La enorme dificultad de ser cristiano: una reflexión desde el cine

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Lo principal que llama la atención en relación al ideario cristiano, es el enorme contraste entre lo que se proclama (sobre todo desde los púlpitos)  y lo que realmente se hace, primero la Iglesia o las iglesias como instituciones jerárquicas, semilitares, y por supuesto el personal llamado “beato” que, por lo general, actúa de manera adversa a lo que presume. Abundan los chistes como el de aquellos locos enamorados que mueren de un accidente antes de casarse y al llegar al cielo piden un clérigo para que le case, a lo que san Pedro le responde todo convencido: “Hijos míos, aquí tenemos de todo menos curas”, o de frases populares, como aquella que pone en boca de un clérigo esta: “Hijo mío, tú tienes que hacer lo que yo te diga y no lo que yo hago”. De esto se ha tratado en muchas películas, una de ellas el “Nazarín” de Buñuel (México, 1959,) que adaptó al anticlerical Benito Pérez Galdós en una película con un Francisco Rabal pletórico), que después de intentar imitar a Cristo como aconsejaba Tomás de Kempis, acaba sus días enloquecido y despreciado por los fariseos.
Una verdad aproximada de historias de la que muchos hemos sido testigos, en mi caso allá en la segunda mitad de los años cincuenta en la Puebla de Cazalla, Sevilla. Por aquel entonces nos llegó un ayudante del párroco oficial –un tipo al que únicamente le importaba acaparar y quedar bien con los feligreses mejor situados-, y empezó a dar trigo antes que predicar. Daba comer a hambriento, sus zapatos al descalzo, su ayuda a los enfermos, su comprensión a las magdalenas de lugar, etc., etc. No pasó mucho tiempo sin que el grupo social beato moviera Roma con Santiago para echarlo del pueblo. Se llamaba don Ángel, y según noticias, como muchos otros, acabó dejando el sacerdocio para dedicarse a la causa obrera.
Esta y no otra es la madre del cordero en un país católico como se proclamaba aquella y esta España. La misma Iglesia que consideraba pecado una falda corta pero no matar campesinos. La de Rouco y Cañizares y cia.,  que protesta rezando por un gesto amoroso pero que da las espaldas y blasfema contra los refugiados tachándolo de peligrosos….

El ejemplo del pobre de Asís

 

Claro que no todos son iguales, que hay gente sencilla que trata modestamente de ser consecuente, casos como el pobre de Asís que fue canonizado en 1228, dos años después de su muerte, consagrado oficialmente por sucesivos concilios, reconocido incluso con el nombre de una importante ciudad norteamericana (San Francisco, claro), y creador de una orden que finalmente, acabaría integrada y vaciada básicamente de sus contenidos aunque inicialmente fueron sospechosos por su voto de pobreza, su vida en comunidad y su iluminismo, de simpatizar con el milenarista Joaquín de Fiore. El de Asís no fue, sin embargo, lo que se dice un santo al uso con su milagro y su culto correspondiente. De hecho, la «locura» de Francesco fueron una práctica y unos sentimientos que, de vivir actualmente, merecería el total menosprecio de la agresiva intelligentzia neodarwinista de la que se encuentra en las antípodas. Se puede decir que fue un «idiota» que amaba a todas las criaturas, a los seres humanos más desfavorecidos, a los animales –predicaba a las golondrinas y a otros pájaros–, y también a los elementos, hablaba amistosamente del Hermano Fuego. Incluso antes de morir se refirió a la “hermana Muerte” de la que «nadie escapaba»…Como se puede ver, algo bastante ajeno también a lo que conocemos del cristianismo «realmente existente».
El de Asís representa una de las opciones prácticas más opuestas a la premisa hobbiana según la cual “el hombre es lobo con el hombre”. Y está claro las pistas “franciscanas” pueden reconocerse a través de grandes opciones actuales como la Teología de la Liberación, el pacifismo y el ecologismo, o más llanamente, en las tradición creada en su propia ciudad, centro de animación de toda clase de manifestaciones contra las guerras, la última, especialmente masiva, en el 2003, contra la agresión de la administración Bush jr contra el pueblo de Irak, hecho calificado abusivamente como guerra.
Nacido en la ciudad de Asís (1118), ya eternamente ligada a su nombre, la cronología de su vida es incierta por las muchas leyendas que circundan los acontecimientos que se le atribuyen. Hijo de un rico comerciante afrancesado que fue apodado Francesco (el francés), fue bautizado como Juan Bernardone. Pasó su juventud entregado a los placeres del mundo, y soñaba aventuras caballerescas. Habiendo estallado una guerra Asís y Perusa, se aprestó a la defensa de su ciudad natal, y permaneció prisionero un año. En 1205 partió para combatir en Apulia contra el emperador al lado de las aguerridas tropas pontificias, pero después de una grave enfermedad acompañada de visiones y experiencias místicas, sufrió un cambio radical en su vida. Renunció a los bienes del mundo y abrazó una vida de pobreza evangélica al lado de los pobres y de los leprosos, condenados a vagar lejos de la gente. “Nadie –escribe Barrows Dunham– antes de aquel tiempo y nadie después de él ha comprendido de manera tan clara y dulce que los hombres pueden ser capaces de encontrarse en el mundo como en su casa. Se ha dicho que fue la primera mente moderna; pero es clarísimo que aún estamos lejos de su visión. Le seguimos en el tiempo, pero más en distancia moral; y hasta que hayamos hecho la paz con el lobo, es decir entre nosotros, no nos asemejaremos a él” (Héroes y herejes, 1969, p. 273, Ed. Seix Barral,).
A diferencia de otros heterodoxos, Francesco no fue ni siquiera sacerdote. Sin rebelarse abiertamente llegó a restaurar el clero secular e impulsó la piedad y la solidaridad donde predominaba el más sórdido egoísmo.
En su orientación básica, sorteó la herejía porque directamente no estuvo en contra de nadie. No manifestó –como hicieron los cátaros, tan próximos en las ideas y en el tiempo a él y exterminados sin piedad- sus críticas a una Iglesia de la que se distanció abismalmente poniendo en práctica otra manera de ver y tratar las personas, los animales y las cosas. Cuando habla de Dios habla de todo ello, su Dios fue por ende más bien panteísta, a través de Dios nos habla de una comunión cósmica, de un sentimiento de amor infinito que se reconoce en una «imitación de Cristo» llena de alegría y de fe en el otro, en lo otro. Sin declarar su oposición al sistema, el de Asís, empero, permaneció ajeno a las reglas establecidas, a la doctrina y la organización. En su célebre “Testamento”, proclamó en una reunión de su Orden en la que estuvo presente un santo muy diferente, santo Domingo, creador de los “dominicos”, a los que el Vaticano confió la Inquisición, que Dios le dictó “que quería que fuese un pobre y un idiota –un gran insensato– en este mundo”, y rechazó «ningún otro sendero de ciencia que no sea éste».

Diferentes versiones

Dejando de lado las ignotas evocaciones del primitivo conde Guilio Antomoro (Frate Francesco, Italia, 1926), que fue un auténtico éxito en su tiempo y muy bien acogida por el régimen fascista que puso de moda del cine religioso “de estampitas”, tan usual por otro lado bajo el franquismo, o la tentativa del mexicano Albert Gout (San Francisco de Asís, 1943), responsable de algunos de los títulos más ridículamente kischs del cine de su país, nos encontramos con una hermosa excepción: “Francisco, juglar de Dios” (Francesco, giullare di Dio, Italia, 1950), una auténtica obra maestra realizada por Roberto Rossellini entre sus dos mayores trabajos con Ingrid Bergman: “Stromboli” (1949) y Europa 51, y en las que resulta patente los sentimientos franciscano tanto en el panteísmo de la primera como en la convicción de la segunda de que el cristianismo comporta la ruptura con todas posiciones instaladas y de privilegios. Rossellini efectuó una recreación modélica de once episodios de Las florecillas comenzando con el regreso de Francesco desde Roma a su cabaña y acabando con la dispersión de los frailes para predicar por el mundo.
Basada en un guión propio en el que colaboran Fellini y Sergio Amidei –responsables de Roma, ciudad abierta–, además de Feliz Morlion y Antonio Lisandro. En las enciclopedias, esta película se registra ante todo porque supone una adaptación del neorrealismo a un cine religioso muy lejano del que hemos analizado. Se habla de una realización humana colectiva y no de un sometimiento. La tónica naturalista comienza por el grupo actoral en el que el único profesional es el inmenso Aldo Fabrizi y Francesco fue interpretado por Fray Nazario, un franciscano. Toda la película respira sencillez y autenticidad por los cuatro costados. Como suele ocurrir con el cine religioso digno de tal nombre, Francesco… fue un fracaso comercial, careció de apoyos de cualquier tipo y no se estrenó comercialmente entre nosotros. Rodada en blanco y negro limpio y claro fotografiado por Otello Martelli en escenarios naturales, Francesco… rehúsa cualquier forma de espectacularidad aunque sea decorativa, se transpira austeridad, sencillez, una convicción y una autenticidad que será difícil, sino imposible de encontrar en el cine religioso convencional, a veces carente incluso de sentido del ridículo como es patente en la escena de la llegada de Fray Ginepro desnudo porque ha regalado su hábito a un pobre.
Existe una belleza en la película, pero se trata de algo interior, inherente al contenido eminentemente «franciscano» en la forma y en el fondo. Su neorrealismo provocador, responde a la misma manera de ver las cosas de alguien como Francesco que optó por los de abajo, que no podía perdonarse darle la espalda a los leprosos como una gracia, y que soñaba una armonía con una naturaleza que veía como la manifestación más evidente del Dios del amor, de un Dios al que creía acercarse a través de las obras. Más que una biografía de Francesco, Rossellini estructura libremente doce episodios que encadena con plena libertad, sin subrayados ni grandilocuencia, sin músicas sacras ni grandes palabras. Comienza con el «Laudato» que es todo un manifiesto, una oración que suena extraña a los que estamos acostumbrados a oír oraciones manidas, sin relación alguna con lo que se vive. Luego se inicia la acción cuando Francesco y sus discípulos vuelven de Roma en una noche especialmente lluviosa, y consienten dulcemente que un campesino mal encarado los expulse de su propio hábitat, y por única respuesta el grupo alaba al Señor bajo el agua y el frío hasta que amanece.
En el último capítulo cuanta como el grupo se despide de la Porciúncula para predicar su obra por el mundo, y cuando los hermanos preguntan a Francesco sobre el trayecto a seguir, éste en respuesta les sugiere que den vueltas sobre sí y que tomen el camino en la dirección en que indique su caída… Años después será Pasolini el que llevará el «método» a dos de sus filmes con más profundo contenido religioso, “El Evangelio según Mateo”, y en “Pajarillos y pajarracos” (Uccellacci e uccellini, Italia, 1965), otro título ciertamente «franciscano» clave en su filmografía. La historia de dos caminantes que discuten con un dicharachero cuervo de izquierdas al que acaban metiendo en la cazuela se mezcla con la «florecilla» en la que se cuenta la encantadora historia de dos seguidores de Francesco –maravillosos Totó y Ninetto Davoli– que tratan pacientemente de hablar con los pájaros. Después de descubrir que los gorriones –los trabajadores– hablan dando sus peculiares saltitos, fracasaran en su empresa desde el momento en que los halcones –los burgueses– se los comen porque la voracidad forma parte de su más profunda naturaleza.
También es perceptible la huella «franciscana» en la adaptación que Akira Kurosawa efectuó de “El idiota” (Hakuchi, Japón, 1951), la conocida novela de Fiodor Dostoievski, y en la que un hombre que se despoja de sus bienes y que no se rebela ni ambiciona nada es considerado un «idiota», un término que, como es sabido, está actualmente muy en uso en las plumas de los legitimadores, de la intelligentzia orgánica del capitalismo triunfante. Umn sistema cuya victoria garantizará el final de un planeta que no da para tanto expolio y explotación de los recursos.

La consecuencia más obvia es la del descrédito creciente, el mismo que ahora trata de atenuar el Papa Francisco cambiando algunas prácticas.  Una historia sobre la que el cine no ha dejado de posicionarse de una manera cada vez más virulenta. Muy lejos quedan los tiempos del “cine de estampitas” tan característico del franquismo.

 

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