Publicado en: 18 marzo, 2019

“Las masas ya no se rebelan”

Por Antonio Lorca Siero

Aquel viejo temor recogido en los textos por Ortega y sus compañeros de viaje, a la vista de como marchaban las cosas, de momento ha pasado a la historia. Las masas ya no se rebelan contra las cortes de selectos.

Aquel viejo temor recogido en los textos por Ortega y sus compañeros de viaje, a la vista de como marchaban las cosas, de momento ha pasado a la historia. Las masas ya no se rebelan contra las cortes de selectos. En realidad no había motivos serios para pensar que las masas llegaran a usurpar los puestos de privilegio a las minorías, pero, por si acaso, sonaron las alarmas a la vista de los excesos pasados del capitalismo. Aquello que se interpretaba como rebelión, simplemente se trataba de fuegos de artificios lanzados por el capitalismo en las constituciones burguesas para entretener a las masas, con la intención de construir un negocio sólido sobre la base del consumo generalizado. Para ello había que otorgarlas cierto protagonismo social asentando en una estructura de ilusiones —derechos, libertades y bienestar generalizado—, sin que comprometieran demasiado la viabilidad del negocio, ya que de otra forma era difícil avanzar dentro de un sistema basado en un empresariado creciente cuyos beneficios dependían del consumo masivo. En definitiva, incluso entonces y pese al ánimo radical que inspiraba ciertos movimientos redentoristas del llamado proletariado, no se trataba de nada serio que pudiera comprometer a la nueva fuerza dominante.

Ahora, dado el adormecimiento generalizado que trata de provocar el ambiente de la sociedad de las imágenes y los mundos virtuales que la rodean, las masas están en situación de no rivalizar con las elites porque viven en otros mundos, incluso continúan respetándolas y tomándolas como modelo, no de virtud ciudadana, sino de buen vivir. En el fondo desean que sigan ahí, que se guarden las distancias, y no dudan en tratar de imitarlas, seguir sus consignas o escucharlas. Y el viejo modelo, que un día pareció debilitarse, al entender de algunos, por la presencia del revulsivo de los derechos generalizados y la democracia representativa, está en disposición de perpetuarse en todo su vigor. Aunque podría haber un obstáculo, porque pese a todo el arsenal propagandístico utilizado por los que dirigen la orquesta, resulta evidente que al amparo de la falsa igualdad persiste la diferencia y las masas pudieran caer en la cuenta de su verdadera fuerza. Esto supondría poner fin al elitismo tradicional y entonces sí cabría hablar de rebelión.

Como la fuerza bruta ya no está bien vista, por aquello del avance de la civilización del dinero, ahora a las masas no se las gobierna con métodos violentos, sino que se las engaña con caramelos, cuyo ofertante es el capitalismo en su condición de árbitro de la situación. En cuanto la buena marcha del sistema depende del consumo masivo hay que ser persuasivos y otorgar concesiones, haciendo creer a los gobernados, simplemente creer, que ellos también dirigen el mundo, porque al hablar de igualdad se sitúa a todos —elites y masas— en el mismo escalón. Además, como las empresas están abiertas a la generalidad, en el mercado no se aprecian diferencias cualitativas. En el plano cuantitativo se trata de animar al gasto irreflexivo para incautamente acercar posiciones, en una inútil carrera por igualarse a través del consumismo a los modelos para la ocasión. De esta manera el consumismo, por si había dudas, ha sido la pieza decisiva para hacer inofensivas a las masas que aspiran a ser elites consumiendo como ellas. Por lo que, en tanto se mantenga esta situación, no se aprecia riesgo de rebelión.

La carrera por el bienestar sigue su curso, adelantándose la meta a cada tramo para evitar llegar al final y provocar desilusiones. Ocio, entretenimiento y droga animan el panorama y la gente no tiene tiempo de incomodarse cuando se cubren tales necesidades. El trabajo es la mercancía por excelencia desde la que el individuo trata de obtener plusvalías frente al explotador. Claro está que los beneficios que pudiera conseguir los retorna espléndidamente a su procedencia, al entrar en el circuito del consumismo. Trabajo formalizado y consumo desbordado soñando con el permanente bienestar permiten controlar los conatos de rebelión de las masas, de manera que si fracasa alguno de ellos la cosa se complica temporalmente. Lo que el empresariado no está dispuesto a consentir y, menos aún, la clase política profesional por el riesgo que ello supone para su propio empleo.

Hay un buen entendimiento entre los guardianes del sistema. Si las empresas hacen lo necesario para asegurar el bienestar generalizado, promoviendo el consumismo creador de necesidades crecientes, la clase política vende ilusiones políticas, porque ese es su oficio. Aquí está el otro frente para controlar a las masas, porque en el fondo la tesis de la ingenuidad, pregonada por Le Bon, no ha cambiado con el paso del tiempo. Si la expectativa de rebelión social ha sido conjurada a través del consumismo, la rebelión para tomar el control de la situación política —romper el sistema de las minorías como elite dirigente— se ha aliviado con la democracia de quitar y poner elites, acompañada de un arsenal de los derechos y libertades crecientes.

De momento no se aprecia rebelión a la vista, siempre que se cumplan las exigencias que definen las sociedades progresistas. De manera que las elites, pese a la alarma sembrada en su día, pueden estar tranquilas en tanto las masas no superen su incapacidad y estén en disposición de razonar para llegar a asumir que su poder ha sido alienado por las minorías y tienen que recuperarlo. Así pues, la rebelión de las masas era una falsa alarma, puesto que siguen siendo dóciles.

Antonio Lorca Siero

Marzo de 2019.

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