#LibertadParaMilagroSalaYa

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Ya deberíamos haber comprendido, después de tantos años de prédica insistente, que no es natural que exista un milagro morocho y mucho menos indígena y – aún peor – mujer.
El milagro es macho, es rubio y siempre viene de lo alto, del norte del mundo, del cielo de los hombres; no proviene de la tierra ni tiene su color en la piel y la mirada.
Es rubio y muy blanco el Cristo del pesebre y con dorados rulitos como para que nadie suponga que puede nacer un milagro negro.
¿A quién se le ocurre que una india de Jujuy puede ser algo más grande que un error, un desecho, una sombra destinada al olvido y el silencio?
Ningún monstruo tiene los ojos celestes, ni el pelo prolijo y la ropa elegante, las aberraciones son pobres, siempre, tienen los ojos color noche y las intenciones tan oscuras como los trapos que las cubren.
Por eso su destino es el encierro, para que nadie se confunda, para que no haya distraídos que piensen que puede haber una negra buena, para que nadie la extrañe, para que el pueblo no crea en alguien como ella.
Y sin embargo, a contramano de los bancos, de los mercaderes del espanto, de los más sucios mandatos, las jaulas no resisten frente a los verdaderos milagros, no hay caja que los encierre ni condena que dure tanto como para poder apagarlos.
En este tiempo de salvajes gigantescos y de delincuentes carceleros, esta mujer pequeña es el único Milagro.
…alejandro ippolito…
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