Los indignados de EE.UU. se afianzan y van por más

Silvia Pisani/Prensa

«Estamos para quedarnos», auguró, cuando aún era primavera, Cornel West, académico de Princeton, intelectual provocador y uno de los activistas del movimiento de protesta «Ocupa Wall Street», que, tras casi tres meses de resistencia a los desalojos policiales, crece para denunciar la «inequidad» en este país.

Por entonces nadie apostaba a que, bajo las primeras nieves del invierno en la costa este, quedaría algo del entusiasmo de quienes poblaron de carpas las plazas. Pero allí están, y no sólo permanecen sino que, además, están «recargados».

En ese lapso, el movimiento de protesta, que ambiciosamente se presenta como «el 99% de la sociedad», no sólo sorteó el riesgo de captación por los variados grupos políticos que intentaron seducirlo, sino que, pese a eso, avanzó en organización.

Hoy declara cuentas bancarias con 300.000 dólares; oficinas en Nueva York, capacidad de organización como para ocupar pacíficamente y por un buen rato «99» oficinas del Capitolio y un perfil de militancia que se define con la palabra que, alguna vez, puso de moda el kirchnerismo: transversalidad.

«Si caminas por aquí, verás todo tipo de militantes», dijo West, que asegura que el movimiento es «el despertar de la democracia» más allá de las clases sociales.

«En estos tres meses, el perfil inicial que respondió a la convocatoria y que, en principio, constituían punks, hippies, anarquistas, hackers, empezó a ampliarse para incorporar todo tipo de gente», abundó David Horner, de la Universidad de Georgetown, que viene estudiando el fenómeno.

La variedad salta a la vista. En distintas visitas a los dos campamentos que posee en esta ciudad, La Nacion pudo conversar con ex policías, profesores universitarios, amas de casa o inmigrantes que, por igual, comparten la protesta contra las «inequidades económicas» del sistema, al margen de que, en lo personal, no necesariamente les haya ido mal.

Con un 54% de aceptación, una reciente encuesta de  Time le otorga mejor imagen que al movimiento ultraconservador Tea Party, hoy recostado sobre el Partido Republicano. Sus adhesiones en las redes sociales crecen de forma exponencial y sus campamentos suman ya más de 300. En ese tiempo, el movimiento «Ocupa» obtuvo, también, carta de ciudadanía: lo reconoció desde el presidente Barack Obama hasta el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon.

El jefe de la Reserva Federal, Ben Bernanke, también simpatizó con los  okupas : «Los entiendo, yo también estoy decepcionado con la marcha de la economía», se sinceró.

DEMANDAS

Lo único que no ha variado para el movimiento es la ausencia de una demanda específica. Protestan por lo mal repartido que está el queso, pero no se inclinan por receta alguna, y cuando se le piden precisiones, se amparan en su lema: «Somos el 99% que denuncia el enriquecimiento obsceno del 1%».

«¿Sabe por qué me sumé a esto?», pregunta, de modo retórico, uno de los más inesperados militantes del movimiento. Cuando con su gorra, su chaqueta de policía y casi dos metros de altura el capitán retirado Ray Lewis se presentó en el Parque Zuccotti, junto a la Bolsa de Wall Street, hubo quienes pensaron que era la avanzada de un nuevo desalojo policial y no un nuevo militante al que le tocó pasar la noche en un calabozo.

«Me sumé porque está bien que protestemos contra la injusticia y contra la actitud detestable de políticos que traicionan aquello que juraron defender», responde. Sereno y respetuoso, el veterano policía es hoy uno de los militantes del movimiento cuyo rostro suele presentarse como una metáfora del triunfo de la conciencia ciudadana sobre la estructura de poder a la que quiere desafiar.

La llamada a ocupar Wall Street se lanzó el pasado 17 de septiembre desde la revista alternativa canadiense  Adbusters . Desde entonces, las protestas se extendieron por todo el país, desafían al frío y desvelan a analistas y estrategas políticos.

En Washington, los campamentos son dos y ambos quedan muy cerca de la Casa Blanca. En uno de ellos se encuentra Margaret Flowers, una médica que ejerce en el reconocido Johns Hopkins Hospital.

«Estoy convencida de la necesidad de cambiar este sistema. Somos un país muy rico, pero nos hemos organizado de tal modo que sólo los más ricos se benefician mientras que enormes franjas de población quedan al margen», insiste. «El país más rico del mundo tiene 46 millones de personas viviendo por debajo de su índice de pobreza y una tasa de desempleo que, en el 8,6 por ciento, desentona con sus parámetros», añade Flowers.

Contra eso se planta el movimiento. En tres meses logró visibilidad a fuerza de cientos de detenciones en operativos de desalojo. Algunos lo consideran una nueva forma de democracia en acción. Para otros, no son más que una masa de desocupados que debería buscar trabajo. Entre un extremo y otro, el movimiento se multiplica para denunciar los excesos del sistema financiero en este país.

«Es gente que protesta porque perdió su trabajo mientras que quienes causaron la debacle tiene excelentes puestos, salarios excelentes y bonos. Algo anda muy mal en este país», convalidó el ex presidente Bill Clinton.

Lo último que incorporaron fue una oficina en el corazón de Wall Street, donde se organizan las actividades diarias. Un desprevenido tomaría la sede como una financiera. Pero todos allí se presentan como «voluntarios» que cumplen horas de trabajo luego de sus ocupaciones habituales. No reciben sueldo y ninguno es el jefe.

«Estamos aquí por la generosidad de quienes hacen donaciones y entendieron que un movimiento como este necesita un mínimo de organización», dice Megan Hayes, una voluntaria que dijo donar no menos de 50 horas semanales al movimiento.

Insisten en que no hay interés político y que nada ha cambiado. Que, al igual que el primer día, se mueven sólo por el interés de declarar que las cosas no pueden seguir así..

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