Lo que es la izquierda y lo que queremos que sea

Tras la caída del muro de Berlín, en 1989, la izquierda occidental decidió jugar a un juego radicalmente distinto al que había jugado en las décadas anteriores. Abandonando toda veleidad revolucionaria y todo sesgo obrerista, la izquierda europea y norteamericana apostó fuertemente por los caminos que habían abierto algunos activistas tras la conmoción social de mayo del 68. Verdes alemanes, squatters y krackers, autónomos negrinianos, eurocomunistas en desbandada…los movimientos “alternativos” europeos apostaron por una radical mutación de las alianzas y el discurso que habían acompañado al proyecto obrerista, revolucionario y de masas que había propuesto la izquierda previa.

A finales de los años noventa la mutación ya era absoluta. En los ambientes de la ultrarradicalidad “autónoma” madrileña afloraban por todas partes los discursos que narraban la supuesta “desaparición como sujeto” de la clase obrera, la “inutilidad del sindicato y de la opción por la política de masas” en términos organizativos, las “firmes dudas” sobre la mística de la revolución como horizonte y objetivo.

En las dos décadas siguientes la mutación ha generado un movimiento cualitativamente distinto, cuya radical diferencia con el proyecto previo de la izquierda se ha afirmado cada vez más. La izquierda, conscientemente, se ha constituido en el Partido (inorgánico y desorganizado, las más de las veces) de la juventud de la clase media ilustrada. No ha sido una deriva inconsciente o un puro producto de la constitución social de la España del Régimen del 78. Los que tenemos ya una cierta edad, hemos visto en persona ese despliegue constante de los discursos que hablaban de la “sociedad de consumo” y de que, en ella, “la lucha de clases” ya no existía. Razón por la que había que apostar por otros proyectos: los movimientos de las “minorías”, la transformación cultural y sexual o la Deep ecology, por ejemplo.

Puntualicemos, para que se nos entienda: la deriva no iba, simplemente, encaminada a la sustituir la lucha obrera por el feminismo, como nos cuentan algunos críticos desviados colindantes con la extrema derecha. La deriva consistía en una identificación creciente de la izquierda social con las necesidades y deseos de una clase media asediada por el avance del neoliberalismo. Por lo tanto, también en una creciente autolimitación del feminismo o las luchas LGTBI a un discurso y unas prácticas profundamente “clasemedieras” (emprendimiento, representación, separación radical de las luchas obreras, activismo profesionalizado, cátedras universitarias que construyen un discurso experto desde arriba en lugar de la diseminación del debate entre los afectados y afectadas…).

En el proceso de despliegue de esa mutación, la izquierda se ha dado de bruces con la radical materialidad del proceso de avance de las políticas neoliberales y con la crisis civilizacional del capitalismo. Las bellas propuestas de clase media de la izquierda (carriles bici, municipios en transición, subvenciones para los estudios de género…) han chocado con brutalidad con el proceso de proletarización que las privatizaciones, la desregulación laboral y la extensión desenfrenada de la financiarización provocan en la misma “clase media” a la que se dirige. La izquierda se ha centrado en conseguir el apoyo de la clase media justo cuando ésta se descompone aceleradamente por la reiteración de crisis y medidas de austeridad.

Así que la izquierda ha decidido convertirse en la teoría del mundo de esa clase media en proceso de descomposición. Eso explica muchas cosas. La principal de ellas es la creciente deriva de la izquierda hacia el conservadurismo en casi todos los elementos de su discurso y de su práctica. La clase media menguante y acosada por un brutal proceso de proletarización no tiene más proyecto social que conservar lo que hay, mientras se pueda. Conservar el Estado de Bienestar, conservar el medio natural, conservar la democracia parlamentaria, conservar el mundo liberal, con ribetes socialdemócratas.

Por eso en la izquierda se han diseminado tan ubicuamente los mantras que llaman a los movimientos a ser “el freno de emergencia” o que prometen una melancólica añoranza de el “espíritu del 45”. Casi imperceptiblemente, la izquierda ha virado de un ecologismo social y revolucionario a una Deep ecology fuertemente tradicionalista, de los discursos de la “autoorganización obrera” a los de la “autonomía de la política, porque no todos queremos tener tiempo para participar en la comunidad”, del internacionalismo altermundialista a la “recuperación de lo nacional”.

Y por eso la extrema derecha, pacientemente, subterráneamente, ha decidido jugar a otra cosa. En lugar de querer articular, bajo su mando, a la clase media ilustrada, en peligro de proletarización, la ultraderecha se ha dedicado a agitar y a acercarse a la ya proletarizada. A los obreros del core business empresarial que han visto como su forma de vida se descomponía, a los pequeños comerciantes que no pueden hacer frente a la competencia de las grandes superficies y de las plataformas colaborativas, a los estudiantes que no encuentran trabajo y que tampoco encuentran respuesta en el discurso de una izquierda “alternativa” que lo único que sabe decirles es que el trabajo, en sí, no es bueno ni deseable.

Pensemos detenidamente en la paradoja de la que se alimenta el auge de la extrema derecha actual. La izquierda quiere conservar, “ser el freno de emergencia”, volver atrás. La ultraderecha identitaria quiere “transformar”, “revolucionar”, “cambiar radicalmente lo que hay”.

Obviamente, el discurso ultraderechista es un discurso falsario, como siempre. Los grandes donantes que respaldan a Trump o Salvini son un sector de la plutocracia global tan ultracapitalista como los demás. Lo que la ultraderecha hace es utilizar la energía de quienes necesitan urgentemente que esto caiga, para encaminarla en un proceso de fragmentación creciente y auto-odio del proletariado global que aún lo debilite más. En el programa electoral de Vox no hay ninguna alusión a dar poder a la clase trabajadora, pero sí a limitar el derecho de huelga, lo que no es óbice para que el “soberanismo identitario” pretenda darle una dimensión “obrerista” al discurso anti-inmigración.

Además, la “izquierda alternativa” y la ultraderecha han jugado sus cartas, tácticamente, de manera muy distinta. Mientras la ultraderecha invertía las pasadas décadas en procesos de “metapolítica” y diseminación, la izquierda jugaba a tomar “posiciones” y a centralizar y disciplinar las filas.

Eso también explica muchas cosas. La ultraderecha ha multiplicado sus voces en el conjunto social hasta el paroxismo. Se ha vuelto radicalmente plural y ubicua (ahí está QAnon, pero también Hazte Oír; los soberanistas Identitarios, pero también los libertarios ultraliberales). Es un mundo incoherente, pleno de discursos sobre conspiraciones contradictorias las unas con las otras, pero que se ha diseminado en todos los ámbitos sociales, quizás, precisamente por esa enorme tolerancia al disenso discursivo que permite que César Vidal comparta espacio con Diego Fusaro. Obviamente había buenos financiadores, gente que ha puesto mucho dinero, pero también es cierto que no han apostado por tener una voz grande, única y autorizada, sino por multiplicarse en todos los poros sociales. Lo importante es generar la idea de que ellos son la única fuerza que apuesta por el fin de lo que hay, en una tensión brutal entre el tradicionalismo, el nacionalismo y el amago de una ruptura catártica con el mundo neoliberal.

Sin embargo, la izquierda ha dedicado las últimas décadas a perseguir una ilusoria hegemonía electoral que una clase media menguante no puede garantizar. En su busca, la radical diversidad del mundo “alternativo” de inicios de siglo ha sido totalmente arrasada, para tratar de tener bazas de negociación política con el socioliberalismo. Se han intentado levantar unas pocas “voces autorizadas” sobredimensionadas (personajes públicos, medios, organizaciones…) y se ha vetado (abierta o tácitamente) todo lo demás. Se ha tratado de disciplinar a los disidentes hasta empujarles al desencanto o la marginalidad. Desmantelando su pluralidad interna y homogeneizando los discursos “aceptables”, la izquierda ha secado las fuentes de su creatividad teórica y práctica. En el desierto social que ha resultado de ese proceso, las grandes “voces autorizadas”, como por otra parte era de esperar, se han consumido en un aislamiento autista. Los famosos y profesionales del activismo izquierdista ya no tienen a quien apelar, porque ya no hay nadie ahí afuera. Cuando sólo es convocada a escuchar y aplaudir acríticamente, en calidad de fans y no como militantes, la mayoría de la gente se va a su casa, que hay muchos problemas urgentes en la vida.

Por supuesto, en estos momentos, la ultraderecha va ganando terreno. Sólo ralentiza su marcha la absoluta incoherencia y excentricidad de sus representantes más destacados. Un Trump o un Abascal dan algo de miedo. De momento. Dejemos que continúe desplegándose el proceso de declive acelerado del mundo occidental y mucha más gente estará dispuesta a apostar por “cualquier otra cosa”.

El problema de la izquierda es que pretende ocupar un espacio que le obliga a hablar en un idioma que ataca a los fundamentos de su razón de existencia. El mismo vocablo “izquierda” tiene un origen histórico determinado. Se aplicó originariamente a los diputados que se colocaron a la izquierda de la Cámara en la Convención revolucionaria francesa, demostrando así su voluntad de ejecutar al Rey legítimo. Algo que no se había hecho en los siglos anteriores y que representaba una ruptura absoluta con todas las convenciones políticas del mundo en que vivían. Obviamente, eso nada tenía que ver con un “freno de emergencia”. Era una apuesta absoluta por la apertura de una nueva era, por la aceleración de la existencia, por la transgresión de todas las tradiciones.

La izquierda se llamaba a sí misma “revolucionaria”, porque no apostaba por una evolución pausada de lo existente, ni por una involución a las tradiciones pretéritas. Los obreros y obreras (esas gentes a las que apelaba la izquierda) no tenían “nada que perder salvo sus cadenas” con una brutal aceleración de la Historia. “Las ruinas no nos dan miedo”, decía Durruti, refiriéndose a la destrucción que el desplome del capitalismo podía provocar.

Una izquierda que asume los mantras de la “clase media ilustrada” es una izquierda sobrepasada por la historia, por el desplome de un mundo en declive. Es una izquierda sin creatividad, pero con popes y famosos. Sin organizaciones de base, participativas, donde las clases populares puedan practicar la pedagogía de masas, pero con sesgos mercantiles y “personal branding” político.

El “freno de emergencia” se ha roto. Avanzamos a toda velocidad. No hay vuelta atrás posible. Las ruinas se multiplican a nuestro alrededor. Como bien sabía Durruti, los trabajadores y las trabajadoras no deben de tenerles miedo, pues ellas y ellos son quienes han construido todo lo que ha levantado un día la Humanidad.

Esa es la única izquierda posible, la que puede derrotar a la bestia: la izquierda plural, asamblearia, proliferante, generosa, adicta a la lucha de clases. La que construye el mañana y no añora las cadenas idealizadas del ayer.

José Luis Carretero Miramar.

 

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