Los métodos de la inquisición española

Su delito es ser joven, ser vasco, y haber cometido la insolencia del compromiso político frente a un régimen con síntomas de gangrena que premia la docilidad y aplasta por las armas la rebeldía. Su delito es haber caído en el calabozo de la incomunicación, haber conocido la rutina policial de la bolsa en la cabeza, y haber firmado por la fuerza una inculpación que llevaba meses escrita. Así son los métodos de la inquisición española, que hoy por la mañana juzga a cuarenta jóvenes activistas vascos después de haberles robado sus mejores años en prisión condicional.
 
Goñi había permanecido escondido durante seis meses, protegido por cualquiera de esas personas anónimas que respondieron a la orden de detención ofreciendo sus casas como refugio, hasta que ayer por la tarde apareció en el corazón de Iruñea para aceptar la protección de un multitudinario muro humano. Con el aliento de Donostia y Ondarroa aún reciente, cientos de personas se han sentado a esperar a la policía, dispuestas una vez más a comerse las hostias gratuitas del brazo armado del gobierno.

Ese mismo gobierno se jacta hoy de una intervención policial «sin incidentes» porque nuestra lista de heridos no figura en sus ciegas estadísticas. Porque los jóvenes que han llegado hoy con la cabeza sangrante al hospital son esa verdad incómoda que ya no pueden ocultar cuando todo el mundo guarda una cámara en su bolsillo.

Hoy hemos perdido a Goñi pero hemos vuelto a ganar y ni siquiera se dan cuenta. La desobediencia se paga con sangre, pero la dignidad no tiene precio.

 
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