Los disturbios de Londres. Carta abierta de un anarquista británico

Tras un par de discusiones subidas de tono, paso a traducir una carta publicada en una web anarquista londinense que visito con cierta frecuencia y que resalta en buena medida la esencia de lo que siento respecto a los disturbios que aun tienen lugar en Londres estos días. Carta abierta a aquellos que condenan los saqueos en Londres (Primera parte)

Enviado por Ari el 12 de Agosto de 2011 11:24&nbsp (Traducido por O. Tuero)

Una carta abierta desde Socialismo y/o barbarie ( Socialism and/or barbarism ) sobre las replicas a los saqueos aparecidas por doquier en la prensa británica.

Queridos todos,

Me temo que no tenemos nada que decirnos.

Lo que sigue, podría representar la mitad de un dialogo del modo en que se podría hablar gritándole a un tocadiscos hecho de hielo. Quizás, el crudo esfuerzo de hablar-que crearía una pequeña corriente de aire cálido- ablandaría la superficie un poco, pero seria igualmente una discusión unilateral. Y no significa que vosotros podáis o queráis dejar de reproducir los discos que os han dado para tocar, esas elípticas frases y evasivas.&nbsp

Después de todo, hemos escuchado lo que teníais que decir. También nosotros conocemos de corazón esas palabras. Las encontramos, como poco, nada convincentes y si nos paramos a pensarlo, maliciosas, evasivas, racistas, vulgares, diatribas criminales impropias de ser dichas u oídas. Y hay muy poco mejor que escuchar estos días.

Es de esperar que vosotros digáis lo mismo de nuestra posición, aunque utilizando una serie de adjetivos diferentes. Juveniles, destructivos, necios e inocentes me vienen a la mente, si es que vuestro historial previo de acusaciones da alguna pista. Desgraciadamente, dada la estructura de los medios de prensa y el modo en que estos canalizan la información,&nbsp no podemos evitar el oír lo que decís mientras vosotros podéis muy fácilmente continuar ignorando lo que nosotros decimos. Así, hasta el momento en que muchedumbres enfurecidas estén quemando vuestra ciudad, momento en el que, en un gesto de debilidad, accedáis a escuchar a aquellos que tienen alguna opinión al respecto. Aun así, es algo poco probable. Vivimos en tiempos demasiado ruidosos.

Y ya es algo bastante malo, por que de hecho estamos de acuerdo en algunas cosas. Decís que estos disturbios y estos saqueos son oportunistas. Que son delirantes y estúpidos. Que “esto no es una protesta, es un disturbio”. Que los causantes son “apolíticos”. Que “se trata de individuos que, utilizando la excusa de lo que sucedió las dos primeras noches, se aseguran de que lo que vaya a suceder en la tercera sea aun peor”. Que esto es un “estrago”. Que “esto es criminalidad pura y simplemente”. Que esta gente “no tiene derecho” a hacer esto. Que “nada bueno saldrá a la larga”, de “saquear una tienda del barrio”, “prenderle fuego a un autobús” o “robar un teléfono móvil”. Por encima de todo, como el Ministro del Interior lo expresó, “No hay excusa para la violencia. No hay excusa para el saqueo”. (Para un completo recital de letanías y bestialismo verbal recomiendo ver su entrevista en el Evening Standard del sábado).

Y estamos de acuerdo.

Hay algunos puntos de diferencia, es cierto. No creemos que “esa gente” sean “monos”, “ratas”, “perros”. Pero creemos que verdaderamente los veis de esa manera, y que lo que está ocurriendo ahora no es la razón por la que lo pensáis, es solo la mera confirmación de lo que siempre habéis pensado de todos aquellos que eran más pobres y, con frecuencia, más negros que vosotros. Y en respuesta a la afirmación de que vuestro error radica en que “deberíamos haber ayudado a la comisión investigadora (IPCC) a llegar al corazón de la familia de Mark Duggan, (el muerto por un disparo accidental que origino los disturbios), con mas rapidez”, a mi me da la impresión de que ya habéis ayudado a la policía a llegar demasiado cerca de su familia, de la peor forma posible. No se puede decir que fuera la tardanza de la comisión en hablar con la familia el verdadero problema, ¿no?.&nbsp ¿No tendría mas que ver, el hecho de que el no disparó al policía que le asesinó?.

Finalmente, estamos en desacuerdo con lo de que “lo que estamos presenciando no tiene nada que ver con” ese tiroteo. Y ahí esta la verdadera diferencia, la pequeña grieta que se abre entre nosotros y nos separa como un gigantesco golfo. Una división que no puede obviarse.

Por que queremos entender el mundo en su particularidad histórica, como y por que ha llegado a ser del modo en que es y por que es insoportable. Tú, sin embargo, solo quieres hacer que siga siendo tal como es por tanto tiempo como sea posible. Sin importar su calidad, sin importar las consecuencias, sin importar ninguna otra cosa más que vuestra adquirida capacidad de declarar que “el mundo es un lugar desagradable, pero al menos tenemos nuestra decencia. Al menos estamos por encima de afirmar nuestra autoridad sin recurrir a campos de exterminio. Al menos detentamos el poder legalmente. Y aun se atreven a cuestionarnos. Como se atreven….” (Cita textual del discurso)

Y a pesar de todo esto, habéis dicho mucho que es del todo correcto. Empecemos, pues, por allí donde estamos de acuerdo.

1. Estos disturbios no son políticos

“Político” aquí parecería significar “aquello que posee características de la política” o “aquello que pertenece al grupo de preocupaciones y cuestiones dirigidas por la actividad y en la categoría de la llamada política”. Parece estar bastante claro.

¿Pero que significa política, no en general ni siempre, sino cuando hablamos de ello ahora?

La política es el manejo de la sociedad, (es decir la pringosa realidad que reconoce que no hay una sola persona, sino muchas) y sus contradicciones. Lo hace a través de instituciones representativas de diversas escalas de implicación, y alcanza desde la fantasía de la democracia directa de una persona hacia otra, hasta la elección de presidentes por millones de personas. Corre pareja de la economía, a la cual también sostiene, y descansa sobre la esfera de la existencia social. El orden económico que tenemos – la reproducción del capital – dicta una serie de relaciones sociales entre las personas y su mundo, y contempla a esas personas, su tiempo y su esfuerzo como un recurso que debe ser dirigido, extraído, cuidado y puesto en circulación. La economía dirige los recursos, siempre a través de un grupo de relaciones dependientes de una abstracción material, que es su valor. La política dirige a los individuos y a sus necesidades a través de una serie de representantes que dependen de esa abstracción material que es la ciudadanía. Uno no puede imaginar la política sin la economía y viceversa, a pesar de que hay periodos de tiempo en los que una parece más determinada, en primer y último lugar, que la otra.

Dadas las políticas que dictáis o apoyáis, es difícil imaginar que no estéis de acuerdo con esto, aunque es probable que no os guste el lenguaje utilizado.

El llevar cuentas de esta era, entonces, es comprender la cada vez mayor dificultad para la política o la economía de gobernar, manejar o estructurar el hecho de las masas, el hecho de lo social. Esto se demuestra claramente de dos maneras.

Primero, la completa incapacidad de proveer de un empleo digno a un número adecuado de personas, de modo que el número de aquellos que no pueden ser empleados aumenta. Esto es un hecho estructural por el modo en que el capital se desarrolla. No es un accidente ni un mal gobierno, aunque se pueda encontrar ineptitud a toneladas en la junta directiva de cualquier organismo oficial. Esto no es culpa de una política de inmigración “blanda”, en la que la tasa de crecimiento demográfica habría aplacado el colapso de la rentabilidad en la producción por casi cuarenta años si se hubiera podido mantener a Inglaterra blanca,&nbsp y en la época post-colonial se hubieran podido librar de aquellos súbditos, (negros, hindúes, etc.), no deseados al encontrarles demasiado difíciles de gobernar.

Segundo, la lenta sangría de la carcasa vacía que ya es el estado del bienestar, después de ser eviscerada de casi todo contenido por el gobierno de forma severa y rápida, atacando programas sociales, ayudas a la vivienda y las pensiones. Esa sangría nos lleva a tal punto que los que están en el paro, están enormemente distanciados de aquellos que si tienen trabajo, (sin ser ricos) y casi carecen de todo medio de guiar adecuadamente sus vidas ni de relacionarse dignamente con sus familiares y amigos. Esta incapacidad, viene además acompañada de una repugnante pero muy vieja realidad: cuando los pobres son mas pobres, sus necesidades y deseos – ese ansia siempre mirada con burlas por las clases burguesas y superiores, como si el querer algo que no puedes tener, significara que eres gilipollas – no tienen la gracia de desaparecer. Se vuelven más desesperados, los barrios en la ciudad se dividen de forma más rigurosa y la policía se vuelve más brutal y desagradable.

Estos son los ejes básicos que giran, letalmente, sobre las cabezas de las masas. En breve, esas condiciones en que se basan política y economía – que es como decir ciudadanía y valor – que eran asumidas como naturales y continuas, nos van a hacer descubrir, brutalmente, que ahora no son mas que conceptos reducidos a un amasijo de pánico y temblores.

Decir entonces que, estos disturbios, este saqueo son “apolíticos” es, en verdad, el comprender algo clave. Es comprender que la política, allá donde siempre se ha querido alzar, durante muchísimos años y de forma mas clara que nunca, ha sido siempre un completo equivoco, un error, al tratar de resolver las preocupaciones y necesidades de todos aquellos que apenas si encontraban cobijo a su sombra, para empezar.

Lamentarse por este hecho, es simplemente el insistir, como hacéis, en que “esa gente” debería regresar a los guettos donde viven y canalizar su protesta por los canales reglamentarios, aquellos que puedan ser reconocidos como políticos en el momento en que los ves, (no estaría mal incluso una marcha pacifica que sabe cuando debe irse a casa y dejar de protestar). Si, deberían volver a cobijarse bajo esa sombra política que solo sirve como una línea divisoria que les mantiene fuera. Volver a &nbsp ser considerados como sujetos políticamente viables. Y que únicamente cuando actúen de un modo “apolítico”, (prescindiendo esa ciudadanía de la mediación de sus representantes), sea cuando aparezca ese término como una definición negativa. Sin embargo vosotros nunca les habéis comprendido “políticamente”. Lo que hicisteis siempre fue mirar hacia otro lado con la esperanza de que ellos hicieran lo mismo.

Vivimos en los tiempos de Jano, pero en unos donde las dos caras del dios estiran su desgarrada y compartida cabeza intentando escupir en el rostro de la otra.

Los disturbios son la otra cara de la democracia, cuando democracia significa la capacidad y legitimidad para votar y aplicar medidas que directamente hieren a la misma población que pretende representar.

Los saqueos son la otra cara del crédito, cuando ese crédito capacita a los temblorosos estados e instituciones a hacer cualquier cosa para conservarlo, y al infierno con lo costoso que ese crédito pueda ser para los ciudadanos que van a tener que devolverlo.

(Es, seguramente, una coincidencia el que en estos días, específicamente, se hayan visto a la vez los disturbios y se haya dado la rebaja a la clasificación de la deuda de los U.S.A., creando una gran turbulencia en los mercados financieros. Pero llama la atención. Disturbios y saqueos son tan antiguos como la explotación económica y el manejo político de poblaciones. En una época donde tal explotación y manejo dejan de funcionar bien, en la que la misma función de realizarlos se ve comprometida, ¿como puede ser que no se plantee el dejarlo todo y echar mano de lo que puedas?)

Y los “estragos”, ¿que nos van a traer?. Uno de los significados antiguos de la palabra no era la destrucción como tal, (los efectos), sino el grito que los líderes militares daban para, una vez lanzado, indicar a sus tropas que podían iniciar el saqueo de una ciudad. Vosotros, estáis gritando “estrago”. Estos estragos serian, entonces, siguiendo la división de la población en clases – como no – la forma en que “la otra” clase social extrae su parte de las riquezas, no mediante los impuestos, sino como si se tratara de una llamada a las armas. El estrago es siempre mantenido a raya por el sistema de clases, pues amenaza con desbaratarlo, ya que la anárquica espiral de robos y destrucción resultante,&nbsp iluminaria, muy negativamente, a la ordenada espiral, (muy bien organizada), de robo legal y destrucción programada de vidas humanas y recursos.

El estrago, es la base de la criminalidad de clase. ¿Os sorprende el que sea tan difícil de contener?

2. Estos saqueos no son justos

Una reflexión muy extendida y, de nuevo, completamente cierta. Que debe extenderse hasta reconocer totalmente el daño irreparable que se ha hecho a través de la pérdida de sus propiedades a mucha gente que claramente no eran ni remotamente ricos o adinerados y que, como todos, solo se habían esforzado por seguir adelante habiendo construido una pequeña vida a lo largo de muchos años.

Y a aquellos de vosotros, que con la esperanza de provocarnos nos increpan preguntándonos: Si , pero¿ y si hubiera sido tu casa?, ¿tu tienda?,¿ tu coche?.&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Solo podríamos decirles que estaríamos furiosos. Estaríamos devastados. ¿Cómo no estarlo?.

Por que aquí la cuestión no está en “legitimar” la violencia o restar importancia a la desesperación y el horror de aquellos que la refriega se llevó por delante. Se trata de darse cuenta, de que cuando la normalidad política se colapsa, cuando se pierde la capacidad más básica de expresar las contradicciones propias de lugares donde viven enormes muchedumbres, los conceptos normales que estamos acostumbrados a manejar para definir nuestra realidad dejan de tener sentido.

Por encima de todo, deja de tener sentido vuestra muy simple noción de compromiso, que esta siendo fundamental para bloquear cualquier intento real de intervenir en una situación tan desastrosa. La forma que tenéis de analizar los hechos desde una perspectiva de costes y beneficios. Y de la mano de todos esos conceptos económicos vuestra muy plana noción de equivalencia e igualdad, de forma que podáis alternar vuestras emociones al ver la TV entre la rabia y el sufrimiento, entre la violencia y la compasión, entre el adolescente burlón e irresponsable que roba y el anciano dueño de un comercio saqueado que sufre, para que así nadie se pare a pensar que la capacidad de ese anciano para aguantar este desastre ya se había esfumado hace tiempo por la subida abusiva de los alquileres, los impuestos desiguales y abusivos y la crisis económica de un sistema que ha muerto.

Nosotros, creemos, genuinamente, que hay que pensar mas allá de este mortal enroque político, que hay que rechazar estas formas de valorar y sopesar la situación. Debemos rechazar esta escala de valores. Y en lugar de eso afirmar:

Es brutalidad, el que la gente se vea tan privada de sus necesidades más básicas, que tengan que recurrir a vender drogas para satisfacerlas y, en consecuencia, sean encarcelados de por vida al hacerlo.

Es brutalidad el que una familia vea su casa ardiendo en llamas a causa de un disturbio.

Es brutalidad el que la policía dispare primero.

Es brutalidad el que la gente tenga que defender sus tiendas con bates de cricket, por temor a perder lo que poseen.

Es brutalidad el que esa misma gente tenga que pasar su vida trabajando en esas mismas tiendas, por temor a perder lo que tienen.

Ninguna de estas afirmaciones es mutuamente exclusiva. Son todas ciertas. Pero es, precisamente, la noción de limitar la disensión y los conflictos al terreno de la “política”, la que obliga a los que disienten a agruparse en bandos, para que así sea posible el sopesarlos.

Son inconmensurables. Son también consecuencia del mismo sistema de relaciones que hacen de casi todo el mundo, un lugar en el que resulta extraordinariamente difícil vivir.

Y estamos en una época en la que semejante doble condición, que no puede ser medida ni tampoco accidental, es la que impera.

Marca la ruptura en bandos opuestos, la medida de lo que es justo, esta en el corazón de todo aquello que creemos que puede ser claramente dividido. Es como alterar los polos de lo que es nuestra identidad. No se puede defender un disturbio. No es bueno ni malo. Un disturbio es una alteración de todos nuestros valores de juicio. Y aquí, representa la disolución interna de lo que parecía haber sido hasta ahora una línea común de clase social.

Implica situaciones, de las que vamos a ver mas en el futuro, el alzamiento de los pobres mas allá de toda esperanza contra los pobres que apenas si consiguen no hundirse del todo, entre tenderos y saqueadores, entre trabajadores y camorristas, entre aquellos que rompen ventanas y escaparates y aquellos que recogen los cristales rotos y también, internamente, entre los mismos individuos que no siempre son capaces de dividirse entre uno y otro bando.

Así parecen ser las cosas ahora y así parece que vayan a seguir siendo en la próxima década, mientras los estados están en recesión, intentando reagruparse, interviniendo brutalmente en momentos explosivos, pero dejando un amplio margen para que ambos bandos, compuestos por la misma clase de gente pobre, se las apañen solos para sobrevivir y puedan luchar entre si para desahogarse.&nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp &nbsp Vosotros solo apareceréis al final, cuando ellos dejen de pelear y se pongan a limpiar las ruinas de lo que se ha destruido, les tomareis fotos con sus escobas en la mano, incluso les estrechareis esa mano, y luego volveréis a dirigirles, ignorando las quejas legitimas de todos aquellos que siguen siendo pobres y estaréis muy&nbsp satisfechos de que todo el mundo haya aprendido la lección.

Por supuesto, todo lo ocurrido es aterrador, alucinante, estúpido, triste, sobrecogedor e inevitable. Por supuesto. Nosotros nunca esperamos que fuera de otro modo. Y vosotros tampoco.

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