Las naciones no se inventan sin manipular a fondo la historia, y España no ha sido una excepción

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«España es la nación más antigua de Europa y hay voluntad de continuar juntos». Mariano Rajoy lo dijo en febrero de 2017 y estaba convencido de ello, porque lo repitió varias veces. No ha sido el único. El filósofo Julián Marías fue aun más lejos en un artículo publicado en 1978 donde criticaba el anteproyecto de Constitución. No hablaba de Europa, sino del planeta entero. «España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de esta palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política, hace un poco más de quinientos años».

Los ingleses inventaron el fútbol, pero los españoles, la nación. Lástima que no concedan medallas por eso.

¿Qué es una nación sin sus mitos fundacionales, sin hechos históricos del pasado remoto manipulados para que digan lo que necesitamos, sin las batallas en las que sólo aparecen nuestros héroes, sin la propaganda que nos convence de que nuestros antepasados eran mucho mejores que sus pérfidos enemigos?

Tom Gauld lo explicó mucho mejor en una viñeta en The Guardian.

 

Interpretar el pasado en función de las necesidades políticas del presente. Ese no es un error propio de los políticos de nuestro tiempo, sino la materia prima con la que se construyeron las naciones que hoy conocemos, fundamentalmente a partir del siglo XIX. Más o menos, cuando los súbditos pasaron a ser ciudadanos. Eso es algo que tenemos que agradecer a los franceses por su decisión de separar la cabeza de Luis XVI del resto de su cuerpo. En otros países, no fue necesario tomar medidas tan drásticas.

Henry Kamen –historiador británico con una larguísima obra dedicada a España– ha dado el paso de desbrozar la historia de España de todos los hechos tomados como históricos hasta ahora para indicar qué hubo detrás de los mitos sobre los que se levantó la construcción de la nación española, así como de las naciones existentes antes. El título del libro –‘La invención de España. Leyendas e ilusiones que han construido la realidad española’, editado por Espasa– es lo bastante provocador como para despertar la atención del lector en un tiempo en que la identidad nacional es un campo de batalla en el que se sigue combatiendo, y desde luego no sólo en España.

Numancia como origen de la España primigenia cuando no existía España. Pelayo como origen (falso) de una lucha inmediata contra el invasor musulmán. La Reconquista, una guerra de ocho siglos, cuando no hay guerras que duren ese tiempo. La gloriosa batalla de Clavijo de la que no existen pruebas de su existencia. Los Reyes Católicos como fundadores de España cuando ellos no se denominaba «reyes de España» (Fernando de Aragón sólo era rey consorte de Castilla, como le quedó claro a la muerte de Isabel). Las grandes hazañas militares de Pavía y San Quintín, conseguidas por tropas en su mayoría no españolas. La leyenda negra contra España propagada por sus enemigos, desconociendo que todos los imperios son atacados con propaganda por aquellos que están sometidos a su poder.

Kamen pasa revista a todo lo que hemos leído en los libros de historia en el colegio en un ensayo del que se puede decir que enfurecerá por igual a nacionalistas españoles y catalanes. No se trata de asignar una puntuación a las distintas naciones por su supuesta legitimidad, sino de poner cada hecho histórico en el contexto adecuado. Las naciones no se fundan en batallas, guerras o matrimonios de reyes, sino en un proceso de construcción que se prolonga durante siglos y que sólo se pudo culminar en el siglo XIX.

 

'El año del hambre de Madrid', de José Aparicio (1818).
‘El año del hambre de Madrid’, de José Aparicio (1818). Los orgullosos españoles rechazan la ayuda de los soldados franceses.

 

Sobre la frase de Rajoy, empleada para levantar el ánimo de los asistentes a sus mítines, el historiador José Álvarez Junco –autor de un libro esencial para entender la construcción de la idea de España, ‘Mater Dolorosa’– estableció la primera diferencia que hay que tener presente. «Rajoy confunde los conceptos de nación y Estado y proyecta sus propios deseos en el pasado».

Julián Marías llegó a precisar en su artículo como fecha de la fundación de España el año de 1474 por el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Si fuera así, habría que preguntarse por qué Fernando tuvo que abandonar Castilla dos años después de la muerte de Isabel por su propio bien, una situación extraña para un presunto rey de España. Los nobles castellanos tenían claro que sólo había sido un rey consorte que había perdido esos derechos con el fallecimiento de la reina. Sólo la muerte prematura de Felipe I (alias El Hermoso) le permitió regresar para recuperar algo de ese poder como regente, y únicamente por su astucia, reconocida por alguien como Maquiavelo poco predispuesto por ser italiano a reconocer las virtudes de los gobernantes de la Península.

Kamen destaca las palabras de Baltasar Gracián en 1640 con el fin de explicar cómo ese Estado, digamos embrionario, albergaba varias naciones. «En la Monarquía de España, donde las Provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, es menester gran capacidad para conservar, assi mucha para unir», escribió Gracián más de un siglo después de la muerte de Isabel I. Esa era la «sustancia real» de la vida en el país, dice Kamen. No había aún una España unida, porque «mucho antes de que España empezara a surgir como realidad, las comunidades locales ya tenían una identidad propia, lazos indudables y un orgullo incuestionable».

España no es el único país en que fue necesario que el Estado apareciera antes que la nación. Existían desde luego ideas, costumbres y sentimientos comunes entre los habitantes de la Península mucho antes de que Felipe V procediera a lo que podríamos llamar la unificación política que sentó las bases del Estado moderno, por cierto en fechas similares al momento de la unión de las coronas de Inglaterra y Escocia. Pero la nación no superó las barreras existentes hasta mucho tiempo después. «El paso esencial para formar una nación de tipo moderno era político, es decir, la creación de un Estado que definiera de manera más específica lo que constituía nación y lo que no. En pocas palabras, el Estado tenía que preceder a la nación», argumenta Kamen.

Cuanto más largo es el camino, más glorioso es el final. El mito de la Reconquista es tan poderoso como carente de realidad histórica y ha creado la imagen de una guerra permanente contra un invasor que tenía que ser extranjero al profesar otra religión. «El motivo principal del conflicto» era la religión, a lo que hay que unir las razones de todas las guerras: imponer el poder político sobre zonas vecinas de las que obtener provecho económico y pactar con un aliado circunstancial por ser el enemigo de mi enemigo. Tareas en las que destacó un señor de la guerra como El Cid, guerrero en provecho propio y también mercenario a sueldo de gobernantes con dinero hasta convertirse en símbolo heroico de la primera España y glorificado tanto por los medievalistas del siglo XIX como por la propaganda franquista, con una pequeña ayuda del cine de Hollywood.

Para ello, se inventó una gigantesca batalla en Covadonga en lo que como mucho sólo fue un enfrentamiento menor. Se identificó a Castilla con Asturias, a Pelayo con la legitimidad de los reyes godos, a las escaramuzas con una reconquista militar contra el invasor musulmán, todo ello para ofrecer un discurso que los historiadores del XIX manipularon sin rubor con el fin de prolongar el origen de España hasta muchos siglos atrás.

Luego, la historia se repitió inevitablemente como farsa. «Yo nunca he oído a ningún musulmán pedirme a mí disculpas por haber conquistado España y por haber mantenido su presencia en España durante ocho siglos», dijo José María Aznar en Washington en 2004. También cuando la Junta de Castilla y León pagó un millón y medio de euros en 2007 a un aristócrata por ‘Tizona’, la presunta espada del Cid que en el mejor de los casos es una falsificación del siglo XV. Es peor cuando hay que subvencionar los mitos con dinero del contribuyente.

 

'Primer desembarco de Colón en América', de Dióscoro Teófilo Puebla (1862).
‘Primer desembarco de Colón en América’, de Dióscoro Teófilo Puebla (1862). No hay constancia documental de que en ese viaje un sacerdote o religioso formara parte de la tripulación.

 

En 1892 el Gobierno conservador de Cánovas del Castillo supo que en Estados Unidos se iba a celebrar el 400º aniversario de la llegada de Colón a América y se apresuró a organizar su propia celebración. El mito de la conquista era un argumento perfecto para unir a España a sus antiguas colonias, una idea que se hizo más acuciante tras el desastre de 1898. Levantar el malherido orgullo del país obligaba a recuperar la gloria de una conquista española que asombró al mundo.

Kamen recuerda que siempre se olvidó que esa conquista fue una «empresa conjunta» en la que es absurdo ignorar la participación de los portugueses. Los primeros conquistadores tampoco habrían podido acabar con imperios sin la ayuda de otros pueblos nativos que eran vasallos de las etnias dominantes. Como escribe William Prescott, «el imperio de los indios fue en cierto modo conquistado por los propios indios. La monarquía azteca cayó por obra de sus propios súbditos». Eso sí, los beneficios materiales fueron al bolsillo de la Corona española.

Ya desde muy pronto los cronistas «se pusieron de acuerdo para alimentar la leyenda de una conquista obtenida por derecho divino», una misión civilizadora al servicio de Dios y de España. La realidad fue mucho más sangrienta. Kamen cita al jesuita José de Acosta, escandalizado por la crueldad de los españoles en la colonización: «Jamás ha habido tanta crueldad en invasión alguna de griegos y bárbaros. No son hechos desconocidos o exagerados por los historiadores». Un testigo de la guerra en Perú, Cristóbal de Molina, recordaba que «si había algún español que era buen rancheador y cruel y mataba muchos indios, teníanle por buen hombre y en gran reputación».

El historiador anota también las palabras de Pedro Cieza de León, cronista de los hechos de Perú, que escribió que «por donde quiera que han pasado cristianos conquistando y descubriendo, otra cosa no parece sino que con fuego todo se va gastando».

Como es sabido, la mayor mortandad se produjo por las enfermedades que los colonizadores trajeron de Europa. Viruela, tifus, sarampión, difteria, gripe y, ejem, sífilis y gonorrea. «En el centro de México, la población indígena se redujo rápidamente de, posiblemente, 25,2 millones en 1518 a 2,65 millones en 1568 y a poco más de un millón en 1605». Un estudio publicado en 2019 estima que una población precolombina de 60,5 millones de personas en el continente se redujo en 1600 a unos 6,5 millones.

Estas cifras no impiden que hasta nuestros días haya quien crea necesario exculpar a los colonizadores españoles. ABC planteó hace unos días «la probable hipótesis» de que la gran mortandad sufrida en México se originara en un virus asiático «que pudo llegar como polizón en un galeón de Manila antes de 1576». El artículo dice que si la ciencia no ha considerado hasta ahora esa hipótesis es porque está «contagiada de leyenda negra». La culpa siempre es de los otros.

 

Victimismo en la ‘leyenda negra’ 

Leyenda negra es un concepto que se ha vuelto a poner de moda gracias al éxito del libro de María Elvira Roca Barea (en torno a 100.000 ejemplares vendidos). Quien de verdad lo puso en escena en tiempos contemporáneos fue un libro del escritor Julián Juderías publicado en 1914 en un intento de denunciar una conspiración permanente contra los logros de España y de levantar el ánimo de una población castigada por la pérdida de las últimas colonias en 1898. Patriotismo y victimismo formaban la mezcla perfecta que en una época u otra afecta a todos los nacionalismos.

«El problema primordial es que jamás existió un conjunto de prejuicios exclusivamente antiespañoles llamado ‘la leyenda negra’ hasta que así lo designó Juderías en el siglo XX», dice Kamen. Los ataques a las potencias imperiales de entonces no se limitaban a España. Los mayores críticos de la presencia española en América eran precisamente españoles. Es cierto que los italianos primero y luego los protestantes holandeses entablaron una guerra de propaganda contra el ocupante español (al ser español, católico o ambas cosas), lo que no es desde luego una novedad. Todos los pueblos sometidos a una potencia extranjera intentan compensar su debilidad con una estrategia de propaganda cuyo primer objetivo es la población local para convencerla de la maldad del enemigo exterior.

Los grandes rivales de Felipe II, en especial Francia, también se ocuparon de minar la reputación del monarca español. Ambos países fueron enemigos íntimos hasta la llegada de los Borbones a España. La persistencia de la denuncia de la ‘leyenda negra’ hace pensar que toda Europa miraba mal a España durante el imperio de Carlos V y los reinados de Felipe II y Felipe III. Es falso. Esos monarcas tuvieron grandes aliados en Europa. Algunas de las victorias más conocidas se consiguieron con la colaboración de dinero y tropas procedentes de Italia y Alemania, como en Pavía y Lepanto.

El giro de la opinión pública en los Países Bajos contra España tuvo mucho que ver con la campaña militar dirigida por el Duque de Alba en 1567 que inició un conflicto que se prolongó durante ochenta años. Nueve años después de su llegada, las tropas españoles se amotinaron por no recibir su salario y llevaron a cabo una carnicería en Amberes en 1576 con miles de víctimas. Fue una de las ciudades que sufrió lo que se llamó la ‘furia española’, la clase de represalias militares masivas contra la población civil que no te hacen ganar muchos amigos.

 

La visión mítica de Catalunya

Henry Kamen ajusta cuentas también con el nacionalismo catalán y su reivindicación sobre el autogobierno de Catalunya en siglos anteriores. La Guerra de Sucesión, al igual que la primera guerra carlista, ha servido para alimentar visiones alternativas a la construcción de la identidad española obviando los objetivos políticos reales que se plantearon los contendientes y el apoyo social con que contaron.

En 1707, Felipe V abolió por decreto los fueros de Aragón y Valencia después de la batalla de Almansa. Contra la idea de que en Almansa el pueblo valenciano fue derrotado y perdió su autogobierno, Kamen antepone el hecho de que «no parece haber intervenido en la batalla ningún valenciano y que ningún valenciano movió un dedo para defender sus libertades». En el combate participaron franceses y castellanos en el lado de los Borbones frente a ingleses, alemanes y portugueses en el bando de los vencidos. A fin de cuentas, fue una guerra internacional en suelo español.

Sobre la rebelión posterior en Cataluña, el historiador británico sostiene que «no había una actitud unida entre los catalanes». Un grupo de dirigentes catalanes invitó a Inglaterra «a ocupar Cataluña y ayudarla a separarse de España». La armada británica capturó Barcelona en 1705 para defender la causa del archiduque Carlos de Habsburgo. La idea de los ingleses no era defender el «constitucionalismo» y los derechos de las antiguas naciones en España frente al absolutismo borbónico, sino impedir que España y Francia estuvieran regidas por los Borbones y por tanto formaran un frente común contra Londres. Cuando los ingleses acordaron la paz con París, «casi la totalidad de Cataluña, aparte de Barcelona, estaba en poder de los franceses, y los rebeldes de Barcelona estaban aislados». Su última rebelión estaba condenada a la derrota. En esa guerra, el factor decisivo nunca fueron las aspiraciones políticas de los habitantes de Castilla o Cataluña, sino «la capacidad militar de los ejércitos contendientes». Todo lo demás se ha construido después para sostener las reivindicaciones del presente.

 

Nación como metáfora

El hoy es el factor que condiciona nuestra visión del ayer. Las disputas políticas en España sobre el concepto de nación no son nada nuevo en la historia, aunque es cierto que otros países las han solventado con más premura. Nación es «una metáfora potente» que el Estado y el pueblo se disputan «para poseer en exclusiva», dice el ruso Valery Tishkov, citado por Kamen. No se puede buscar una definición científica de nación aceptada por todos, porque esa es una discusión que lleva siglos en marcha y que nunca se cerrará.

«La realidad y el mito se entrelazan en la experiencia de los pueblos», y sabemos que lo segundo ha tenido siempre un papel crucial en la formación de la identidad nacional. Nunca hay que despreciar los mitos fundacionales que ayudaron a inventar España, Francia o Alemania. Es sólo que en el siglo XXI conviene tener claras las diferencias entre ellos y los hechos históricos probados.

 

Fuente

 

 

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