Las mujeres que perdieron la guerra. 12

Fragmentos del libro «La voz dormida», de Dulce Chacón

Las madres que tenían visita de sus hijos aguardan impacientes en el patio mirando hacia la puerta. También las abuelas, como Reme, observan la entrada con ansiedad. Algunas se preguntaban si reconocerían a los niños, otras estaban seguras de que no sería así. Junto a Reme, una madre se apretaba las manos con tanta fuerza que acabó por clavarse las uñas. La cancela acababa de abrirse. Dos niñas vestidas de luto fueron las primeras en entrar. La mayor no superaba los seis años, y le daba la mano a la pequeña.

—¿Son ésas?

—No lo sé, hace cuatro años que no las veo. No sé, no sé.

Era la mujer que se clavaba las uñas la que dudaba. Había sido detenida, junto a su marido, al comenzar la guerra, una semana después de dar a luz a su segunda hija. Las niñas se quedaron con la abuela paterna. Ella fue trasladada de una cárcel a otra y acababan de traerla de Santurrarán. Fue allí, en un convento habilitado para penal situado en el límite de Guipúzcoa con Vizcaya, donde recibió la única carta de su suegra; le contaba que su hijo había muerto y le enviaba un retrato de las niñas. «He podido ahorrar unas pesetillas —le escribió— para hacer un retrato de tus hijas y que puedas verlas.» Pero no llegó a verlas. Rompieron la fotografía ante sus ojos por haberse negado a rezar el rosario y, después, rasgaron la carta despacio. Al ingresar en Ventas, se enteró de que hacía más de dos años que habían fusilado a su marido.

—Están de luto, tienen que ser mis pequeñas.

La niñas caminaban asustadas hacia el centro del patio apretándose la mano una a la otra. La madre se acercó a ellas. Se agachó. Las miró de arriba a abajo y les preguntó sus nombres. Al escucharlos, respiró profundamente.

—Soy vuestra madre.

Y abrió los brazos, esperándolas. Pero las niñas no se soltaron las manos. No hicieron ademán de acercarse al abrazo ofrecido.

—Soy yo, mamaíta.

No esperó más, apretó a sus hijas contra sí cuando éstas empezaron a llorar. El llanto desconsolado de la madre se oirá poco después en la galería número dos derecha.

—Mis pequeñas no me conocen, se han asustado de mí. Las he asustado.

Sus compañeras buscarán palabras de consuelo, que no la consolarán.

No, mujer, es que son muy chicas y la prisión impone.

Reme no quiere escuchar sus lamentos. Se sienta en la silla de anea que le regaló Benjamín y saborea los besos de su nieto, los abrazos de su hijo pequeño y sus risas atronadoras, su escándalo al correr hacia ella tirando de la mano del niño que nació en León, que apenas podía seguirle en la carrera. Saborea los besos que le dieron, y los besos que ella dio.

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