Lo que necesita España es librarse de su roña histórica

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despliegan una pancarta con varias: exigiendo transparencia política, justicia judicial, correspon­dencia entre la letra y la música de la democracia, entre la teoría y la prác­tica política y jurí­dica, entre las promesas y su cumplimiento. Exige, en fin, que todo el que se dedica a la política sea bueno, hon­rado, leal y comprometido con el pueblo, cada cual con su ideología. Para eso esto es una de­mocracia…

&nbsp En definitiva, dichos Movimientos, que no llegan a ser Nacionales sino difusos y a menudo confusos, lo que quieren es que la demo­cra­cia sea de verdad. Claro es que lo tienen difícil. Eso de que los es­pa­ñoles sean buenos y honrados lo decía hasta la Pepa, que es como se llamó a la Constitución de 1808. Pero resulta que los que se dedi­can a la política y a cualquier actividad pública son de la misma pasta que los que se dedican a la privada. No hay más cera que la que arde. Y aquí no podremos tener (y a mucha honra, dirán algunos) a franceses, ingle­ses, alemanes u holandeses gobernán­donos; ni tam­poco ejerciendo el comercio, la medicina, la abogacía, el notariado o la banca; pero tampoco po­dremos evitar defraudado­res a puñados. Seguirán siendo todos del mismo paño de siempre, y de los genes y de las capas de resabios y dogmas con que está configurada la so­ciedad española en su conjunto.

&nbsp Desde luego no reniego de los Movimientos citados, pues un im­pulso a las virtudes públicas vendrá muy bien a este país de tan corta experiencia democrática, para hacer reflexionar al personal sobre las virtudes privadas de los trabajadores, de los empresarios autónomos, de los lobbys, y del ciudadano común, pese a que siempre cumplen escrupulosamente, por ejemplo, con las leyes y sus obligaciones tri­butarias.

&nbsp Porque quien es honrado, transparente, ordenado, limpio, y no es por naturaleza voyeur en su vida ordinaria, si va a la política seguirá siendo todo eso, lo mismo que si se mueve po Internet. Porque en este país no hay apenas pícaros, ni defraudadores. Y aun­que todos tenemos un precio y nuestra honradez depende de la cantidad (salvo mi esposa, que –dice- no me sería infiel aunque le pusieran a su nombre la Casa Blanca), ni en la política, ni en el co­mercio, ni en la banca, ni en las profesiones liberales, ni en las pa­rroquias es fácil co­rromperse…

&nbsp Lo que quiero decir es que todavía hay clases, clases de perso­nas, de políticos, de abogados, de médicos, de notarios, de poli­cías… Y en ninguno de los espacios en que todas y todos ellos se desen­vuelven huele a corrupción. Por ejemplo, más allá de las sos­pechas de conni­vencia improbable entre la policía y Behring Breivik, ¿no hay una dife­rencia abismal entre la policía noruega y la yanqui? ¿acaso la estu­penda policía estadounidense, respetuosa de los de­rechos humanos como ninguna otra en el mundo, en lugar de apre­sarle no hubiera descargado todos los cargadores de cincuenta poli­cías sobre el fun­damentalista cristiano y bravucón Breivik? ¿Qué di­cen "los in­digna­dos" norteamericanos respecto a los ata­ques de su imperio a to­dos los territorios que no se les someten y tienen petró­leo, y sobre el des­precio que sufren sus etnias tratadas como infe­riores? ¿lograrán bo­rrar el odio del mundo verdaderamente libre a esa detestable na­ción?

&nbsp España, por mucho que la indignación crezca y se extienda como una mancha de aceite en la calle, lo que necesita es que esa misma indignación alcance a los políticos, periodistas, jueces, funciona­rios… honestos, y todos actúen en consecuencia. Porque de todos modos la depuración de la sociedad imperante, es decir, de todos los que de alguna manera prota­gonizan la vida pública y el ámbito comercial (las dos áreas donde más tocada está la honestidad y la integridad perso­nales), sólo podrá venir por vía de hastío y del paso del tiempo. Y ello es porque hasta hace cuatro días, como quien dice, fuimos Conquis­tadores (ver las andanzas del Duque de Alba en los Países Bajos), Inquisidores (ver cómo en 1861, el&nbsp arzobispo de Valencia, el man­chego Simón López García, en nombre de la In­quisición mandó a la horca al profesor Cayetano Ripoll acusado de hereje por sus creencia heterodoxas y por rechazar los dogmas de fe); ver cómo todavía no ha sido denunciado el Concordato y porcio­nes de sociedad ejercen como caciques e im­ponen su fundamenta­lismo cristiano; ver cómo las Corts del País Valenciá si­guen rin­diendo homenaje al dictador Franco no retirándole el título de al­calde honorario de la ciudad; ver cómo to­davía hay miles de muertos en las cunetas asesinados por los fascis­tas una vez terminada la guerra; ver cómo se procesa al juez que in­tentó hacer "algo" en este sentido; ver, en fin, cómo toda­vía hay más de 2.000 familias espa­ñolas que siguen reclamando, inútilmente, el "dinero rojo" que Franco les incautó por un valor equi­valente a 5.300 millones de eu­ros.

&nbsp La pregunta del millón es ¿serán capaces los Movimientos DRY y 15M de mutar la condición, los genes y la historia de la sociedad es­pañola que probablemente a partir del 20N volverá a ser liderada por una facción política que todavía no ha condenado el franquismo y sin embargo se permite el cinismo de exigirnos a los demás que conde­nemos todo lo que se les antoja y especialmente el terrorismo a me­nos que sea de Estado? ¿serán capaces de evitar que venga el papa a mediados de agosto porque la gran mayoría de españoles no es católica y los que dicen serlo lo son sólo de boquilla, y de lo que me­nos puede presumir la Iglesia católica es de humildad y de auste­ridad en tiempos tan necesitados de ambas? ¿serán ca­pa­ces de refor­mar la ley electoral para que el pensamiento comu­nista y otros ten­gan el sitio real que le corresponde y cabida en el parla­mento? ¿convertirán DRY y 15M a esta inmundicia política, ban­quera, mer­cantil, bursátil, corpo­rativa, religiosa… en una copia del Jardín de las Delicias de El Bosco que tanto gustaba al catolicí­simo Felipe II?

&nbsp Porque ya saben –y si no se lo recuerdo- que a este país no le basta un revocado de fachada con los fascistas dentro de la casa. Tampoco un lavado de cara. Lo que España necesita es que alguien se atreva a quitarle la roña acumulada durante siglos. Y esa pro­funda pátina, si no es imposible conseguir su frotado sin derrama­miento de sangre, sólo puede desaparecer mediante el lavado pau­latino del paso del tiempo. Lo demás es gastar pólvora en salvas.