Leonardo Padura y su constante sobre Cuba

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Quizás poco después de analizar la entrevista a Leonardo Padura a cargo de La Joven Cuba, publicada en cuatro partes en Marzo de 2012 (Sin máscaras y al desnudo, Revolucionar la Revolución, Tras la huella del estalinismo en Cuba y El hombre que amaba a su país), debí escribir estas líneas. Pero me dejé llevar por la premura de abordar otros temas, al margen de que sí aproveché una oportunidad para encomiar a esa Joven.

Al año siguiente, la tentación a referirme a este laureado escritor —muy conocido en el patio y allende el Mar—, me volvió al terminar la lectura de la conversación que él sostuvo con La Nación de Argentina. No obstante, tras conocer a través de Atilio Boron en su Padura en Buenos Aires la entrevista que este literato de la Mayor de las Antillas le volviera a conceder al mismo medio argentino y repasarla con detenimiento, fue que pensé que ya era inaplazable compartir con mis lectores/as estos párrafos.

Para avanzar una idea acerca de mi percepción central sobre el Padura en situación de ¿analista político?, manifiesto que encuentro lastimoso que una persona con su cultural no sienta que la Revolución Cubana le ha favorecido, mucho más que afectado; que en su balance del resultado de nuestro Socialismo, halle más sombras que luces; y que, a la vez, deje de reconocer el daño inmenso que ha provocado la Guerra multilateral conducida por el Gobierno y Parlamento del Norte de la Florida contra cubanas y cubanos.

Con esta base, imagino que mi lector/a comprenda el porqué coincido con la médula de los trabajos publicados a propósito de la última entrevista mencionada: me refiero al citado de Atilio Boron, más a Padura: Ser o no ser, esa es la cuestión, signado por Orestes H., y Padura, la literatura, el compromiso, firmado por Guillermo Rodríguez Rivera. A pesar de ello, esbozaré estas líneas a partir de un muy rápido caminar por sus huellas en La Joven Cuba y La Nación.

Para el caso del Blog cubano, en el encuentro con este reconocido escritor que se divulgó en unas 22 páginas con letra Verdana 12, él dibuja sus orígenes en un hogar de una barriada habanera que tras nacer en 1955 le dio felicidad de corta duración: “Cuando yo tengo cuatro años triunfa la Revolución [nos cuenta], en el 62-63 comienzan ya las escaseces y los problemas, y ya era difícil en aquella época comprar un guante en una tienda”. Tal es una especie de preludio que Padura hace para dejar sentado que está ajeno, en lo fundamental, a percibir las tantas bondades que le trajo al pueblo cubano el año 1959.

(Es verdad que adentrada la primera parte de la entrevista, él manifiesta: “Somos la gente que llega de niños o adolescentes a los inicios de la Revolución, vivimos el proceso de homogenización de la sociedad que para nosotros tuvo algunas ventajas […]”, pero inmediatamente matiza con reproche al sostener: “Desde mi nostalgia esa homogenización  se ve positiva, pero tuvo el lado negativo del enmascaramiento porque no podías ser diferente. También resultó negativo el que te exigiera la unanimidad […]” —las negritas son mías, para significar lo absoluto de la expresión. Quiero que usted sepa que me encuentro entre quienes no temimos “ser diferentes” ni aceptar que alguien nos “exigiera la unanimidad”, desde posiciones de principios revolucionarios).

En adelante, prácticamente deja de asomar un momento que evidencie que sabe/acepta cómo la Revolución repercutió también en su propia casa, en su formación hasta llegar a ser un graduado universitario… Resalto esta idea con conocimiento de causa, porque sé muy bien de la impronta de la clarinada del Gran Enero toda vez que llegué al mundo en el mismo período que Padura.

Entretanto, sin necesidad de ser buen observador, usted puede notar cómo reitera, sí, el lunar, el otro lunar y cualquier mancha en la imperfecta obra que hemos construido. Así, revela la frustración que nos sorprendió con el advenimiento de los noventas del siglo XX, pero ni una palabra de la apuesta de los enemigos liderados por Estados Unidos de América a la intensificación de las agresiones contra Cuba, incluyendo esa suerte de mandato de “tres días para matar” en el ambiente en el que consideraban “inevitable” la deseada caída del “régimen de Castro”; al tiempo que pasa por alto al Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas que vivimos en la segunda mitad de la década del ochenta, justo para reprender en aquella altura lo que era resultado de problemas subjetivos. En este contexto, me pareció mucho pedirle que al menos mencionara la voluntad política de “cambiar todo lo que debe ser cambiado” expresada por el compañero Fidel el 1ro. de Mayo de 2000 acerca de qué es Revolución.

No es que piense estar ante un autor que nos mienta. Es que al decir Padura apenas una parte de la verdad, por omisión le hace un gran favor a los actores que desde dentro y fuera de Cuba pujan por el desmontaje del proceso revolucionario cubano. Un ejemplo, dice: “Mi generación fue traumatizada con el tema de la emigración”. “La mía es la generación que va a Angola (yo fui, por suerte como colaborador civil y no militar) y todas esas cosas nos fueron cayendo, nos fueron mandando sin preguntarnos nunca si queríamos ir, era un deber” —las negritas son mías.

Descalifico esas palabras, en mi condición de integrante de la misma generación: si bien un determinado segmento de ella resultó afectado por el tema de la emigración —ahora no me voy a detener en explicar el porqué hubo un problema de esa naturaleza; solo aclaro que no se debe obviar la actitud de Washington en este orden—, se trata de una parte minoritaria de nuestros contemporáneos; y si bien muchos fuimos a Angola en cumplimiento del deber (yo fui como colaborador civil, a mucha honra), coloco “en tela de juicio” que la mayoría marchamos “sin preguntarnos nunca si queríamos ir” y acredito que más bien se impuso la comprensión y práctica del principio de nuestro Internacionalismo.

Poco debe extrañar que la percepción anterior Padura la retome en la primera de sus conversaciones con La Nación. Ante la pregunta “¿Hay un tiempo pasado que, siempre, fue mejor?”, responde:

“Para Conde [habla de Mario, el personaje de sus primeras novelas], para mí, para toda mi generación hubo un pasado que he llamado ‘de la credulidad feliz’, que pareció ser mejor. Fue una época en la que creíamos en algo, o creíamos creer en algo, y pensábamos que tendríamos un futuro con premios por nuestros esfuerzos. En ese pasado —que parecía más feliz, entre otras cosas porque éramos jóvenes— hicimos nuestros estudios, forjamos proyectos, pudimos gozar algunos placeres de la vida con nuestro dinero ganado como periodistas, médicos, profesores. La mística de que vendría un mundo mejor nos envolvía y nos hacía más felices. Para un tipo tan jodido como Conde —jodido por su carácter y también por su medio, por la historia— es lógico que ese pasado parezca mejor, pues en muchas formas fue mejor para él, que en ese tiempo no sufrió demasiadas —y digo demasiadasrepresiones ni mutilaciones. Pero a Conde y a toda la generación a la que pertenecemos, al entrar en la década de 1990 y lo que ha seguido después, se nos deshizo todo, incluida la credulidad, los sueños de futuro, los proyectos vitales. La nostalgia de Conde no es inocente sino causada, fruto de la inconformidad con un presente en el que tanto él como sus amigos han perdido hasta los sueños… ¿Cómo no sentir nostalgia por el pasado, aunque ese pasado no haya sido algo real sino una creación virtual, un país imposible que se deshizo como tantas otras historias, discursos, retóricas, realidades que hemos vivido y sufrido?” —las negritas son mías; ¿qué les parecen a usted?

En esa misma oportunidad, le pregunta la periodista de La Nación: “¿Hacia dónde cree que va América Latina y cuál cree que será el rol de Cuba en el futuro?”, y él responde:

“No me gusta hacer especulaciones de futuro, porque generalmente suelen errar. Y lo que me pides, además, entrañaría la condición de analista político, cuando no soy más que un escritor…” No sé hacia dónde vamos. Pero si sé que quisiera que fuéramos hacia un futuro mejor, con más igualdad, menos corrupción, menos populismo, más democracia… Y quisiera que en el futuro Cuba fuera un país normal, no un ejemplo, no un modelo, sólo un país normal, sin tanta carga histórica o política encima, un país donde la gente viviera vidas normales… y más felices” —las negritas son mías.

O sea, aunque confiesa no ser un analista político, Padura hace gala de su derecho a comentar en esa dirección: por un lado, atina al decir que quiere que “fuéramos hacia un futuro mejor, con más igualdad, menos corrupción, menos populismo, más democracia…”; sin embargo, declara, sin más elementos, que desea que en el futuro Cuba se deshaga de su “carga histórico o política”. ¡¿Será posible tanta afrenta a nuestros Héroes y Mártires?!

En lo que respecta a la segunda entrevista con La Nación, llama la curiosidad cómo la periodista cierra su preámbulo escribiendo: “[…] Padura reconoce en Conde una suerte de alter ego, atravesado por la nostalgia, el desencanto y la desilusión de esa revolución que no fue y de ese futuro prometido que no llegó como lo esperaban”. En consonancia, interroga: ¿Cuánto hay del desencanto, del escepticismo, de la desilusión de su personaje el detective Mario Conde en Leonardo Padura?

La respuesta es precisa:

“Hay mucho. Hay una relación muy estrecha entre el personaje y yo. Mario Conde en la novela es mi forma de expresar la realidad cubana. Son los ojos míos para ver la realidad. Mario Conde es un hombre típico de mi generación que arrastra la nostalgia, el desencanto, las esperanzas perdidas, las ilusiones todavía existentes de mi generación y a través de él yo he conseguido poder expresar mis propias relaciones con la realidad que se ha vivido y se vive en Cuba” —las negritas son mías; ¿usted tomo nota?

Acto seguido, se mantiene el mensaje, pues ella inquiere: “A cincuenta años de la revolución cubana, se advierte hoy esa promesa que no fue, ese anhelo trunco”, y él puntualiza: “Sí, tiene que ver con las promesas no realizadas […]”. He aquí una buena manera de ahuyentar equívocos, sobre lo que avancé al comienzo de estas letras.

En la misma ocasión, el Novelista tuvo este diálogo con la periodista: “¿Se puede hacer ‘periodismo militante’? ¿En qué medida el militante se traga al periodista?”. Él expresa categóricamente: “Se lo traga completo. El militante obedece al Partido. El Partido decide y manda. El periodista entonces desaparece”.

En este escenario, presento mis disculpas por estar ejemplificando sobre mí, aunque ni remotamente mi ánimo está en ensalzarme. Es que me siento aludido/ofendido, como muchos otros que hacemos periodismo. Por tanto, NO debo dejar de significar que en mi condición de Militante del Partido Comunista de Cuba, precisamente porque estoy apegado a sus principios, me siento lejos de estar a la espera de que esta vanguardia ideo-política decida o mande qué debo escribir en mi quehacer mediático. Ello NO quiere decir que no cerremos fila, cada vez que el momento histórico así lo exija. Acredito que en este frente, está hoy día la mayoría de mis colegas —al margen de insuficiencias y algunos vicios.

Por demás, el intercambio final de la entrevista que La Nación sostuvo a principios de este Mayo con el creador de Mario Conde, pude deducirlo con bastante aproximación: “Usted habló de un futuro que no llegó como lo esperaban. ¿Cómo le gustaría que fuera Cuba en un futuro? ¿Qué país anhela?”, inquiere ella. Él alega, para no negar lo dicho el año anterior: “¡Esta es la pregunta que nunca me deberían hacer! Todavía no tengo la bola mágica. Y como anhelo, pues anhelo la normalidad. Un país que sea normal, no excepcional”, y punto final —las negritas son mías.

Huelgan comentarios.

Así, después de estudiar las entrevistas de marras, no excedo al sostener que para Leonardo Padura es una constante sobre Cuba no sentir cómo la Revolución le ha favorecido en lo fundamental, ni hallar el equilibrio entre las sombras y luces en nuestro Socialismo ni dejar de reconocer el daño incalculable Made in USA que pesa sobre cubanas y cubanos. ¡¡Qué pena!!

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