Las mujeres que perdieron la guerra. 6

Fragmentos del libro «La voz dormida», de Dulce Chacón

A Hortensia no le interesa el motivo del estado lamentable de los aseos. No, en este momento no le interesa conocer las causas de la suciedad que las rodea, ni de las enfermedades que padecen por falta de higiene que Sole se empeña en enumerar:

—Tiña, tifus, piojos, chinches, disentería, esto es una indecencia.

No, no le interesa a Hortensia en este momento, porque se encuentra inquieta, piensa en Felipe y sólo quiere pensar en Felipe. Sólo en Felipe, su excitación le impide concentrarse en otra cosa. Ella sólo quiere recordar un beso. Un beso furtivo, el último que le arrancó a Felipe en Cerro Umbría. Un beso que a ella le pareció demasiado corto, y a él demasiado largo. El monte no es sitio para besos, la riñó. No es sitio para besos.

—Al monte se viene a pelear.

—Anda, no seas tonto.

—Déjame, Tensi, que nos pueden ver.

—¿Quién?

—Cualquiera.

Sin prisa. Ella quería un beso detenido en sus lenguas y él retiró su boca bruscamente, cuando apenas se habían rozado los labios. Se despidieron así. Así se besaron por última vez cuando Hortensia se fue a comprar víveres. Y antes de empezar a bajar hacia El Llano, giró la cabeza y repitió que su marido era tonto.

—Eres tonto.

—Anda, vete ya. Y vuelve pronto, aquí mismo te espero.

Pero Hortensia no volvió. No volvió. Y ahora se pregunta de nuevo,como tantas otras veces lo ha hecho desde que la apresaran, cómo no se alarmó con el ladrido de los perros al llegar a la huerta. Felipe la esperaba, y ella no volvió. Los perros ladraban de una forma extraña, y ella no se dio cuenta. Sólo se fijó, como le habían indicado, en que la hortelana llevaba un pañuelo atado a la cabeza y se lo desató al verla llegar.

Los perros ladraban.

—¿Vende usted gallinas?

Los perros ladraban. La hortelana miró al suelo para contestar retorciendo el pañuelo entre los dedos.

—Sí.

La miró al vientre y echó a correr llevándose el pañuelo retorcido a los ojos.

Los perros ladraban.

Ella también tendría que haber corrido. Pero no corrió. Sintió el peligro en la carrera de la mujer, en el pañuelo que se llevaba a los ojos y en el ladrido de los perros. Pero no corrió. Contuvo la respiración. Las armas de los guardias civiles encañonaron su espalda. Y ella pensó en Felipe. Aquí mismo te espero, le había dicho. Un guardia civil ató sus manos y la empujó:

—Andando. Caldo de gallina te vamos a dar a ti. Unas buenas sopas, con muchos garbanzos.

Los otros reían.

Treinta y nueve días pasó en Gobernación. Treinta y nueve días y muchas palizas y muchas horas de rodillas pasó en Gobernación. Pero Hortensia no quiere pensar en eso. Se sienta en el retrete, se toca las rodillas y piensa en Felipe. Recuerda el primer beso. Fue en Córdoba. Se acuerda de Córdoba y de la boca de Felipe buscando la suya, y se toca las rodillas. Ya están casi curadas, aunque le da la sensación de que un garbanzo se ha quedado dentro.

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