como telón de fondo es también un tema cinematográfico recurrente. Los ejemplos son  abundantes, pero en aras de la brevedad, podemos señalar un par de buenos ejemplos. El primero podía ser un auténtico “clásico”,  La ciudadela (The Citadle, USA, 1938), una de las películas sociales de King Vidor (autor de El pan nuestro de cada día, que fue entendida por los trabajadores como una apología al colectivismo agrícola), y que narra con una oscura intensidad las vicisitudes de Andrew Manson (Robert Donat), un joven médico que consigue su primer empleo en una población minera de Gales, se entrega al cuidado de trabajadores enfermos y gentes oprimidas. La trama que da pie para una discusión interpretativa está basada en una novela de A.J. Cronin (1896-1981), que antes de escritor fue médico. Al acabar la carrera, Cronin comenzó una práctica en un área minera, en la zona de Gales del Sur y fue designado el Inspector Médico de Minas. Utilizó sus experiencias sobre los efectos de la industria minera sobre la salud de los trabajadores, tema sobre el que incidió en sus novelas posteriores. Se considera que La ciudadela, al exponer la injusticia, explotación de los trabajadores y denunciar la incompetencia de la medicina tradicional al respecto, Cronin contribuyó a establecer el servicio nacional de salud en Gran Bretaña, el mismo que fue orgullo del país y que conocido un franco deterioro desde el “reinado” de Margaret Thatcher.

La segunda es El gran carnaval (Ace in the Hole, 1951), en la tragedia de un minero sepultado que acaba muriendo irremisiblemente es el pretexto que utiliza su autor, el gran Billy Wilder, para efectuar un corrosivo retrato de la prensa “amarilla” a través de un ambicioso periodista, Charles Taturn  (Kirk Douglas en un papel a su medida) exiliado de un diario de Nueva York que ha acabado escribiendo para un diario de Alburquerque, Nuevo México. Cuando se entera de que un minero ha quedado atrapado en una galería de una vieja mina en la Montaña de los Siete Buitres, manipula con el sheriff local y con la propia esposa del minero, para convertir la tragedia en un improvisado espectáculo a la que un público deshumanizado y ávido de sensacionalismo se presta. La película no fue bien recibida por el público al que no le gustó su propio retrato. La historia recuerda a muchas otras, entre ella,  la que protagonizó el presidente de Chile, el magnate Piñeiro, con ocasión de los 33 mineros sepultados en el corredor de una mina en octubre del 2010. Anotemos que sobre esta “gran noticia” se proyecta la realización de una película que esperemos se inspire en el clásico de Billy Wilder. Tanto el film de Vidor como el de Wilder trascienden su propia historia, y permitirían echar luz sobre aspectos tangenciales de la misma historia.

Es muy importante subrayar que las películas que tomaron partido a favor de los trabajadores, conocieron toda clase de dificultades con la industria, con la censura, con los grupos reaccionarios y hasta con el propio gobierno.  Estos fueron los casos célebres de dos títulos cuyos méritos como testimonio de un combate por la libertad y la solidaridad trascienden sus notables méritos como películas. Estamos hablando claro está de  La sal de la tierra (Salt of the earth, USA, 1954) de Herbert J. Biberman), una de las películas más “malditas” de la historia del cine, y de Harlam County (USA, 1977), de Barbara Kopple, y cuyo equipo de rodaje  sobrevivió a duras penas de la actuación de los sicarios del capital por su apuesto por filmar día a día la huelga minera, mérito recompensando ya que finalmente lograron una recompensa inesperada: el Oscar a la mejor película documental del año, y ¡pardiez! que pocas veces la Academia estuvo tan acertada.  Ambos son lo suficientemente importantes como para volver sobre nuestros pasos.

En un nivel mucho más opresivo se sitúan algunas producciones españolas de la época franquista. Estoy pensando en Esa voz es una mina (España, 1955), seguramente la película “minera” más popular de todo el cine español., y en la que trabajo de minero transcurre entre copla y copla como si se tratara de un juego en el mejor de los mundos posibles. De alguna manera, esta película es complementaria del mismo discurso de otra de la misma época, La guerra de Dios (España, 1953), en la que, empero,  los autores se vieron obligados a reconocer  las terribles condiciones (la gente “moderada” suele escribir “deficientes”, como si se tratara de pequeños problemas) laborales, y registrar que el accidente no representa ninguna excepción por el espanto que causa entre los familiares. Hay que decir que la película tuvo sus problemas con la censura a pesar de su sus autores eran reconocidos adictos del régimen. No menos revelador resulta que sigue siendo valorada como una muestra de “cine social cristiano” a pesar de que su mensaje básico no era otro que el de la Iglesia del régimen.

Los ejemplos son bastante abundantes. Nos hablan de luchas muy duras y de derrotas. Pero llegados a este punto, hay que hablar de los puntos siguientes. En  el primero trataremos la producción extranjera, en el segundo, la española. En el curso de su edición de estos textos espero que, como muchas otras veces,  los lectores y lectoras que tengan cosas que decir lo hagan, e igualmente espero que la propuesta escrita de pie a la puesta en escena de citas para ver, disfrutar, discutir y aprender.

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