Publicado en: 20 abril, 2019

Los hombres necios

Por Teo Navarro

El sentido de la interrelación, de la interdependencia, esa falta de creencia en que todos estamos atrapados en una red de reciprocidad y sujetos a un destino común imposibilita la creación de un proyecto común en que todos, en la medida de nuestros objetivos y de nuestras renuncias, nos sintamos impulsados de vivir colectivamente.

Por Prudenci Vidal

Me refiero a estos hombres, con nombres y apellidos en cada uno de nuestros países, a los que la sociedad considera “peces gordos”. Esos que se llenan de fama, prestigio y respetabilidad. Esos a los que llamamos “triunfadores”. Esos que están en la cima del poder económico. Esos que pueden comprar lo que se les antoje y que nunca han conocido ni la necesidad ni la precarización.

El dinero no tiene valor moral en sí mismo, depende del uso que se haga de él porque puede ser utilizado para hacer el bien pero también, y a eso nos vamos acostumbrando, para hacer el mal. Afirma George A.Buttrick: ”En la riqueza no hay nada que esté viciado internamente, ni tampoco hay nada en la pobreza virtuoso por sí mismo”.

Entonces, ¿por qué llamamos necios a muchos de estos personajes? Porque confunden los medios gracias a los cuales viven con los objetivos para los que hay que vivir. La estructura económica de sus vidas está absorbida en su quehacer y en su destino. Los dos niveles de vida, el interno y el externo, determinan nuestro quehacer en el mundo ,en los que nos ha tocado vivir. En nivel interno es el nivel de los objetivos espirituales expresados en la belleza del arte, la emoción de la literatura i los ideales de fraternidad que impulsan los ideologías y las religiones. El externo es comprende la casa en que vivimos, el coche, la ropa con la que nos vestimos, en fin, todas las cosas materiales precisas para vivir. Y ahí amanece el peligro: permitir que los medios gracias a los que vivimos sustituyan a los objetivos para los cuales vivimos, que lo interno se pierda en lo externo. No afirmo que lo externo de nuestras vidas no tenga importancia, al contrario; tenemos el deber de buscar las satisfacciones materiales básicas para vida. Una ideología, una religión, una filosofía no puede desentenderse del bienestar económico de las sociedades.  El verdadero socialismo advierte que la mente queda aplastada mientras el cuerpo esté torturado por las punzadas del hambre y acosado por la necesidad de cobijo y de salud.

Los “necios” políticos, en sus soliloquios de las campañas electorales no se dan cuenta de que su futuro depende de los demás. Sus mítines están repletos de “yo” y “mío”, y tantas veces lo repiten que dan la sensación de haber perdido la capacidad de decir “nosotros” y “nuestro”. Son víctimas de la enfermedad cancerosa del “egoísmo”; no se dan cuenta de que la riqueza privada es el resultado de la riqueza común. Hablan como si  ellos solos pudieran, por arte de magia, convertir los campos en graneros para todos. Cuando un individuo o una clase política pasa por alto esta interdependencia, el resultado se traduce en una trágica necedad.

La democracia es la aceptación de la interdependencia. Tanto si nos demos cuenta o si no, si lo queremos aceptar como si no, cada uno de nosotros estamos en deuda con otros hombres y mujeres conocidos o desconocidos que con su esfuerzo configuraron nuestra forma de pensar, nuestra vida material y nuestras oportunidades en la sanidad y en la educación.

Esta falta de sentido de la interrelación, de la interdependencia, esa falta de creencia en que todos estamos atrapados en una red de reciprocidad y sujetos a un destino común imposibilita la creación de un proyecto común en que todos, en la medida de nuestros objetivos y de nuestras renuncias, nos sintamos impulsados de vivir colectivamente.

Muchos hombres abrazaron la filosofía “bonística”, originaria de Rousseau describiendo que la naturaleza humana es esencialmente buena; que el mal se encuentra esencialmente en las instituciones y que si la pobreza y la ignorancia pudieran ser eliminadas, todo iría mejor. La civilización evolucionaría hacia un paraíso sobre la tierra. A esta concepción se añadió la teoría darwiniana  con la idea de un progreso automática y continuado ( Herbert Spencer). Pasados los años, recordamos las dos guerras mundiales y las menos conocidas, la aparición de neoliberalismo en los años 70 del siglo pasado, las hambrunas en África, las dictaduras asesinas en Latinoamérica y en los países mediterráneos, el Holocausto, las migraciones el Uganda…y mil millones de asuntos más, unos silenciados otros marcando la oportunidad del negocio de los llamados “países ricos”.

Todas estas aportaciones reflexivas vienen a cuento en las ya más que próximas elecciones. Ante los partidos que nos presentan sus propuestas cabe sencillamente preguntarse para decidir nuestro voto: ¿tienen un proyecto interdependiente, interrelacionado, inclusivo de todos los habitantes del país donde lo primordial será no la creación de riqueza, que también, sino cómo se va a distribuir, sin que nadie quede al margen? Dicho de otra manera: van a intentar crear un mundo solo para unos pocos, los ricos, o para todos porque todos tenemos la misma dignidad, la misma capacidad política y las mismas ansias de bienestar.

 

Prudenci Vidal Marcos

Miembro de La Marea Pensionista

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