Libertad de ollas, libertad de golf

Publicidad

Me entero de la cosa por Twitter, como casi siempre últimamente: que hay gente que ha salido a manifestarse en el barrio de Salamanca. Como lo oyes. Han salido a la calle, en pleno estado pandémico de alarma, a decir que están hartos y que quieren “libertad”. Las redes arden, claro. Leo: “Manifestantes con gomina y puerta de servicio”. Puerta de servicio. Hay palabras que golpean. Pienso en algunas amigas, mis compañeras de activismo feminista que son trabajadoras domésticas.

Le escribo a Solsiré. Me cuenta que sí, que cuando salía de la casa en la que trabaja cuidando a una persona enferma de Alzhéimer oyó las cacerolas y los gritos. La primera expresión que usa para lo que sintió es “vergüenza ajena”.

En este tiempo raro, las trabajadoras del hogar y de cuidados han estado bastante jodidas. Mientras no parábamos de hablar de esenciales, ellas les estaban poniendo cuerpo; haciendo, en muchos hogares, las tareas que sostienen la vida. Pero nadie las ha llamado heroínas. No se les ha aplaudido a las ocho de la tarde.

Es justo en esos aplausos en los que, estos días, Solsiré se dio cuenta de que estaba pasando algo raro. “Este sonido ya se ha hecho parte de la cotidianeidad de la ciudad, ya no me llamaba la atención. Pero durante esta semana me di cuenta de que, a las nueve de la noche, cuando yo salía de trabajar, estaban saliendo a las ventanas a golpear cacerolas y a gritar consignas”. También veía, al atravesar el barrio de camino al metro para volver a su casa en otro muy distinto, que algunos habían salido a la calle “con actitud rara”.

“Lo que más me chocó es ver a gente que salía con la bandera de España puesta como capa”, me cuenta. Como no acababa de entender lo que estaba pasando, llamó a una compañera que trabaja interna en una casa por allí cerca, a ver si se lo podía explicar. “Me dijo que es porque están rechazando las medidas del Gobierno, que no están de acuerdo en nada. Que ellos quieren ya salir, que quieren la libertad de salir a la calle”.

Hablando de consignas: en Territorio Doméstico, uno de los colectivos en los que Solsiré y otras trabajadoras del hogar se organizan para reivindicar sus derechos, han encontrado algunas muy buenas. Hay una que repiten mucho: “Vamos a politizar las ollas, las calles y los delantales”. Por puro campo semántico, la cacerolada es su hábitat. Y es que se trata de eso, de darle la vuelta a las herramientas de la casa del amo (nunca mejor dicho) y convertir en símbolo la propia forma específica en la que cada cual vive la opresión.

En ese sentido, una de las imágenes que se hicieron de virales de la manifestación del barrio de Salamanca, la de un pijazo que como arma de protesta golpeaba una señal con un palo de golf, era perfecta. En una jugada terrible de este tiempo de fake news, resultó que no era verdad: al final, se trataba de una escoba. Es una lástima, una oportunidad perdida. Porque lo raro es lo otro: que usen una cacerola. Eso es apropiación, eso es usurpar nuestro lenguaje. Lo del palo habría sido muy coherente: al fin y al cabo, ellos están peleando por eso, por poder jugar al golf si les da la gana. Como explica Antonio Maestre, “la clase ociosa exige poder volver a usar con libertad sus coches de 100.000 euros y viajar a sus residencias a pie de playa”. Solsiré dice lo mismo: “Lo que piden es hacer lo que han hecho siempre: lo que quieran”.

La disputa por el sentido de la palabra “libertad” es histórica. Hay un modo de entenderla (y es ahí dondecomparte la raíz con “liberalismo”) que pasa por gritar “libertad” como quien grita “ley de la selva”. Esta gente que se salta la cuarentena como niños enrabietados está diciendo con mucha claridad que, en sus bocas, la palabra “libertad” significa la libertad de llevarse por delante otras vidas para poder cumplir sus deseos egoístas e inmediatos. Es una libertad a la que no es que no le importe la libertad ajena: es que, por naturaleza, necesita arrasarla.

Y a lo mejor no tenemos claro hasta qué punto. “Lo que más me sorprendió”, me cuenta Solsiré, “es que algunas de esas personas han obligado a sus cuidadoras, a sus asistentas, a salir con ellas, para que parezca que hay más gente. Vi a una mujer que incitaba, que prácticamente quería obligar a la chica que iba con ella a golpear la cacerola”. Ya venía pasando en los días de atrás: “Vi a compañeras en los balcones golpeando las cacerolas porque les han obligado que hagan. Y me pareció indigno, me dio vergüenza”. El audio de WhatsApp se queda en silencio unos segundos, a Solsiré se le quiebra la voz. “Piensan que nosotras somos de su propiedad. Yo creo que piensan que somos esclavas y que tenemos que pensar lo que ellos dicen y lo que ellos quieran”.

Frente a esa concepción perversa de libertad (libertad de explotar, libertad de someter, libertad de apropiarse de otras vidas), en la disputa hay otra. Esa que han ido mostrando movimientos como el feminista o los de lucha por derechos civiles o sociales, que entiende que la libertad o es colectiva, o no es. Que la libertad no es ejercer la propia voluntad, sino poner en la balanza el equilibrio de esa voluntad con el bien común. Que lleva aparejada necesariamente otra palabra: “responsabilidad”.

“La libertad que está pidiendo esta gente es una libertad que no se entiende. Es la libertad de los ricos, que solo piensan en ellos. Entienden la libertad desde su corta percepción, no ven a nadie. Ellos no saben lo que es estar encerrados, ellos no saben lo que es no tener, ellos no saben lo que es tener miedo de abrir la boca. Ellos no saben lo que es la libertad. No saben lo que significa. Cogen las palabras y las ensucian. Nosotras sí que la utilizamos con conciencia”.

Utilizarla con conciencia es saber, también, que decir “libertad” significa hablar de sus condiciones materiales. “La no libertad es no saber qué les voy a dar a mis hijos para comer mañana, con qué voy a pagar el alquiler”. Lo que pasa, claro, es que la precariedad de unas es la que sostiene el privilegio de los otros. Y si decimos que es una batalla es porque a los manifestantes del barrio de Salamanca esto no se les escapa. Como escribe Roy Galán, estas personas que se manifiestan “reclamando libertad y proclamando que tenemos un presidente dictador por no permitirles salir son las mismas personas que llevan dos meses llamándole sepulturero por no haberles encerrado antes”. De lo que se trata es de blindar el sistema que garantice sus privilegios. Su libertad de saquear.

Solsiré trabajó como interna durante nueve años: “Para nosotras el confinamiento no es nada que nos sorprenda. La gente que ahora no puede salir… eso es lo que nosotras sentimos cuando estamos internas. Que es una especie de esclavitud. Y ahora ha sido más fuerte y más dura, porque si antes salías el sábado por la tarde y regresabas el domingo por la noche, por la pandemia se nos ha puesto entre la espada y la pared, y si quieres salir te vas del trabajo porque nos puedes contagiar”.

Ahora su situación es diferente, vive en su propia casa, aunque llegue muy tarde cada día. Pero sigue sin poder sentir esa seguridad que es condición fundamental para ser libre. Su trabajo es temporal: “Apenas a la señora la vuelvan a recibir en la residencia donde estaba, se acabará este empleo. Y como no estamos integradas en el régimen general de trabajo y la seguridad social, no tenemos paro, no tenemos nada”. Así que no hay más remedio que aguantar con lo que toque. Lo que toca ahora, por ejemplo, es que su salud no importe: “Lo que tengo son las mascarillas que yo misma me compro y las que me he fabricado yo misma. Y con eso, con alcohol y con gel es con lo que me protejo”. Rafaela Pimentel contaba en una entrevista de qué manera, en un momento como este, los derechos no se aplican igual para estas trabajadoras.

La libertad de palos de golf del barrio de Salamanca es bastante incompatible con la libertad de ollas de nuestras compañeras. A nivel de barrio, y a nivel de mundo: es un mapa descompensado de las ciudades y del planeta lo que sostiene las cadenas de cuidados en las que hay quien tiene que dejar a sus hijas e hijos para ir a ocuparse de otras familias. Pero, como dice otra célebre consigna de Territorio Doméstico, “querían brazos y vinieron personas”.

Personas cuyas vidas y subjetividades tienen muchos planos. Nadie somos solo nuestro trabajo, aunque nuestro trabajo marque quienes somos. Es por eso por lo que, en las asambleas feministas (esos espacios que llevan por bandera, sí, la diversidad y su defensa), las reivindicaciones de las trabajadoras del hogar conviven, por ejemplo, con las del bloque bollero. Es por eso por lo que colectivos de demandas tan dispares son capaces de compartir lucha. Porque la libertad que enarbolan los manifestantes del barrio de Salamanca es también la libertad del pin parental. Es también la libertad del “aborto no, salvo que puedas pagárselo a tu hija en Londres”. La libertad de que el deseo de paternidad te legitime par aalquilar el vientre de una mujer en otro país. Esa libertad: la del free market, la de un albedrío que nunca se hace cargo de las consecuencias.

Este debate, el de la libertad, está en el corazón de lo que nos está pasando ahora mismo. Pero nos cuesta abordarlo. Parece que creemos, a menudo, que hablar de derechos fundamentales está reñido con hablar de condiciones materiales. Pero son dos dimensiones entrelazadas, imposibles de separar. Y cuando el tema lo sacan ellos, ya sabemos lo que significa “libertad”. No es una batalla a la que podamos renunciar, porque la palabra sigue en disputa.

“Cuando hablamos de libertad, nosotras (las mujeres, las migrantes, las trabajadoras de hogar, la mayoría de la gente del pueblo) creemos que la libertad está en el poder decidir. Yo entiendo la libertad como la posibilidad de elegir qué es lo que quiero hacer, en qué quiero trabajar. La libertad de saber que tengo servicios básicos, que puedo asistir a un hospital si me pongo enferma, la libertad de saber que puedo llevar a mis hijos a un colegio y que no les van a discriminar de ninguna manera, la libertad de saber que con el salario que tengo a fin de mes puedo pagar la luz y el agua, la libertad de poder decidir, plantear y decir cuál es mi afinidad sexual. Esa es la libertad” –dice Solsiré–.

Fuente

 

 

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More