Los gobiernos de las naciones

Lo decía mi madre cuando yo era niño. Lo decían en su pueblo. Lo decía su padre, mi abuelo, que era pastor. Y me viene a la memoria cada vez que por los medios anuncian reuniones de políticos o de comisiones de expertos para estudiar el régimen de pensiones, la legislación laboral, o lo que sea. “Reunión de pastores, ovejas muertas”.

Nunca se reúnen para hacer nada que sea bueno para el pueblo. Solo para aumentar la explotación a que nos someten los amos del mundo, de quienes ellos son su ejecutivo. Gobiernan con premisas claras y comunes el mundo entero; manejan toda la humanidad; deciden quien va a tener trabajo y quien se va a morir de hambre. La capacidad del capital para moverse de un lado a otro ha dejado obsoleta la lucha mediante huelgas de la época industrial. El poder represor de que disponen hace inviable la toma de poder por las armas. Cada vez su capacidad de control es mayor y sus respuestas a las protestas del pueblo son tan contundentes como cuando nadie hablaba todavía de derechos humanos. Hacen y deshacen leyes a su antojo y las aplican con una impunidad escandalosa. Hablan de democracia cuando lo que rige es la más abyecta tiranía, pura plutocracia.

“Cuando todos los obreros que trabajen en mis fábricas tengan un auto, yo seré inmensamente rico”, se cuenta que dijo Henry Ford. Clara tenía la visión de lo que es la estructura capitalista y, a la vez, del modo de consolidarla. Poner en la vida de todos los obreros esos símbolos de poder y de riqueza que ellos mismos producen, compran y pagan con su trabajo. Hacerles creer que son libres, cuando en realidad sus vidas dependen de las decisiones del amo. Pero sobre todo hacer que acepten el sagrado principio de la propiedad privada, mediante el cual dejan en manos del amo la plusvalía de todo ese trabajo y aceptan que sea dueño de hacer con ella lo que le venga en gana. ¡Necios! Regalan sus vidas a los amos. Renuncian a su libertad a cambio de creerse libres. Cambian realidad por ilusión.

Esa ilusión de libertad, ese espejismo tan trabajado, tan hábilmente construido y defendido por las capas de población acomodada, ese tan bien urdido engaño que presenta al capitalismo como la libertad, como la mejor organización económico-social que podemos tener, es lo que da fuerza a los amos. Luego si esa es su fuerza, ese es su punto débil, su tendón de Aquiles.

Es absolutamente necesario cambiar el modo de pensar de la mayor parte del pueblo en cuanto a la forma de gobernarnos. En esta fase de “civilización” mundial en que se halla la humanidad entera, los pueblos han asumido la condición de borregos tan hondamente que hacerles tomar conciencia de su dignidad humana es la primera tarea que tenemos por delante quienes aspiramos a promover importantes cambios políticos. No es fácil. Pero las circunstancias están a favor nuestro. La gran estafa a la que eufemísticamente llaman crisis está logrando que el pueblo se de cuenta de somos absoluta y totalmente dependientes de las decisiones del amo, el gran capital, el gran club de ricachos que a lo largo de los tiempos se ha ido apoderando del mundo y lo maneja a su antojo. El pueblo empieza a abrir los ojos, lo cual ya es mucho.

Es mucho pero no basta. El pueblo tiene que entender que para ser libre ha de tomar las riendas de su propio destino. Que no ha de dejar la política en manos de los políticos, que no ha de delegar sino que tiene que implicarse en lo político, en el gobierno público, en lo que es tarea de todo el pueblo.

El pueblo tiene que saber en qué vecino o vecina deposita su confianza, tiene que conocer y elegir personalmente a quien le va a representar en las instituciones de gobierno, desde los municipios hasta el parlamento. El pueblo tiene que ser quien apruebe y controle las decisiones de quienes gobiernen. El pueblo tiene que poder deponer a los gobernantes corruptos, a los jueces que prevariquen, a los ladrones de guante blanco. El pueblo tiene que dejar de ser un espectador pasivo para convertirse en sujeto activo, responsable de sus propias decisiones.

Un sueño, ¿verdad? Quizá, pero no un imposible, sino una tarea a llevar a cabo. Una gran tarea que tiene pendiente la humanidad entera, pese a que no son pocos los esfuerzos que a lo largo de los tiempos han dedicado a ella infinidad de hombres y mujeres en todas partes del mundo. Una tarea que dará fruto en la medida que creamos en ella y nos impliquemos en alma y cuerpo.

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