Lo último de Rafael Chirbes

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Por Iñaki Urdanibia

          Tres meses antes de fallecer en agosto de este mismo año ( kaosenlared.net/rafael-chirbes-la-sangre-roja-y-el-corazon-a-la-izquierda/ ) , el escritor valenciano había concluido la que fue su última novela que ahora se publica (« París-Austerlitz». Anagrama, 2016).

El autor vuelve a las medidas iniciales de sus novelas, y me atrevo a decir a una sencillez narrativa que había ido abandonando a favor de una escritura más abigarrada y barroca en su realismo duro, ya que el de Tabernes de Valldigna ( 1949-2015) nunca escribió en vano, no se entregó a cantar, lisa y llanamente, la belleza del mundo lo cual no quita para que escribiese, a modo de cuadernos de bitácora, algunos textos viajeros que dejaban constancia de los paisajes, urbanos y naturales, de su Mediterráneo , entre otros. Eran los habitantes los que le preocupaban fundamentalmente.

Ahora, en la novela que se va a publicar a principios de año, Chirbes nos lleva a la capital del Sena y nos sumerge en una historia de amor, nada que ver con dulzonerías románticas; amor entre dos hombres que hace buena la canción del bardo de Sète: il n´y a pas d´amour heureux .Ya anteriormente Rafael Chirbes había presentado en algunas de sus novelas tal tipo de amoríos : en su primera «Mimoun» (Anagrama, 1988) y más tarde en « La lucha final» (1991)

La narración comienza con las visitas al hospital Saint Louis del X arrondissement, en donde su amigo Michel( desde algún tiempo han devenido des bons amis simplemente) se halla ingresado debido a estar afectado por la enfermedad maligna par excellence de este siglo; el narrador explica cómo a veces le cuesta ir a visitar a su amigo ya que no se encuentra con moral para infundirle ánimos, además de que ciertas manchas que han comenzado a aparecer en su propio cuerpo le tienen mosqueado sobre si no habrá sido contagiado por su amigo con quien mantenía una estrecha relación de sexo, alcohol y otras drogas, sin obviar que su amigo se le revelaba como una especie de espejo de lo que acabaría pasándole a él en el futuro; con el fin de no visitarle busca el pretexto de la cantidad de trabajo que se le junta ya que tiene en breve una exposición de sus cuadros en una importante galería . Las luces de Vincennes, y de la capital del Hexágono toda, que es el lugar en donde habitan, también tiene sus sombras y sus patios interiores y traseros, del mismo modo que cuenta con tascas no excesivamente luminosas, ni lustrosas; a una de ellas tienen la costumbre de ir él y Michel que es cliente desde hace años. El establecimiento se halla en una callejuela , por lo que resultaba prácticamente desconocido para muchos de los habitantes del barrio, y era frecuentado, por gente que se drogaba, pues allá corría el hachís, la coca y lo que fuese menester además de alcohol, claro, a expuertas; una colla de matones eran dueños del cotarro, sin olvidar el café-tabac cercano y otro regentado por unos marroquís… taberneros y clientes que tenían una fluida relación con el desenfadado Michel, aptitud que no se hacía extensible para con el narrador ya que por su juventud-Michel le lleva una veintena de años- , su uso de la lengua francesa ( aprendida en el Lycée français de Madrid), y su aspecto hacían que se hubiese convertido, para los ojos de quienes frecuentaban la tasca, en un vicioso al que le gustaba hacérselo con mayores, además de tener la apariencia- para los clientes del café-tabac – de ser un poli de la estupa , o como mal menor un periodista al que le gusta meter las narices en los bajos fondos. El narrador va cambiando su visión de lo que le rodea, en la medida en que su relación amorosa se enfría, y cada vez va cobrando más apabullante presencia en su mirada la ciudad paralela en la que domina el dolor, la miseria humana y la muerte.

Las relaciones entre ambos amigos tienen sus más y sus menos, estos últimos comienzan a ganar la partida ; las causas: la diferencia de edad, de procedencia, de clase y de status profesional. Todos estos aspectos son referidos por el narrador que pone en danza su memoria para recordar sus noches de desfases por diferentes antros de la noche parisina, y la búsqueda de refugio cuando hacía mal tiempo en algunas iglesias, del mismo modo nos hace conocer la correspondencia que Michel mantiene con un antiguo amante marroquí , Ahmed Sefroui , y que provocan en el narrador ciertos celos…la lista de recriminaciones hacia él por parte del internado van en aumento, y el estrechamiento de las limitaciones del cerco con respecto a su cercanía florecen ( así, por ejemplo, le quita la llave del buzón de su casa ya que-según dice- Jaime, un compañero de trabajo, iba más veces que él a visitarle). A lo dicho ha se sumarse eso de que : cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana que cantaban los otros, y hay momentos en que se gasta la pela a velocidad de crucero. También nos hace retroceder el narrador hasta la dura infancia de Michel, en tiempos de la guerra, en los que las mujeres, con sus maridos en el frente, debían recurrir a cualquier dedicación, por chunga que fuera, con tal de subsistir y sacar adelante a sus hijos; Michel no conoció a su padre y tuvo que soportar a su padrastro que era un verdadero rufián. Tampoco las relaciones familiares del narrador fueron una balsa de aceite ya que su padre usaba el parné como método para tratar de mantener a raya a su díscolo hijo.

En fin, es lástima que la parca, disfrazada de cáncer de pulmón, se llevase a temprana edad al escritor valenciano que muestra en esta su última entrega- que le llevó veinte años de tanteos hasta darle su forma definitiva- que estaba en plena forma y cuya prosa no se movía por nebulosas estilísticas y / o meta-literarias sino a ras de suelo, allá en donde los humanos padecen este valle de lágrimas. Novela en la que los sentimientos toman la página y en la que los celos, el amor, las desconfianzas mutuas desembocan en una sensación de dolor y deseo inalcanzado.

Rafael Chirbes siempre hurgando en lo humano, en lo demasiado humano.

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