Los animales y el dolor que Hermann Tertsch, ¡desprecia!

Dice un antiguo proverbio: «La vida no se mide por la cantidad de veces que respiramos, sino por la cantidad de veces que nos quedamos sin respiración». Y eso nos ocurrió al leer su artículo Sr. Tertsch; nos sentimos raros, como si los ojos tropezaran en algo de acervo ancestral.

El Sr. Hermann Tertsch columnista de un conocido Diario (en el que cabalgan con dentadura propia la exaltación del toreo y la sublimidad de la Iglesia, cual faro conductor es esta Sociedad extraviada) se pregunta: ¿quién le habrá dicho a un chico voluntario de la Asociación contra el Maltrato a los animales Igualdad Animal, que las criaturas que viven en granjas, bien sea para el posterior consumo de su carne o destinadas a ser despellejadas para utilizar su piel en la elaboración de diferentes productos, sufren en su cautiverio?.

Este periodista, lisonjero admirador del Trío de las Azores – con A y Z, igual que Aznar, uno de los impulsores de la destrucción de las armas de masiva fantasía, y que envió tropas a Irak a parapetarse en los cuerpos de civiles abatidos en nombre de un arsenal de plastilina – lanza una pregunta con aires de objetividad en dicho artículo – mezcla de «ingeniosidad» y sarcasmo – poniendo su acidez al servicio de la critica, y desprecia a los activistas que con motivo del «Día Internacional de los Derechos de los Animales», participaron en un Acto contra la tortura de los mismos. Un Acto que al referirse al «Derecho de los Animales», defendía de igual modo a algunos animales de dos patas, que hacen del menosprecio el mordaz bocado de su plato sin fondo.

Hermann Tertsch, descarga su enjundia en un joven rubio, que a su afilado juicio, es un osado si piensa que padece un animal por estar enjaulado, sin espacio para moverse, haciendo de sus heces el perfume de su impotencia, y expuesto a enfermedades nunca dignas de atención, pero alimentado a paso forzoso y con un destino definido: que una cuchillada lo salve de la electrocución, o un simple golpe le confirme el sacrificio, y estando aún consciente sentir que su piel le es arrancada – que nadie vea en esta afirmación una estrategia pueril; en nuestro país abundan los vídeos que así lo atestiguan – Imaginamos que las frecuentes autolesiones en estos esclavos irracionales, sus conductas repetitivas y diferentes comportamiento patológicos que no muestran en libertad, son un altisonante testimonio de la agradable diversión que la mano del encierro les alcanza.

En un tono entre condescendiente con la «ignorancia» del joven y despreciativo por su compromiso en la lucha contra el maltrato animal, el fatuo y engolado articulista ocasional de los Cuadernos de las FAES, se pregunta: «¿Quién le habrá dicho al rubito que los animales sufrían donde estaban (las granjas de cría)?». Este acérrimo defensor de la PECO (perdón, COPE, la radio de los representantes de Dios en la Tierra, Jiménez Losantos incluido), gracias a su prominente concepto de si mismo, se permite poner un nubarrón en aquello que la CIENCIA ha demostrado, y sin el menor rubor, no sólo desdice el do de pecho de los investigadores, sino que incluso bucea en el interior del chico que se ve en la instantánea al frente de la Manifestación – sosteniendo un gato muerto entre sus dedos -, y afirma que tras el compungido rostro del activista de Igualdad Animal, se esconde una mal disimulada satisfacción por su «minuto de gloria» (los que hacen del «salir en la foto» el alimento de su ego, deducen que tal masturbación mental es afín a todos). Parece olvidar este partidario de los abusos y violaciones de los derechos del Pueblo Palestino, que el «rubito» complementa el andamiaje de esa Asociación, en un trabajo de conciencia sin otro pago que el placer de participar y el de contribuir al amparo de los eternos parias de la Sociedad. Mientras que él convierte en moneda sus cada vez más fascistoides crónicas (sus opiniones valen dinero, claro). La actitud del joven de la Concentración esculpe el indeclinable derecho a la vida, y su acción invoca un pedido: que no se aplique el sufrimiento a seres que no pueden hacerse escuchar.

Hermann Terstch – fiel paladín de la derecha más exaltada de este país y de la Iglesia más rancia e incansable valedor de un conservadurismo de visión cerrada – con su facundia habitual enfoca sus ataques hacia los sectores minoritarios, deslizando siempre las dos palabras de alerta: radicales incontrolados. Es su modo de satanizar todo ejercicio de libertad, de exigencia de justicia. Buscando así el silencio de los que sienten vulnerados sus derechos, o encaminan su solidaridad rumbo a determinados colectivos, que por agravio comparativo asumen el derivado de sometidos.

H.T., hombre de dúctil madera, sin pestañear admite otra generosa faceta de su sosegado espíritu: el sibarítico placer de intentar – no de conseguir – ridiculizar a los que gritan ¡BASTA! a los que piden el fin de un zorro desollado, de un toro ensartado por el acero engordador de bolsillos, de los lanzazos en nombre de una Virgen, del toro quemado vivo en brindis de tradición, de una oca «tratada» para multiplicar por diez el tamaño de su hígado, o de un galgo al que se le paga con horca el declive de su capacidad cazadora.

Y cómo no, este protegido del Telemadrid de Doña Aguirre, Esperanza de andar lento, aprovecha en su opúsculo (¿alguien dijo regurgitación?) para actuar como adalid de Rouco Varela, ya que, según él, los peligrosos animalistas, armados con sus voces, «Están todo el día insultando al Cardenal Rouco…». No es de extrañar tan alta estima por el más encumbrado Cargo de una Iglesia Oficial. Puesto que éste, de forma activa ampara las corridas de toros, y acepta capotes de matadores como ofrendas a las Vírgenes. Una tradición muy del gusto del Sr. Tertsch. Un gusto hervido en fuego de vilipendio, que como su desprecio indica, abraza el espectro completo: perros, gatos, conejos, cerdos, linces, toros, activistas «rubitos», ateos y hasta «antifranquistas», a los que en el mismo artículo –¿le pagarán en función del número de criticados? – acusa de «hiperactivos». Aclarando, eso sí, que él nunca fue carne barata, pues a él jamás le obligaron a cantar el «Cara al Sol», tal vez, ser el encargado de limpiar diariamente el retrato del añorado Caudillo lo eximía de integrarse en el coro, dado que de otro modo no se habría librado de «las caricias» que padeció el resto de escolares de su quinta.

Desde el albor da la humanidad, la solidaridad es un estatus excluyente, y es, a su vez, trampolín para que un gran número de partidarios del sufrimiento animal, salte con el cuchillo entre los dientes sobre la labor de los animalistas, a fin de colocar en la opinión pública una imagen negativa; quien se preocupa por el bienestar de los animales siente una absoluta indiferencia por los males que aquejan a los seres humanos. Tal postura, fermentada en los andenes de la profunda necedad, y vestida con el porte indisoluble de una estrategia, está destinada a desprestigiar a los que pueden lograr la finalización da la crueldad. Un descrédito que, cual toque de guerra, dulcifica los oídos de unos cuantos, incluyendo los del Sr. Tertsch.

A este periodista, que dice haber formado parte en su juventud del Partido Comunista –qué curioso, como el Sr. Pío Moa, que un día dio un paso desde la izquierda para adentrarse en la derecha más obcecada (y agónica) ocupando un puesto de honor– según parece, le resulta incompatible sentir empatía por cualquier ser atacado, maltratado, desposeído de sus derechos, porque son vulnerables dada su debilidad o falta de protección.

En este mundo paradójico, amasado en topes de sorpresas, hay quien se vuelca en la defensa de los niños, o de los ancianos, o de los hambrientos, unos cuantos en la de víctimas de las guerras, algunos en la ayuda a marginados de cualquier tipo, otros en los enfermos terminales – por cierto, en el mismo escrito, el Sr. Tertsch también ridiculiza el derecho a la muerte digna, y lo llama «darle ´matarile´ a un anciano por sus pocas posibilidades de volver a correr una maraton» -. Asimismo existe gente que lucha contra la contaminación de los mares, o por acabar con la desertización. Y hay personas que lo hacen a favor de los derechos de los animales, en una liza con empaque continuo, engranajes bien lubricados y mordiente afilado, orientada a abolir cualquier práctica que implique la crueldad hacia los mismos. En fin, que son numerosas las iniciativas conducentes a colaborar de modo altruista, donde la ayuda a terceros puede demandar un esfuerzo pero no la claudicación de la sensibilidad. Lo inaceptable, Sr. Tertsch, es ver a la misma persona que hoy defiende a los civiles de El Congo, mañana a los árboles del Amazonas, y pasado a los visones encerrados en granjas peleteras, terminar predicando a favor de los que hambrean el mundo, de la supremacía de las armas, o de la necesidad de las guerras «humanitarias».

Este férreo empeño en confundir las cosas, también marca huellas en otros terrenos, y siempre con el fin de denigrar cualquier acción animalista. Ilustrando lo dicho, Julio Ortega recuerda: «Suelo escribir a menudo contra la tauromaquia y se cuentan por docenas los comentarios que me han dedicado en los que se trata de echar por tierra mis argumentos, diciéndome que no es menos terrible lo que ocurre en granjas de cría y en mataderos y que parece que eso no me preocupa; hace poco publiqué un artículo sobre este tema –no era la primera vez– y como en las otras ocasiones, empezaron a llegarme respuestas en las que me rebatían recalcándome que igual de espantoso es lo que pasa en las plazas de toros y según sus autores, yo no decía nada acerca de eso».

Sr. Tertsch, seguramente para usted, el súmmum de la sagacidad resida en agarrarse a esta táctica tramposa, a fin de arremeter contra los que protegen a animales, alentando con su conducta a ciertos individuos que lucran con el dolor y la muerte animal. Pero antes de menospreciar al «rubito» de Igualdad Animal, a quienes lo acompañan, y a la inmensa cantidad de ciudadanos que estamos en contra de tan intolerable situación, debería preguntarse si desde ese altar – donde se golpea el pecho y que Dios lo perdone – en el que muestra sentirse a la derecha de su dios – y acaso con intención de ocupar su sitio, a juzgar por la soberbia que destila – ¿hace algo por defender a los más débiles, o es Vd. sólo un peón mediático de los poderes tradicionales en su versión más añeja e inmovilista? .

Antes de criticar, así, a todo galope, sepa que amparar a un toro indefenso también es defender a un niño de las calles de Brasil, porque la violencia practicada con los animales, acaba explotando en los estómagos humanos más débiles. Entretanto, Sr. Tertsch, ¿a quién defiende Vd. además de a Rouco Varela, Aznar, Bush o Franco?.

En su escrito encontramos los ingredientes afines a toda cultura arrodillada: fuerza del dinero, poder de la desigualdad, miedo a la inseguridad, enaltecimiento de la violencia, y la superstición entronizada. ¡Todos los componentes que dividen a la sociedad y le facilita el camino a una clase privilegiada!.

El presente texto lo hemos escrito a dos plumas, no porque falte capacidad individual para hacerlo, sino para ofrecerle una visión a dos bandas; más amplia. En contraposición a su insistencia en ver el mundo desde el punto de fuga de las anteojeras; inflexible atalaya que los reaccionarios atesoran.

Su artículo Sr. Tertsch, más que desmoralizarnos, derivó en el ariete que arma nuestro empeño y nos catapulta a seguir enhebrando caminos. Leerle nos ha abierto un nuevo espacio, pues, al salvarnos del zarpazo de la incongruencia, nos queda la sensación de haber hallado la savia que alimenta nuestros pasos.

Ricardo Muñoz José

Julio Ortega Fraile

Enlace al artículo de Hermann Tertsch

www.galicia-liberal.com/20081211-igualdad-animal.html

www.igualdadanimal.org

www.linde5-otroenfoquenoticias.blogspot.com

www.findelmaltratoanimal.blogspot.com

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