Los dogmas, como Bruce Willis, son duros de matar

Para entrar en materia, entiendo por dogma una verdad revelada, declarada cierta e incuestionable.

En tiempos bíblicos la revelación solía venir de dios, y su certidumbre y su irredargüibilidad de la santa madre Iglesia. Hasta que los economistas comprendieron el truco y adoptaron el método, pero eso fue mucho después de la gran catástrofe.

Cuando tienes la suerte de ser elegido por el Todopoderoso, este te confía algunas infidencias, te hace creer que tal territorio es tuyo, y en testimonio de su santo aprecio te agasaja con algún engañito, hecho de basta madera las más de las veces, una simple Tabla, por ejemplo, para que apuntes sus Mandamientos.

Ahí quedas como endeudado, en plan crédito revolving, y no te queda otra que defender el dogma, por algo te lo confiaron a ti, pinche pecador, no vaya a ser cosa que el Omnisciente pudiese constatar alguna falla en su sistema de defensa y termine culpándote a ti del pecado de infidelidad o, peor aun, de herejía. Para evitarte hojear el diccionario, sabe tú, miserable pecador, que una herejía es la adopción de una creencia contraria a la verdad revelada, o sea al dogma. Para más señas, herejía viene del latín hereticus, opción, y esta del griego airetikós, decisión.

Los primeros años del cristianismo fueron muy agradables, –si exceptúas algunos problemas menores relacionados con la alimentación de leones, tigres, hienas y otros animales exóticos–, visto que cada cual hacía lo que le salía de sus partes.

Hasta que Constantino el Grande tuvo la brillante idea de convocar el Concilio de Nicea, sínodo de obispos cristianos que tuvo lugar entre mayo y junio del año de gracia de 325, en Nicea de Bitinia en el Imperio Romano, ciudad hoy conocida como İznik, situada en la provincia turca de Bursa.

Ya sabes a qué punto la gente es mala, algunas almas descaminadas sugieren que Constantino, –que hizo asesinar a su propio hijo, acusado por su segunda esposa de haberle levantado la crinolina, y ordenó luego hervir a su segunda esposa no por infiel sino por mentirosa–, se resistió a rezar media docena de padres nuestros y un par de aves marías, y prefirió entrar en la Iglesia por todo lo alto, inaugurando el provechoso negocio conocido como compraventa de indulgencias. De ahí en adelante, con los citados precedentes de la mano dura de Constantino in mente, hubo que irse por la sombrita, cuestión dogmas, misterios y otras verdades reveladas.

La virginidad de María, por ejemplo, o la infalibilidad papal, no existieron antes de Nicea I (hubo Nicea II aprovechando que con los puntos acumulados los hoteles hacían un descuento), visto que al inocente pueblo cristiano no se le hubiesen ocurrido trucos y pillerías como lo del espíritu santo, y aun menos que un simple mortal como ellos, el Papa, se las supiera todas sin haber ido a Harvard.

La gente es mala, ya se dijo, y también un poquillo inventona, ocurrente, reivindicativa y rencorosa. No faltaron los cuentos, las envidias y las dudas, –que por qué hay que leer este evangelio y no el del abuelo, cómo es eso de la abstinencia y el pecado de la carne con lo buenorra que está la vecina, por qué tengo que darle un décimo de mis emolumentos al obispo si el emperador ya se coge la mitad –, tú ya sabes, además de inventona, ocurrente, reivindicativa y rencorosa, la gente es mezquina y egoísta.

De modo que para proteger el gigantesco patrimonio de la verdad revelada –esa que no requiere de pruebas, ni demostraciones, ni resultados empíricos contrastados con experiencias realizadas en laboratorio–, el Papa Gregorio IX decidió, el 20 de abril de 1233, la creación en Francia de un Tribunal eclesiástico confiado a las ordenes mendigantes –dominicanos y franciscanos– para luchar contra la herejía. Ya en esa época se limpiaban con el derecho a optar o a decidir sin la anuencia de los poderosos.

Dicho Tribunal, cuya tarea consistía en salvar las almas extraviadas trayéndolas de regreso al seno de la Iglesia, como hace el bucólico pastor con las ovejas descarriadas, recibió el dulce nombre de Inquisitio hereticae pravitatis, Inquisición para los amigos. Sus primeros clientes fueron los cátaros.

Sus métodos hicieron escuela, y fueron conocidos como “la pregunta”, el “ahogado”, el “asno español”, la “garrucha”, el “moledor de cráneo”, la “silla de Judas”, el “rompedor de rodillas”, la “cosquilla española”, la “hoguera” y otros no menos alegres y dicharacheros que en Chile, modernidad obliga, con un encomiable sentido de la síntesis y la metáfora, rebautizaron convenientemente como “apremios ilegítimos”. Lo que precede ayuda a comprender por qué los cátaros se fueron a vivir a la punta del cerro, no en sentido figurado sino en el más literal que puedas imaginar.

Tu legendaria sagacidad intuirá fácilmente por qué más tarde, cuando el Imperio impuso el llamado Consenso de Washington, –con sus propios dogmas, misterios, verdades reveladas, tribunales y castigos – muy pocos economistas se atrevieron a remar contra la corriente, incluyendo aquellos que tenían remos.

Conociéndote, sé que no te confundes: por Imperio no me refiero al babilonio, ni al persa, ni al timurida, ni al songhaï, ni al abasida, ni al omeyyade, ni al romano, ni al bizantino, ni al otomano, ni al azteca, ni al inca, ni al portugués, ni al español de Charles V que no sé porqué en Madrid se empeñan en llamar Carlos I, sino a ese que vive su ocaso si reparamos en que va encabezado por un subnormal, ignorante supino, machirulo blanco héteropatriarcal, neurópata racistoide y autoendiosado con agudas tendencias narcisistas.

He ahí pues, que los economistas, –que vienen a ser como los agentes de la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe (nombre en plan marketing que lleva ahora la Santa inquisición), o los señores Smith de la Matrix, que para el caso da lo mismo–, han profesado sin la mas mínima vergüenza, durante décadas, el dogma, la doxa en sus dos grados, eikasia (εἰκασία) y pistis (πίστις): conjetura y fe.

Las universidades, –de la Chile a Harvard–, se ahorraron un puñao de pasta visto que sustituyeron las nutridas bibliotecas necesarias a la enseñanza de la Economía Política por un par de ejemplares del Catecismo, aplicando como se debe uno de sus preceptos cardinales: no hay lucro pequeño.

Sin embargo, en tan bien lubrificada maquinaria terminó por deslizarse un granito de arena, una nadería, una poquedad, lo que un reputado economista conocido como Don Corleone bautizó “un guijarro en el zapato”. El minúsculo corpúsculo tomó una forma que en microbiología llaman virus, agente infeccioso microscópico acelular, que solo puede replicarse dentro de las células de otros organismos, exactamente como hace el capital.

Consciente de las exigencias de concisión y brevedad que imponen las comunicaciones modernas, resumo 40 páginas de perorata y retórica en una aserción no desprovista de genio y lucidez, el caso es que los dogmas del Consenso de Washington se fueron a la mierda.

¿El Estado no debe inmiscuirse en la economía?
El Estado adquiere propiedades divinas, entre ellas la de la ubicuidad.

¿El Estado no debe perturbar la libre competencia favoreciendo a determinados agentes económicos? ¡Póngale más subvenciones, Briones!

¿La emisión monetaria sin respaldo es caca?
¡Otro relajo monetario maestro! Quantitative Easing que le llaman…

¿El Banco Central debe luchar contra la inflación?
La FED declara que la inflación se la suda y le vale madre.

¿El capital, factor de producción, debe ser remunerado?
El Banco de Inglaterra, The Old Lady, anuncia que pagará por prestar plata…

¿Las tasas de interés las fija el mercado?
La FED les pone un valor fijo: cero por ciento.

¿La libre competencia abre las puertas del paraíso (fiscal)?
Donald proscribe Huawei, Tik Tok, WeChat…

¿El mercado es el mejor asignador de recursos?
Los Estados de la OCDE se empeñan en salvar empresas moribundas…

Nuestro amigo Roberto Pizarro observa que el neoliberal Andrés Velasco se convirtió al keynesianismo más rápido que judíos y musulmanes al cristianismo cuando la toma de Granada por los reyes católicos en el siglo XV.

Con la misma “sinceridad” digo yo, tratándose del tipo que en los años 2008-2009 negó categóricamente que hubiese ninguna crisis económico-financiera, y afirmó que jamás la habría (sic), hasta que el FMI lo convocó a Washington para cambiarle el chip.

Personalmente no creo ni en la muerte de los dogmas, ni en la conversión de los dogmáticos. Los primeros son herramientas de dominación, los segundos matones venales que sirven de soldadesca pseudo intelectual al servicio de quienes administran el burdel.

Como dice el Banco de Inglaterra, solo cambiamos de herramientas…

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