Lo que mi hijo trans me ha enseñado

Por Carolina León

Las esencias retornan, o nunca se fueron de verdad. Las ‘feministas radicales’ han venido a salvarnos, también de lo que las personas trans representan y nos hacen cuestionarnos.

Por: Carolina León

He / she has opinions”, “tiene opiniones”, es una sentencia que saca mi hijo a veces, con un tonito particular, para decribir a alguien que a su alrededor está proyectando sus prejuicios sobre él u otras personas como él. Sé lo que es que el mundo “tenga opiniones” alrededor, le pido paciencia, intento evitarle sufrimiento.

Las mujeres estamos acostumbradas a que mucha gente en nuestro entorno “tenga opiniones”. Mira cómo iba vestida, se comportó así o asá, tonteó, flirteó, enseñó, qué clase de mujer haría eso o lo otro…  Las mujeres convivimos cotidianamente con el juicio ajeno no solicitado, con la vigilancia social de una esencia “femenina” que parece ser tremendamente frágil a la luz de las variadas “opiniones”, que a veces son hasta contradictorias (tú te lo buscaste por querer hijos; ella se lo buscó por no haber tenido hijos; ¿no denunció?; ¿por qué denunció?). Estoy haciendo parodia triste, y exagerando algo del día a día.

La pulsión de la “opinión” no parece haber ido a menos ahora que todas somos feministas. Nos expurgamos unas a otras sin piedad, como quien se busca los piojos, sopesando hábitos de consumo, costumbres cotidianas, modos de vida, de vestido o de lenguaje, en una persecución de algo que bien podría ser llamada una “esencia” feminista. En estos tiempos de bendita eclosión del movimiento, a veces nos encontramos midiéndonos el largo de la falda, la cantidad de maquillaje, las amistades o novios, las prácticas sexuales, el depilado o su ausencia, si tenemos hijos o cuántos, si no los tenemos y por qué, si condenamos la prostitución y el porno, y algo súper importante, cuántas veces escribes al día la palabra “abolición”. Entre mis hijxs y yo tenemos esta broma hace tiempo: “toma, un pin feminista”.

¿Estoy siendo postmilenial? Estoy siendo un poco postmilenial. Desde luego, esto se da entre gente muy joven y que funciona bajo una idea de feminismo “individualista”, que enjuicia los posicionamientos personales añadidos a la apariencia, a nuestra performance en redes; pero no sólo. Llevo años con este tipo de dinámicas (de evaluar nuestro “compromiso con el feminismo”) con mi hija mayor y con mi hijo, tratando de que el mensaje “no, no te hace feminista más maquillaje o menos, te hace feminista no reproducir las mismas violencias que el sistema reserva a las mujeres y luchar contra ellas” sea el que cale.

Toda identidad no es más que una actuación para la platea, una especie de congruencia entre quien dices ser y cómo te muestras al mundo. Pero es una congruencia que se nos exige desde el afuera. Quedémonos un rato con eso: la obligatoriedad (fabricada) de ofrecer al mundo lo que dices ser. El mundo no está preparado para las incongruencias y quiere que se lo pongamos facilito.

Estoy hablando desde ser la madre (feminista) de un hijo trans.

Hablo de esta tendencia al juicio y la categorización “esencialista” por lo que me afecta, no ya a mí, sino a lo que creía que estábamos transformando en la lucha. Hablo de la deriva esencialista que insiste en el sujeto “mujer”, centro del feminismo, que parece entenderlo como una forma cerrada, asociado irremediablemente a un cuerpo determinado, a una anatomía. Como si la categoría “mujer” no estuviese construida socialmente y rellena de estereotipos que se han hecho antes de nosotras, previos a toda lucha.

Lo peor de esta deriva es la que identifica el cuerpo con el “ser”. Y, en la peor de sus encarnaciones, biología con identidad. Como si la “esencia” de una mujer (y toda la opresión que alienta y mantiene el sistema) estuviese reducida a portar cromosomas XX. Como si no existiese toda una cultura que ha construido esa opresión y que afecta de forma muy distinta a muchos tipos de mujeres e incluso a quien no tiene un cuerpo biológicamente de mujer.

Lo peor del “has opinions” de mi hijo lo encontraba en aquellas personas que pretendían encerrarnos, a él y a todas, dentro del molde del cuerpo binario. En los exabruptos que nacen de este sector del “has opinions”, yo escuchaba algo así:

“Como has nacido con branquias de pez, nunca podrás vivir en tierra firme. Como tu anatomía muestra mamas, lo que te corresponde es la sumisión y la obedicencia, una esencia de mujer. Ya vamos a luchar para abolir el patriarcado, pero mientras tanto estás oprimida porque lo manda la biología. Te liberaremos más adelante, pero has nacido con branquias de pez. Queremos luchar contra este sistema, pero nos limitamos a lo que dice tu anatomía para tratarte, para consensuarte. Como has nacido con branquias de pez…”.

Como tienes lo que tienes, no nos inquietes. Nosotros have opinions. El niño es niño por su pene, la niña es niña por su vulva, no nos agobiéis, no nos pidáis cosas. El pez es pez por sus branquias y nunca se le ocurriría ser un mamífero o un pájaro; esto es así. En esto están de acuerdo la Iglesia y cierto sector del feminismo.

Y yo no escucho más que paternalismo (con suerte) y odio (todo el tiempo) en esas opinions. Si el feminismo tenía un proyecto, es que la sociedad, el mundo, deje de decidir por nosotras por nuestra fisionomía o por nuestro aspecto. Que las mujeres (sin mirar debajo de la falda) no sean encasilladas en unos destinos prefijados, en el final de una cadena de valor que otorga créditos y privilegios a unos y se los resta a otras; creo que se puede decir que el proyecto era que ser mujer no fuese ser sujeto de opresión. Pero no desde arriba, no desde una categorización reduccionista y cargada de discriminación. Como tienes branquias de pez, vamos a decidir por ti.

Así que ser “mujer” no se deviene, sino que se nace. Como si “ser mujer” no estuviese dictado desde fuera por un conjunto de apariencias tan débiles como tener el pelo largo en la cabeza.

Estos son asuntos demasiado graves para los que opinar en cuatro líneas, pero me afectan directamente cuando se dice que alguien nacido con fisonomía de hembra que se llama hombre trans está “engañando” o “estorbando” o “jugando con” la idea de género y retrasando la revolución de las hermanas. Me afecta mucho aunque mi hijo, afortunadamente, no lee a todas estas “feministas” que tienen tantas ridículas opinions.

Las esencias retornan, o nunca se fueron de verdad. Las “feministas radicales” han venido a salvarnos, también de lo que las personas trans representan y nos hacen cuestionarnos. Me cuesta el hígado, pero no más de lo que me cuesta convivir con facherío. Todo lo que estoy aprendiendo a través de mi hijo es tan revolucionario, tan liberador, tan desprejuiciado y tan real, que las más de las veces conseguimos reírnos. Porque sus branquias no lo hacen pez, porque mi feminismo no puede ser el vuestro, porque para poder seguir llamándome feminista lucho por erradicar toda discriminación, también la que afecta a personas como él.

Mientras abolimos el género (ya nos contaréis qué es eso), mi hijo y tantas personas más me están enseñando tantas cosas en presente continuo, que nos da risa cuando le negáis su existencia. Él tiene branquias y se va a la superficie, cada vez más alto. Porque los peces son peces o jilgueros o pavos reales si así lo desean. Y no aceptaré que nadie le diga qué puede o no puede hacer. Quitadme los pines.

 

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