Las sufragistas en el cine (y en el socialismo)

Publicidad

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Aunque el sufragismo cuenta con más de un siglo de historia, las batallas libradas por estas mujeres apenas sí han interesado al cine, al menos no más allá de alguna aparición colateral normalmente como anécdota y no precisamente “constructiva”. Las sufragistas aparecían en los momentos más inesperados para añadir más locura a la narración, valga por ejemplo el personaje encarnado por Natalie Wood en La carrera del siglo (The Great Race, Blake Edwards, EUA, 1965); otro buen ejemplo fue Las bostonianas (The Bostonians , EUA, 1985) la adaptación que James Ivory efectuó de la novela de Henry James. El estereotipo de la sufragistas fanática y tontuela se impuso en el cine como lo hizo el anarquista con la bomba a punto de estallar Claro que no fue solamente el cine, la prensa conservadora todavía se balancea sobre dicho estereotipo e incluso revistas

Es cierto que la batalla del feminismo encontró en la pantalla quizás más soporte que en la habitual en la vida cultura, pero raramente lo hizo como movimiento organizado. Esto explica que el sufragismo no encontrara una expresión positiva hasta fechas relativamente recuentes. Uno ha sido el documental de poco más de 50 minutos ‘Les Suffragettes, ni paillassons, ni prostituées’ (Michèle Dominici, 2011), otro nos traslada a principios de los años ochenta la BBC produjo una serie que fue emitida en la sobremesa con cierto éxito. Otro ejemplo más lejano fue Hombro con hombro («Notorious Woman», BBC, RU, 1974) dirigida por el cineasta anglopakistani Waris Hussein que había conseguido un cierto prestigio y trataba de la familia sufragistas presidida por Emmeline Pankhurst, la misma historia que ahora irrumpe en las pantallas, Sufragistas (Suffragette, EUA, 2015) obra de la directora Sarah Gavron y con Carey Mulligan, Helena Bonham-Carter y Meryl Streep en los papeles principales. Está escrita por Abi Morgan (The Hour, Shame), y evoca las vicisitudes de Maud, una joven lavandera del East End de Londres que entra en contacto un día con las sufragistas británicas y decide unirse a ellas. A partir de este personaje, el relato refleja cómo lucharon aquellas mujeres por conseguir el derecho al voto. Un objetivo que asumieron con toda la pasión, valentía y decisión que reunían. Guerrilleras de principios de siglo, aquellas mujeres decidieron pasar a la acción –cortaban cables de telégrafo, volaban buzones de correos, atacaban propiedades…-, hicieron huelgas de hambre cuando las encarcelaban y alguna llegó a perder la vida. ¡Todo ello por la igualdad!

La principal protagonista, Carey Mulligan, la presenta así: “La nuestra no es una película sobre una época pasada que ya no nos incumbe. No trata sobre un hecho histórico, sino sobre un movimiento de vocación universal que aún continúa vigente (…) Conocer esta historia me hizo darme cuenta de lo poderosas que somos las mujeres de mi generación, y de que quizá, en muchos sentidos, seamos la primera generación de mujeres con poder. Pero también soy consciente de la desigualdad y el sexismo que aún reinan, aunque de una forma menos patente en el mundo occidental, pero desde luego están ahí en otras partes del mundo, como por ejemplo Nigeria, Pakistán y Oriente Medio”.
La larga marcha

La larga marcha de las sufragistas británicas se desarrolló durante tres reinados, los de Victoria I. Eduardo VII y Jorge V. Durante este tiempo que va desde 1867 hasta la Primera Guerra Mundial, se encontraron la radical hostilidad de las altas esferas del poder que sentían ante la cuestión de los derechos de la mujer una opinión muy parecida a la que según un portavoz de la corona tenía la primera dama que dio nombre a toda una época: “La reina desea que se unan a ella todos los que sepan hablar o escribir para contener esta loca y perversa tontería de los derechos de la mujer, con todas sus horrorosas secuelas ante la cual el sexo débil se inclina olvidando todo el sentido del decoro y la feminidad. Este tema enfurece a la reina hasta el punto que no sabe contenerse”.

Cierto es también, que en este punto el Reino unido al menos se “planteaba” la cuestión, anteriormente solamente se había hecho en las crisis revolucionarias francesas de 1789 y de 1848.

Tanto conservadores como liberales compartían con mayor o menor fiereza esta convicción. De igual manera que cuando en ocasiones anteriores se habían opuesto a conceder el voto a los esclavos y a los trabajadores, los amos pensaban ahora que este derecho no era en absoluto necesario: ellos se bastaban para representarlas a través de sus maridos electores. Sin embargo, ni los gobiernos conservadores ni los liberales tuvieron ningún reparo en aplicar «la ley» a quienes carecían de derecho para opinar sobre ellas, y en meterlas en golpearlas en las calle, meterlas lóbregas cárceles, en humillarlas, calumniarlas y vejarlas, y en no pocas ocasiones, causarles la muerte. Nadie reparo en la incivilización de estos gobiernos, pero ellas fueron tachadas de terroristas  por la aplicación de la acción directa, a veces pacífica pero a veces  violenta, aunque nunca causaron daño físico a nadie.

La monarquía constitucional inglesa se basaba en un sistema de votos en que sólo podían participar los cabezas de familia que eran propietarios, pero hasta 1832 algunas mujeres pudieron hacerlo reuniendo ambas condiciones. En esta fecha se firmó la “Reform Act” que será el primer texto legislativo que excluía a las mujeres de este derecho público aunque pagaran impuestos altos. La primera petición parlamentaria en defensa del sufragio femenino la efectuó en 1866 el radical John Stuart Mill 1/, que hizo suya una reclamación formulada por el Comité para el Sufragio femenino suscrito por mil quinientas mujeres. La propuesta fue acogida con sorna por los demás diputados, pero John Stuart volvió a insistir al año siguiente tratando ahora de hacer una enmienda a la “Reform Act” de manera que donde ponía «hombre» tenía que poner “persona”… Sólo consiguió el voto del diputado Fawcet, el mismo cuya mujer fundó aquel mismo año la “National Society for Women Suffrage” de cuyos esfuerzos derivaron algunas conquistas parciales. En 1869 incluso consiguió el derecho al sufragio municipal y un año más tarde lo mismo para los consejos escolares.

Con el tiempo, esta organización se fue haciendo cada vez más moderada. En realidad se centraba en su actuación en las mujeres casadas y burguesas. En 1889 tiene lugar una ruptura en su interior y se crea un nuevo grupo, el “Women’s Franchise League” y entre los animadores se encontraban Emmeline y Richard Pankhurst que luego formarían pareja. Esta nueva Asociación promovía la organización tanto para casadas como para solteras y exigía para todas las mujeres la igualdad de derechos en temas como el voto, el divorcio, la herencia y la custodia de los hijos. Comenzaba la saga feminista de la familia Pankhurst, quizás la más importante en toda la historia del feminismo británico…

El primer eslabón de esta familia que iba a contribuir a cambiar el mundo fue el propio Richard Marsden Pankhurst (1835/6–5 Julio, 1898) que procedía de una familia burguesa de vocación sufragista. Richard fue un hombre bastante notable, amigo de personalidades de la época tan sugestivas como Walt Whitman y David Carpenter, y fue él quien introdujo a Emmeline en sus convicciones. Su carácter de pionero voluntarioso queda bien retratado en la serie televisiva de la BBC, Hombro con hombro, basada en las memorias de su hija Sylvia y en la que aparece propagando en solitario y bajo la lluvia la igualdad de la mujer sin que nadie le preste la menor atención. Fue encarnado muy adecuadamente por el notable Michael Gough.

Ambos formaban parte de la clase media liberal y habían evolucionado en la década de los ochenta hacia el socialismo, precisamente sobre la base de cuestiones como la emancipación de la mujer. Ello comenzó su larga vida política colaborando con la “School Borrad” y manifestándose activamente junto con los desocupados que exigían el derecho al trabajo. Formaron parte de la generación que luchó con los sindicatos obreros contra el Talf Vale -una ley que hacía a éstos responsables de las huelgas- y que dieron expresión a la inquietud obrera de construir un partido de signo socialdemócrata, el ”Independent Labour Party” (ILP), que tenía una ideología confusa pero una clara voluntad democrática radical y revolucionaria. El nacimiento y auge del ILP parecía ser una garantía de que al fin habría un partido que lucharía por las causas más nobles y por supuesto la del sufragio femenino, pero el ala más derechista del laborismo, atada a la ideología dominante, se mostró muy poco entusiasta con esta idea y se resistió a que figurase abiertamente en el programa. El pretexto era que los obreros no iban a comprender esta exigencia (como así fue), 2/ y se trataba, antes que educarlos, de conseguir votos…

En realidad, el feminismo laborista quedó restringido a su ala izquierda representada fundamentalmente por el cristiano revolucionario Keir Hardie, una de las figuras más notables de la historia del movimiento obrero inglés y que dio un apoyo incondicional desde el parlamento y desde la calle a las sufragistas.

Esta actitud del grupo parlamentario laborista -hegemónico en su dirección- dio lugar a que Emmeline Pankhurst (nacida Goulden; 15 de julio de 1858 – 14 de junio de 1928) y sus hijas Christabel y Sylvia iniciaran un paulatino distanciamiento del laborismo que les llevaría, personalmente, a las dos primeras hacia el conservadurismo ya la tercera hacia el comunismo. En 1903 un grupo de mujeres laboristas se reunieron en el hogar de las Pankhurst y fundaron el “Women Social and Political Union”. Todavía estaban dentro del partido y en éste se mantenían unas tradiciones de democracia interna que les permitía trabajar por sus ideas. En la Conferencia del ILP de 1904 se dio un apoyo formal a las propuestas de Emmeline, pero luego en la práctica la realidad demostró a las mujeres laboristas que poco podían esperar. En 1907, Keir Hardie advertía que si el partido obligaba a sus militantes sufragistas a elegir entre el partido y sus convicciones éste perdería a sus “más valiosos miembros femeninos”. Emmeline, después de proclamar que había sido «leal al socialismo en todos los aspectos», volvió a insistir que del partido dependía la solución del dilema. Cuando el partido volvió a probar su conservadurismo, el grupo de Emmeline se separó de él e inició un camino independiente.

Está claro que éste no era un dilema entre socialistas-obreristas y unas mujeres “pequeñoburguesas”, ni mucho menos. La responsabilidad de esta ruptura recae sobre unos laboristas que nunca demostraron ser unos auténticos socialistas y sobre todo en esta cuestión tan determinante. Cierto es que la composición social del movimiento sufragista era pequeño burguesa, aunque también gozó de una notable influencia entre las obreras 3/, pero esto no modifica lo dicho, más bien lo confirma, porque una actuación democrática consecuente por parte de los laboristas hubiera inclinado mucho más fuertemente hacia el socialismo y el movimiento obrero una corriente de masas que durante algunos años se enfrentó decididamente contra los dos partidos burgueses.

Esta división creó un largo conflicto para muchas mujeres laboristas que trataron de conciliar una doble fidelidad, aunque no faltaron las que utilizando criterios «obreristas» mantuvieron una actitud sectaria frente a un movimiento que también se fue situando frente al socialismo que había sido el nido donde se había incubado. La Unión pasó a la acción sin esperar el apoyo de los laboristas. El 12 de mayo de 1904 llevaron a cabo su primera manifestación importante. Unidas a un grupo de obreras textiles ya cuatrocientas mujeres de las “Women’s Guiad” se presentaron ante el Parlamento donde el legendario Keir Hardie volvió a plantear las mismas cuestiones que décadas antes había defendido J. Stuart Mill. El resultado fue el mismo: una gran mayoría en contra y el regocijo general de los diputados de la derecha. Aquel día las de la Unión hicieron su primer intento de manifestación.

Después de esta derrota el grupo fue creciendo captando cada vez más mujeres sufragistas que se convertían en convencidas militantes en el sentido más pleno del término. Volvieron la espalda al parlamentarismo y a la acción legal, y empezaron a desarrollar formas de acción directa moderadas en un principio. Comenzaron Christabel Pankhurst (22 September 1880–13 February 1958) y Annie Kenny, una trabajadora del algodón de Oldham y que fue la colaboradora más directa del «caucus» familiar. Asistieron a una reunión de los liberales e hicieron una pregunta que luego se repetirá hasta la saciedad: “¿Dará el gobierno liberal el voto a las mujeres?”  Cuando la respuesta era evasiva o negativa, el grupo de mujeres armaba el escándalo. Cuando eran multadas no pagaban y pasaban irremediablemente a la cárcel. 4/

Con el tiempo se fueron radicalizando sus acciones, sobre todo tras los sucesos ocurridos el llamado «viernes negro», el ocho de noviembre de 1911. En esta fecha una comisión de sufragistas delegadas ante el presidente del Consejo fue maltratada brutalmente por la policía. La Unión decidió entonces correr los menos riesgos posibles al tiempo que atacarían a los gobernantes en donde más les afectaba: la propiedad. Así explicó Emmeline la nueva táctica: ·Nuestro ataque al enemigo lo vamos a llevar a través de la propiedad… Sed todas militantes, pero cada una a vuestra manera. Las que podáis demostrar vuestra participación en la lucha acudiendo a la cámara de los Lores y negándose a abandonarla, como hacíamos antaño seguid esa táctica. Las que podáis demostrar vuestra participación uniéndoos a nuestras elecciones antigubernamentales, seguid esa táctica. Las que podáis seguir atacando el secreto ídolo de la propiedad, a fin de que el gobierno se dé cuenta de que el sufragio femenino pone en peligro la propiedad como la ponían antiguamente los cartistas, atacadle”.

Emmeline terminaba su discurso desafiando al gobierno a detenerla, lo que éste hizo en sucesivas ocasiones con todas las dirigentes de la Unión. Cuando Emmeline era detenida, la cabeza del movimiento la ocupaba Christabel que era todo un carácter. Fue ella la principal inspiradora de la primera campaña que la prensa tachó de «terrorista» y que basaba fundamentalmente en el destrozo de las cristaleras de los establecimientos públicos más lujosos.

En todos los momentos de esta larga lucha, las Pankhursts contaron con el incondicional respaldo de una base militante que describió así Christabel en su libro Liberadas. La historia de cómo ganamos el voto: “Justo es que se pague un tributo a nuestras organizadoras…Estaban dispuestas a sacrificarlo todo y a intentarlo todo por la causa. Cuando eran enviadas a cualquier lugar recóndito en el Norte, en el Este, o en el Oeste del país lo primero que hacían era izar la bandera, alquilar un local, entrevistar a la prensa, citar a las mujeres más sobresalientes de la localidad, visitar a las diversas organizaciones -políticas, sociales y filantrópicas- comunicar a la policía que habían llegado, convocar reuniones y después de pintarrajear las calles, vender el periódico “Votes for Women” y distribuir octavillas, hablaban en las reuniones, escribían o entrevistaban al diputado local, planificaban protestas contra la visita de un ministro del Gobierno, organizaban campañas para las elecciones locales y, además de todo esto, conseguían el dinero necesario para sus propias campañas, y aún les sobraba para enviar a la administración central. Gracias a sus conocimientos políticos siempre estaban a la altura de las circunstancias. Eran capaces también de ganar de partida cualquier discusión, incluso con oponentes como Mr. Aquith (primer ministro liberal) o Mr. Wiston Churchill”.

Las sufragistas británicas se situaron a la cabeza del movimiento feminista internacional y fueron mucho más radicales en la forma que las organizaciones de las mujeres socialistas. Utilizaron la acción directa con tanto vigor como lo hacían los sindicalistas revolucionarios y su concepto de la militancia era parecido al de la «profesionalidad» revolucionaria. Contaban con millares de mujeres oscuras, de extracción obrera en la mayoría de casos, que se arriesgaban a las palizas y las cárceles. Las “liberadas” cobraban una verdadera miseria y dedicaban todo su tiempo a la lucha, desplazándose donde hiciera falta y arriesgándose a todo. Sin embargo, todo este movimiento desde abajo se iba a corromper por la cabeza.

La radicalización de la Unión creó bastante malestar entre su sector más moderado que planteó sus divergencias en el punto de la violencia y en el más controvertido de la organización: en el de su dirección que estaba monopolizado al margen de los estatutos por el trío familiar. La autoridad de Emmeline era algo indiscutido, se había convertido en la personificación de la organización y entre las militantes existía una verdadera adoración por ella a la que una de sus fieles llamó “el más hermoso carácter de la historia moderna”. El poder fue otro factor que fue alejando cada vez más a Emmeline del ideario que había compartido con su marido, mientras que su hija mayor, Christabel, que desconfió desde siempre de los socialistas, no tuvo siquiera los problemas de romper una fidelidad.

Las discrepancias fueron haciénd06e cada vez mayores y en 1906 Emmeline llevó a cabo una especie de golpe de Estado que le dio el control absoluto de la organización a la que impuso una nueva constitución más acorde con un liderazgo vertical. La maniobra de Emmeline provocó una primera escisión, la de la Liga por la Libertad de las Mujeres que se reafirmaba de los planteamientos del período anterior. Cinco años más tarde un nuevo giro violento del grupo provocó el disentimiento del matrimonio Pathick-Lawrence que habían sido uno de los principales animadores del movimiento y que se inclinaban hacia un mayor acuerdo con los socialistas. Fueron expulsados burocráticamente y como eran los propietarios del periódico Votes for Women, Christabel se encargó de crear y dirigir otro nuevo, más en consonancia con su línea: “The Suffragette”.

El tercer cisma y el más importante fue el encabezado por Sylvia Pankhurst (5 de mayo de 1882 – 27 de septiembre de 1960) que ya llevaba largo tiempo en discordancia con los métodos de su madre y hermana. Recordó que la Unión había sido creada como una organización socialista y que se apartaba de sus orígenes. Ella escogió otra forma de militancia, hacia abajo, sin maniobras políticas ni caudillismo, trabajando durante años en el “East End” de Londres, un barrio eminentemente proletario donde creó una potente federación, y cuando la degeneración de la Unión se concretó en un acercamiento a los conservadores -que se mostraron más inclinados a conceder el voto como ya lo habían hecho cara al movimiento obrero, como un instrumento contra los liberales-, Sylvia no aceptó el criterio de la mayoría y se separó formando la Federación socialista del “East End”, localidad situada muy a la izquierda del laborismo.

En 1913 su madre y su hermana le ordenaron que se reincorporara a la Unión, otra vez distanciada de los conservadores, pero Sylvia no aceptó y fue expulsada definitivamente. En esta última fecha las esperanzas de una salida parlamentaria fue otra vez defraudada y las sufragistas operaron una nueva radicalización, en esta ocasión no dudaron en emplear a la manera de las populistas rusas, las bombas, aunque su objetivo era atentar contra todo, menos contra la vida humana. Comenzaron una escalada de incendios provocados; ya no se trataba de hacerse publicidad, sino de luchar contra los enemigos de la democracia para la mitad de la población y de demostrar la propia fuerza. Cuando la policía ordenó la disolución del UPSU y de su periódico, no se desanimaron. Las que estaban encarceladas encararon una tremenda oleada de huelgas de hambre, las demás siguieron sus actividades en la clandestinidad. La Unión, lo único que había aprendido -según frase célebre de Emmeline de los hombres era “la alegría de la lucha”, siguió creciendo, su periódico no dejó de salir y se desafió constantemente al poder, porque: “No existe medida coercitiva imaginable, ni por parte de los hombres ni por los demonios, a las que las mujeres de la Unión no se sientan capaces de resistir, vivas o muertas”.

En la cárcel, las sufragistas se rebelaron contra el estatuto de presa común que se les había dado y reclamaron el de presas políticas. Las huelgas de hambre obligaron al gobierno a legislar medidas como una que concedía la libertad provisional a los presos por motivo de salud, aunque una vez recuperados volvían a ingresar de nuevo, facilitó un juego que Emmeline llamó del «gato y el ratón», ya que la mayoría de las favorecidas desaparecían en cuanto se encontraban en la calle. El gobierno cambió entonces de actitud y obligó que las que hacían huelga de hambre fueran alimentadas con sonda. Christabel explicó así este hecho: «Con este motivo hubo escenas terribles en la prisión. Al resistirse a comer, los médicos alimentaban a las detenidas a través de un tubo que les introducían por la nariz o por la boca mientras forcejeaban con las celadoras que las sujetaban para reducir su oposición. Interrogado en el Parlamento sobre este endurecimiento de su política, el Gobierno contestó que se trataba de un «tratamiento médico» y de un «tratamiento hospitalario». Pero en esto el Gobierno tropezó con la oposición de los médicos…

El 13 de junio de 1913, la dirección de la Unión ordenó desde París que cuarenta sufragistas acudieran al derby de Epson para hacer agitación. Sin que nadie lo esperara una de ellas, Emily Davidson, se tiró bajo las patas de los caballos, casualmente bajo uno que era propiedad del rey Jorge V, lo que le ocasionó la muerte. El entierro reunió a las sufragistas de todas las tendencias y marcó el cenit de la influencia del movimiento. Aquel mismo año Emmeline fue arrestada y condenada a tres años de trabajos forzados. Pocos días más tarde, sus compañeras lograron facilitar su evasión y dos meses después viajaba hacia los Estados Unidos donde su presidente, Wilson, la había invitado después de pagar  cincuenta mil dólares por la fianza. En diciembre regresaba de nuevo y la policía encerró una vez más, la última, y ella se declaró inmediatamente en huelga de hambre. Como protesta por su detención sus seguidoras incendiaron un gran edificio de Escocia y un pabellón de la exposición de Liverpool. Éste fue también uno de los últimos actos del movimiento, la guerra que se avecinaba iba a cambiar completamente su actitud.

La guerra.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el sufragismo se encontraba en su apogeo aunque muy marcado por las divisiones. El grupo mayoritario, el dirigido por Emmeline y Christabel Pankhurst, a pesar de la radicalidad de sus métodos tenía claro su divorcio con los ideales socialistas y la necesidad de apoyarse en una de las fracciones burguesas. De ahí que cuando el rey Jorge V amnistió a todas las sufragistas, se brindaron ante éste para organizar el reclutamiento y la estructuración de las mujeres encargadas de sustituir a los hombres en guerra en los puestos de producción. Durante la contienda se destruyó el registro electoral y el Parlamento debería de rehacerlo de nuevo; era la ocasión para darle el voto a la mujer y las sufragistas le plantearon al poder su dilema: o colaboración o lucha. El 28 de mayo de 1917 fue concedido por parte de 1os conservadores un derecho a voto a las mujeres mayores de 30 años. Un año más tarde se les concedía el derecho a ser elegidas para la Cámara de los Comunes y, por fin, y esta ocasión por parte de la izquierda, fue conquistado el derecho a voto para todas las mujeres.

La guerra abrió un abismo entre los dos grupos encabezados por las dos ramas familiares. Por un lado, Emmeline y Christabel profundizaron sus tendencias conservadoras y evolucionaron cada vez más hacia la derecha. Durante la guerra se precipitaron en un ardiente comportamiento chovinista que carece de parangón en  otras organizaciones feministas. Ambas denunciaron a sus antiguos amigos y amigas que defendían la objeción de conciencia o denunciaban la guerra, y se opusieron a las reivindicaciones sociales e igualitarias para las mujeres por estimarlas corno una forma de debilitar el ejército que luchaba en el frente. Por el suyo, Sylvia siguió un camino inverso. Desde hacía tiempo había conectado el sufragismo con un ideario feminista amplio y su feminismo con un socialismo basado en la lucha de clases. Durante la guerra denunció el patrioterismo que escondía intereses bastardos y la guerra como una carnicería hecha en beneficio del imperialismo, organizó campañas contra una serie de injusticias y discriminaciones sin abandonar la idea’ básica de una mujer, un voto. Advirtió a las mujeres que trabajaban que al concluir la guerra la obligarían a abandonar su empleo y defendió la igualdad de salarios.

Sylvia y sus compañeras recibieron con entusiasmo la noticia de la revolución rusa, que asimilaron como una concepción que les permitía establecerse sin derecho en locales que destinaban a guarderías para los hijos de mujeres obreras. El grupo de Sylvia que tenía el periódico Dreadnought sostenía que el feminismo no se tenía que limitar al sufragismo ya las enfermedades venéreas sino que tenía que formar parte del movimiento revolucionario. Convencidas de esto tomaron parte de los grupos que constituyeron en Partido Comunista británico desde el cual Sylvia participó en una dura polémica con Lenin   sobre la que habrá que regresar.

El grupo de Sylvia se inclinó hacia las tendencias más izquierdistas de la Internacional

Comunista. Consideraba como oportunista la utilización revolucionaria del Parlamento, y una aberración la idea de trabajar en el interior de los sindicatos y del Labour Party. No superó la primera crisis del comunismo británico y terminó alejándose de la política activa. Su nombre figura en la historia del socialismo británico con el resto de su familia, en tanto que ella tiene su propio lugar en la historia del comunismo de los primeros tiempos, cuando nadie sabía que el atraso junto con las guerras de desgaste más el cerco y el peso de la cultura reaccionaria darían lugar a un fenómeno imprevisto: el estalinismo que Sylvia despreció desde el primer momento.

Aunque la película de Sarah Gavron ha sido considerada como la mejor película feminista del año. Pero aunque seguramente  no pasará a la historia del cine, ya que por más que gane tal o cual premio no deja de resultar una costosa producción de trazos académicos, no hay duda de su pertinencia, de su actualidad.  De entrada porque permite conocer con bastante rigor un capítulo de la historia feminista, porqués trata de una historia que supuso un cierto noviazgo con la lucha obrera por una sociedad de hombres y mujeres iguales, y porque permitirá leer y debatir a muchísima gente que hasta el momento antes de verla sabían poco o nada de la alegría de una lucha que no ha hecho más que comenzar.

También porque congratula apreciar que hubo hombres como Richard que se puso al servicio de una causa que iba en contra de sus privilegios como varón.

Notas

1/ Tanto MilI como su esposa Harriet Taylor MilI forman parte de los clásicos del feminismo. Una antología de sus escritos feministas han sido publicados al castellano con el título de Ensayos sobre la igualdad sexual, Ed. Península, Barcelona, 1973.

2/ Los laboristas eran favorables al voto femenino en general, pero no tanto en lo concreto. Algunas argumentaban que el voto a la mujer reforzaría a la derecha y planteaban una conquista de este derecho democrático de forma etapista. Las tendencias feministas en su interior no pudieron contrarrestar esta opinión que era además la de la burocracia sindical.

3/Ver, Sheila Rowbotham en su libro La mujer ignorada por historia (Ed. Pluma/Debate, Bogotá- Madrid, 1980), ofrece una amplia demostración de esta influencia.

4/ La primera en ir fue Sylvia y cuando su madre le habló de pagar la fianza, la amenazó con no volver más a su casa si así lo hacía.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More