Los Estados Unidos necesitan una red de ciudades rebeldes que plante cara a Trump

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“Quiero que los neoyorquinos lo sepan: tenemos muchas herramientas a nuestra disposición; vamos a usarlas. Y no nos vamos a rendir ante nada.” La mañana después de que Donald Trump fuera declarado ganador de las elecciones presidenciales americanas, el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, no perdió ni un minuto en señalar su intención de usar el gobierno municipal como baluarte contra la agenda del Presidente Electo. Este movimiento dejó algo muy claro; con una mayoría republicana en el Congreso y el Senado, las ciudades y líderes locales tendrán que ser la primera línea de resistencia institucional contra la administración de Trump.

No obstante, las ciudades pueden devenir en algo más que la última línea de defensa contra los peores excesos de un gobierno central autoritario; tienen un potencial enorme como espacios desde los cuales radicalizar la democracia y construir alternativas al modelo económico neoliberal. Las preguntas urgentes que se están haciendo los activistas progresistas en los Estados Unidos ahora son no sólo cómo luchar contra Trump, sino también cómo aprovechar el impulso de la candidatura de Bernie Sanders en las primarias para luchar por el cambio que prometía. Mientras se considera la estrategia a seguir de aquí en adelante, una mirada al contexto global sugiere que la política local sería el mejor lugar para empezar.

La victoria de Trump no ha ocurrido en un vacío. Estamos presenciando una ruptura con el orden político actual en todo el espacio occidental; el proyecto neoliberal está roto, el centro-izquierda está desapareciendo y la vieja izquierda no sabe qué hacer. En muchos países, es la extrema derecha quien está teniendo más éxito en aprovechar el deseo de las personas de recuperar una sensación de control sobre sus vidas. Allí donde los progresistas han tratado de vencer a la derecha en su propio terreno, compitiendo en el campo de batalla del estado-nación, los resultados han sido pésimos, como han demostrado varios elecciones y referendos recientes en Europa. Incluso cuando una fuerza progresista ha logrado instalarse en un gobierno nacional, como ocurrió en Grecia en el 2015, los límites de esta estrategia han quedado muy claro. Los mercados mundiales y las instituciones transnacionales rápidamente sometieron a Syriza a su yugo.

En España, sin embargo, el rumbo es distinto. En el 2014, los activistas en este país estaban lidiando con un dilema similar al de sus equivalentes en los EE.UU. hoy: cómo aprovechar el poder de los nuevos movimientos sociales y políticos para transformar la política institucional. Por razones pragmáticas más que ideológicas, decidieron empezar por presentarse a las elecciones locales en la llamada «apuesta municipalista». La apuesta funcionó; mientras que las plataformas ciudadanas dirigidas por activistas de los movimientos sociales ganaron alcaldías en las ciudades más importantes de todo el país en mayo de 2015, sus aliados nacionales, Podemos, quedaron en tercer lugar en las elecciones generales de diciembre del mismo año.

En España, esta red de «ciudades rebeldes» se ha convertido en uno de los espacios de resistencia al gobierno central conservador más efectivos. Mientras el Estado está rescatando a los bancos, se niega a acogerse a los refugiados y realiza duros recortes en los servicios públicos, ciudades como Barcelona y Madrid están invirtiendo en la economía cooperativa, declarándose ciudades refugio y remunicipalizando los servicios públicos. Las ciudades estadounidenses tienen un gran potencial para desempeñar un papel similar en los próximos años.

Ciudades rebeldes en los EEUU

De hecho, el municipalismo radical tiene una larga historia en los Estados Unidos. Hace cien años, los «socialistas del alcantarillado» asumieron el gobierno de la ciudad de Milwaukee, Wisconsin y lo gobernaron durante casi 50 años. Construyeron parques, limpiaron las vías fluviales y, en contraste con el nivel tolerado de corrupción en la ciudad vecina de Chicago, los socialistas del alcantarillado inculcaron en la cultura cívica la opinión duradera de que el gobierno debe trabajar para toda la gente, no sólo para los ricos y enchufados.

Más recientemente, también, las ciudades han demostrado su capacidad de marcar la agenda nacional. En los últimos años, más de 200 ciudades han introducido barreras contra la discriminación laboral basada en la identidad de género y 38 ciudades y pueblos han introducido salarios mínimos locales después de las campañas locales «Fight for 15».

Ahora hace falta una estrategia municipalista dual que incluya tanto apoyar y ejercer presión sobre los gobiernos urbanos progresistas actuales desde las calles; como presentar a candidatos nuevos con programas nuevos en las próximas elecciones locales, para poder cambiar la política institucional desde adentro.

¿Por qué las ciudades?

Hay una serie de razones por las cuales los gobiernos municipales tienen un potencial particularmente grande para dirigir la resistencia al Trumpismo. Es evidente que gran parte de la oposición popular a Trump se encuentra físicamente en las ciudades. Con su demografía más joven y más étnicamente diversa, los votantes urbanos votaron contra Trump de manera abrumadora y, de hecho, desempeñaron un papel importante en dar a Hillary Clinton la mayoría del voto popular nacional. Clinton no sólo ganó 31 de las 35 ciudades más grandes del país, sino que obtuvo el 59% de los votos en las ciudades con más de 50.000 habitantes, frente al 35% de Trump. En la América urbana, entonces, hay mayorías progresistas que pueden aprovecharse para desafiar el discurso tóxico y la agenda política de Trump.

Pero no bastará con hacer políticas alternativas para desafiar a Trump; también hacen falta formas de hacer política distintas y la política local tiene un gran potencial en este sentido. Como el nivel de gobierno más próximo a la ciudadanía, los municipios son excepcionalmente capaces de generar nuevos modelos de política participativa, dirigidos por la ciudadanía, que devuelvan una sensación de agencia y pertenencia a la vida de las personas. Este nuevo proceso debe poner el feminismo en el centro; debe reconocer que lo personal y lo político están íntimamente conectados, un hecho más evidente a nivel local que en ninguno de los niveles más altos.

Es por esta razón que el movimiento municipalista no se limita a las ciudades más grandes. Aunque las grandes ciudades serán inevitablemente objetivos estratégicos en cualquier proceso «de abajo hacia arriba» dado su poder económico y cultural, toda política local tiene un potencial democrático radical. De hecho, algunos de los ejemplos más innovadores – y exitosos – del municipalismo en todo el mundo se encuentran en pequeñas ciudades y pueblos.

Llevar la conversación política al nivel local también tiene una ventaja particular en el contexto actual; la ciudad ofrece un marco con el que combatir el surgimiento del nacionalismo xenófobo. Las ciudades son espacios en los que se puede hablar de reclamar la soberanía popular para un demos distinto al nacional, donde se puede reimaginar la identidad y la pertenencia basadas en la participación en la vida cívica, más que en el pasaporte que poseemos.

¿Por qué una red de ciudades rebeldes?

Al trabajar en red, las ciudades pueden transformar lo que hubieran sido actos aislados de resistencia en un movimiento nacional con un efecto multiplicador. Redes como Local Progress, una red de líderes locales progresistas, facilitan a los líderes locales intercambiar ideas sobre políticas, desarrollar estrategias conjuntas y hablar con una voz unida en el escenario nacional.

En cuanto a la cuestión de la justicia racial, la cual es esencial dada la naturaleza racista de la campaña y políticas de Trump, las ciudades de Estados Unidos ya han comenzado a movilizarse para combatir la islamofobia, como parte de la campaña de líderes estadounidenses contra el odio y la discriminación a la comunidad musulmana, proyecto conjunto de Local Progress y la Red de Acción de Jóvenes Electos. La campaña impulsa políticas locales para hacer frente a los crímenes de odio contra los musulmanes, como el monitoreo del acoso religioso en las escuelas, programas de educación intercultural y resoluciones de los ayuntamientos que condenan la islamofobia y declaran su apoyo a la comunidad musulmana.

El cambio climático será otro tema en disputa en los próximos años. Aunque ha habido mucha preocupación por las consecuencias de la afirmación de Trump que el calentamiento global fue inventado por los chinos, en realidad han sido las administraciones locales, y no el gobierno federal, las que han liderado la agenda ambiental en los últimos años. Sesenta y dos ciudades ya están comprometidas a cumplir o superar las metas de emisiones anunciadas por el gobierno federal y muchas de las ciudades más grandes del país, incluyendo Nueva York, Chicago y Atlanta, han establecido metas de reducción de emisiones del 80 por ciento o más para 2050. Los alcaldes estadounidenses deben continuar en este camino, trabajando con redes internacionales de ciudades como ICLEI y CGLU para intercambiar buenas prácticas y presionar para obtener acceso directo a los fondos climáticos globales, en ausencia del apoyo del gobierno federal.

Incluso en relación a asuntos que son competencias del gobierno federal, como la inmigración, las ciudades tienen margen de maniobra. Por ejemplo, aunque Trump se ha comprometido a deportar a todos los inmigrantes indocumentados de los Estados Unidos, 37 ‘Sanctuary Cities’ (Ciudades de Acogida) alrededor de los Estados Unidos ya están limitando su cooperación con las solicitudes de detención de la agencia de Inmigración y Aduanas para reducir las deportaciones. Los alcaldes de Nueva York y Los Ángeles ya se han comprometido a continuar con esta práctica, y De Blasio ha prometido a los neoyorquinos que la ciudad protegerá la confidencialidad de los usuarios de las tarjetas de identificación de la ciudad y seguirá asegurando que los oficiales de policía y funcionarios de la ciudad no pregunten sobre el estatus legal de los residentes, diciendo que Trump se encontrará con «una fisura profunda y profunda con toda la América urbana» si no reevalúa su postura sobre las Ciudades de Acogida.

¿Ahora qué?

En primer lugar, hay que empujar a aquellos de nuestros aliados que ya tienen cargos electos locales, incluyendo a los autodenominados ‘Sanders Democrats’, a que usen todos los medios disponibles para actuar contra cualquier intento del gobierno federal de revertir las libertades civiles, recortar servicios o sembrar la división entre comunidades . Tales administraciones deben trabajar, no sólo para contrarrestar los peores excesos de la administración Trump, sino también para seguir avanzando en temas como los derechos LGBTI y el cambio climático, así como para forjar nuevos caminos, resistiendo los intereses corporativos, incrementando la toma de decisiones por la ciudadanía y promoviendo la economía social y cooperativa.

Sin embargo, también hace falta una nueva generación de líderes locales, en particular mujeres y minorías étnicas, que estén preparados para dar el salto de la protesta a la política electoral. La activista de Black Lives Matter, Nekima Levy-Pounds, que se presenta a la alcaldía de Minneapolis, es un ejemplo inspirador del tipo de candidato que se necesita; alguien con experiencia en el mundo real y el conocimiento de los movimientos sociales desde dentro. Pero la búsqueda de nuevos líderes locales necesita ser ampliada para que haya un flujo de candidatos que se presenten a las juntas escolares, consejos de zonificación y consejos locales en 2017 y más allá. Esto es algo que el Working Families Party ya está haciendo con éxito en muchos estados, apoyando además a estos candidatos en campañas primarias contra Demócratas Establishment.

Por último, hay que emprender nuevas formas de hacer política a nivel local para demostrar que hay una alternativa al lobbying empresarial, a los donantes secretos y a la profesionalización de la política. No hay ninguna razón por la cual los candidatos deben esperar hasta ser electos para invitar a la gente a participar en la toma de decisiones. Los candidatos locales deben abrir sus programas a la participación pública, integrando las demandas de los movimientos sociales, así como a los vecinos y vecinas. Tampoco hay ninguna razón por la que los funcionarios electos deben utilizar la interpretación más generosa posible de la ley para guiar su conducta; en España, las plataformas ciudadanas elaboraron códigos éticos propios para sus representantes electos, incluyendo límites de salarios y mandatos, además de requisitos de transparencia estrictos. Liderando con el ejemplo, los movimientos locales pueden enviar un mensaje muy poderoso: hay alternativa.

Un renacimiento de las ciudades rebeldes en los Estados Unidos se nutriría de una tradición olvidada de municipalismo radical en América y se alinearía con la creciente red municipalista internacional. Ahora es el momento de aprovechar esta oportunidad y reclamar la democracia desde abajo.

Kate Shea Baird y Steve Hughes Son activistas de Barcelona en Comú y del Working Families Party de EE UU.

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