Las otras consecuencias del coronavirus

Las situaciones de crisis pueden ser utilizadas por determinados grupos para favorecer sus intereses particulares. El actual escenario plantea tendencias sobre las que es necesaria una reflexión.

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Al poco de aparecer las primeras informaciones sobre el coronavirus surgían las primeras teorías de la conspiración. A pesar de que la evidencia epidemiológica apuntaba a un mercado de mariscos del sur de la ciudad en el que se vendían de manera ilegal especies exóticas algunos situaban el origen del virus en el instituto de virología de Wuhan. Otros sin embargo vieron el punto de partida en los Estados Unidos y lo consideraron parte de la guerra comercial que la administración Trump está sosteniendo con el gigante asiático. Hay quienes encontraron en la alta mortalidad entre las personas de edad avanzada un indicativo de que el virus había sido diseñado para aliviar las arcas públicas de los países europeos por la excesiva carga de pensiones de su envejecida población. Finalmente no han faltado quienes han visto en el brote epidémico un claro motivo para introducir la vacunación forzosa e inclusive dotar a las vacunas de nanotecnogías que convertirán a toda la población en ciudadanos obedientes. No podemos juzgar muy duramente a quienes creen estos tipos de informaciones más cercanas a la ciencia ficción que a los hechos periodísticos más o menos establecidos. La historia de la humanidad es la búsqueda de información relevante y también la de la manipulación por parte de unas clases privilegiadas sobre el resto de la población.

Tras la decepción que supuso el comunismo real pensadores de la escuela de Francfort cuestionaron tanto los modelos empíricos objetivos como los progresos sociales. Precursores de la ciencia de la sociología como Horkheimer, Adorno, Walter Benjamín y sobre todo Herbert Marcuse se interrogaron sobre por qué la razón emanada de la Ilustración no estaba generando civilización sino nuevas formas de barbarie. Horkheimer y Adorno destacaron que los nuevos medios de producción cultural como la radio y el cine estaban dando lugar a obras que bajo un envoltorio moderno seguían aportando superstición y prejuicio. De manera destacada Marcuse puso las bases a la teoría crítica al señalar la colonización de la conciencia del proletario como el nuevo método de dominación del capitalismo contemporáneo.

Así pues, aunque no son las teorías de la conspiración las más fundamentadas, sí que el presente es un momento en el que interrogarnos sobre la manipulación y como los acontecimientos van a servir para encauzar la sociedad en una u otra dirección. Comentaba Naomi Klein en una entrevista reciente que las crisis son una oportunidad que determinados grupos aprovechan para introducir su agenda. En su libro La doctrina del miedo la escritora canadiense explicaba como la crisis de 2008 en vez de para cuestionar al sistema financiero había servido para profundizar en la doctrina económica ultraliberal. Una sociedad en la que estén prohibidas las reuniones y en la que los ciudadanos estén recluidos en sus casas conectados a internet o a la televisión y que sólo salgan para realizar su trabajo con la menor comunicación humana directa posible sería el sueño húmedo de cualquier tirano ultracapitalista.

No hay motivos para asegurar que haya una intencionalidad en los acontecimientos que estamos viviendo, pero sí que se dan unas circunstancias que van a acentuar algunos de los procesos que se estaban produciendo en la sociedad. La industria del entretenimiento, encabezada por Netflix, va a recibir un impulso. Las empresas de telecomunicaciones, con su modelo inalámbrico y de soporte para los sistemas robóticos y basados en la Inteligencia Artificial van a encontrar nueva razón de ser. La puerta para suprimir el papel moneda y legitimar herramientas de geolocalización y seguimiento de los ciudadanos está abierta. Algunos de esos aspectos que ciertos sectores hemos estado criticando como la pérdida de privacidad, el control por parte de las herramientas informáticas, el efecto en las capacidades cognitivas y en la salud por el abuso de los dispositivos electrónicos, pueden verse acentuados o normalizados tras este escenario de epidemia global.

La situación podría servir para reivindicar un sistema público de salud bien financiado y unos organismos públicos con la suficiente capacidad para gestionar el interés común. La realidad es que el coronavirus va a ser utilizado por los grupos cercanos a la industria farmacéutica para atacar a quienes cuestionen los excesivos calendarios de vacunación, señalen los casos de graves efectos secundarios, o aludan a la informaciones sobre variables de salud que se ven perjudicadas con la vacunación; y que con probabilidad tendremos campañas publicitarias que propiciarán nuevas vacunas poco justificadas de las que se ocultarán sus riesgos.

Esté impasse en el que nos vemos inmersos podría ser utilizado para reflexionar sobre nuestras vidas o sobre el lugar al que nos dirigimos como colectividad. Sin embargo en la información circulante hay si cabe menos pausa y reflexión. Tal vez deberíamos aprovechar la experiencia de cuarentena para pensar en aquellos que están en situaciones equiparables, como son los miles de millones de personas que tienen prohibido circular más allá de sus fronteras, por razón de su epidemia de pobreza; o esos millones que están muriendo de enfermedades olvidadas como el tifus, la lepra, el dengue, o el paludismo, para las que no hay medios o urgencia en desarrollar vacunas efectivas, y que no reciben ninguna cobertura mediática porque son enfermedades que apenas nos salpican.

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