Los Estados Unidos y la paz mundial

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Por Jordi Córdoba

Conflictos entre diferentes potencias, entre países ricos y pobres, conflictos sociales, nacionales o religiosos, más o menos graves, en el interior de muchos estados, son a menudo noticia de primera página en los medios de comunicación. En otros tiempos, buena parte de estos conflictos podían estar relacionados, directa o indirectamente, con la política de bloques, con una fuerte polarización en torno a los Estados Unidos de América (EEUU) y de la Unión Soviética (URSS). Hoy, muchos años después del final de la guerra fría y de la disolución de la URSS, el equilibrio mundial sigue otros parámetros, pero los EEUU siguen siendo más que nunca la potencia hegemónica, con el apoyo básicamente de sus fieles socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y tan sólo Rusia y China como potencias independientes.

Los Estados Unidos están especialmente obsesionados en mantener en todo el mundo regímenes fieles a sus intereses, aunque ello implique pasar por encima de decenas de miles de muertos, ya sean iraquíes, afganos o de cualquier nacionalidad. Si antes la excusa era el creciente «peligro soviético», ahora es el “enemigo islámico» y el llamado terrorismo internacional. Cualquier país no aliado puede ser acusado de tener armas de destrucción masiva, de intentar construir armamento nuclear o, simplemente, de no respetar los derechos humanos, mientras las numerosas dictaduras y regímenes autoritarios fieles a EEUU son apoyados sin apenas ninguna objeción.

Los Estados Unidos son un país preparado para la guerra permanente, con un descomunal potencial armamentístico. Si hablamos de armas atómicas, podemos recordar sus más de 4.000 cabezas nucleares disponibles, con un alcance superior a 12.000 km, para ser lanzadas en cualquier momento mediante misiles intercontinentales terrestres como los Minuteman, misiles a bordo de los submarinos como los Trident, o bombarderos estratégicos como los B-52. Están listos para demostrar la absoluta superioridad norteamericana sobre cualquier enemigo potencial, incluida Rusia, China, Irán o cualquier otra potencia, ya sea nuclear o no nuclear. Un potencial atómico que, desgraciadamente, ya ha sido utilizado en alguna ocasión, como recuerdan tristemente cada año en Japón recordando a sus víctimas. Y si hablamos de armas convencionales, ya sean lanzacohetes y misiles de corto o medio alcance, vehículos blindados y carros de combate, helicópteros y aeronaves, cruceros, destructores, fragatas o portaaviones, necesitaremos varios artículos como este.

Los dirigentes estadounidenses hablan continuamente de acabar con las armas de destrucción masiva, pero nunca hasta ahora han mostrado ningún tipo de arrepentimiento por los cientos de miles de víctimas, hombres, mujeres y niños, que sus armas de destrucción masiva, en especial químicas, bacteriológicas y nucleares, han provocado en los últimos 75 años. Como en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, ocasionando una de las peores matanzas contra la población civil de la historia de la humanidad. Como en Vietnam entre 1964 y 1973, donde al napalm, potente explosivo compuesto por gasolina y jabones de aluminio se le añadía poliestireno y fósforo blanco, que quemaba vivas a sus víctimas incluso bajo el agua. Como en Irak tras la guerra del Golfo, donde el uso de explosivos con uranio empobrecido causó miles de muertos y provocó graves enfermedades durante muchos años. Tan sólo en las últimas tres décadas, más de una docena de conflictos bélicos han sido propiciados por Washington (entre ellos en Panamá, Irak, Yugoslavia, Afganistán, nuevamente Irak, Libia, Siria…). En esas condiciones, hablar de paz y promover la guerra en cada rincón del mundo donde pueda haber una voz disidente contra EEUU y su supuesta y falsa «libertad de comercio» no deja de ser una absoluta hipocresía.

También es muy fácil llenarse la boca de derechos humanos cuando se tiene a cerca de 3.000 personas esperando su ejecución en el corredor de la muerte, cuando se rechaza la Corte Penal Internacional para impedir que pueda actuar contra posibles criminales de guerra de nacionalidad norteamericana. Y es fácil hablar de la reconstrucción de Afganistán, Irak u otros países como si se tratara de una acción altruista, cuando las grandes corporaciones de la industria militar,  petrolera o de diversos campos más ligadas a la Casa Blanca y el Pentágono se frotan las manos pensando en los multimillonarios beneficios que esperan obtener, con una absoluta impunidad contra posibles transgresiones de las leyes del país y de la legislación internacional. Es evidente que la gran mayoría de los ciudadanos norteamericanos no son los responsables de tales desatinos, pero cada día está más claro que Donald Trump, como buena parte de sus antecesores, pretende  imponer un orden internacional donde la democracia, la justicia social o la solidaridad, acaben pasando definitivamente a la historia.

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