Publicado en: 1 febrero, 2018

Colombia. Ley naranja: de Cristóbal Colón a Mickey Mouse

Por Álvaro Marín

El concepto y la denominación han mutado desde entonces, hasta llegar a hablarse de economía creativa para denominar todo ejercicio de creación a partir de la generación de ideas, ya sean estas artísticas o tengan que ver con los servicios y los bienes culturales.

Los tiempos cambian y los nombres también, lo que antes se llamaba evangelización ahora se llama industria creativa, y lo que llamábamos Conquista ahora se llama cooperación. Y si los tiempos cambian, ¿por qué seguimos como hace cinco siglos dando ofrendas a los conquistadores? El caso es que el señor Mickey Mouse arribó hace algunos meses al Caribe, y esta vez el conquistador no descendió en las arenas de Guanahaní, la historieta ocurrió en playas del Caribe colombiano, y ya no en tres lánguidas carabelas sino en el descomunal barco Disney Wonder. El barco es parte de la flota de la monarquía Disney y cuenta como el resto de las embarcaciones con cerca de novecientos camarotes y una isla en Bahamas como coto de caza, además de las once mil hectáreas que posee el ratón en Orlando-Florida: es un diseño bélico cultural con escenografía mundial para una guerra cómic. No se sabe si el roedor yankee vino a defender el copyright de la piratería que hay en el mar de la cultura, o si llegó a apoyar la ley encargada a los encomenderos del congreso de la “República de Colonia” por el Banco Interamericano de Desarrollo –BID– y que aprobaron aquí recientemente como Ley naranja.

No se sabe tampoco por qué el alcalde de Cartagena no detuvo a este señor ratón; seguramente le mostró su credencial de coto de caza, de zona franca, es decir, los billetes del juego del monopolio. Aunque con estos movimientos y desplazamientos del reino disneylándico ya se puede deducir lo que viene: dancing mouse o grandes movimientos pélvicos de Minnie Mouse –lo que en Colonia se llama “evento cultural de gran formato”–, y que nos llevará a todos a una ratonización estética y mental. Esto que parece un juego humorístico no lo es, es un proceso real con leyes reales, territorios reales, y actos públicos de soberanía.

Hasta hace poco tiempo se hablaba de industria cultural para referirse a la producción de objetos, servicios y bienes culturales, y el cine, la radio y la prensa eran considerados un sistema en sí mismo. Es un hecho el acoplamiento y concentración de estos junto a la arquitectura del poder y su orden monolítico y monumental; se consideraba la industria cultural un componente ideológico y un medio de posicionar la cultura del fetiche que empezaba a configurar el mundo mercantil, y se hacía más referencia a su carácter simbólico y representativo que a su dinámica en la economía.

El centro de gravitación que es la cultura se ha ido amplificando y ha desplegado un espacio de influencia mayor en la economía con las últimas transformaciones de las que a finales de siglo se hace referencia, y en plural, como industrias culturales. El concepto y la denominación han mutado desde entonces, hasta llegar a hablarse de economía creativa para denominar todo ejercicio de creación a partir de la generación de ideas, ya sean estas artísticas o tengan que ver con los servicios y los bienes culturales.

Por la configuración propia del proceso interno y la influencia en la economía que han venido tomando los procesos creativos, la cultura se ha convertido, tal como está en la estrategia política de la Unesco, en un “activo fijo”. El puente económico y político entre la Organización Mundial del Comercio y la Unesco es cada vez más claro. Europa y Norteamérica crean la misma dinámica desde políticas culturales que buscan defender los intereses de cada una de sus regiones, dos fuerzas transnacionales en la cultura que difieren en sus posiciones políticas pero confluyen en la forma rentista y en llevar la movilidad cultural a los ciclos comerciales y financieros.

A una política cultural de Europa, centrada en la “excepción cultural”, Norteamérica ha respondido desde el Banco Interamericano de Desarrollo, y desde allí viene impulsando el libre comercio para la cultura, o la Economía naranja. Desde hace más de veinte años empezamos a tratar la cultura como un asunto financiero, tanto desde la política de defensa de la Diversidad cultural, como propone la Unesco y que es una extensión de la política proteccionista francesa, o de excepción en la cultura, o desde la política cultural de la Economía naranja del BID. Y aunque la Unesco, y específicamente Francia, propone la excepción que busca la exclusión de los bienes culturales de los acuerdos internacionales –mientras Norteamérica reclama la liberalización y libre tránsito sin restricciones de productos culturales–, el contenido de sus programas, tanto el de iniciativa francesa como el enfoque norteamericano, considera la cultura como uno de los activos de la economía.

Hay que tener en cuenta que a la estrategia francesa se unieron al principio Canadá y otros países de Europa para defender sus intereses frente a la fuerza económica y logística de la economía norteamericana. Canadá se apoyó en sus propios procesos, y en un sector de la intelectualidad latinoamericana desde donde desplegó las “coaliciones culturales por la defensa de la diversidad cultural”. El fin de estas “coaliciones” fue buscar la excepción cultural para proteger su industria audiovisual. Francia y Canadá trabajaban por los mismos objetivos en lo que realmente representa un conflicto de intereses entre París y Hollywood por el mercado audiovisual.

Las coaliciones por la diversidad fueron en ese momento la defensa del mercado del audiovisual francés y canadiense, a través de “la excepción” en los tratados de libre comercio. Estos movimientos de la política cultural francesa y norteamericana se presentaron en la ausencia de una política cultural latinoamericana. En este juego Francia y Norteamérica cuentan con sus alfiles en los ministerios de cultura y demás instituciones latinoamericanas desde donde se agitan algunas veces las banderas de la “diversidad”, y ahora las políticas de la bandera “naranja”. Aunque en algunos momentos, cuando llega la hora del discurso, se amalgaman, lo que da un tono en grisalla, de niebla que levita en medio de la ausencia de auténticas y autónomas políticas culturales de los países de Latinoamérica.

La economía naranja, como la denomina el BID, está centrada en la industria y la producción y generación de riqueza. Según las estadísticas del BID, el 6% de la economía mundial deriva de la creación intelectual. La inteligencia y el patrimonio cultural de la humanidad están en el inventario de una política enfocada hacia los más de cien millones de jóvenes de Latinoamérica y el Caribe que estarán conectados en su totalidad en poco tiempo, una política de norte para el sur y soportada en la revolución digital y en la propiedad intelectual.

Las políticas culturales lo mismo que las económicas resultan de la correlación de fuerzas en el orden mundial, más que de la voluntad de algunos gobiernos. En Latinoamérica la propiedad intelectual no tendrá soporte ni posibilidad de hacerse efectiva sin que existan en sus países unas fuertes y consolidadas políticas de cultura y con peso suficiente en la OMC para defender un proyecto propio. Mercosur nace en el mismo periodo del nacimiento de la OMC, y su política cultural, que sería la de un tercer eje, apenas empieza a abrirse camino en los difíciles procesos de integración regional.

El papel del BID

Históricamente el Banco Interamericano de Desarrollo ha sido el impulsor financiero de las políticas de Estados Unidos en Latinoamérica, y aunque lo integran los países del Caribe y Latinoamérica, la mayor capacidad decisoria es de Estados Unidos, quien es el socio mayoritario. Sus políticas fueron enfocadas inicialmente en las reformas del siglo XX ante la influencia que empezó a tener el proceso político cubano. Conocemos los efectos de su intervención como Alianza para el Progreso (1961-1970) entre los agricultores, especialmente entre los productores de cereal que vieron disminuir la demanda y fueron llevados hasta la quiebra ante la distribución gratuita de cereales provenientes de los excedentes de producción de Norteamérica. Después de los años reformistas vinieron varios decenios de “cooperación militar”, y recientemente, ante las transformaciones tecnológicas, el Banco se ha ido desplazando hacia las industrias culturales, hasta conformar un complejo modelo de intervención bancaria. Esta política incursiona ahora en los Congresos de los países dependientes con el nombre de Economía creativa o Economía naranja.

En Colombia se ha presentado recientemente la Ley naranja por parte de los asesores del BID en el Ministerio de Cultura; pero más que reaccionar de manera instintiva ante la Ley naranja –porque se sabe que quienes la proponen son los sectores más lejanos del medio de la cultura–, es necesario tener una mirada abierta. La Ley naranja nos da un primer elemento para intuir los propósitos, y más que intuir, detenernos en la lectura de esta ley y su propuesta de política cultural.

Un paneo por lo que se dice en los espacios de opinión contrastado con lo que dice la propuesta nos lleva a observar la actitud común cuando se trata de presentar una propuesta política. Lo primero que se argumenta a favor son los beneficios, y así es, pues nunca se presenta una ley que no comporte intereses previos, o de grupos sociales o económicos. Es apenas elemental asumir que hay beneficios, el asunto importante es saber entrever, en las líneas de la propuesta, para quienes serán tales beneficios. De entrada se observa el avance corporativo del gremio financiero sobre las instituciones culturales a través de políticas presentadas como políticas de grupos locales o nacionales, pero sus exponentes son realmente alfiles en el ajedrez de la economía transnacional.

Este corporativismo busca la cooptación de liderazgos locales, tanto en los procesos político administrativos, como en los procesos de gestión, de creación y de financiamiento. La innovación tecnológica se mueve de manera simultánea con la innovación financiera; en medio de las formas de financiamiento tradicional, aparecen los crowdfunding y fintech en la misma estrategia de movilización financiera de las Pymes y los emprendimientos, pero la estrategia del crowdfunding es mover capitales a través de medios digitales. Es lo que algunos llaman financiarización, es decir, convertir en capitales bienes que tradicionalmente no lo han sido, tal como ha venido ocurriendo con las tierras de las comunidades, y con la naturaleza de las selvas, pero ahora la banca no satisfecha va por el mundo simbólico.

Ley naranja

De acuerdo con el texto aprobado, la Ley naranja busca “desarrollar, fomentar, incentivar y proteger las industrias creativas, entendidas como aquellas que generan valor en razón de sus bienes y servicios, los cuales se fundamentan en la propiedad intelectual”. Con este enunciado se entiende que lo que busca esta ley es comprometer instituciones en el mercado de la propiedad intelectual, y es aquí donde se configura como una ley corporativa que fundamenta una de sus principales estrategias en la alianza del sector privado con el sector público, tal como se han venido configurando las estrategias políticas en el libre comercio, con la diferencia de que aquí las redes juegan de cadenas productivas. Solo como ejemplo, se sabe que buena parte de las entradas a Broadway son virtuales, y la boletería infinita se puede comprar por internet, es decir, la red se convierte en una plataforma más del mercado, con los peligros sociales que comporta al inducir desde el mercado lo que se conoce como fractura digital, que no es más que la estratificación de la red por la capacidad de consumo. Es lo mismo que ocurre con los eventos de gran formato, los cada vez más elevados costos de la boletería excluyen a parte del público.

Colombia se pliega de esta manera a la política cultural norteamericana y afronta de manera desventajosa su débil tejido de economía creativa frente al poderoso despliegue de las industrias culturales de Estados Unidos. La Economía naranja posiciona en el mercado latinoamericano las industrias creativas del cine, la música, la arquitectura, el diseño, y busca fuentes financieras para fortalecer las expresiones culturales tradicionales, es decir, los festivales y los carnavales. Estas expresiones y estas industrias hacen parte de un modelo con cuatro componentes: el patrimonio, el audiovisual, los medios, y la arquitectura.

La ley está centrada en la movilidad de recursos financieros hacia la economía creativa con innovaciones crediticias y acuerdos entre Estados e instituciones financieras. En últimas, la Economía creativa es evidentemente una movida financiera, una nueva Alianza para el Progreso, pero ya no en los campos de la agricultura y de la guerra, o entre las tensiones del siglo XX, esta vez la economía se desplaza entre los empobrecidos campos de paz y los caminos desminados de la cultura.

 Los territorios

Las industrias culturales a finales del siglo XX crearon sus propias políticas y plataformas de distribución en la misma perspectiva de los grandes centros comerciales, a través de grandes escenarios, y no solo a través de los medios como la televisión, las salas de cine, la radio, la prensa y la industria editorial, sino a través de redes de bibliotecas y salas de conciertos. Durante este tiempo la tendencia mundial fue la concentración de editoriales, prensa, cine, entretenimiento y deporte en propietarios individuales que se convirtieron en figuras de poder. La tendencia local no es diferente; en Colombia, las salas de cine, la prensa, la televisión y los espectáculos de gran formato son empresa privada y tienen la tendencia a construir la misma estructura monopólica que en las otras regiones del mundo.

En términos territoriales el plano de la política cultural está en la parte alta, desde la banca multilateral que se extiende hacia las ciudades intermedias y los territorios. La Ley naranja tiene como uno de sus propósitos la “construcción de infraestructura cultural y creativa para que los departamentos y municipios tengan la posibilidad de contar con espacios que tengan esta finalidad.” Del mismo lado que llegan los espectáculos de gran formato, proceden los movimientos financieros, la ley cuenta previamente con todos los dispositivos institucionales.

La Financiera del desarrollo Territorial –Findeter– es una de las instituciones creadas para la financiación del ordenamiento territorial, y por su carácter mixto depende tanto del Ministerio de Hacienda como de la banca multilateral. En el Consejo Nacional de la Economía Naranja están siete ministerios y Findeter que trabaja como operador de crédito internacional y tiene con el BID la plataforma de Ciudades Sostenibles y Competitivas, “para promover proyectos estratégicos, orientados a transformar las ciudades intermedias a través de la planeación ordenada, mejorando la calidad de vida de sus habitantes.”

Observando los enunciados de la ley y su estructura, es evidente el sentido no solamente extractivo y a la vez importador de la Ley naranja que consiste en crear una plataforma política, física y territorial para el espectáculo de gran formato al que ya se ha ido acostumbrando a las grandes ciudades y busca extenderse a ciudades intermedias.

Lo que se ve venir es la disneylización de la cultura que es lo mismo que la pérdida del alma en medio de los desechos encapsulados de la banalización americana, como ocurrió con el trigo en la Alianza para el Progreso.

Estratificación del arte y la cultura

El modelo de cultura aprobado está soportado en la movilización de recursos financieros y esto conlleva varios riesgos, y uno de los más evidentes, además de la fractura digital, es la ampliación de las fisuras culturales entre los procesos populares de creación y los procesos industriales apalancados por las instituciones culturales y financieras. La relación es la misma que existe entre la tienda tradicional y las grandes plataformas del comercio mundial. El abismo es evidente, y es ante esta fisura que la Ley naranja no tiene ninguna propuesta, ni traza una perspectiva de apoyo a los procesos locales; su política es comercial e importadora, lo que va en contravía de los procesos culturales endógenos, o de las pequeñas compañías locales que se mueven de manera itinerante por los espacios y recorridos de la movida nacional, y en pocos casos del programa continental y mundial.

En el caso de existir una política de protección de los procesos culturales endógenos, esta protección tampoco iría más allá de aplicar compresas ante las afectaciones de los procesos locales, de la misma manera hace doscientos años los rezos piadosos pretendían curar las heridas de los esclavos. Más que curar las heridas, primero hay que evitarlas, pero si vienen de nada servirá la sutura financiera ante las encrespadas dinámicas, la fuerza y la logística de la industria del entretenimiento norteamericana.

Economía naranja

Las industrias culturales, con la subjetividad y la intangibilidad que comportan, son paradójicamente más estables en la economía que la dependiente producción primaria. Los servicios creativos crecen de manera simultánea al ritmo de crecimiento de los bienes creativos, y la demanda de películas, videojuegos, las descargas de música, las aplicaciones, crecen de continuo con dos componentes que hacen crecer la economía

de la avanzada industrial movida por las tecnologías de la comunicación y de la información: los derechos de autor y la digitalización. El texto de la Ley naranja afirma: “las exportaciones de bienes y servicios creativos en 2011 alcanzaron los $646 mil millones de dólares. Si las mismas se insertaran en la clasificación que hace el Centro Internacional de Comercio (ITC por sus siglas en inglés), serían la quinta mercancía más transada del planeta, al tiempo que el valor de las transferencias militares no se ubicaría entre las diez primeras.” Los exponentes de esta Ley piensan como el BID, que los países de Latinoamérica y el Caribe no deben dedicarse a la industria en donde no tienen competitividad sino a las industrias culturales, y lo afirman sin ignorar que el actual crecimiento de las industrias culturales se le debe a los procesos de transformación industrial y a la aplicación de la industria a la esfera digital. Es impensable un país estable en términos sociales sin que exista el equilibrio necesario entre la producción, la industria y la cultura. Pensar como el BID y sus asesores es pretender condenar eternamente a la dependencia en ciencia y tecnología, y a la tutela norteamericana, al resto de América.

El aporte de la Economía naranja a la economía general en los países de Latinoamérica es –a excepción de Brasil– cinco veces inferior en términos absolutos a la norteamericana, y en términos monetarios, entre todos los países del Caribe y Latinoamérica no suman los aportes en dólares que aporta en exportaciones la Economía naranja al capital de Estados Unidos.

(Tabla # 4: Participación % de las I. creativas en el PIB y el empleo en países de A. latina y el Caribe. Fuente: SELA)

La desventaja es evidente y la inequidad más notoria aún. Las asimetrías por las que ha intervenido Europa en los debates y las negociaciones multilaterales a través de la política de excepción culturalDiversidad Cultural, son en términos económicos desmesuradas. Y Latinoamérica parece no tener todavía una estrategia cultural que constituya una política capaz de enfrentarse al modelo del BID.

Según el documento del BID el color naranja fue escogido en relación al color de sulfuro de arsénico, un colorante tóxico con el que los artistas egipcios adornaban los jeroglíficos de las tumbas de los faraones y también, argumentan, por el color del Halloween. No se sabe si es una referencia irónica o es cínica en su vampirismo. No es creíble que sea ingenuidad de estos “colombianos” del “Centro Democrático”, quienes fueron los proponentes de la ley. Y para tener el registro completo hay que anotar que son representantes del partido político más enemistado con el medio cultural del país.

 Revolución digital

La Ley naranja como toda ley que pasa por un Congreso se convierte en un plan a largo plazo, para los años veinte del presente siglo tendremos el posicionamiento y profundización de la robótica y la automatización de todos los procesos y prácticas culturales, del trabajo y demás prácticas cotidianas, incluidos los sistemas y medios de transporte. La tecnología ha alcanzado un nivel no previsto y será el soporte de las mayores transformaciones de la vida y la cultura, y es necesario tener en cuenta estas realidades como parte del contexto futuro de la economía naranja. No se puede creer que la profundización de la revolución digital no transforme de manera radical a la cultura y la civilización misma.

Las tecnologías “disruptivas” que señala el Mckinsey Global Institute y que va desde el internet de las personas al internet de las cosas y la revolución genómica de influencia crucial en la vida misma y toda la naturaleza son partes componentes de la transformación de la vida. Si antes se podía intervenir la secuencia del ADN de manera parcial, ahora es posible secuenciar el genoma completo de las especies. Es posible que por este camino nos volvamos a encontrar con el hombre de Neanderthal y esta vez podamos darle la mano en vez del garrote. Las nuevas tecnologías no son solo para la comunicación, la bioinformática también ayuda a la secuenciación del ADN. En los catálogos completos de genomas no será raro acercarnos de nuevo a los faraones ni a los primeros saurios. Después de la secuenciación viene necesariamente el ensamblaje de antiguos y nuevos genomas y con ello una radical transformación, no solo de la cultura y la civilización, también y de manera impactante en todas las formas y expresiones de la vida.

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