Los jesuitas del padre Arrupe

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Por Mikel Arizaleta

Hoy que gobierna la Iglesia católica el jesuita argentino Francisco Bergoglio con el nombre del papa Francisco y que Obama está a punto de marcharse como presidente de Estados Unidos, he repasado aquel artículo que escribí en el 2008. Dije entonces:
“Días atrás (en el periódico Deia) el cantante y creador del musical «Arrupe, mi silencio«, Gonzal Mendibil, escribió un panegírico sobre el jesuita Arrupe, otrora general de la Compañía de Jesús, titulado: Arrupe, un faro de luz .

Decía Mendíbil, entre otras cosas: “Un día como hoy, hace ahora 101 años, nació en Bilbao el Padre Arrupe. Podemos decir que es uno de los grandes personajes vascos universales, cuyo destino le deparó una vida tan intensa como dura. Arrupe, el hombre optimista que llevó la Compañía de Jesús en épocas difíciles, vivió la religiosidad con la proclama de la fe y la justicia en los cinco continentes… recordad que hemos de obedecer con alegría e inteligencia, y que el carácter del misionero ha de ser optimista, porque para un misionero que ha de luchar siempre a contracorriente, su optimismo será un gran aliado… Y en esa defensa de la justicia, desde su audacia, Pedro Arrupe fue un aliento de vida para la Iglesia y fuera de ella, como Obama lo es una fuente de esperanza para el mundo… Obama por de pronto, es una promesa de esperanza y ojalá su «Yes, we can», su querer es poder sea no sólo una ilusión transitoria sino algo real y duradero… Y el mundo necesita de más faros, de más personas de referencia, de más Arrupes y Obamas que nos apunten en otra dirección, que mantengan viva la esperanza, que nos puedan decir que aún podemos cambiarlo. El mundo necesita de hábiles timoneles que conduzcan entre obstáculos los tiempos de crisis. El mundo requiere ese espíritu de inteligencia emocional que difieren del resto por ser transmisores de confianza y por su actuar independiente e interdependiente de querer convertir el desánimo y la amenaza en una nueva oportunidad”.

La verdad es que desconozco, en gran parte, la vida del general Arrupe, no así la historia de los jesuitas y, sobre todo, la de algunos de ellos; pero me llama sobremanera la atención algunas de las idea expresadas por el cantante Gontzal Mendibil. Y su comparación con Obama. ¿Promesa y esperanza?

¿“Más Arrupes y Obamas”?

Tal vez Gontzal no viene leyendo escritos de advertencia y reparo sobre Obama, tal vez tampoco leyó, entre otros, el artículo de Alexander Cockburn en Rebelión, titulado Lo peor de Clinton, con Obama, donde dice entre otras cosas:

El primer toque de clarín del cambio presenta a Rahm Emanuel como jefe de gabinete y guardián de Obama. Es el sujeto que pone las fechas para su programa, dota de personal a su agenda, incluye, excluye. Es ciertamente un nombramiento tan siniestro como, digamos, cuando Carter instaló al archiguerrero de la guerra fría Zbigniev Brzezinski como su Asesor Nacional de Seguridad en los albores de su gobierno “llegó el cambio” en 1977.

 Emanuel, como señala Ralph Nader en mi entrevista que publico a continuación, representa lo peor de los años de Clinton. Su perfil en cuanto a Israel es bien explorado en este sitio por el abogado John Whitbeck. Es un ex ciudadano israelí, que se fue como voluntario a servir en Israel en 1991 y ganó muchos millones en Wall Street. Es un súper halcón belicista del Likud, cuyo padre estuvo en el fascista Irgún a fines de los años cuarenta, responsable por masacres a sangre fría de palestinos. La visión étnica anticuada de papá ha sido memorablemente encarnada en su reciente observación al periódico Ma’ariv de que “Obviamente él [Rahm] influenciará al presidente para que sea pro-Israel… ¿Por qué no iba a ser [influyente? ¿Qué es, árabe? ¿No va a limpiar los pisos de la Casa Blanca?”

En su trabajo en la Casa Blanca de Clinton, Emanuel ayudó a hacer aprobar el NAFTA, la ley del crimen, el presupuesto equilibrado y la reforma de la asistencia social. Estuvo a favor de la guerra en Iraq, y cuando presidió el Comité Demócrata de Campaña Electoral del Congreso en 2006 hizo grandes esfuerzos por derribar a candidatos demócratas contrarios a la guerra. En su sitio en octubre y noviembre de 2006, John Walsh documentó los esfuerzos y el papel de Emanuel en la pérdida de escaños demócratas que de otra manera habrían ganado”. ¿Arrupe tan esperanza como Obama?

Obedecer “ciegamente” como si se fuera “un cadáver”

Pero a mi juicio hay algo en la Compañía de Jesús, que me repugna en extremo, es su profundo carácter militar. Ignacio de Loyola, al verse truncada su carrera militar por el desgarro de su pierna derecha y la grave herida en la izquierda, causada en Iruña por un disparo de cañón, fundó en sustitución una Compañía religiosa con ribetes militares, los jesuitas son soldados de Dios (con cierto sabor a Camino del Opus Dei ); sus ejercicios espirituales guardan el regusto de los ejercicios militares. Y, claro está, por encima de todo la obediencia, la santa obediencia, la obediencia de cadáver. La describe maravillosamente Karlheinz Deschner en los capítulos 4 y 6 de su tomo noveno de La historia criminal del cristianismo:

“Y todo esto muestra y debe mostrar que tras Ignacio se encuentra Dios, se halla la total gloria Dei, su honra, su soberanía, su majestad. Tras Ignacio está aquel a quien se le debe el universo, la tierra, se halla la vida, todo poder y algo que el general recalca en especial, la condición de todo poder: la obediencia. Y porque Dios mismo nunca aparece en escena y nunca gobierna -¡la gran dicha del clero!-; como es conocido deja que todo siga, en su lugar y representación gobierna el clero, en su lugar figura y funciona el sacerdocio, y en su cúspide se encuentra el superior. Él recibe en lugar de Dios -como su representante en la tierra- la obediencia; una obediencia que quizá nunca ni en ningún lugar se exige con tanta desconsideración y tan deshumanizadoramente, y que nunca ha sido formulada de modo tan radical, claro está, sólo “para la mayor honra de Dios”, ad Majorem Dei Gloriam.

Resulta especialmente instructivo lo que Ignacio dictó un año antes de su muerte al secretario P. Juan Felipe Vito desde el lecho del dolor, “lo que dejó como testamento a la Compañía”:

1.- Sobre todo lo que estoy dispuesto al entrar en la orden y después siempre es a ponerme totalmente en manos de Dios nuestro señor y de sus representantes.

2.- Tengo que desear tener por superior a alguien que vigile la negación de mi propio juicio y discernimiento.

3.- En todo lo que no es pecado tengo que hacer la voluntad del superior, no seguir la mía.

4.- La obediencia tiene tres grados: El primero consiste en obedecer cuando a alguien se le manda por obediencia, y esta obediencia es buena. El segundo consiste en obedecer una sencilla orden, esta obediencia es mejor. El tercero consiste en adelantarse a la orden del superior, en hacer lo que entiendo que es su deeo, aun cuando éste no se haya manifestado expresamente. Esta obediencia es mucho más perfecta que las dos anteriores.

5.- Yo no debo ver si quien me ordena es el superior de más alto grado, el segundo o el superior de menos categoría, debo poner todos los sentidos en el obedecer, considerando que es Dios quien habla por boca de cada superior.

6.- Yo en modo alguno debo querer ser mi propio amo, sino que debo entregarme como propio a aquel que me ha creado y a aquel que en lugar de Dios me conduce y gobierna. En sus manos debo ser como cera blanda en los dedos del escultor.

7.- Debo contemplarme como un cadáver, sin voluntad ni sentimiento; como una pequeña cruz que sin dificultad se le puede girar a esta parte o a la otra; o como el bastón de un anciano, al que éste usa como le plazca y lo coloca donde le es más conveniente. Así debo yo mostrarme dispuesto a todo para lo que el superior quiera utilizarme, sin poner reparos a una disposición”1.

Y en esta línea va también la disposición (“Mandatos”) del “ilustrísimo padre maestro Ignacio” del 24 de agosto de 1550: “Cuando en adelante su ilustrísima (Ignacio) llame a alguien en la casa -lo mismo vale cuando el padre ministro llama a un sacerdote o hermano laico o el padre viceministro a un hermano lego- éste tal debe obedecer de inmediato, como si percibiera la voz de nuestro señor, que ordena en nombre de su divina majestad.

Todo el mundo tiene que obedecer en tal circunstancia tan rápida y ciegamente que él, incluso si está orando, interrumpe de inmediato la oración, y si está escribiendo a la voz de los superiores, o mejor a la voz de nuestro señor, deja sin completar la letra comenzada, por ejemplo A o B”2.

El jesuita debe obedecer “ciegamente”, debe dejarse dirigir por los superiores como si fuera “un cadáver”, (la palabra “obediencia de cadáver” deriva de aquí), tiene que interrumpir “de inmediato” su oración al oír “la voz de los superiores”. Y no es menos significativo el que Ignacio, dotado con elevados “dones de oración” -recordemos que a diario procuraba orar largamente durante muchas horas (si bien nadie sabe en qué pensaba realmente en sus ratos de oración y qué hacía)- valorara tan poco la oración de los demás, al menos su duración. Al duque Francisco de Borgia le recomendó acortar el tiempo de su oración a la mitad y la otra mitad dedicadla a “conversaciones espirituales, al estudio y a cuestiones de estado”. Y al padre Araoz, el provincial de España, le indicó que en lugar de tres horas diarias de oración se conformase con una.

Causó escándalo, incluso en el Vaticano, el que la regla de la nueva orden no previera ninguna hora de oración comunitaria. Con las normas de oración el general fue muy comedido, diría que más bien se opuso “con toda energía a la exigencia de una prolongación del tiempo de oración ” (Huonder SJ). A tales solicitudes respondió él “con disgusto moral en gestos y palabras”, y esto en un tono tan marcado que llamó la atención. Él pudo aclarar también que a un hombre verdaderamente mortificado le bastaría un cuarto de hora para unirse con Dios mediante la oración; que habría “más virtud y gracia en poder gozar de su Dios en los diversos negocios y en los distintos lugares que únicamente en el reclinatorio…”. Finalmente también supo él que en realidad “a Dios muchas veces le agradan más otras cosas que la oración y que hasta se alegra cuando se renuncia a ella…”3.

El general de la Compañía podía (y puede) enviar a cualquier miembro cuando y a donde quería (y quiere) y por el tiempo que quisiera, podía (y puede) nombrar y deponer a cualquiera a su libre albedrío. El jesuita debía (y debe) ponerse en marcha en cualquier momento y hacia cualquier parte, debía (y debe) ser discreto y fácilmente movible, rápido y eficientemente disponible para el aparato de la orden, debía (y debe) ser un comando de intervención movible en cada momento, bien fuera en zonas religiosas problemáticas o en la conquista de zonas totalmente vírgenes; por doquier la Compañía debía (y debe) “extender su red y tratar de conseguir almas”.

Los jesuitas y el poder

Siempre me ha llamado la atención el amor por el poder y los ricos de los jesuitas. Escribe el gran historiador de la Iglesia, Karlheinz Deschner: “Los jesuitas todavía poseen en América fincas extensas, inmensos rebaños de ovejas, a veces de 30.000 cabezas, poseen las mayores fábricas de azúcar y minas de plata. “Santísimo padre, escribe el 25 de mayo de 1647 el obispo Juan de Palafox desde México, encontré en manos de los jesuitas casi todas las riquezas, casi todos los bienes inmuebles, casi todos los tesoros de esta provincia de América”. Y todavía en el siglo XX es la Compañía de aquel, que no tiene dónde reclinar su cabeza, sin duda la orden más rica, por ejemplo posee el 51% del Banc of America, el mayor banco privado del mundo4 .

Su poder lo han ejercido en especial mediante lo que se ha llamdo pandilla de confesores. “El mismo Ignacio de Loyola fue confesor de la duquesa Margarita de Farnese, de la hija del emperador Carlos V. Y él puso a los padres Le Jay, Polanco y Pelletier como confesores a disposición de los duques Hercules de Ferrara y Cosimo de Medici, así como a los padres González y Miron como confesores del rey de Portugal. El jesuita Cheminot fue el confesor del duque Carlos IV de Lorena, asimismo confesor de la duquesa; el jesuita Bodler fue confesor del duque Felipe Guillermo de Neuburgo y Jülich-Berg; el jesuita Mengin fue confesor del duque Guillermo de Baviera; el jesuita Verwaux fue confesor de Maximiliano I de Baviera; el jesuita Viller fue confesor del archiduque Carlos de Steiermark; el jesuita Maggio fue el confesor del emperador Rodolfo II; el jesuita Lamormaini fue el confesor del emperador Fernando II; el jesuita Kampmiller fue el confesor de la emperatriz María Teresa; el jesuita d´Aubanton fue el confesor de Felipe V de España (la Compañía estableció contractualmente el nombramiento legal de un jesuita como confesor real en Madrid en 1720, incluso mediante un artículo reservado); el jesuita Cloton fue el confesor de Enrique IV de Francia, su hija, la duquesa Cristina de Saboya, tuvo como confesor al jesuita Monod, del que su biógrafo dice que gobernaba sobre París, Madrid, Roma y Turín. El jesuita Caussin fue el confesor de Luis XIII de Francia; el jesuita La Chaise fue el confesor de Luis XIV de Francia, igual que el jesuita Tellier (también escrito Letellier); el jesuita Warner, al tiempo que superior provincial de los jesuitas británicos, fue confesor del rey Jacobo II de Inglaterra5.

No en la teoría pero sí en la práctica la institución de los confesores de los príncipes fue creada -y esto demuestra la gran hipocresía, zorrería y cinismo en este asunto- para influir en política, sobre todo en política, por mucho que se quisiera alegar o poner como excusa la “conciencia” o el cuidado pastoral. La orden de esta y otras maneras tuvo en sus manos a la mayoría de soberanos y hombres políticamente influyentes de Europa, y esto de un modo imperceptible”.

Y el general bilbaino Arrupe, que yo sepa, gobernó a los súbditos de la Compañía con esta santa obediencia, con la del cadáver, que no es sino la anulación del súbdito, de la persona. ¡Y todo, por supuesto, ad Majorem Dei Gloriam! Claro está, al borde del camino siempre hay florecillas, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino…, hombres tiernos, luchadores por la libertad de las gentes. Pero, a mi modo de pensar, son excepción y no regla.

Y traigo a la memoria este artículo porque el día 31 se celebra en Araba, Bizkaia y Gipuzkua la fiesta de su patrono, san Ignacio de Loyola. Y porque ya es hora de que los santos dejen de ser patronos en la Europa multicultural, se retiren a sus iglesias y monasterios, y se dé paso a fiestas y descansos con conmemoraciones, recuerdos y loas más en consonancia con nuestros anhelos y deseos.

1Huonder 200s; véase también GGJ pag. 538S; Tondi, Los jesuitas 157s; Engel, HEG III 176

2Huonder 203; Maron 183s

3Huonder 177; Fülöp-Miller 104; Ignat. Ejercicios (v. Valthasar) 77/258; Kiechle 57, 64s, 174; Ignatius, Informe del peregrino, anot. 294 y pág. 177

4Von Hoenbroech, 14 años de jesuita II, 157, 208s, 218s, 306; Tondi, Los jesuitas 94s, 307s; Deschner, Y de nuevo cantó el gallo, 431s

5Von Hoensbroech, 14 años de jesuita II, 200, 234, 256s, 267, 271s, 278, 286s, 293s, 303s

Mikel Arizaleta

 

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