Los migrantes son nuestros hermanos de clase

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Por Francisco Ponzán

Después de haberla hecho ir y venir por las inmediaciones del espacio marítimo italiano, esperando una autorización oficial, la capitana del barco humanitario Sea Watcha decidió forzar el destino y el bloqueo de las aguas territoriales italianas. Elle entró en el puerto de Lampedusa el sábado 29 de junio en plena noche para desembarcar finalmente a los cuarenta migrantes que habían sido socorridos en el mar dos semanas antes cuando se arriesgaban a morir en una lancha neumática a la deriva.

Este es “el acto de guerra”, como lo ha llamado Matteo Salvini por el cual esta joven capitana se arriesga a diez años de cárcel.

Para los políticos de extrema derecha como Matteo Salvini, hay que dejar morir a los migrantes en el mar o devolverlos a la casilla de salida. Y esto vuelve a ser casi lo mismo, porque empujados por la guerra o la miseria, o por las dos a la vez, volverán a intentar incansablemente la travesía hasta conseguirlo o morir.

El Mediterráneo se ha convertido en un cementerio. Desde 2014, más de 15.000 personas que venían del continente africano han muerto en sus aguas, intentando llegar a Europa. Y es la política anti-migrantes de todos los gobiernos europeos la responsable. Los gobiernos dirigidos por demagogos de extrema derecha a la Salvini, pero también aquellos que lo son por presuntos progresistas a la Macron. Todos se han puesto de acuerdo para volver las fronteras de Europa cada vez más mortíferas y crear este mini ejército que es el Frontex, que impide a los migrantes llegar a las costas europeas.

Es preciso realmente que la sociedad capitalista esté en plena descomposición para que mujeres y hombres que buscan refugio puedan ser presentados como una amenaza. Si los 15.000 seres humanos hubieran conseguido alcanzar Europa en lugar de morir en el mar, ¿qué amenaza hubieran representado?

El mundo se llena cada vez más de alambradas y de fronteras que impiden a los más pobres pasar. La semana pasada, los diarios mostraron la foto de un joven padre de 25 años y de su hija de 23 meses, muertos ahogados cuando intentaban atravesar el Río Grande, el río que separa los Estados Unidos de México. Con la esperanza de una vida mejor en el país más rico del mundo que son los EE.UU., este joven cocinero había abandonado El Salvador con su hija y su esposa de 21 años, ella, ha sobrevivido.

Millones de mujeres y hombres son empujados a emigrar, a veces con peligro de su vida, a causa del capitalismo y de sus estragos, de las guerras y de la miserias provocadas por la crisis de este sistema, a causa del saqueo de las riquezas del planeta por los grandes grupos industriales y financieros occidentales.

En Francia, desde hace años, los políticos dicen a los trabajadores que es “imposible acoger a toda la miseria del mundo” y que hay que cerrar la fronteras.

Pero si la miseria ha aumenta también aquí, no es porque los migrantes la hayan traído de fuera. Es porque los capitalistas han suprimido millones de empleos, cerrado centenares de fábricas y lo continúan haciendo como la General Electric en Belfort. Es porque ellos han reducido los salarios para mantener y aumentar sus beneficios.

Y lo es también porque los gobiernos han atacado a los trabajadores, disminuyendo sus pensiones, anulando las leyes laborales o dejando deteriorarse los servicios públicos vitales para las clases populares como los hospitales o las residencias de mayores.

Para los políticos al servicio de la gran patronal, especular sobre los prejuicios contra los migrantes, es demagogia que sale a cuenta ya que desvía a los trabajadores de los verdaderos responsables. Para nosotros, trabajadores, es un veneno extremadamente peligroso que nos divide.

Solo podemos evitar dejarnos arrastrar a la miseria si hacemos oír todos juntos nuestro derecho a vivir dignamente contra nuestros explotadores. Estar por la libertad de circulación y de instalación total de migrantes es un gesto elemental de humanidad. Es también un gesto de conciencia de clase. Trabajadores franceses e inmigrantes, nuestra suerte está ligada y está en nuestras manos.

Editorial de Lutte Ouvrière

 

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