Los grupos de apoyo mutuo plantan cara desde la autogestión a la crisis del coronavirus

“Cuando tenía 7 años y murió mi padre, mi madre se quedó viuda con tres hijos. Mi vecina, que no tenía hijos, se convirtió en mi segunda madre. Nos avisaba para ir al cole, era un ángel de la guarda y, cuando murió, toda mi familia la lloró. En aquella época —te hablo de los años sesenta, más o menos— todos se ayudaban. Hasta cuando moría alguien estaban juntos. Las cosas buenas también las compartíamos. En Navidad, por ejemplo, la puerta del vecino estaba siempre abierta y a veces nos encontrábamos en el terrados para hacer fiesta”.

Cristina tiene una luz de ironía vital en los ojos que no se apaga nunca, tampoco ahora que las cosas se han puesto complicadas y no puede ir a ver a su madre, alojada en una residencia de ancianos, quien le transmitió el valor del apoyo mutuo. Cuando la conocí, al llegar a Barcelona desde Italia, me acogió como si fuera una de sus hijas. No sabía nada sobre mí y nunca me preguntó “cosas” antes de ayudarme. Si no fuera por Cristina y por su familia, no podría haberme quedado a vivir en Barcelona todo este tiempo escribiendo —ya son 12 años— y siendo espectadora privilegiada de algunos hechos importantes que han ocurrido en esta ciudad y que han modificado mi manera de vivir.

Y no solo la mía.

Si pudiera colocar un marcador en la memoria para saber exactamente cuándo, cómo y por qué todo esto empezó aquí en el barrio del Poble Sec, diría que fue después del desalojo de nosotras, las personas indignadas, de Plaza Catalunya.

Era el 2011.

A los que se sorprenden de ver cómo este barrio haya reaccionado tan rápidamente a la emergencia generada por la pandemia, habría que contarle una historia que empieza allí. Empieza los días, los meses y los años que siguieron aquel desalojo. Cuando el movimiento de los indignados se desplazó hacia los barrios, las personas más involucradas ya sabían que no iban a permitir que toda la energía generada por aquella experiencia desapareciera a golpes de balas de goma. Entonces era asombroso ver cómo se había organizado gente en un espacio físico tan emblemático cómo el de la Plaza, con su estrella blanca que de repente aparecía reproducida en los muros de la ciudad, en sus calles, en los carteles de las asambleas comunitarias.

Cartel Suport Mutu Poble Sec
El grupo de apoyo mutuo de Poble Sec imprimió carteles para llegar a la población que no usa redes sociales.

 

Fue en esa plaza que se empezaron a oír las palabras “perspectiva feminista” y “economía de los cuidados” y, aunque se podría discutir sobre la efectividad y los fracasos de ese movimiento, no cabe duda que lo que allí se rompió, se volvió a construir en los espacios de los barrios. Somos seres vivos en continua transformación.

Aquí, en el Poble Sec, como en Sants, en Ciutat Vella, en el Raval, durante estos años hemos asistido al florecer de iniciativas sociales diversas con un ADN común: tejer lazos, generar comunidad.

El 15 marzo del 2020, en plena alarma sanitaria, un grupo de ocho personas se encuentra en chat y empieza a pensar cómo puede organizarse para hacer frente a una situación crítica, sabiendo que muchos individuos pronto se quedarán solos, sin poder salir de casa por razones diferentes. Teniendo personal sanitario en el grupo, lo primero fue imaginar acciones que evitaran el contacto físico, en cumplimiento con las medidas sanitarias.

Poco días después se abrió un chat en Telegram pidiendo a las voluntarias que iban apuntándose su dirección y disponibilidad horaria. Con estos datos se pudo generar un mapa del barrio dividida en cinco zonas y activar un número de teléfono al que llamar para recibir asistencia.

A partir de las zonas geográfica se abrieron cinco subgrupos en Telegram con dos personas responsables por cada zona, que están en contacto directo con quién recibe las llamadas. Para informar a las personas mayores de la existencia de esta red, el grupo decidió imprimir carteles para colgarlos en las tiendas y en la calle. Quien conoce las iniciativas sociales que la gente ha sido capaz de generar durante todos estos años en este barrio no se sorprenderá de que la Red de Apoyo Mutuo del Poble Sec haya alcanzando el número de 500 voluntarios en 20 días.

El cartel se ha traducido al árabe, urdu, chino. Hace poco, llamó una persona que no hablaba ninguno de estos idiomas y a través del chat consiguieron en poco tiempo que alguien que le entendiera para poderle ayudar

Como explica Sandra, valenciana y vecina del Poble Sec, hablar con la asociación de comerciantes locales para que hicieran pedagogía, sobre todo con la gente mayor que se presentaba a comprar durante estos días de confinamiento, ha sido clave. Al número de teléfono que se ha activado, dice, contesta una pareja que es al mismo tiempo usuaria de la red y voluntaria. “Hemos traducido el cartel en árabe, urdu, chino. Hace poco nos ha llamado una persona que no hablaba ninguno de estos idiomas así que enviamos un mensaje al chat y en poco tiempo conseguimos que alguien que le entendiera para poderle ayudar”, explica como ejemplo de la vitalidad de este chat en el que las voluntarias son personas que proceden de colectivos, culturas, experiencias diferentes. Las voluntarias, si tienen que salir a ayudar a alguien, envían una foto de su DNI al grupo de gestión de las llamadas para evitar problemas y para que las personas mayores se sientan más seguras.

Esta valenciana es una de las personas que impulsó la iniciativa y subraya que la Red de apoyo mutuo del Poble Sec no está posicionada políticamente. Además, cuenta cómo las acciones se están diversificando con el pasar de los días.

El Sindicat de Llogaters, que ya había abierto hace tiempo un Banco de Alimentos, forma parte el grupo del Poble Sec. Ahora, sigue recogiendo semanalmente comida para distribuirla a las personas que lo necesiten y que cada día son más. Quien quiera puede hacer su aportación económica a un número de cuenta o comprar y dejar comida en La Base, una de las entidades sociales del barrio que se ocupa de distribuirla. Existe también un grupo formado por personal médico que asesora sobre temas de prevención, síntomas y cura. Así mismo unas cuantas personas voluntarias se han ofrecido para coser mascarillas caseras que serán distribuidas en caso de necesidad.

Paquita Jaqui Red de Apoyo Poble Sec
Paquita y Jaqui, usuarias de la Red de Apoyo, Zona 3, Poble Sec

 

“Esta crisis, a pesar de toda la tragedia que lleva consigo, es también una oportunidad para revisar nuestro sistema comunitario. Nos ayudará a recuperar lo que habíamos perdido: volver a cuidar de nuestra comunidad tejiendo vínculos”, reflexiona Sandra.

De la importancia de tejer vínculos es muy consciente el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes que lanzó en Barcelona la marca de ropa Top Manta y que desde su laboratorio ha empezado a coser voluntariamente batas para el personal sanitario. El 4 de abril, Top Manta publicó un video en la cuenta Instagram @topmanta_bcn para documentar la donación de 250 batas a la doctora Mercè Guarro del Hospital General de Granollers y a la Doctora Idoia Goñi del CAP Sant Oleguer de Sabadell.

“Trabajamos como voluntarias más de 15 horas cada día para poder ayudar a la Sanidad catalana y a todas las personas vulnerables”, explican desde el sindicato. “Desde hace 15 años, las personas manteras seguimos unidas manteniendo la lucha por los derechos humanos. A pesar de que la policía nos persiga, los políticos nos utilicen y los medios nos criminalicen. A pesar de sobrevivir con 200 euros al mes … si hay suerte”, añaden.

 

REDES EN NÁPOLES

Barcelona no es la única ciudad en la que se han reforzado las redes de apoyo mutuo. Fuera de las fronteras del Estado español, varias iniciativas tratan de paliar la situación de los españoles que se han quedado atrapados en otros países mediante grupos donde de comparte información oficial, avisos de aerolíneas, conocimientos profesionales o escucha activa. También las trabajadoras del hogar han puesto en práctica su experiencia en autoorganización para paliar la crisis del coronavirus.

En este sentido es interesante analizar el caso de otra ciudad, en otro país: Nápoles. Mientras los telediarios italianos empezaban a llenarse de noticias aterradoras sobre la situación de violencia generada supuestamente por la desesperación de los trabajadores no declarados en Nápoles, en las redes sociales se daba a conocer con fuerza y orgullo el caso de la Spesa Sospesa.

El término viene del repertorio de gestos cohesivos y solidarios que caracterizan la ciudad partenopea rompiendo estigmas y prejuicios que desde siempre acompañan su historia. Un ejemplo: si entras en un bar de Nápoles y pides un café, puedes decidir pagar uno más para quién no tenga dinero. Así, nadie en Nápoles se quedará  sin un buen café. El café pagado se llama “caffé sospeso” o sea un café que se ha quedado allí, en estado suspendido, hasta que alguien que lo quiera no entre en el bar a pedirlo.

En Nápoles, un grupo de apoyo facilita que quien pida la compra online a los comerciantes locales pueda pagar algo más para financiar la compra a otras personas que lo necesiten

La red de apoyo mutuo Spesa Sospesa juega con esta idea y se basa en dos principios: quedarse en casa y ayudar a quien no tenga dinero para pagar bienes de primera necesidad. Quien pida la compra online a los comerciantes locales puede pagar algo más para financiar la “spesa sospesa” o puede efectuar una donación a una cuenta bancaria activada para este propósito.

Acabada la donación, hay que enviar un correo al ayuntamiento indicando la cantidad de dinero donada y la tienda en la que se quiere dejar pagada la compra. El dinero recogido se utiliza para regalar la compra a quien esté en dificultad. El ayuntamiento se organiza para la entrega de los alimentos, de los fármacos y de otros bienes necesarios.

Si pudiésemos mirar desde lejos las experiencias de apoyo mutuo que han vuelto a florecer con más fuerza alrededor del mundo durante estos días, podríamos darnos cuenta de que las entidades sociales y los colectivos funcionan como anticuerpos.

Su objetivo es mantener vivo el cuerpo-barrio y el cuerpo-ciudad cubriendo diferentes necesidades. Organizadas para existir y resistir a la destrucción del estado social, a la aplicación sistemática de las estrategias capitalistas, patriarcales y racistas y a la presencia de otros virus letales, su velocidad de activación para contrastar enfermedades es directamente proporcional a su presencia en el territorio sea eso la calle, un cuarto, una casa, un barrio, una ciudad o el entero Planeta Tierra.

 

 

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