Las revoluciones no son un viaje en tren, sino la raza humana agarrando el freno de emergencia

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Imposible negar la realidad de la pobreza en nuestro mundo. Estudios con datos sobre ingresos y riqueza muestran sistemáticamente que miles de millones de personas en el planeta viven con mínimo acceso a recursos. Estos estudios demuestran que la pobreza no puede ser medida por los recursos financieros que no están disponibles; demuestran cómo millones de personas no tienen acceso a la electricidad, a agua potable segura, educación o asistencia sanitaria. En 1978, las Organización Internacional del Trabajo de las Naciones Unidas propuso el concepto de “necesidades básicas” como un modo de mejorar nuestra comprensión de la línea de pobreza. La línea de pobreza tenía que definirse de tal modo que considerara un amplio rango de necesidades humanas básicas que son un derecho de cada ser humano. No es suficiente medir la pobreza basándose en la ingesta calórica. Las calorías no son un indicador suficiente de riqueza, ni siquiera son una buena medida de nutrición, porque no miden la ingesta de grasas y proteínas.

Durante las últimas décadas, organizaciones internacionales e intelectuales han intentado agudizar nuestra comprensión de la pobreza. Una mejor comprensión de la pobreza ciertamente contribuye a la creación de mejores políticas para la erradicación de esta lacra inhumana. En 2010, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Iniciativa de Pobreza y Desarrollo Humano de Oxford crearon un Índice de Pobreza Multidimensional (IPM). El IPM fue más allá de la medición de la pobreza basado en los ingresos para incluir el modo en que miles de millones de personas están privadas de educación, asistencia sanitaria, y estándares de vida. Diez factores importantes son considerados para desarrollar el indicador:

  1. Mortalidad infantil
  2. Nutrición
  3. Años de escolaridad
  4. Asistencia escolar
  5. Combustible para cocinar
  6. Electricidad
  7. Agua potable
  8. Saneamiento
  9. Vivienda
  10. Activos

Si una persona está privada de al menos un tercio de estos factores, entonces es considerada pobre. La semana pasada, el PNUD y la Iniciativa de Oxford publicaron su último informe de IPM. Muestran que 1.300 millones de personas son “multidimensionalmente pobres”. Alrededor de la mitad de estos 1.300 millones —663 millones— son niñxs menores de 18 años, con un tercio de ellxs —428 millones— menores de 10 años. Hay una geografía para este sufrimiento. Alrededor del 85% de lxs niñxs que son multidimensionalmente pobres viven en Asia del sur y en el África subsahariana. En algunos países —Burkina Faso, Chad, Etiopía, Níger y Sudán del Sur— alrededor del 90% de lxs niñxs menores de 10 años son multidimensionalmente pobres. El índice es fácil de usar y —a pesar de los problemas con su metodología— debe ser utilizado ampliamente para hacer demandas a los Estados por mejores políticas para la erradicación de la pobreza.

Fernando Botero, La familia presidencial, 1967

¿Mejores políticas? Durante las últimas décadas, la presión de instituciones tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, así como de bancos comerciales, ha reducido el alcance de la intervención del Estado contra la pobreza. La teoría general es esperar que la pobreza pueda ser erradicada a través de la filantropía y la caridad. Todos los ojos apuntan a los multimillonarios, esperando que donen su riqueza para eliminar las desigualdades en el mundo. Pero esas donaciones son exiguas, su impacto es intrascendente.

En 2013, la ONU produjo un informe —La desigualdad importa— que sostenía que “la desigualdad ha aumentado principalmente porque los individuos más ricos se han enriquecido más, tanto en los países desarrollados como en los en desarrollo”. No solo los ricos se han vuelto más ricos, sino que han movido grandes partes de su riqueza a paraísos fiscales. La Red para la Justicia Fiscal estima que el monto total de riqueza escondida en paraísos fiscales es de 32 billones de dólares, una cifra que equivale a cuatro veces y media el valor total del oro que se ha extraído y está en circulación en todo el mundo. La investigadora del Instituto Tricontinental de Investigación Social, Tanya Rawal-Jindia, ha escrito un artículo en el que estima que las corporaciones multinacionales desvían 3 mil millones de dólares al día del Sur Global, a través de un mecanismo conocido como “manipulación de precios de transferencias”. Esta es una de las múltiples estafas que las empresas usan para evitar el pago adecuado de impuestos. El foco en la filantropía y no en los impuestos significa que las estrategias de erradicación de la pobreza se dejan al capricho de los multimillonarios. El control democrático de la riqueza se deja de lado.

Elise Driggs, Pittsburg, 1927

Esta obscenidad aumenta cuando se considera el enfoque de la pobreza en el actual orden mundial. El Banco Mundial establece los términos para el lenguaje de la reducción de la pobreza. Ofrece las siguientes tres soluciones: promover la propiedad privada, usar el dinero de los gobiernos para construir grandes infraestructuras, y presionar por mayores índices de crecimiento.

En esta línea, el economista peruano Hernando de Soto sostiene que la solución a la pobreza endémica es permitir que lxs pobres tengan títulos de propiedad sobre sus casas en los barrios marginales. Sin embargo, como sostiene el ex relator especial de las Naciones Unidas sobre el Derecho a la Alimentación, Olivier De Schutter, la privatización de la tierra resultante que presenta al mercado como una solución en última instancia terminaría por privar a lxs pobres de uno de sus pocos activos permanentes, esto es, tierra para vivir y con la cual ganarse la vida. De Schutter sugiere que quienes usan la tierra se registren para que puedan tener derecho a la tierra sobre la que han construido sus hogares. También apoya la aprobación de leyes anti desalojo y de derechos de arriendo. Los militantes van más allá, reivindicando el derecho de los habitantes de comunidades pobres a la propiedad comunal.

Otra política del Banco Mundial es construir infraestructura de gran escala vinculando a lxs pobres a los mercados: mejores caminos, mejores generadores de energía, mejores telecomunicaciones. El desarrollo de infraestructura es esencial, pero el tipo de infraestructura construida, y el costo económico y social, es igualmente esencial. La mayoría de estos planes de infraestructura favorecen “big ticket ítems” —grandes represas, grandes proyectos de autopistas, aeropuertos internacionales—, el paisaje de una modernidad al estilo estadounidense. ¿Tienen esos “bienes sociales” como autopistas y aeropuertos un impacto universal en la sociedad o deberían ser entendidos más exactamente como “bienes de clase” que benefician principalmente a los ricos? ¿Acaso los beneficios de las autopistas y los aeropuertos no los disfrutan mucho más las clases económicamente dominantes que el pueblo en su conjunto? ¿Por qué no priorizar el desarrollo de proyectos de infraestructura que puedan facilitar el acceso a lxs pobres a servicios esenciales como educación y salud, en vez de a un mercado en el cual vender su mano de obra?

Shomei Tomatsu, Protest 1, Oh! Shinjuku, 1969

Tome dos electrodomésticos: la cocina sin humo y el congelador. La cocina sin humo es esencial para el desarrollo social, una solución tangible y factible a las enfermedades causadas por las cocinas convencionales que impactan desproporcionadamente a las mujeres que dependen de ellas para alimentar a sus familias. Miles de laboratorios universitarios han creado estas estufas. Pero siguen ausentes en muchos hogares, desde el Nepal rural al México urbano. ¿Por qué? Bueno, las personas que las necesitan no tienen el poder adquisitivo para comprarlas. El capital no toma el prototipo del laboratorio, lo desarrolla como mercancía para el comercio masivo y luego la lleva a cada cabaña que quema combustible sin ventilación. En vez, las cocinas sin humo se convierten en un proyecto de desarrollo de una ONG boutique, en lugar de un derecho humano fundamental garantizado por el Estado para proteger la seguridad humana y prevenir enfermedades.

Por otro lado, cada casa en Estados Unidos y Europa tiene un congelador. En las partes del mundo en que se experimentan temperaturas bajo cero durante muchos meses al año, los hogares construidos son calefaccionados. Dentro del hogar calefaccionado hay un congelador que consume energía de la calefacción de la casa para mantener la comida congelada. Dentro del congelador, hay un serpentín para evitar que se forme mucho hielo. Una mercancía —un congelador— usa una cantidad obscena de energía que hace poco sentido para cuatro meses al año. Un mundo que hace del congelador un ítem esencial del hogar en el Norte Global, pero que hace que la cocina sin humo sea un lujo excepcional en el Sur Global es una sociedad que se ha subordinado a sí misma a las leyes del capital a costa de la supervivencia y la dignidad humanas. “Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante”, escribieron Marx y Engels. Tenían razón.

Los poderosos no solo controlan la riqueza social, también controlan la discusión sobre políticas públicas y lo que se considera como intelectualmente correcto. Las buenas ideas nunca son suficiente. No son creídas o puestas en práctica simplemente porque tienen razón. Se transforman en las ideas de nuestra época solo cuando son ejercidas por aquellas personas que llegan a creer en su propio poder, que usan ese poder para luchar con las instituciones y hacer avanzar sus ideas.

En 1928, el marxista alemán Walter Benjamin escribió un ensayo llamado Viajes por la inflación alemana. En él, señala que la necesidad del momento —cuando el colapso económico presagió la guerra civil y la guerra internacional—era transformar las emociones de la vasta mayoría de la gente de la desesperación a la protesta. El sufrimiento del pueblo alemán, escribió, no se debe seguir abriendo “al camino escarpado del dolor, sino al camino ascendente de la revuelta”. Era más fácil decirlo que hacerlo, ya que esa transformación requería el esfuerzo de la organización política;  no sucedería espontáneamente.

Principalmente, en esos años Benjamin estaba preocupado por la fijación en índices de crecimiento y cuotas de producción, la intensidad de la creencia de que la producción capitalista podía resolver los problemas de la desesperación y la carencia. Las revoluciones, dijo Benjamin, no deben verse como un tren en permanente aceleración. “Quizás las revoluciones no son un viaje en tren”, escribió en sus inéditos Pasajes, “sino la raza humana agarrando el freno de emergencia”.

La Tricontinental

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