Los grandes simios y los retos del siglo XXI

La expansión colonial de los países europeos y con ello las rutas de comercio, disparó su caza y venta

Los grandes simios siempre han fascinado a los seres humanos. A lo largo de la historia, su posesión, ha sido considerada símbolo de alto estatus y poder. Grandes estrellas del siglo XX como Elvis Presley y Michael Jackson posaban ostentosamente con sus chimpancés vestidos como si fuesen niños humanos. Hoy en día la tenencia privada particular y el consumo de su carne sigue denotando alto standing y opulencia. La demanda entre las nuevas élites asiáticas, rusas y árabes ha aumentado en las últimas décadas, y su comercio internacional, como todo comercio tanto legal como ilegal de vida salvaje, se ha visto facilitado por internet (Lavorgna, 2014). A pesar de las nuevas restricciones de las redes sociales dirigidas a frenar la promoción y el comercio ilegal de animales salvajes, con una rápida búsqueda por Instagram o Facebook encontramos chimpancés y orangutanes con sus dueños dando vueltas en coches deportivos por Dubái, bebiendo y fumando con oligarcas rusos u horneando galletas en EE UU. Y no hace falta recurrir a la dark web para encontrar anuncios, la mayoría timos, de venta de simios. Pero el asunto del apresamiento y cautiverio de los simios no solo incumbe a unas reducidas élites: el conjunto de la sociedad de los países desarrollados también está involucrada de una u otra forma. Y, por supuesto, importantes corporaciones son también causantes del actual estado de cosas.

Camino de la extinción

La gente que no tiene 50.000 dólares para gastarse en un capricho, pero quiere verlos sin importarle sus condiciones de vida, los grandes simios les entretienen en zoos, en falsos santuarios en los que se pueden hacer selfis con ellos, en circos y otros espectáculos: películas, series y programas de televisión. Esta sobreexposición en nuestra cultura popular fomenta la falsa idea de que son buenas mascotas y de que son mucho más abundantes en libertad de lo que en realidad son (Aldrich 2018). De hecho, como argumentan Courchamp y sus colegas, puede que paradójicamente cada día haya menos apoyo del público y movilización en el esfuerzo de conservación de estas y otras especies carismáticas, como el oso polar o elefante, porque por su enorme presencia en nuestros medios de comunicación y cultura de masas, se da como garantizada su preservación por grandes organizaciones y organismos internacionales, cuando, realmente, no lo está (Courchamp et al., 2018). La mayor parte de la preservación de los grandes simios (y como conservación aquí entiendo no sólo que haya ejemplares vivos con diversidad genética, sino que vivan en libertad o lo más parecido, que aprendan y pasen a nuevas generaciones su conocimiento cultural) y muchas otras especies recae en las tribus indígenas y residentes de la zona así como en pequeñas ONG y santuarios en sus países de origen, que reciben poco apoyo monetario gubernamental nacional o internacional, y dependen de becas y donaciones de otras ONG internacionales, donantes individuales y del turismo más sostenible.

La triste realidad que la mayoría de las personas ignora es que todos los grandes simios, excepto los humanos, están o en peligro o en crítico peligro de extinción; lo que quiere decir que su extinción en libertad no solo es probable, sino que, en algunos casos, es inminente. De todas las poblaciones de especies y subespecies de orangutanes, chimpancés, bonobos y gorilas solo hay una, el gorila de montaña, que no está siendo diezmada anualmente (Guy and Bethlehem, 2020). De hecho, si no se toman acciones inmediatas y tajantes de protección puede que la última especie de homínido identificada por la ciencia, el orangután tapanuli, descrito en el 2017, esté funcionalmente extinto en la segunda mitad del siglo XXI, extinción evitable ya que está directamente provocada por la construcción de una presa hidroeléctrica que dividiría e inundaría su hábitat (Laurance et al., 2020)[1]. La mayoría de ONG y santuarios que están trabajando para cambiar esta tendencia tienen inmensas dificultades para mantenerse a flote, situación que se ha visto agravada por la actual pandemia. Las comunidades indígenas de todo el mundo están siendo acorraladas y arrasadas. Y sin embargo en ellas y en las ONG recae no solo el rescate y rehabilitación de los animales, también crear y llevar a cabo programas de educación y concienciación en los países en los que trabajan, negociaciones con gobiernos locales y nacionales, y con las empresas que actúan en la zona, litigios contra multinacionales que arrasan su territorio (Da Costa, 2019; Jong, 2021), así como intentar que el resto del mundo preste atención y actúe antes de que sea demasiado tarde.

¿Cómo hemos llegado aquí?: La responsabilidad occidental en el declive

Aunque los grandes simios, como el resto de los animales, siempre han sido en mayor o menor medida cazados e incluso consumidos por las poblaciones locales, no es hasta estos últimos siglos y especialmente los siglos XX y XXI que su población se ha visto tan drásticamente reducida.

La expansión colonial de los países europeos y con ello las rutas de comercio, disparó su caza y venta. Durante los siglos XVIII y XIX proliferaron en Europa zoos, parques de atracciones y espectáculos circenses que usaban a los grandes simios como reclamo. Su popularidad era tal que hasta Edgar Allan Poe convirtió a un orangután en el asesino de su cuento Los crímenes de la calle Morgue.

Muchos de estos primeros simios destinados a la cautividad no llegaban vivos a Europa y los que lo conseguían acababan muriendo un par de años después de diferentes enfermedades. Jenny, la primera orangutana del Zoo de Londres sobrevivió solo dos años allí, de noviembre 1837 a mayo 1839[2], durante los que consiguió impresionar con sus comportamientos y emociones a Darwin, quien tras observarla a ella, y realizar una serie de experimentos conductuales, postuló que compartimos las emociones básicas con los simios porque descendemos de un antepasado común (Zimmer, 2015). Estudios posteriores le han dado la razón, demostrado que compartimos gran parte de nuestro ADN con ellos; en el caso del chimpancé esa semejanza llega hasta el 99% (Ruiz de Elvira and Boto, 2005).

Es a raíz de esta semejanza genética que durante el siglo XX, su caza y comercio se incrementó aún más por su uso como animales de laboratorio en experimentos conductuales y biomédicos; solo Sierra Leona en las 3 décadas comprendidas entre 1950 y 1980 exportó 2.000 chimpancés para su uso en laboratorios, exhibición en zoos, en espectáculos o como mascotas (Stiles et al., 2013).

Durante décadas, los laboratorios estadounidenses y europeos se llenaron de chimpancés a los que aislaron en pequeñas celdas y sometieron a dolorosos experimentos. La asociación Release the Chimps[3] recoge en su página web una lista de experimentos llevados a cabo en EE UU, entre ellos encontramos:

  1. La utilización de procedimientos invasivos en los que se les extrajeron o destruyeron porciones del cerebro, se les removieron los órganos para ser usados en trasplantes humanos, se los expuso a radiación extrema, se les castraron, se les quitaron las glándulas pituitarias y/o se les colocaron electrodos en el cerebro.
  2. El envenenamiento provocado por testar la toxicidad de insecticidas, compuestos químicos y medicamentos en chimpancés. Asimismo, se les ha expuesto a carcinógenos, radiación y virus.
  3. Las acciones causantes de traumas físicos. Las fuerzas aéreas estadounidenses han experimentado con ellos para ver las consecuencias de viajes aéreos y espaciales, para ello los han hecho colisionar a velocidades supersónicas, quemado con ráfagas de viento y les han centrifugado. Otros experimentos les han provocado traumatismos craneales severos o los han expuesto a descomprensión sometiéndoles a un estado cercano al vacío o a diversas fuerzas gravitatorias mientras estaban bajo el agua.
  4. Actuaciones causantes de trauma mental. A bebés chimpancés se los ha sometido a aislamiento extremo, en algunos casos de hasta 4 años, privados de ningún contacto o se les ha separado de su familia y criado entre humanos, para ser despachados a zoos o laboratorios cuando crecían demasiado.
  5. Inoculación e inducción de infecciones y enfermedades letales. Se les ha infectado con la mayoría de las enfermedades que matan humanos: tifus, malaria, ébola, kuru, sida, hepatitis B y C, Creutzfeldt-Jakob… Para no interferir con los resultados no se les administraba ningún calmante o cualquier otra medicación que les ayudase a sobrellevar los síntomas.
  6. Su conversión en biorreactores. Se usaron chimpancés como incubadoras para vacunas.
  7. Ensayos para conocer los mecanismos de reproducción. Se han realizado procedimientos invasivos a las chimpancés para estudiar los ovarios y la progresión de los embriones y fetos. A los chimpancés se los sometía a electro-eyaculación y operaciones invasivas en los testículos.
  8. Pruebas con drogas e inducción de adicciones. Se les ha dado diversas drogas para estudiar sus reacciones –en ocasiones dosis extremas que los han llevado a la muerte– incluyendo morfina, cocaína, nicotina y marihuana.
  9. Convertirlos en donantes de órganos. Tres médicos norteamericanos han experimentado con trasplantes de sus órganos a humanos.

Aunque en la mayoría de los países occidentales han prohibido la experimentación con grandes simios, salvo casos excepcionales de fuerza mayor, el daño causado a generaciones de chimpancés que han sido cazados, esclavizados, torturados y asesinados es irreparable. Y lo que es peor, en la mayoría de los casos fueron experimentos que bien eran redundantes, como estudiar en cautividad lo que Jane Goodall ya había descrito extensamente, o que ya se sabían los resultados por experimentos y observaciones anteriores con humanos, como los efectos del aislamiento en bebés, de lo que ya se tenía información por observaciones en orfanatos y tras hacerse públicas las crueles prácticas que los nazis hicieron en sus campos de concentración con niños judíos y romaníes, o los experimentos que siguieron haciéndose tras décadas de resultados no aplicables a humanos como los del sida (Bailey, 2008). Aunque la situación ha cambiado para los grandes simios, muchos de estos experimentos siguen llevándose a cabo con millones de animales anualmente en todo el mundo [4].

Películas como Proyecto X y series como Verónica Mars expusieron estas prácticas crueles. Sin embargo, la cultura popular occidental generalmente ha romantizado la tenencia de grandes simios como animales de compañía en centenares de libros, películas y programas de televisión desde el siglo XIX hasta hoy, como la mona Chita de Tarzán, el inteligente chimpancé de Cómo ser John Malkovich o la película de Clint Eastwood Duro de pelar en la que compartía pantalla con un orangután. Mientras que otras como King Kong los ha convertido en temibles bestias. En la mayoría de las películas y series de televisión comerciales que protagonizan, los simios aparecen en entornos humanos, a menudo vestidos con ropa o ejerciendo acciones humanas, como conducir coches, montar en bicicleta, beber alcohol o fumar.

Efectos perversos de la actual relación humanos / simios

Esta representación antropomórfica de los simios en la cultura popular está contribuyendo a la errónea creencia de que son buenas mascotas, alimentado así su comercio legal e ilegal (Aldrich 2018) y su abuso para nuestro entretenimiento. Es habitual en muchos zoos y santuarios oficiales que la gente se pueda hacer selfis con ellos, especialmente en Asia y EE UU. Espectáculos como orangutanes boxeadores siguen siendo populares en varios puntos de Asia y videos de chimpancés fumando y bebiendo reciben miles de me gusta en las redes sociales. En Europa, incluida España, aunque los zoos están más regulados, la vida de los animales allí encerrados no es mucho mejor. Con incidentes en zoos como el de París en el que los que los visitantes alimentaron a los simios con comida basura o les dieron de fumar marihuana (Hernández Bonilla, 2020) en pequeños espacios y reducidas jaulas, entornos carentes de las condiciones que permiten la estimulación adecuada para las necesidades de estos homínidos tan inteligentes y sociables (Sanoja, 2016). Incluso los grandes zoos, que se presentan como los grandes e indispensables centros de conservación, investigación y educación, en la imagen que presentan al público a través de sus páginas web y redes sociales, enfatizan el entretenimiento frente a la conservación, cuyo mensaje carece de sustancia (Carr y Cohen, 2011).

Esta antropomorfización de los grandes simios se da solo en su abuso, pero no en sus derechos, incluido su derecho a la vida y la libertad. Hoy en día la tenencia privada de grandes simios sigue estando permitida en demasiados países del mundo, incluida España (Rico, 2020). A pesar de los esfuerzos de activistas y asociaciones como Proyecto Gran Simio, en el 2020 no solo se puede poseer un gran simio en este país, sino que, a pesar de estar en peligro de extinción, el propietario puede matar a su simio sin mayores consecuencias, alegando defensa personal. Aún si no se llega a su asesinato, el confinamiento, las historias de abuso y separación de la familia cuando eran bebés, les provoca trastornos psicológicos muy graves, equivalentes a los que desarrollan los humanos en condiciones similares. En su estudio preliminar Úbeda et al. Evaluaron, con herramientas adaptadas, a 23 simios, ex mascotas o que habían pertenecido al mundo del espectáculo, que han sido rescatados por la asociación MONA, y encontraron patologías como: trastornos relacionados con la ansiedad, el trauma y los factores de estrés; trastornos disruptivos, de control de impulsos y de conducta; trastornos depresivos; trastornos de ansiedad; trastornos del neurodesarrollo; trastornos bipolares; desórdenes desinhibidos; trastornos parafílicos y estrés postraumático (Úbeda et al., 2020).

Desde hace cuatro décadas la venta de grandes simios capturados en su hábitat natural no está permitida en la mayoría de países, aceptándose únicamente la venta de los criados en cautividad con permisos; pero el comercio ilegal de ejemplares vivos está aumentando (Stiles et al., 2013). Por su naturaleza de animal social, se sabe que para capturar a una sola cría de chimpancé o bonobo, se debe matar a la madre y a parte del grupo social. Se calcula, por tanto, que por cada bebe capturado se han asesinado de 5 a 10 adultos. En el caso de los orangutanes y gorilas el número es menor (1 o 2 adultos por bebe), pero aun así es algo tan cruel como insostenible. Cada año se confiscan centenares de chimpancés, orangutanes y en menor medida bonobos y gorilas, que representan tan solo una pequeña parte del tráfico total, ya que se suele detectar a los traficantes amateurs como al que arrestaron en el aeropuerto de Bali en el 2019 con un orangután en la maleta. Para los profesionales es un negocio extremadamente lucrativo con pocos riesgos para los intermediarios y vendedores finales (Clough y May, 2018). Desde el cazador furtivo hasta el cliente final, el precio de un animal se multiplica hasta por un 1.120%. Tramas mafiosas internacionales con conexiones con oficiales corruptos de los países de origen e intermedios y finales han estado operando con casi total impunidad durante décadas. Anunciaban sus animales en las redes sociales abiertas a todos y negociaban abiertamente precios en internet. Esto poco a poco está cambiando, pero el tráfico sigue incluso durante la pandemia.[5]

Y detrás, como siempre, el voraz capitalismo

El aumento de la presión demográfica mundial y la globalización están avivando expansiones agrícolas de monocultivos como la palma, explotaciones mineras y construcciones de mega estructuras y carreteras en los hábitats de todos y cada uno de los grandes simios, incluso en algunas de las reservas protegidas donde viven (Volckhausen 2019; Wich et al. 2012; Emont 2017; Dias et al. 2019; Fritts 2019). Esta pérdida de territorio los deja aún más indefensos frente a cazadores furtivos y este aumento de contacto con seres humanos los expone a enfermedades potencialmente devastadoras como la covid-19. Hoy en día la mayoría de los productos de alimentación procesados y cosméticos consumidos en occidente contienen aceite de palma que también es uno de los componentes de los llamados biocombustibles. Se ha demostrado que las plantaciones ya existentes de este aceite en Sumatra y Borneo son una de las principales causas de la pérdida de biodiversidad de la selva tropical asiática (Wich et al., 2012), responsables del empobrecimiento de la calidad del aire de la zona (Marlier et al., 2015), y están íntimamente relacionadas con trabajo esclavo (Slater, 2017; Gari, 2019; Mason and McDowell, 2020) y desplazamiento de las comunidades locales e indígenas: sin embargo, se extienden por todas las selvas mundiales, desde Papúa a América pasando por África central, con la complicidad de grandes firmas como Nestlé y Unilever (Harvey, 2020). Los intentos de regulación de las plantaciones encuentran la oposición de las grandes empresas que las poseen y la corrupción de los países de origen. La certificación internacional de aceite de palma sostenible RSPO está envuelta en polémicas constantes que arrojan dudas sobre su credibilidad y validez (Kirkman, 2019; Cazzolla Gatti y Velichevskaya, 2020). La conservación de la biodiversidad está en segundo plano frente a los intereses monetarios de las élites mundiales que controlan gobiernos nacionales y gobernantes locales.

Las industrias extractivas también suponen una gran amenaza para todos los grandes simios porque las empresas mineras se adentran incluso en parque nacionales y áreas protegidas (Fritts, 2019; Volckhausen, 2019)[6]. Aunque los grandes simios se encuentran en áreas con metales tan preciados como el oro e incluso diamantes, la que en este momento y desde hace décadas está suponiendo un mayor peligro para los gorilas grauer o espaldas plateadas, es la industria minera del coltán. Este material, necesario para la fabricación de aparatos electrónicos, es muy escaso en la tierra, lo que ha llevado a gobernantes locales y a diversas milicias a pelear por los territorios donde se encuentra en África, provocando crueles guerras entre naciones como la guerra del coltán (1998-2003). Este sigue siendo un conflicto intermitente desde hace décadas, que no solo ha sido mayoritariamente ignorado por la opinión pública mundial, sino financiado por multinacionales y países interesados en este metal, como EEUU, RU, Bélgica y Alemania (Iglesias, 2009; Montenegro, 2015).

Aun estando tan lejos, ¿qué podemos hacer?

El estado actual de los grandes simios es sin duda preocupante, pero todo el mundo puede actuar para mejorarlo. Además de exigir cambios en las legislaciones e inversiones para asegurar su continuidad y para poner coto a la expansión productivista y depredadora del capitalismo, cada persona, en su ámbito privado, puede también posibilitarla. Hay pequeños cambios y acciones en nuestras vidas que pueden contribuir a revertir la situación.

  • No visitar ni promover zoos, espectáculos y falsos santuarios que los condenan a una vida de soledad y sufrimiento. Al igual que a las personas humanas a los grandes simios no han elegido y sufren al estar confinados de por vida lejos de sus hábitats y familias. Lo único que se aprende en un zoo es crueldad y especismo.
  • Evitar en todo lo posible artículos con aceite de palma y elegir productos elaborados con aceites locales como el aceite de oliva o girasol. Oponerse a que el biodiesel contenga aceite de palma.
  • Antes de comprar muebles con madera tropical investigar su procedencia y evitar los muebles grandes, como mesas, hechos de un solo árbol. Esos árboles centenarios no provienen de plantaciones, sino de la selva.
  • Luchar contra la obsolescencia programada, reparar, reciclar y comprar aparatos electrónicos reacondicionados o de segunda mano.
  • Investigar y donar a los proyectos que trabajan en el rescate y rehabilitación de animales víctimas del tráfico de especies.
  • Apoyar iniciativas como la del Proyecto Gran Simio, para que los grandes simios obtengan los derechos a la libertad y la vida que se merecen, en España y Europa.

Todavía tenemos margen para evitar la extinción total de los grandes simios, pero no podemos esperar ni un año más para exigir a los gobiernos y las multinacionales involucradas que cesen su exterminio.

 * Roser Garí Pérez

 

Notas

[1] Los datos recogidos a continuación son estimaciones de los ejemplares vivos, y la tasa anual de su declive desde que se empezaron a tomar datos en la década de 1970, y cálculos del porcentaje de descenso total de las poblaciones a mediados del siglo XXI respecto al comienzo de la toma de datos. No existen datos concretos de los números a principio o incluso mediados del siglo XX.

Según los últimos datos publicados por IUCN se estima que quedaban entre 15.000 y 20.000 bonobos en libertad en el año 2016, y si seguimos con un descenso anual del 5.95% de la población, como el que se estima que ocurrió entre el 2003 al 2015, veremos un descenso total del 98% en 50 años (IUCN, 2016a).

La estimaciones más optimistas de IUCN calculan que existen en libertad unos 470.000 individuos en total del conjunto de las subespecies de chimpancés, todas las poblaciones han sufrido un declive constante en los últimos 30 años, y se estima que para el 2050 quedará un 50% de los que habían cuando se empezaron a tomar datos en 1975 (IUCN, 2016b).

Los gorilas occidentales están en grave peligro de extinción, si su estimada población actual de 362.000, sigue viéndose reducida en un 2,7% anual, como el acontecido entre el 2005-2013, su población se verá reducida en un 80% para el 2070 (Strindberg et al. 2018).

Los gorilas orientales están así mismo en grave peligro de extinción (IUCN 2018). Pero encontramos atisbos de esperanza en el éxito de programas de conservación, que se reflejan en los números crecientes de los gorilas de montaña que habitan en el parque nacional de Bwindi en Uganda (Guy y Bethlehem 2020) y los que habitan en el parque nacional de Virunga en la República Nacional del Congo (Granjon et al. 2020). Sin embargo entre ellos también está la subespecie de los gorilas grauer, víctimas colaterales de las guerras regionales, que han visto su población reducida en un 77% en una sola generación, de 16.900 a 3.800 individuos, reduciendo peligrosamente su diversidad genética (Plumptre et al. 2016; Cannon 2019).

El orangután de Borneo con 100.000 ejemplares está también en peligro crítico de extinción. Con un declive del 60% entre 1950-2010, se espera otro 22% entre el 2010 y el 2025. Lo que hace un total del 82% en 75 años. Se calcula que para el 2025 el 61.5% de su hábitat se habrá perdido (IUCN, 2017).

En Sumatra, los orangutanes tapanuli, unos 800 individuos, están gravemente amenazados por la construcción de una presa hidroeléctrica y pérdida de hábitat (Laurance et al., 2020), si el proyecto sigue adelante, en el 2060 quedarán poco más de 250. El orangután abelii, del que quedan unos 13,900 ejemplares y del que se calcula un declive del 81% para el 2060 comparado con 1985, está también en peligro crítico de extinción. Con su hábitat reducido en un 60% entre 1985- 2007, el gobierno regional tiene planes para seguir abriendo el área protegida Leuser a la agricultura y minería, lo que pondría en peligro a otros 4000 orangutanes (Wich et al., 2012),.

[2] Se desconoce la edad exacta de Jenny, pero por los dibujos y apuntes de la época era todavía una cría preadolescente, probablemente nacida en 1834, murió con unos 9 años. Un orangután en libertad puede vivir entre 35 y 40 años, y en cautividad hay casos que han llegado a sobrevivir 50 años.

[3] https://releasechimps.org/research/history

[4] Una cruda pero imprescindible lectura sobre la historia de experimentación con animales se puede encontrar en el libro Liberación Animal de Peter Singer (Singer and Casal, 1999).

[5] https://www.theguardian.com/world/2020/sep/12/more-than-25-apes-trafficked-from-congo-recovered-in-zimbabwe

[6] Para estudios detallados sobre las diferentes amenazas actuales visitar https://www.stateoftheapes.com , esta página contiene varios volúmenes de informes detallados realizados por investigadores internacionales especializados en los grandes simios y sus hábitats.

Referencias

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