Publicado en: 8 octubre, 2015

Los caminos de la unidad popular

Por Antonio Torres “Antón”

No hace mucho en un documento publicado por un sector crítico de la izquierda abertzale se decía lo siguiente: “Ahora parece que el asamblearismo lo ha inventado Podemos con sus círculos y que las CUP han creado la unidad popular. Algo que existía en nuestro país hace casi 4 décadas y que fue conscientemente liquidado. […]

No hace mucho en un documento publicado por un sector crítico de la izquierda abertzale se decía lo siguiente: “Ahora parece que el asamblearismo lo ha inventado Podemos con sus círculos y que las CUP han creado la unidad popular. Algo que existía en nuestro país hace casi 4 décadas y que fue conscientemente liquidado. Una dura lección de humildad para un movimiento que fuimos referencia de lucha por las libertades nacionales y el socialismo hace no tanto “ (Ver: “Manifiesto por la regeneración de la izquierda abertzale”).

Antonio Torres en una conferencia en Marin (Galiza)

Sin embargo esa afirmación es matizable, ya que también habría que decir que tampoco HB se inventó la unidad popular, es más, coetáneas a HB hubo experiencias como la de Pueblo Canario Unido (PCU) o posteriormente la de la Unión del Pueblo Canario (UPC) que, si bien corrieron suertes muy dispares, fueron experiencias de unidad popular a tener en cuenta, con notables éxitos electorales. También se puede hablar de la experiencia de un BNG que, después de un complejo periplo, parece estar volviendo a sus orígenes. Tampoco la unidad popular salió de la mente de Salvador Allende ni fue cosa del Partido Socialista chileno. Lo que hoy entendemos por unidad popular remonta sus orígenes a la Europa de los años 30 y del auge del fascismo en el que se desarrollaron frentes de izquierdas hegemonizados por socialdemócratas o comunistas en el que participaban organizaciones de la izquierda pequeñoburguesa contra la deriva fascista de las oligarquía europeas. Durante la Segunda Guerra Mundial, se crearon frentes nacionales-populares ante las invasiones nazis, algunos de esos frentes dieron lugar a las democracias populares del Este europeo.

Definir la unidad popular a priori puede ser sencillo, fácilmente podríamos definirla como la unidad del pueblo, es decir, de la clase obrera y aquellos sectores populares oprimidos, entono a unos objetivos políticos generalmente democráticos, aunque no asumibles por el capitalismo en su fase imperialista y las oligarquías en el poder. Sin embargo, el problema surge en su materialización. Concretamente, en el Estado español y en Andalucía el debate sobre la unidad popular reside en cómo se construye, si como un pacto de partidos de izquierdas, confundiéndose con lo que se podría denominar como frente de izquierdas, o creando espacios de participación en el que los pactos entre partidos o no existan o de existir estén en un segundo plano.

Dejando al margen, por el momento, el debate sobre cómo construir la unidad popular, es necesario tener presente el contexto o la situación global que rodean los procesos de unidad popular, especialmente en la Europa occidental. Hay dos elementos que se entrelazan: por un lado, la crisis sistémica, y por otro los procesos electorales y la participación en ellos de los diferentes procesos de unidad popular.

El relato que desde inicios del 2015 se difundía desde los medios de comunicación sobre la recuperación de la economía mundial, con especial incidencia en el Estado español, se está cayendo a pedazos. El estallido de la burbuja inmobiliaria en China, la rebaja a bono basura y la recesión de Brasil, el escándalo de los motores diesel de Volkswagen, los riesgos de deflación y el nulo crecimiento en la zona euro, el incurable estancamiento de Japón o el debate sobre subir o no los tipos de interés en los Estados Unidos solo son síntomas de un sistema enfermo, por supuesto, de una recuperación que nunca llegó y que ocultan los verdaderos males sistémicos: una brutal crisis de sobreproducción. Como consecuencia, nuevas agresiones a los derechos de la clase obrera y a los derechos sociales y democráticos del conjunto de los pueblos se avecinan, y todo indica que, de no evitarlo, los pueblos seguirán pagando una crisis que no han provocado.

El desarrollo de la crisis capitalista, que no es más que la lógica estructural sistémica, inherente, da escaso margen a las propuestas de resurrección del Estado del Bienestar aunque puedan ser exitosas electoralmente. Desde una perspectiva histórica, el Estado del Bienestar fue una anomalía que el sistema tuvo que asumir en un momento histórico determinado, entre otros motivos, porque era vital y, sobre todo, beneficioso hacerlo. Lo que, en todo caso, no es una anomalía es la crisis, la sobreproducción crónica y el subconsumo consiguiente.

Esta lógica estructural del capitalismo hace igualmente que la lucha por la democracia deje de ser una abstracción y tenga unos contenidos concretos. Hoy más que nunca la lucha por la democracia forma parte de la lucha revolucionaria socialista. La dominación del capital aunque sigue poseyendo aun múltiples y variadas formas de consenso con las que asimilar a los oprimidos y explotados, cada vez opta más por la vía de la imposición descarnada, prescindiendo de formas y apariencias. No podemos olvidar un dato que, por simple, no puede pasar desapercibido: el consenso, la inclusión y la asimilación cuestan dinero, la legitimación del poder capitalista se hace costosa y cada vez más complicada económicamente hablando en un contexto de crisis.

Por tanto, nos encontramos con la vertiente política de la crisis sistémica, una crisis de legitimidad institucional, especialmente evidente en el Estado español nacido de la muerte de Franco y la Constitución de 1978, el régimen prostfranquista. Pero no solo eso, la crisis de legitimidad tiene una clara dimensión europea con unas instituciones europeas y con una moneda común, el euro, que confrontan con la democracia, los derechos laborales y sociales y la soberanía nacional de los pueblos.

Y es este contexto donde se está dando una centralidad por parte de diversos sectores de la izquierda en la batalla electoral. Y de aquí también el debate de la unidad popular concebido como una opción electoral de los pueblos contra las oligarquías. El caso de Grecia y de Syriza ha abierto el melón del debate sobre la opción electoral y los límites de la “toma” del Estado por parte de opciones de izquierdas a priori, y recalcamos lo de a priori, rupturistas. Queremos aportar a este debate, no solo analizando lo sucedido en Grecia, sino también teniendo presente las pasadas elecciones en Catalunya, las perspectivas electorales próximas en el Estado español, y qué conclusiones debemos extraer en Andalucía como marco nacional de lucha en el que nos desenvolvemos.

Grecia, la resignación como tragedia

La actual tragedia griega es la de la resignación del no cambio, es decir, de la gestión de las imposiciones de las instituciones europeas, de los recortes, de los ataques a los derechos de la clase obrera y los sectores populares, la tragedia de la democracia, de la soberanía y de la dignidad obrera y popular pisoteadas. Y no se trata solamente del conocido There Is No Alternative de la Thatcher, sino de que el axioma thatcheriano sea asumido por la izquierda llamada a “cambiarlo”, es decir, a ser alternativa (de poder) y a tener alternativas.

Tsipras nunca tuvo una alternativa, y nunca la tuvo porque la sencilla razón de que actuó-y actúa- en todo momento bajo el marco de que fuera de la Unión Europea, del euro y de la OTAN, es decir, fuera de lo instituido por el imperialismo no hay alternativas. Generalmente, se suele tachar de ilusos a quienes apuestan por una alternativa a lo instituido por el capitalismo, sin embargo, el caso griego lo que demuestra es justo lo contrario: la ilusión reside en satisfacer las necesidades económicas, políticas, sociales y culturales de los pueblos dentro lo instituido por el capitalismo. Igualmente, cuando una opción de izquierda transformadora amenaza con un triunfo electoral, se habla de quienes “nos van a conducir al desastre”, cuando lo evidente es que estamos conviviendo diariamente con el desastre. De esta falta de alternativa se derivó una táctica que a todas luces fracasó: las de las negociaciones con las instituciones europeas bajo el convencimiento de que éstas estaban interesadas en solucionar la crisis griega. En vez de utilizarse esas negociaciones dentro de una táctica de acumulación fuerzas, se concibieron desde un principio como un fin en sí mismas.

Para justificarse ante los miembros críticos de su coalición, Tsipras recordó su paso por el KNE (la juventud comunista) y citó al Lenin de “La enfermedad infantil en el comunismo” y la concepción del “compromiso” dentro de una táctica revolucionaria (VER AQUÍ), nada más y nada menos, porque no hay nada mejor que citar a Lenin, descontextualizado por supuesto, o recordar el Tratado de Brest Litovsk para hacer callar las siempre inoportunas críticas de los izquierdistas. Tsipras no tenía una alternativa, pero no nos confundamos, sí había alternativa, siempre hay una alternativa, puede ser dolorosa, puede ser arriesgada, puede ser contradictoria y hasta a corto plazo vivida como una derrota, puede ser hasta peligrosa, pero insistimos, siempre hay una alternativa, y en Grecia el pueblo era la alternativa; este hecho quedó nítidamente patente con un pueblo celebrando la victoria del No en el referéndum que el propio Tsipras convocó. Que luego Tsipras desoyera el mandato popular no hace más que confirmarnos que no tenía alternativa y que nunca la tuvo.

Ante la falta de alternativas de Tsipras, se gestó la Unidad Popular (LAE) que agrupaba a la llamada Plataforma de Izquierdas, organizaciones salidas de Antarsya (Frente de la Izquierda Anticapitalista), o con origen en el KKE (Partido Comunista de Grecia), como la organización comunista “Reconstrucción”, redes de activistas sociales y de sindicalistas, así como personajes de renombre como el héroe nacional antifascista, Manolis Glezos, o la ya ex presidenta del parlamento griego, Zoe Konstantopoulou. Sin embargo, a pesar de todo el caudal que afluyó a la Unidad Popular, éste no fue suficiente, faltaban más actores como Antarsya o la Organización Comunista de Grecia (KOE), organización maoísta que abandonó Syriza, siendo en número una de sus principales organizaciones. Igualmente, la precipitación electoral no permitió consolidar un mensaje y una práctica que soldara a los diferentes actores políticos de la Unidad Popular.

Como conclusiones, tras las elecciones el pueblo griego optó mayoritariamente por la resignación expresada en una abstención fruto de un malestar no canalizado y sin propuestas, y el voto a Syriza, confiando en que hará una gestión “no tan dura” de las imposiciones europeas. Ni que decir tiene que la victoria de Syriza fue, en esta ocasión, acogida de buen grado por Bruselas, la razón es ya evidente: Syriza va a ser el mejor gestor posible de las políticas de austeridad programadas para Grecia. Ni un KKE instalado en un sectarismo y en una autoreferencialidad que roza la psicosis paranoide, ni una Antarsya debilitada y fracturada y aquejada también de cierto discurso autoreferencial aunque sin caer en los excesos del KKE, han sabido plantear una disputa obrera y popular a las instituciones europeas. En este sentido, conviene destacar la postura del KKE, un partido comunista, que si bien mantiene una base obrera importante con un discurso de ruptura con el imperialismo, no se plantea implementar un crecimiento de esa base en modo alguno, lo que no deja de ser, de alguna manera, también trágico.

Catalunya, los escenarios de la ruptura democrática

Planteadas como un plebiscito por el conjunto del independentismo catalán, las pasadas elecciones al parlamento de Catalunya han dejado en evidencia fundamentalmente dos cosas: una, que en lo que se refiere a Catalunya el régimen del 78 es ya insostenible y que a pesar de que el plebiscito como tal no se ganó con la mayoría suficiente para una declaración unilateral de independencia (DUI), eso no va impedir un proceso constituyente nacional; y dos, el régimen postfranquista ha reforzado y consolidado una de sus opciones de recambio: Ciudadanos.

Dejando al margen por el momento el debate sobre acuerdos y pactos, en estas elecciones en principio se presentaron dos opciones de unidad popular: Catalunya Sí Que Es Pot (CSQEP) y la Candidatura d’Unitat Popular (CUP). La primera nacida de los pactos entre los restos del naufragio del eurocomunismo catalán (ICV-EUiA) y Podemos (la “nueva política”); la segunda, nacida de la evolución del independentismo de izquierdas moderno de finales de los años 60 a partir de la creación del PSAN.

Si en Grecia hemos visto el triunfo de la resignación, en Catalunya nos encontramos con un escenario abierto, lleno de posibilidades en diferentes sentidos, sobre todo por el hecho de que la CUP, con un discurso no solo independentista, sino de ruptura democrática con el régimen postfranquista español y abiertamente anticapitalista pueda ser clave en la apertura del proceso constituyente nacional, proceso que, según conciben en la CUP, no es un fin en sí mismo, sino que ha de permitir hacer frente a los graves problemas sociales y económicos.

En estos días se está hablando sobre las presiones hacia la CUP por parte de Junts Pel Sí (CDC, ERC e independientes), pero en realidad, no es la CUP quien tiene la pelota en el tejado, sino Junts Pel Sí, o mejor dicho, los sectores más decididamente neoliberales de dicha agrupación (CDC) que, como Tsipras en Grecia, confían en la posibilidad de una independencia catalana dentro de los marcos del bloque imperialista europeo dominado por Alemania.

Frente al independentismo político y al conjunto del movimiento nacional-popular catalán, tenemos por parte del Estado español una respuesta política con la espectacular subida de Ciudadanos, y otra gubernamental, con la imputación de Artur Mas por la consulta del 9 de noviembre del 2014 y con la reforma del Tribunal Constitucional (LOTC), tras haber desatado anteriormente el miedo durante la campaña electoral (corralito, fugas de empresas, desinversión, etc,.). En cuanto a Ciudadanos, su función en Catalunya, según avance el proceso constituyente, será el de crear toda una serie de guetos incidiendo en la división por origen de la población, o eso al menos se puede intuir de sus buenos resultados en el otro tiempo “cinturón rojo” de Barcelona. Su función, respecto al resto del Estado, pero impulsado por los resultados cosechados en las elecciones catalanas, será la de consolidarse como alternativa de cambio (o recambio) no rupturista (continuista) con el régimen postfranquista.

El camino andaluz

Al principio, dejamos aparcado el debate metodológico fundamentalmente porque hemos querido incidir primero en el contexto con dos ejemplos cercanos: Grecia y Catalunya. Ciertamente, el debate metodológico es complejo porque fundamentalmente es un debate de lo concreto y que puede, por tanto, tener diferentes formulaciones que pueden ser válidas en un momento dado. El debate metodológico no puede darse en abstracto, no puede ser fruto de un voluntarismo teórico, y ni mucho menos práctico. La construcción de la unidad popular, por tanto, ha de ser fruto de la teoría y la práctica, tanto de las organizaciones políticas y populares como de la misma clase obrera y sectores populares.

La unidad popular se ha de dar, por tanto, en un proceso de organización de la lucha obrera y popular en un contexto determinado no solo por circunstancias sociales o económicas, sino también, y muy importante, políticas, y como no, también culturales. El objetivo de la unidad popular no puede ser otro que el poder popular. La unidad popular es un movimiento amplio para la organización y la lucha por la conquista del poder popular que debe tener diferentes expresiones, entre ellas, cuando sea oportuno, la electoral, porque, si algo ya deberíamos tener claro son los límites de la lucha electoral, o esta lucha se inscribe en una globalidad o la derrota o, peor aún, la traición, están aseguradas.

La ruptura democrática con el actual marco institucional, el llamado régimen del 78, es una condición sine qua non para la construcción del poder popular, pero llegados a este punto se hace necesario no tener un discurso abstracto sobre la ruptura democrática, un discurso que puede ser perjudicial y que puede caer en banalidades y en subestimar los problemas que se pueden plantear ante un escenario de ruptura democrática con el régimen postfranquista y con las instituciones europeas. La honestidad revolucionaria conmina tanto a construir un movimiento popular por la ruptura como a no crear falsas ilusiones que obvien las muchas dificultades que se pueden plantear en un escenario de ruptura democrática, que no lo olvidemos, a estas alturas no puede ser solo echar a los herederos de Franco o ir hacia un proceso/s constiuyente/s, sino también un proceso de ruptura con el modo de producción capitalista, especialmente con sus relaciones sociales de producción.

Como ya en otras ocasiones hemos señalado: “La actual situación de Andalucía no es fruto de ninguna fatalidad ni de ninguna condena de un Dios antiguo, tampoco es, tal y como sostiene el nacionalismo español en su diferentes variantes, fruto de un supuesto carácter andaluz relajado y festivo, pero es más, tampoco es consecuencia solo y exclusivamente de una crisis sistémica del modo de producción capitalista, como determinada izquierda se empeña obstinadamente en explicar, mandando con sus argumentos al materialismo dialectico y al materialismo histórico al paredón. Las altas tasas de paro y exclusión social, la súper especialización económica en muy pocos sectores y la excesiva dependencia exterior, o la escasa repercusión que las actividades económicas que se dan en Andalucía tienen en el conjunto de la población, salvo una minoría privilegiada, solo pueden explicarse desde un punto de vista histórico, es decir, desde la configuración de Andalucía como una nación sometida y oprimida. Y es también debido a ese desarrollo histórico como podemos explicar que la lucha por un poder político andaluz, por la soberanía nacional, es un instrumento en manos del conjunto del pueblo trabajador para poder solucionar sus problemas más acuciantes, ya que al contrario de lo que ocurre en otros territorios del Estado español, en Andalucía no existe una burguesía interesada políticamente en construir un espacio político soberano que le sirva para protegerse de sus competidores, o para poder negociar con los conglomerados multinacionales o con las diferentes instituciones supranacionales” (VER AQUÍ). Ya hemos argumentado en otras ocasiones que en Andalucía la ruptura democrática es la lucha por la soberanía nacional y que, por tanto, la unidad popular ni puede ni debe obviar esa cuestión (Ver: AQUÍ y también: AQUÍ ).

En general, la creación de la unidad popular andaluza se ha visto frustrada, principalmente, por un PSOE erigido en “partido nacional andaluz del pueblo trabajador” desde 1982, un partido-régimen en dos sentidos: uno, como el partido del régimen autonómico andaluz que él mismo ha creado dentro del marco español, con sus intereses propios, y dos, el más importante, como el partido del régimen español postfranquista en Andalucía. En ambos sentidos, el PSOE es un partido antiandaluz, antiobrero y antipopular, y a pesar de su evidente erosión, se mantiene firme. La derrota estratégica del PSOE andaluz ni está ni se la espera.

Igualmente, tanto IU como el extinto Partido Andalucista, en todos estos años han venido frustrado la posibilidad de una unidad popular andaluza rupturista, arrogándose unos y otros, la representatividad de la “izquierda” o de lo “andaluz”, pero siempre sin plantear la organización de la lucha por la ruptura con el régimen español en Andalucía. Sin embargo, en su momento, tanto IU como el PSA-PA supieron ofrecer una alternativa, con la que se podía estar o no de acuerdo, ilusionante para amplios sectores del pueblo andaluz. IU, como materialización de la llamada “unidad de la izquierda”, proyectando una imagen de frescura que superaba al anquilosado y esclerotizado PCE eurocomunista y carrillista, y que además, no lo olvidemos, tuvo sus orígenes en Andalucía. El PSA-PA como expresión de “la organización de obediencia andaluza”, sin subordinaciones a priori de “Depeñaperros pa´rriba” en un contexto de auge del movimiento nacional-popular andaluz.

La posibilidad de construir una unidad popular andaluza rupturista sigue estando bloqueada, el PA ha desaparecido recientemente, pero, desde 2014 tenemos un nuevo actor que bloquea igualmente esa posibilidad: Podemos y la teoría populista de su núcleo dirigente en Madrid, una teoría que pretende modificar el poder sin precisar cómo ni para qué, en definitiva, una teoría que apela al cambio pero sin que sepamos precisamente de qué cambio se trata; en palabras del sociólogo Antonio Antón: “Esta teoría se centra en el ‘cómo’ ganar (polarización, hegemonía) los de abajo a los de arriba, y deja en un segundo plano los demás interrogantes. Los fundamentos de su aportación son de orden procedimental: es a partir de las demandas insatisfechas del pueblo como se opera una unificación de las demandas populares, se construye un discurso y una retórica y se articula una hegemonía político-cultural para vencer al poder establecido. Esa apelación al pueblo, a considerar la opinión de la ciudadanía, le da un sesgo democrático y anti-elitista. Luego viene la necesidad y el carácter de su articulación, no siempre bien resuelta” (La teoría populista: Lógica política y ambigüedad ideológica). De aquí esa “máquina de guerra electoral” a la que apelaba Íñigo Errejón hace un año aproximadamente, y de aquí también esa exaltación del discurso, de la narrativa, a la cual se le atribuyen unas propiedades casi mágicas.

Cada vez está quedando más patente que la teoría populista del núcleo dirigente de Podemos se acerca al concepto de “revolución pasiva” teorizada por Antonio Gramsci y que podemos resumir en el popular “cambiar para seguir igual”. No deja de ser curioso como el núcleo dirigente de Podemos no hace más que malear el concepto de hegemonía gramsciano a su conveniencia hasta convertirlo en un “significante vacío” que este grupo “rellena” con electoralismo y oportunismo.

A pesar de esta consideración crítica, Podemos en Andalucía ha tenido un desarrollo peculiar que no se puede ni se debe obviar con importantes corrientes críticas que han cuestionado el discurso oficial, como las posiciones de Teresa Rodríguez, la candidatura “Utopía y Dignidad”, o Andalucía Desde Abajo. Tampoco podemos olvidar a todas esas personas que se han “politizado” o “repolitizado” en los círculos de Podemos Andalucía, pero que, debido a las dinámicas excluyentes, están siendo despreciados y ninguneados por el grupo dirigente español.

La unidad popular no es la organización del pueblo trabajador andaluz en bruto, aunque a veces puede dar la sensación de que se apueste por ello. Como el escultor ante un trozo de mármol, a la unidad popular hay que darle forma, y para ello son necesarios actores diversos, pero fundamentalmente políticos, y este es, no nos engañemos, el gran problema para construir la unidad popular andaluza rupturista. No, no es, al menos no exclusivamente, la falta de conciencia nacional andaluza, es la falta de actores políticos a la altura de las circunstancias la que impide y bloquea, también, la posibilidad de la unidad popular andaluza. La debilidad, que no falta, de conciencia nacional andaluza no deja de ser un problema político y, como no, un problema de las organizaciones de la izquierda soberanista andaluza, de su falta de táctica y estrategia; esto último ya nos remitiría a un problema ideológico.

No partimos de la realidad política que deseamos, partimos de la realidad que existe, con sus contradicciones, con su complejidad, con sus matices, es decir, con todas esas cosas que no cuadran con nuestras ideas preconcebidas por nuestra visión del mundo y de Andalucía en particular, ¿está dispuesto el conjunto de la izquierda soberanista andaluza a afrontar esa realidad y a dar pasos concretos para cambiarla más allá de simbolismos y de discursos autoreferenciales? ¿estamos dispuestos a recuperar la idea de “obediencia andaluza” y a hacer de la soberanía nacional la herramienta política para una verdadera transformación social? ¿estamos dispuestos a elaborar una estrategia y una táctica propias que haga al pueblo trabajador andaluz protagonista del cambio?

La realidad es dialéctica y quienes hoy participan en proyectos políticos que entendemos que taponan la posibilidad de crear la unidad popular andaluza, pueden tener la clave en el futuro. No se debe culpar a nadie ni a ninguna organización por utilizar las herramientas que en cada momento crean más oportunas, lo que no debería tener perdón, en todo caso, es situarse por encima de la realidad, de las condiciones objetivas y subjetivas, instalarse en la atalaya roja o verdiblanca, no intervenir y convertirse en un elemento ajeno al pueblo andaluz.

2015 acabará con una convocatoria electoral que aunque está levantando mucha expectación, probablemente acabará en algún tipo de “renovación de lo que hay”, a lo sumo. La narrativa de un asalto electoral al poder estatal español por parte de Podemos se ha desfondado, como un futbolista que en el minuto 60 de partido no puede correr más tras el balón; las palabras (“cambio”, “confluencia”, “casta”, “democracia”, “pueblo”, “arriba-abajo”, etc.) se han gastado de tanto usarlas. El intento de pacto por arriba de Podemos e IU estaba condenado al fracaso: dos rostros jóvenes enredados en lo peor de la “vieja política” no podía dar buen resultado.

¿Qué tenemos? Al pueblo trabajador andaluz, ¿qué debemos hacer? Organizarlo. Muchos, al ver, el espectacular ascenso de la CUP en Catalunya se están preguntando por qué no una CUP andaluza. Dejando al margen mimetismos que no han dado jamás buen resultado, los que se hacen, con buena intención, esa pregunta y los que emocionados se quieren lanzar a toda prisa a crear una CUP andaluza, deberían tener en cuenta que los procesos políticos populares no son un huevo que se echa a freír, implican trabajo, esfuerzo, interacción con los trabajadores y el conjunto del pueblo, en los centros de trabajo, de estudios, en los barrios, en los pueblos, o en los centros culturales o deportivos. Los riegos de crear marcas electorales y de que éstas den un “pelotazo” están quedando patentes con Podemos, frente a los “pelotazos”, debemos valorar la constancia y el trabajo obrero y popular, lo que no quiere decir que si existen condiciones para acelerar los ritmos se aceleren.

Volviendo al símil del escultor frente al trozo de mármol: ¿quiénes van a ser los escultores y qué herramientas piensan utilizar?

http://www.ajierro24horas.com/los-caminos-de-la-unidad-popular/

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