Libia: entre la guerra intertribal y la restitución de la monarquía petrolera

AVN

… por una parte está el riesgo inminente de la aguzación del conflito civil interno y por otro lado, está la tentativa de retorno de las figuras que dominaron el país antes de la Revolución Verde de 1969.

Estos caminos, lejos de ser sendas paralelas y definidas, se encontraron una vez más esta semana y el martes cuando se proclamó la autonomía de Cirenaica.

Este nombre quizá sea una novedad para la prensa occidental, pero lo cierto es que Cirenaica es una de las tres federaciones que posteriormente fueron integradas en ese país que hoy día llamamos Libia.

De acuerdo al analista internacional Sergio Rodríguez Gelfenstein, esta sedición está vinculada a un problema estructural que atraviesa no sólo a Libia sino a los países africanos cuya configuración resultó de un acuerdo monárquico o una imposición de las potencias que colonizaron ese continente.

Libia es un caso más en el que los elementos que signan el llamado Estado Moderno como lo son la nación, el territorio y el gobierno no coinciden. Entonces, tenemos pueblos-naciones, como los cirenaicos que reclaman su condición de unidad tribal.

Para Rodríguez Gelfenstein la constitución tribal es el primer elemento de un análisis del conflicto libio que, por lo demás, no puede ser resuelto por organizaciones políticas o instituciones partidarias.

En este punto, Libia y Yemén tienen un aspecto en común: la promesa electoral para los magrebíes no garantiza una salida viable al enfrentamiento: «la salida de Gaddafi no solucionó el problema; quedó latente. Las contradicciones tribales permanecen», afirmó el analista durante una entrevista ofrecida a la Agencia Venezolana de Noticias (AVN).

La probabilidad de que el país se desangre en una guerra tribal es una inminencia; sin embargo los intereses de que se imponga una monarquía también están en escena.

De hecho, el miércoles Mustafa Abdul-Jalil, cabecilla del Consejo Nacional de Transición (CNT), acusó a «algunas naciones hermanas árabes» de promover «el comienzo de una conspiración contra el país».

Jalil no dio nombres, pero para Rodríguez Gelfenstein, los grandes interesados en la región son los países miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, «esas monarquías retrógradas que hoy parecieran tener su centro en Catar» y que intentan consolidar una alianza petrolera que les permita ser los interlocutores válidos de las potencias coloniales.

Las variables son complejas; «hay factores que no necesariamente son controlables como lo quisieran las potencias coloniales», advierte Rodríguez Gelfenstein, sin embargo, todos se agrupan bajo «el viejo principio colonial de divide y vencerás».

Recordó que las fuerzas que se oponían a Muammar Al Gaddafi no eran necesariamente un bloque con los mismos objetivos; algunos abogaban por la restauración de la monarquía y otros «simplemente se sentían excluidos de un comando central que se ejercía desde Trípoli».

El jeque Ahmed Zubair Al-Senoussi, designado desde el martes como el representante de Cirenaica y, por ende, el nuevo administrador del 66% del petróleo que hay en la región no es, en realidad, la «nueva» figura política, tampoco se trata de un remanente de los leales a Gaffadi: Ahmed Zubair Al-Senoussi es nada más y nada menos que el primo de Idriss I, rey de Libia entre 1951 y 1969, derrocado por la Revolución Verde.

Después de todo (un país destruido por las bombas de la Otan; 50.000 víctimas y un magnicidio), la «Nueva Libia», forjada por la Unión Europea y Estados Unidos, está más próxima a la restitución de una clase monárquica y al resquebrajamiento de una guerra tribal que a un incierto destino en las urnas electorales.

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