Latinoamérica, la Crisis y la coyuntura: viene un giro a la derecha?

Las elecciones presidenciales de este domingo en El Salvador, amén de su desenlace,&nbsp deben marcar un parteaguas de alcance regional. Pueden significar el fin de la hegemonía de la Alianza Republicana Nacionalista, fuerza cimentada sobre la represión masiva de la etapa insurrecional, la apertura al proyecto neoliberal y la criminalización del movimiento social. Su derrota abriría cauce a una experiencia inédita de gobierno de concertación nacional, con orientación social y políticas nada radicales pero cuidadosamente deslindadas del derechismo hasta hoy dominante.

Pero bien puede que, por efecto combinado de la propaganda oligárquica y el conservadurismo del sentido común, un segmento decisivo de los salvadoreños decidan dar continuidad a gobiernos expertos en hacer crecer el PIB pero incapaces de superar el modelo rentista nacional y el seguidismo a las injerencias estadounidenses en medio mundo. Ojalá el bravo pueblo centroamericano, con su ganado ejercicio democrático, permita que el legado rejuvenecido de Farabundo Martí y tantos luchadores sociales se encarne en la alianza liderada por el carismático Funes, para llevar a cabo sus promesas de desarrollo, redistribución y lucha contra la criminalidad. Y que las complejas ecuaciones de la geopolítica mundial le permitan llegar a buen puerto.

Pero la histórica repercusión de esta cita en las urnas puede rebasar las fronteras del “Pulgarcito de América”, y tener adquirir tintes. Puede ser la última victoria regional de un gobierno de centroizquierda o el inicio de un paulatino declive de aquellas experiencias nacidas de la articulación de protesta social y reformismo institucional, que han marcado el signo de la última década progresista en Latinoamérica. Los efectos combinados de la crisis global, cuyos impactos nacionales deberán ser administrados por estos gobiernos “progresistas”, las demandas aún irresueltas por amplias políticas sociales de corte asistencial y la resistencia estatal y partidista a profundizar la innovación participativa procedente del campo popular, pueden estar señalando luces de alarma al final del camino. Sin profundas transformaciones estructurales (tanto en estos gobiernos progresistas cómo en la “vieja” Cuba) y con el visible fortalecimiento de tendencias estatistas (autoritarias o socialdemocratizantes) que acotan el alcance del empoderamiento ciudadano, no iremos muy lejos.

La recomposición de alianzas entre el capital trasnacional (ahora “pluralizado” con las crecientes incursiones de China y Europa, hambriento de mercados de consumo y fuentes de materias primas) y las oligarquías y élites políticas nacionales, depredadoras del medioambiente, avanza a la conformación de bloques dominantes con nexos más sólidos que aquellos que las fuerzas progresistas podemos oponerles. El conservadurismo puede, pues tomar hoy dos expresiones: una suave, con un detenimiento del protagonismo popular y el fortalecimiento de autócratas y reformistas; y otra abiertamente restauracionista, de corte neo-neoliberal. Creo que si bien esta última salida no es descartable (sus actores socioeconómicos e intelectuales afines siguen activos dentro y fuera de nuestros países), el desprestigio masivo del neoliberalismo (amplificado por la crisis actual) y los resultados de políticas sociales desplegadas desde Caracas a Brasilia crean las condiciones para que presenciemos más versiones de la mediatizada primera opción.

Los seres humamos nos adaptamos con demasiada frecuencia a las situaciones cómodas, generándose una peligrosa amnesia histórica y la esterilidad del pensamiento crítico. La izquierda gubernamental del siglo XX, a despecho de la épica revolucionaria y el sacrificio cotidiano de tanta gente, malogró la oportunidad de erigir un proyecto civilizatorio alternativo al burgués. Ojalá no nos pase ahora lo mismo, cuando la impronta de la crisis parece dar aliento a soluciones tecnoburocráticas (del tipo “control, disciplina y crecimiento”) dentro de nuestras organizaciones y liderazgos. A una década del viraje Post Consenso de Washington, a pesar de los logros incuestionables de los gobiernos de centroizquierda, las tareas acumuladas de superar el subdesarrollo y desarrolar la emancipación social por una vía postcapitalista aún esperan por ser cabalmente acometidas.

Armando Chaguaceda

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